Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 10 — La escalera
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Capítulo 10 — La escalera

Amaury Delatour pasó el resto de la tarde tocándose el bolsillo interior de la chaqueta.

No lo hacía constantemente. Eso habría sido demasiado evidente incluso para un hombre menos acostumbrado que él a controlar gestos delante de jueces, clientes y adversarios.

Lo hacía cuando creía que nadie miraba: después de una pregunta, al levantarse de una silla, al cruzar el salón, justo antes de responder algo relacionado con Ariane Lécuyer.

La hoja estaba allí.

Delacroix también.

Y ambos parecían esperar que el otro cediera primero.

A las siete menos cuarto, André Cottin anunció que la cena estaría preparada en veinte minutos.

Nadie mostró entusiasmo.

El director observó al grupo con una expresión casi ofendida en nombre de la cocina.

—Hay gratin dauphinois, verduras y el estofado de ayer.

Octave Méricourt levantó la cabeza.

—Comeremos.

—No he dicho que no —respondió Mireille.

—Lo estabais pensando todos con mucha intensidad.

Côme Valençay cerró su libreta.

—¿En el comedor?

Hubo un silencio.

André entendió.

—Puedo servir aquí.

—Aquí —dijo Delacroix.

La decisión fue inmediata.

Nadie quería regresar a la mesa larga donde Édouard Veyrac había brindado dos noches atrás por un juego que ya tenía un cadáver real y demasiadas preguntas antiguas.

André y Thérèse fueron a la cocina juntos. Rémi Colas acompañó a Géraud Vannier hasta la estación para una última comprobación antes de que oscureciera por completo. Mireille ordenó los papeles del salón sin mover los que Delacroix había prohibido tocar. Octave permaneció junto al fuego.

Amaury se levantó.

Delacroix lo miró.

El abogado se detuvo.

—Voy al lavabo.

—Con alguien.

Amaury cerró los ojos.

—Armand.

—No.

—Está a quince metros.

—Entonces será una compañía muy breve.

Octave se puso de pie.

—Voy contigo.

Amaury lo miró.

—Gracias.

—No era amabilidad. Necesito caminar.

Salieron.

Hélène Darcourt, sentada junto a la ventana, observó cómo desaparecían.

—Está asustado.

Delacroix no fingió no entender.

—Sí.

—¿Por la nota?

—Probablemente.

—Y aun así se la has dejado.

Delacroix se volvió hacia ella.

—Prometió mostrármela después de cenar.

—Las promesas son una forma elegante de aplazar decisiones.

—Eso suena a novelista.

—Lo es.

Hélène encendió un cigarrillo.

—No me gusta.

—¿Amaury?

—La situación.

—Esa es una opinión sorprendentemente popular.

Ella no sonrió.

—Sabes a qué me refiero.

Delacroix la observó.

—Dilo.

—Alguien entra en su habitación, deja un mensaje relacionado con Ariane y él decide ocultarlo. Hace unas horas descubrimos que las personas pueden circular por el hotel incluso cuando creemos que las estamos vigilando.

—Por eso no estará solo.

—No siempre puedes garantizarlo.

—Puedo intentarlo.

Hélène exhaló el humo hacia el cristal.

—No deberías dejarlo elegir cuándo contarte algo si crees que ese algo puede convertirlo en objetivo.

La palabra quedó allí.

Objetivo.

Delacroix sintió otra vez la incomodidad que había experimentado cuando Hélène le reprochó utilizar a Amaury como pieza.

—No sé si lo convierte en objetivo.

—Precisamente.

—Si le quito el papel por la fuerza no sabré qué pensaba hacer con él.

Hélène se volvió.

—Y si muere tampoco.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Estás especialmente pesimista.

—Estoy encerrada en un hotel con un muerto, una tormenta y ocho personas que leen novelas criminales por diversión. Me parece una ocasión apropiada.

Mireille habló desde la mesa.

—Nueve.

Hélène la miró.

—¿Qué?

—Nueve personas.

—Contándote.

—Precisamente.

