Capítulo 9 — Ariane Lécuyer #5
Fumaba, aunque Delacroix no recordaba haberlo visto fumar antes.
Quizá necesitaba algo que hacer con las manos.
Côme cerró su libreta.
Octave empezó a hablar con Mireille en voz baja.
Thérèse se levantó y fue hacia la biblioteca.
Rémi la detuvo.
—Pareja.
Thérèse lo miró.
Había olvidado.
—Voy con ella —dijo Géraud.
Se marcharon juntos.
Delacroix observó cómo las nuevas reglas empezaban a integrarse en movimientos cotidianos.
Nadie solo.
Puertas vigiladas.
Café compartido.
Todo aquello parecía absurdo.
Hasta que alguien olvidaba y el miedo recordaba por ellos.
Amaury volvió unos minutos después.
Había recuperado la compostura.
—Quiero decir una cosa.
Delacroix levantó la vista.
—Adelante.
El abogado miró a Hélène.
—Las similitudes que vi en 1919 no demostraban que Hélène hubiera robado una obra. Ariane estaba convencida. Eso no es lo mismo.
Hélène no respondió.
—Y si Édouard encontró documentos nuevos, no sé qué demuestran.
Delacroix asintió.
—Correcto.
Amaury pareció esperar algo más.
No lo obtuvo.
Se sentó.
A las tres de la tarde, Rémi anunció que la tormenta había disminuido lo suficiente para intentar una comprobación exterior muy breve del primer tramo del funicular.
Géraud iría con él, atados y sin alejarse de la plataforma superior.
Delacroix permitió la salida porque desde las ventanas podían mantenerse visibles buena parte del tiempo.
El grupo se acercó a la galería.
Por primera vez desde la mañana se distinguía algo del paisaje.
No mucho.
Roca.
Barandilla.
Un fragmento de vía descendiendo antes de desaparecer bajo blanco.
Rémi y Géraud salieron.
El viento los golpeó inmediatamente.
Côme observó con la cara pegada al cristal.
—Parece otro planeta.
Mireille lo miró.
—Ayer querías fotografiarlo.
—Ayer no había un muerto.
—La montaña no cambió por Édouard.
Delacroix escuchó la frase.
Era cierta.
Y, sin embargo, todos sentían lo contrario.
Ayer la nieve era paisaje.
Hoy era pared.
Géraud desapareció un instante detrás de una estructura.
Delacroix sintió tensión.
Volvió a aparecer.
La tensión se fue.
Eso era lo que el hotel empezaba a hacerles.
Convertir ausencias de tres segundos en advertencias.
Rémi regresó primero.
Se sacudió nieve del abrigo.
—La vía inmediata está cubierta, pero no dañada aquí.
—¿Podemos bajar? —preguntó Amaury.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no vemos más allá de cien metros y seguimos sin señal inferior.
Amaury cerró los ojos.
—Siempre la misma respuesta.
—Porque siempre haces la misma pregunta.
Géraud entró detrás.
—Hay otra cosa.
Mireille soltó una risa amarga.
—Por favor, que una vez sea buena.
Géraud la miró.
—No.
Nadie se sorprendió.
—¿Qué? —preguntó Delacroix.
El ingeniero se quitó los guantes.
—La caja de conexión exterior fue abierta.
Rémi asintió.
—No debería.
—¿Sabotaje?
—No lo sabemos todavía. Pero faltan dos fusibles de reserva.
Amaury abrió los brazos.
—¿Qué significa ahora?
Rémi respondió:
—Que si se funden los instalados, no tenemos reemplazo inmediato.
Mireille se quedó quieta.
—Está cerrándonos.
Delacroix miró al técnico.
—¿Puede alguien haberlos retirado durante mantenimiento normal?
—No.
—¿Veyrac?
Rémi negó.
—No tenía razón para tocar esa caja.
—¿Necesitaba llave?
—Sí.
—¿Quién la tiene?
Rémi levantó su llavero.
—Yo.
André, desde el fondo, añadió:
—Y dirección.
Todos miraron al director.
André palideció.
—Mi llave sigue aquí.
La mostró.
Delacroix pensó en la maleta de Mireille.
Ganzúas.
La visita previa.
Hélène.
El llavero de André dejado en su oficina mientras cocinaba.
