Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 9 — Ariane Lécuyer #4
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Capítulo 9 — Ariane Lécuyer #4

Eso resultó agradable.

Géraud se alejó.

Delacroix miró a Hélène otra vez.

No quería convertir la visita preparatoria en obsesión.

Mireille también había estado.

Veyrac podía haber preparado parte del aislamiento.

André tenía acceso.

Rémi podía falsear su propia explicación.

Demasiadas opciones.

Pero algo empezaba a ocurrir.

Hélène aparecía continuamente cerca de las zonas donde las historias cambiaban.

No de los objetos.

De las interpretaciones.

Delacroix apartó el pensamiento.

Todavía no.

Cuando reanudaron, dejó el asesinato de Ariane temporalmente y preguntó por Maison Valbert.

Côme encontró el nombre en sus notas.

—Editorial pequeña.

Hélène asintió.

—Muy pequeña.

—¿Publicó algo tuyo?

—Un relato, antes de la guerra.

Delacroix levantó la vista.

—¿Valbert te conocía?

—Sí.

—¿A Ariane también?

—Por correspondencia.

—Entonces el archivo podía contener cartas de ambas.

Hélène asintió.

Amaury habló desde la chimenea.

—Eso no significa que Édouard encontrara nada relevante.

Delacroix lo miró.

—¿Hablaste con él después de que compró el archivo?

—Sí.

—¿Sobre Ariane?

Amaury se quedó quieto.

—No directamente.

—¿Indirectamente cómo?

El abogado parecía irritado consigo mismo.

—Me preguntó qué recordaba de la investigación.

—¿Cuándo?

—En diciembre.

—¿Qué le dijiste?

—Lo mismo que hoy. Que la muerte había sido considerada accidental.

—¿Édouard estuvo de acuerdo?

—No.

La respuesta sorprendió a varios.

—¿Qué dijo?

Amaury miró hacia el fuego.

—Que llevábamos once años utilizando la palabra accidente como si fuera una absolución.

Delacroix sintió que Édouard entraba nuevamente en la habitación.

No físicamente.

A través de una frase.

—¿Algo más?

Amaury dudó.

—Preguntó si yo había visto todas las declaraciones originales.

—¿Las habías visto?

—Sí.

—¿Las conservaste?

—No. La policía tenía copia.

—¿Édouard podía obtenerlas?

—Quizá.

—¿Por qué no nos contaste esta conversación?

Amaury se volvió.

—Porque hasta hace una hora no sabía que Maison Valbert importaba.

—Pero sabías que Veyrac estaba removiendo el accidente de Ariane.

—Sí.

—Y anoche dijiste que no debía relacionarse necesariamente con su muerte.

Amaury apretó la mandíbula.

—Porque no debe relacionarse una cosa hasta tener motivos.

—Ahora los tenemos.

—Ahora sí.

Delacroix lo observó.

Amaury no estaba mintiendo necesariamente.

Pero seleccionaba información según lo que consideraba admisible.

Un abogado incluso cuando nadie se lo pedía.

Eso podía resultar peligroso.

—¿Édouard volvió a hablarte de Ariane después de diciembre?

—Sí.

—¿Cuándo?

Amaury miró hacia los demás.

—La semana pasada.

—¿Qué quería?

—Que recordara una hora.

Delacroix se inclinó.

—¿Cuál?

—Las nueve y cuarenta de aquella noche.

Mireille levantó la cabeza.

Octave también.

—¿Por qué esa hora?

Amaury negó.

—No me lo dijo.

—¿Qué ocurrió a las nueve cuarenta?

—No recuerdo.

Thérèse respondió:

—Ariane todavía estaba viva.

Todos se volvieron.

—¿Cómo lo sabes?

—La vi.

Delacroix sintió que el aire volvía a tensarse.

—¿Dónde?

—Cerca del salón pequeño.

—¿Sola?

Thérèse pensó.

—No.

Hélène estaba otra vez dentro del salón.

Había oído.

—¿Con quién?

Thérèse la miró.

No respondió.

—Thérèse.

—No estoy segura.

—Entonces no digas nada.

—Creo que con Amaury.

El abogado levantó la cabeza de golpe.

—No.