Hélène dejó escapar una risa breve.

La tensión se redujo apenas.

Amaury y Octave regresaron juntos.

El abogado miró a Delacroix.

—Sigo vivo.

—No he preguntado.

—Tu cara sí.

—Mi cara está adquiriendo demasiada independencia en este hotel.

Amaury volvió a sentarse.

Tocó el bolsillo.

Esta vez Delacroix lo vio claramente.

—Después de cenar —dijo Amaury.

—Sí.

Hélène lo miró.

—¿Qué contiene?

Amaury se volvió hacia ella.

—No es asunto tuyo.

La respuesta fue demasiado dura.

Hélène no reaccionó de inmediato.

—Entonces probablemente lo sea.

Amaury se inclinó hacia delante.

—Todo acaba siendo asunto tuyo cuando puedes convertirlo en una frase.

—Y todo deja de serlo cuando puedes convertirlo en confidencial.

—Basta —dijo Delacroix.

Hélène lo miró.

Amaury también.

—Cenamos. Después hablamos.

El abogado respiró.

—De acuerdo.

André regresó con una gran cazuela acompañado por Thérèse. Poco después entraron Rémi y Géraud, cubiertos por pequeñas gotas de nieve derretida. El viento había aumentado otra vez.

—Nada desde abajo —dijo Rémi antes de que nadie preguntara.

Amaury soltó aire por la nariz.

—Naturalmente.

—Pero la instalación superior sigue estable.

—¿Eso es bueno?

—Es mejor que lo contrario.

Géraud se acercó al fuego.

—Esta noche no salimos.

Mireille lo miró.

—Cada vez que alguien dice eso siento que el hotel se hace más pequeño.

Delacroix observó alrededor.

No lo era.

Ese era precisamente el problema.

Seguía siendo enorme.

Ciento veinte habitaciones, pasillos, escaleras, zonas de servicio, almacenes, galerías, un observatorio y una estación. Habían cerrado alas enteras y aun así sobraba espacio suficiente para que una persona desapareciera durante cinco minutos sin que nadie pudiera explicar dónde había estado.

Comieron en grupos alrededor de dos mesas bajas.

André había preparado platos individuales delante de todos. Nadie mencionó el procedimiento. Ya formaba parte de la noche.

Amaury comió poco.

Delacroix lo vio cortar un trozo de patata, llevarlo a la boca y olvidarse del resto del plato durante varios minutos.

Côme también lo observaba.

—¿Qué? —preguntó Amaury.

El periodista bajó la mirada.

—Nada.

—Entonces deja de mirarme.

—No estaba...

—Sí estabas.

Côme cerró la boca.

Octave apoyó el tenedor.

—Amaury.

—¿Qué?

—Estás ayudando muy poco a que nadie sospeche de ti.

El abogado lo miró.

Octave bebió agua.

—Es una observación médica.

—No existe tal cosa.

—Ahora sí.

Amaury respiró.

Después soltó una pequeña risa.

—Perdón, Côme.

El periodista asintió.

—No pasa nada.

—Sí pasa. Estamos comportándonos como idiotas.

Mireille levantó el vaso.

—Eso nos devuelve algo de normalidad.

Hubo algunas sonrisas.

Amaury también sonrió.

Por un instante volvió a parecer el hombre que había discutido sobre vinos, coartadas y diferencias entre cronología y secuencia.

Después tocó otra vez el bolsillo.

Delacroix terminó de comer.

—Ahora.

Amaury lo miró.

—No he terminado.

Su plato estaba casi intacto.

—No necesitas terminarlo.

—Eso es una actitud muy poco francesa.

—El asesinato me ha vuelto flexible.

Amaury dejó el tenedor.

—Bien.

Se puso de pie.

Hélène también.

—¿Adónde?

El abogado la miró.

—A hablar con Armand.

—¿Solo?

Amaury levantó una ceja.

—La regla de parejas empieza a volverse filosóficamente complicada.

—No si otra persona os acompaña hasta la puerta.

Delacroix estuvo a punto de protestar.