Demasiadas rutas hacia cada cosa.
—No quiero que nadie toque el sistema salvo Rémi y Géraud —dijo.
Amaury miró a Géraud.
—¿Por qué él?
El ingeniero sonrió sin humor.
—Porque al parecer hacer bien un sabotaje me convierte en menos sospechoso de haberlo hecho mal.
—No he dicho eso.
—Lo pensaste.
—Todos estamos pensando demasiadas cosas.
Delacroix se volvió.
—Eso también es parte del problema.
Regresaron al salón.
Eran casi las cuatro.
La luz exterior empezaba ya a perder fuerza bajo las nubes.
El día había pasado sin que nadie pudiera descender.
El lunes parecía más lejos que la noche anterior.
André preparó té.
Esta vez cada persona tomó su taza directamente de la bandeja mientras él servía.
Nadie comentó el ritual.
Ariane seguía sobre la mesa.
No físicamente.
En frases.
Fechas.
Títulos.
Un manuscrito desaparecido.
Una obra posterior de Hélène.
Una consulta jurídica a Amaury.
Cartas de Maison Valbert.
Una última página.
Delacroix estaba releyendo sus notas cuando Mireille habló.
—Hay algo que no hemos dicho.
Amaury levantó la mirada con cansancio.
—Otra cosa.
—Sí.
—Magnífico.
Mireille no reaccionó.
—Ariane no quería jugar aquella noche.
Hélène giró.
—Eso no es cierto.
—Sí.
—Había ayudado a prepararlo.
—No importa.
Delacroix se inclinó.
—¿Por qué no quería jugar?
—Me dijo que necesitaba hablar con Édouard primero.
—¿Sobre el manuscrito?
—No lo sé.
—¿Cuándo?
—Después de cenar.
—¿Qué hora?
—Nueve, quizá.
Amaury miró a Mireille.
—Nunca dijiste eso.
—Nunca me preguntaste.
La frase empezaba a convertirse en epitafio del Círculo.
Delacroix sintió irritación.
—¿Édouard habló con ella?
—Sí.
—¿Después qué ocurrió?
Mireille cerró los ojos.
—Ariane aceptó seguir con el juego.
—¿Cambió de humor?
—Mucho.
—¿Cómo?
—Estaba tranquila.
Hélène frunció el ceño.
—Yo no la recuerdo tranquila.
—Tú no estabas cuando salió de hablar con él.
—¿Qué quieres insinuar?
—Nada.
Delacroix intervino.
—¿Qué significa tranquila para ti?
Mireille pensó.
—Decidida.
La palabra le gustó menos.
—¿Dijo algo?
Mireille miró a Hélène.
—Sí.
La novelista se quedó quieta.
—¿Qué?
—«Cuando termine esto, se acabó.»
Silencio.
—¿A qué se refería? —preguntó Delacroix.
Mireille negó.
—No lo sé.
Hélène estaba pálida otra vez.
—¿Nunca me contaste eso?
—No.
—¿Por qué?
Mireille la miró.
—Porque después murió.
La lógica era terrible y comprensible.
Delacroix tomó aire.
—¿Veyrac lo oyó?
—Sí.
—¿Amaury?
—No sé.
El abogado negó.
—No.
Delacroix miró alrededor.
Édouard había sabido que Ariane pretendía terminar algo aquella noche.
Había hablado con ella.
Sabía de la última página.
Once años después encontraba documentos y construía una reconstrucción.
Quizá el juego de 1930 no pretendía simplemente revelar quién había matado a Ariane.
Quizá pretendía recrear lo que Ariane había intentado hacer antes de morir.
Exponer a alguien.
—Necesitamos los papeles de Veyrac —dijo.
Amaury lo miró.
—¿Cuáles?
—Los de Maison Valbert.
—Si los trajo.
—Los trajo.
Hélène frunció el ceño.
—¿Cómo sabes?
Delacroix pensó en el sobre con su nombre bajo los papeles del cadáver.
—Porque no me habría invitado sin ellos.
Mireille lo miró.
—¿El sobre?
Delacroix asintió.
—Puede contener parte.
Côme casi se levantó.
—Entonces ábrelo.
Delacroix lo miró.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque el asesino sabe que existe.