Thérèse frunció el ceño.

—¿No?

—No estaba con Ariane a las nueve cuarenta.

—¿Dónde estabas?

Amaury abrió la boca.

Se detuvo.

Delacroix esperó.

—En la biblioteca.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Durante cuánto tiempo?

—No lo sé.

—¿Por qué estabas allí?

Amaury miró al suelo.

La pausa duró demasiado.

Mireille lo observó.

—Amaury.

El abogado respiró.

—Ariane me había pedido consejo.

Hélène levantó la cabeza.

Thérèse dejó de moverse.

Delacroix sintió cómo una nueva pieza entraba.

—¿Sobre qué?

Amaury tardó varios segundos.

—Plagio.

Nadie habló.

Hélène miró al abogado como si acabara de golpearla.

—¿Qué?

Amaury no la miró.

—Ariane vino a verme esa tarde. Me enseñó cartas, fechas y algunas páginas. Quería saber si podía impedir la publicación futura de una obra que utilizara material suyo.

—¿De quién? —preguntó Delacroix, aunque la respuesta estaba allí.

Amaury cerró los ojos.

—De Hélène.

La novelista se puso de pie.

—Nunca me dijiste eso.

—No tenía por qué.

—Era mi amiga.

—También era la mía.

—Y estabas asesorándola contra mí.

—Me pidió una opinión jurídica.

—¿Qué le dijiste?

Amaury la miró por fin.

—Que una idea no podía protegerse de la forma que ella pretendía. Pero que si podía demostrar reproducción sustancial de texto o estructura específica, la cuestión era distinta.

—¿Y podía?

Amaury no respondió.

Delacroix repitió:

—¿Podía?

—No sé.

Hélène se acercó.

—Sí lo sabes.

—No.

—Viste las páginas.

—Sí.

—Entonces.

Amaury sostuvo su mirada.

—Había similitudes.

La frase quedó flotando.

Hélène retrocedió apenas.

No mucho.

Un centímetro.

Delacroix lo vio.

—¿Qué similitudes? —preguntó.

—Demasiado específicas para una conversación ahora.

—Es exactamente la conversación.

Amaury lo miró.

—No quiero juzgar un texto de memoria después de once años.

—No te pido sentencia. Te pido recuerdo.

Amaury apretó los dedos.

—Un mecanismo criminal. Una secuencia de cartas. Una frase.

—¿Qué frase?

El abogado cerró los ojos.

—No la recuerdo completa.

—Parte.

Amaury miró a Hélène.

Ella no apartó la vista.

—«La verdad no está en lo que todos recuerdan, sino en aquello que uno de ellos necesitó corregir.»

Delacroix sintió un golpe intelectual tan limpio que durante un segundo olvidó el frío, el hotel y la tormenta.

Hélène no se movió.

Côme miró inmediatamente sus notas.

—Eso aparece en...

Ella se volvió.

—No.

Côme se calló.

Demasiado tarde.

Delacroix lo miró.

—¿Dónde?

El periodista dudó.

—En una novela de Hélène.

Amaury cerró los ojos.

Thérèse respiró.

Mireille miró a Hélène.

—¿Cuál? —preguntó Delacroix.

Côme respondió:

—La casa de las cinco voces.

Hélène se quedó inmóvil.

—Publicada cuándo.

Côme tragó saliva.

—1921.

Dos años después de la muerte de Ariane.

Nadie dijo nada.

Delacroix observó a Hélène.

Ella miró a Côme.

Después a Amaury.

Finalmente a Delacroix.

—La frase no es idéntica.

—¿Cómo es en tu novela?

—«La verdad no vive en lo que todos recuerdan, sino en lo que alguien necesitó corregir.»

Côme bajó la cabeza hacia sus notas.

—Muy parecida.

—Sí.

—¿La escribiste tú?

Hélène sostuvo la mirada de Delacroix.

—Sí.

—¿La recordabas del manuscrito de Ariane?

—No.

—Amaury la recuerda allí.

—Amaury acaba de decir que no recuerda la frase completa.

El abogado levantó la vista.

—Hélène.

—¿Qué? Es cierto.

—No dije que la hubiera inventado.

—Tampoco puedes asegurar una frase después de once años.