Después entendió que Hélène tenía razón.

—Octave.

El médico suspiró.

—Estoy empezando a sentirme institutriz.

—Acompáñanos hasta la biblioteca.

Amaury negó.

—No en la biblioteca.

Delacroix lo miró.

—¿Dónde entonces?

—Sala de billar.

—¿Por qué?

—Porque quiero una puerta cerrada y ninguna posibilidad de que Côme escuche detrás de una estantería.

El periodista levantó las manos.

—No haría...

Mireille lo miró.

Côme se corrigió:

—Probablemente no haría eso.

Amaury casi sonrió.

Delacroix, Octave y él cruzaron el salón.

Hélène los siguió con la mirada.

La sala de billar estaba fría comparada con el salón porque no habían utilizado la chimenea durante el día. Delacroix encendió una lámpara. Octave comprobó el pasillo.

—Estaré ahí fuera.

Amaury se volvió.

—¿Ahí fuera?

—Pareja.

—No necesito que escuches.

—No voy a escuchar.

—Eres médico. Escucháis incluso cuando fingís no hacerlo.

Octave cerró la puerta desde el exterior.

Delacroix miró a Amaury.

—Ahora.

El abogado fue hasta la mesa de billar.

Sacó el sobre gris del bolsillo.

Después la hoja.

No se la entregó.

—Antes quiero explicarte algo.

—Eso suele significar que la explicación es peor que el papel.

—Probablemente.

Amaury miró las bolas alineadas dentro del triángulo.

—Esta tarde te mentí.

—Lo sé.

Amaury levantó la vista.

—¿Desde cuándo?

—Desde que pregunté si Veyrac te dijo algo más y tardaste demasiado en decir que no.

—No era una mentira completa.

—Las mentiras completas son menos interesantes.

Amaury respiró.

—Édouard vino a verme seis días antes del viaje.

Delacroix no se movió.

—¿Dónde?

—Mi despacho.

—¿Por Ariane?

—Sí.

—¿Qué tenía?

Amaury miró la hoja.

—Una copia de una carta.

—¿De Maison Valbert?

—Sí.

—¿Es esto?

—Parte.

Delacroix extendió la mano.

Amaury no se la dio.

—Escúchame primero.

Delacroix bajó la mano.

—Bien.

—La carta era de Ariane al propio Valbert. Fechada en septiembre de 1919. Unos dos meses antes de su muerte.

—¿Qué decía?

—Que había descubierto que una persona había utilizado material suyo sin permiso. No solo una idea. Fragmentos de estructura, imágenes, incluso ciertas frases.

Delacroix sintió cómo la historia empezaba a endurecerse.

—¿Nombraba a Hélène?

Amaury se quedó quieto.

—Sí.

La palabra fue casi un susurro.

—¿Veyrac la encontró en el archivo?

—Sí.

—¿Por qué no lo dijiste esta tarde?

—Porque no quería acusar a Hélène delante de todos con una carta que solo vi en copia.

—Édouard tenía el original.

—Eso dijo.

—¿Lo trajo?

—No lo sé.

—¿Qué más decía Ariane?

Amaury miró hacia la puerta cerrada.

—Que Hélène había prometido corregir la situación. Que había una discusión sobre autoría. Que si no lo hacía, Ariane presentaría correspondencia y versiones fechadas del manuscrito a varios editores.

—Motivo.

Amaury levantó la mirada.

—Sí.

—¿Y tú se lo dijiste a Veyrac?

—No hacía falta.

—¿Qué quería de ti?

—Confirmación de que Ariane me había consultado jurídicamente.

—Y se la diste.

—Sí.

—¿Algo más?

Amaury pasó un dedo sobre el borde de la hoja.

—Me preguntó si yo recordaba una segunda carta.

—¿Cuál?

—Una que Ariane llevaba la noche que murió.

Delacroix se inclinó.

—¿La viste?

Amaury cerró los ojos.

—Sí.

—¿A quién iba dirigida?

—A mí.

El silencio se hizo espeso.

—Continúa.

Amaury tragó saliva.