—¿Cómo lo sabes?
—Estaba a la vista en la escena.
Hélène entendió inmediatamente.
—Y puede haberlo dejado el asesino.
—Sí.
—O cambiado su contenido.
—Sí.
Côme se hundió en el asiento.
—Odio este juego.
Nadie corrigió la palabra.
Una campanilla sonó en recepción.
Una vez.
Todos levantaron la cabeza.
André se quedó inmóvil.
—¿Qué es?
—Casillero de llamadas.
—¿Desde dónde?
El director escuchó.
Nada más.
—Puede haber sido una conexión interna.
Rémi se levantó.
—¿Qué número?
André fue hacia el panel situado detrás de recepción.
Todos lo siguieron, aunque Delacroix ya empezaba a detestar aquellas procesiones.
Una pequeña aguja indicaba una habitación.
206.
Amaury se quedó quieto.
Era la suya.
Mireille lo miró.
—¿Había alguien ahí?
—No.
Delacroix sintió una presión lenta.
—Todos estábamos abajo.
—Sí —dijo Hélène.
La campanilla había sonado desde una habitación vacía.
Rémi se acercó al cuadro.
—Puede quedarse un contacto pegado.
—¿Puede? —preguntó Côme.
—Sí.
Delacroix miró a Amaury.
El abogado ya no parecía interesado en explicaciones técnicas.
—Vamos.
Subieron.
Esta vez Delacroix hizo que Rémi y André fueran delante. Amaury caminaba cerca de él. Hélène detrás. Mireille, Côme, Octave, Thérèse y Géraud cerraban el grupo.
La puerta 206 estaba cerrada.
Amaury sacó su llave.
Delacroix levantó una mano.
—Espera.
—Es mi habitación.
—Lo sé.
—Si alguien está dentro...
—Precisamente.
Amaury lo miró.
Después entregó la llave.
Delacroix abrió.
Nada.
Habitación ordenada.
Cortinas abiertas.
Cama.
Maleta.
Escritorio.
La campanilla de servicio estaba junto a la cabecera.
Rémi entró y examinó.
—No está pulsada.
—Entonces ¿cómo sonó? —preguntó Mireille.
—Contacto eléctrico. Puede haberse cerrado en otra parte.
—¿Casualidad?
Rémi frunció el ceño.
—Puede.
Amaury fue hacia el escritorio.
Se detuvo.
—Eso no estaba.
Delacroix miró.
Sobre la mesa había un sobre gris.
Pequeño.
Sin lacre.
En el frente:
A. Delatour
Nadie se movió.
—¿Del juego? —preguntó Côme.
Mireille se acercó hasta el umbral.
—No lo reconozco.
Delacroix miró a Amaury.
—¿Entraste aquí después del registro?
—No.
—¿Alguien?
—No.
—La puerta estaba cerrada.
—Sí.
—Con llave.
—Sí.
Mireille dijo:
—Ganzúa.
Amaury se volvió hacia ella.
—Tus herramientas siguen selladas.
—Ya sé.
Delacroix miró la cerradura.
No había marcas evidentes.
Hélène se acercó.
—Podría haber estado aquí desde antes del registro.
Amaury negó.
—No.
—¿Seguro?
—Abrimos ese cajón, movimos esos papeles. No había sobre.
Delacroix sintió el mismo frío que con el barro.
Alguien había entrado en una habitación cerrada.
Otra vez.
La campanilla no pretendía esconderlo.
Pretendía anunciarlo.
—No lo abras —dijo.
Amaury lo miró.
—Está dirigido a mí.
—Precisamente.
—Puede ser de Édouard.
—Puede.
—Entonces...
—Ábrelo abajo.
Amaury sostuvo la mirada.
Por un instante Delacroix creyó que discutiría.
No lo hizo.
Tomó el sobre con dos dedos por una esquina.
Bajaron.
En el salón, Amaury se sentó frente a la mesa.
El sobre quedó delante.
Todos observaban.
Delacroix sintió que aquello era exactamente lo que no quería.
—Los demás atrás.
Côme protestó:
—¿Por qué?
—Porque si contiene una instrucción privada no quiero nueve personas leyendo sobre el hombro de Amaury.
—Pero...
—Atrás.
Se alejaron unos pasos.