Delacroix intervino antes de que creciera la discusión.

—¿Édouard sabía esto?

Amaury miró hacia él.

—No sé.

—¿Se lo dijiste la semana pasada?

El abogado se quedó quieto.

Ahí estaba.

Una nueva pausa.

—Amaury.

—Me preguntó por las páginas.

—¿Y?

—Le dije que recordaba similitudes.

—¿La frase?

—Sí.

Hélène cerró los ojos.

Delacroix sintió cómo la muerte de Veyrac adquiría motivo.

No prueba.

Motivo.

Veyrac había encontrado cartas en Maison Valbert.

Había hablado con Amaury sobre similitudes concretas.

Había construido un juego sobre plagio.

Había invitado a Delacroix.

Y una semana después estaba muerto.

—¿Qué respondió Veyrac cuando le contaste la frase?

Amaury miró a todos.

—Dijo que entonces ya lo tenía.

—¿Qué tenía?

—No quiso decirme.

—¿Nada más?

Amaury negó.

Delacroix no le creyó del todo.

No porque hubiera detectado una mentira.

Porque el abogado llevaba toda la mañana entregando información en capas, siempre después de que otra persona volviera imposible retenerla.

—Amaury.

El abogado lo miró.

—¿Qué más?

—Nada.

—Piénsalo antes de responder.

—Ya lo he pensado.

—No lo suficiente.

Amaury se puso de pie.

—No acepto que me interrogues como si ocultara un asesinato porque no te entrego once años de recuerdos en el orden que prefieres.

—No he dicho asesinato.

—No hace falta.

—Entonces deja de escuchar acusaciones donde hago preguntas.

—Eso es fácil para quien siempre hace las preguntas.

Delacroix permaneció sentado.

—¿Hay algo más que Veyrac te dijera la semana pasada?

Amaury lo miró durante varios segundos.

Después:

—No.

Delacroix asintió.

—Bien.

El abogado pareció sorprendido por la falta de insistencia.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

Amaury recogió su taza.

—Necesito aire.

Rémi lo miró.

—No fuera.

—No soy idiota.

Mireille murmuró algo que sonó peligrosamente parecido a una objeción, pero tuvo la prudencia de no pronunciarla.

Amaury salió hacia la galería acristalada interior, visible desde el salón.

Hélène lo siguió con la mirada.

Delacroix la observó.

—¿Conocías la frase?

Ella no se volvió.

—Mi frase.

—La de Ariane.

—No.

—¿Estás segura?

Hélène lo miró.

—Sí.

—¿Podrías haberla recordado inconscientemente?

La pregunta pareció herirla más que la acusación directa.

—¿Me estás preguntando si construí una carrera robando recuerdos?

—Te estoy preguntando si una frase puede quedarse once años en la cabeza.

—Sí.

—Entonces.

Hélène inhaló.

—No lo sé.

Fue la primera vez que respondió así.

Delacroix registró la diferencia.

—Eso es mejor.

—No me felicites.

—No lo hacía.

Côme seguía mirando sus notas.

—Hay más similitudes.

Hélène se volvió hacia él.

—Côme.

El periodista levantó las manos.

—No estoy acusando. Pero La casa de las cinco voces también tiene una muerte en una galería.

Mireille cerró los ojos.

Thérèse miró a Hélène.

La novelista dejó caer el cuerpo contra el respaldo.

—Sí.

—Y declaraciones contradictorias.

—Sí.

—Y una carta modificada.

—Sí.

—¿Todo estaba en el manuscrito de Ariane?

Hélène se levantó.

—No lo sé.

—Pero lo leíste.

—Hace once años.

—Tres veces.

—¿Quieres que confiese algo para que tu artículo tenga final?

Côme palideció.

—No.

—Entonces deja de tratar coincidencias como conclusiones.

Delacroix intervino.

—Côme, basta.

El periodista asintió.

Hélène volvió a sentarse.

El daño ya estaba hecho.

No necesitaban acusarla.

La posibilidad había entrado.

Y todos la veían.

Delacroix miró hacia la galería.

Amaury seguía allí.

Solo.

La puerta de cristal lo separaba del salón, pero podían verlo perfectamente.