Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 9 — Ariane Lécuyer #6
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Capítulo 9 — Ariane Lécuyer #6

Amaury abrió.

Extrajo una hoja.

Leyó.

Delacroix observó su cara.

No hubo sobresalto.

No palideció.

Nada tan evidente.

Solo un movimiento pequeño de los ojos.

Después volvió a leer desde arriba.

—¿Qué dice? —preguntó Delacroix.

Amaury dobló la hoja.

—Nada útil.

Mireille lo miró.

—Eso no es respuesta.

—Es una pieza del juego.

Delacroix se inclinó.

—¿Cómo sabes?

—Por el contenido.

—Enséñamela.

Amaury sostuvo el papel.

—No.

El salón quedó inmóvil.

—Amaury —dijo Delacroix.

—Está dirigida a mi personaje.

—Tu personaje ya no importa.

—No estoy de acuerdo.

—Veyrac está muerto.

—Precisamente. Si mezclamos cada instrucción privada con el asesinato, destruiremos la posibilidad de distinguir qué pretendía el juego.

Hélène miró al abogado con una atención nueva.

—Hace una hora defendías exactamente lo contrario.

Amaury se volvió.

—No.

—Sí. Decías que necesitábamos saber qué instrucciones producían movimientos reales.

—Esta no produjo ninguno.

—Todavía.

Delacroix extendió la mano.

—Dámela.

Amaury no se movió.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no contiene nada sobre la muerte de Édouard.

—¿Menciona a Ariane?

La pregunta golpeó.

Amaury tardó apenas medio segundo.

Demasiado.

Delacroix lo vio.

Hélène también.

—Sí —dijo finalmente.

Mireille se levantó.

—Amaury.

El abogado cerró los ojos.

—Es una referencia.

—¿Cuál?

—No voy a discutirla delante de todos.

Delacroix mantuvo la mano extendida.

—Entonces conmigo.

Amaury miró el papel.

Después a Delacroix.

—Más tarde.

—Ahora.

—No.

La tensión creció.

No como una discusión.

Como una cuerda.

Delacroix podía obligarlo de muchas maneras sociales. Amenazar con considerarlo sospechoso. Pedir apoyo del grupo. Recordarle que alguien había entrado en su habitación.

No lo hizo.

Bajó la mano.

—Bien.

Amaury pareció sorprendido.

—¿Bien?

—Guárdala.

Hélène miró a Delacroix.

Él no explicó.

Amaury dobló la hoja y la metió dentro del bolsillo interior de la chaqueta.

—No salgas solo —dijo Delacroix.

El abogado soltó una risa seca.

—No pensaba.

—Duerme con alguien esta noche.

Mireille levantó una ceja.

Amaury lo miró.

—Eso sí es nuevo.

—Alguien ha entrado dos veces en habitaciones cerradas. Una era la mía. Otra la tuya. Esta vez además dejó algo para ti.

—No necesito niñera.

—No te he preguntado qué necesitas.

Amaury sostuvo su mirada.

—Después de cenar te contaré lo que dice.

Delacroix asintió.

—Perfecto.

—A solas.

—Perfecto.

El abogado pareció relajarse ligeramente.

Demasiado.

Delacroix comprendió entonces que el contenido no era simplemente privado.

Era algo que Amaury necesitaba tiempo para pensar antes de compartir.

Y aquella necesidad podía ser peligrosa.

La tarde empezó a oscurecer.

André encendió más lámparas.

El viento volvió a intensificarse detrás de los cristales.

Côme intentó reconstruir quién podía haber subido a la habitación 206 y no encontró un hueco evidente. Durante la mayor parte de la tarde todos se habían visto unos a otros, salvo minutos dispersos para cocina, baño, comprobaciones técnicas y búsquedas.

Minutos suficientes.

Siempre había minutos suficientes.

A las seis, Amaury pidió ir al baño.

Mireille se levantó.

El abogado la miró.

—No.

—Pareja.

—Prefiero a Géraud.

Mireille se llevó una mano al pecho.

—Estoy devastada.

Géraud se puso de pie.

—Vamos.

Se marcharon juntos.

Delacroix observó a Amaury hasta que desapareció por la puerta.

Hélène se acercó.

—Le estás dejando conservar la hoja.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber qué hace alguien cuando cree que posee información que yo no tengo.

Hélène lo miró.

—Eso es cruel.

—Un poco.

—También peligroso.

Delacroix volvió hacia ella.

—Sí.

—¿Crees que la nota amenaza a Amaury?

—No lo sé.

—Entonces ¿por qué dejarlo?

—Porque si el asesino quería que yo la leyera, la habría dejado sobre mi mesa.

Hélène miró hacia la puerta por la que había salido el abogado.

—Y si quería que Amaury hiciera algo...

—Quiero ver si lo hace.

—Podrían matarlo.

Delacroix sintió una pequeña incomodidad.

La frase era exactamente la que no quería escuchar.

—No estará solo.

—Eso no ha impedido todo hasta ahora.

—No.

Hélène lo estudió.

—Armand.

—¿Qué?

—No puedes utilizar a las personas como piezas si no les dices que están en el tablero.

Delacroix sostuvo su mirada.

La ironía había desaparecido.

—No lo estoy utilizando.

—Lo estás observando para ver cómo reacciona a una amenaza que no conoces.

—Porque se niega a enseñármela.

—Sigue siendo una elección.

La frase le molestó porque era cierta.

—Después de cenar me la mostrará.

—Eso dijo.

—Sí.

—Entonces espero que llegue a la cena.

Delacroix se volvió hacia la puerta.

Amaury y Géraud regresaban en ese momento.

El abogado estaba vivo.

Perfectamente vivo.

Incluso irritado porque Mireille había movido su taza mientras él estaba fuera.

Delacroix sintió alivio.

Y se disgustó consigo mismo por sentirlo.

La noche apenas empezaba.

Amaury se sentó.

Tocó inconscientemente el bolsillo interior de la chaqueta.

La hoja seguía allí.

Delacroix lo vio.

También vio que, por primera vez desde que había comenzado la investigación, Amaury Delatour miraba hacia las puertas del salón cada pocos minutos.

No como abogado.

No como sospechoso.

Como un hombre que acababa de leer algo que le daba miedo.

Y aún no estaba preparado para contar por qué.