Capítulo 9 — Ariane Lécuyer #3
Hélène apoyó la barbilla sobre una mano.
—La historia sustituye al recuerdo.
Delacroix la miró.
—Eso escribía Ariane, según tú.
—Sí.
—Qué apropiado.
La novelista no respondió.
Octave se quitó las gafas.
—Yo recuerdo una cosa con claridad.
—¿Qué?
—La herida.
La habitación se volvió otra vez más fría.
—¿Cuál?
—En la cabeza. La caída había producido una lesión en la región temporal. Había sangre, sí, pero menos de la que uno imaginaría. El problema fue interno.
—¿Murió inmediatamente?
Octave pensó.
—Probablemente muy rápido.
—¿Podía estar viva cuando la encontrasteis?
El médico se quedó inmóvil.
—No lo sé.
Mireille lo miró.
—Octave.
—No lo sé.
—Dijiste que...
—Dije muchas cosas después.
Su voz había cambiado.
—Cuando me acerqué no tenía pulso perceptible. No respiraba. Pero yo no llevaba instrumental. Era una casa. Era de noche. Y durante los primeros segundos pensé que aquello era una escena.
Delacroix observó las manos del médico.
Le temblaban apenas.
—¿Cuánto tardaste en comprenderlo?
—No sé.
—Estimación.
—Treinta segundos. Un minuto.
Mireille cerró los ojos.
—Parecieron veinte.
—No.
—Para mí sí.
—Porque tú empezaste a reírte.
Mireille abrió los ojos.
Octave había dicho la frase sin crueldad.
Precisamente por eso la golpeó.
—Lo sé.
—No te lo reprocho.
—Yo sí.
Hélène apagó el segundo cigarrillo.
—Todos creímos que actuaba.
—¿Tú la tocaste? —preguntó Delacroix.
—No.
—¿Te acercaste?
—Sí.
—¿Viste la herida?
—Después.
—¿Antes de Octave?
—No.
Thérèse volvió a negar.
—Yo recuerdo que estabas arrodillada cuando llegué.
Hélène la miró con cansancio.
—Entonces recuerdas mal.
—Puede.
La admisión sorprendió más que la contradicción.
Thérèse continuó:
—Pero también recuerdo que tenías algo en la mano.
Silencio.
Hélène frunció el ceño.
—¿Qué?
—Papel.
—No.
—Sí.
—Thérèse, estabas histérica.
—Probablemente.
—Entonces...
—No digo que fuera importante. Digo que recuerdo papel.
Delacroix se inclinó.
—¿Qué tipo?
Thérèse negó.
—No sé. Una hoja doblada. Quizá una carta.
—¿Qué hiciste con ella? —preguntó a Hélène.
—No tenía ninguna hoja.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Eso sí lo recuerdas con claridad.
Hélène sostuvo su mirada.
—Porque me estás preguntando si robé algo del cadáver de mi amiga.
—Te estoy preguntando si tenías papel en la mano.
—No.
Delacroix asintió.
No necesitaba empujar más.
Todavía.
—¿El manuscrito estaba en la habitación de Ariane después de la muerte?
Amaury respondió:
—No.
—¿Quién lo buscó?
—Todos.
—¿Cuándo?
—Más tarde esa noche. Después de que se avisara a las autoridades.
—¿Quién avisó?
Octave:
—Édouard.
—¿Qué declaró la policía?
Amaury se adelantó.
—Accidente.
—¿Tan rápido?
—La escalera era empinada. Ariane había bebido. No había señales evidentes de lucha. Tenía asignada una escena precisamente allí. Nadie vio a otra persona atacarla.
Delacroix observó al abogado.
—Y tú ayudaste a sostener esa versión.
Amaury apretó los labios.
—Ayudé a evitar especulaciones sin prueba.
—¿Cómo?
—Hablé con los presentes. Con la policía. Expliqué la naturaleza del juego para que no interpretaran los objetos preparados como evidencia de un crimen.
—¿Qué objetos?
Mireille respondió:
—El vidrio. La sangre falsa. Una cuerda que formaba parte de otra pista. Una nota amenazante.
—¿Una nota?
—Ficticia.
—¿Qué decía?
Mireille pensó.
—«Esta noche pagarás por lo que has robado.»
Nadie respiró bien durante un segundo.
Delacroix miró a Hélène.
Ella no bajó la vista.
—¿Robado qué? —preguntó Côme.
Mireille se pasó una mano por el cabello.
—En el juego era una joya.
Delacroix sostuvo el silencio.
Una nota ficticia acusando a Ariane de robo.
Una discusión real sobre apropiación literaria.
Una muerte real dentro de una escena de muerte.
Era exactamente la clase de coincidencia que podía volver cualquier investigación de 1919 un infierno.
—¿La policía supo de la discusión entre Ariane y Hélène? —preguntó.
Amaury respondió:
—No había razón para convertir una disputa literaria en motivo de homicidio.
Hélène lo miró.
—No respondiste.
Amaury se volvió hacia ella.
—No recuerdo cada conversación.
—Yo sí. No se lo dijiste.
El abogado se quedó quieto.
—Tú tampoco.
—No.
—Entonces no me señales.
—No lo hago.
—Llevas toda la mañana haciéndolo.
Delacroix intervino.
—¿Por qué no lo dijiste, Hélène?
Ella lo miró.
—Porque Ariane estaba muerta y yo acababa de discutir con ella sobre una acusación de plagio. ¿Qué crees que habría parecido?
La sinceridad fue brutal.
—Sospechoso.
—Exactamente.
—¿Y preferiste callarlo?
—Sí.
—¿Incluso si podía relacionarse con su muerte?
La mandíbula de Hélène se tensó.
—En ese momento no creí que la hubieran matado.
—¿Después?
Ella no respondió inmediatamente.
—Después tampoco quise creerlo.
Thérèse miró al fuego.
—Ninguno quiso.
Octave asintió lentamente.
Mireille se abrazó las piernas.
Amaury parecía dispuesto a objetar y demasiado cansado para hacerlo.
Delacroix sintió por primera vez que comprendía algo esencial sobre 1919.
No había existido necesariamente una conspiración formal.
No se habían reunido en una habitación para decidir una mentira.
Había sido más humano y, por eso, quizá peor.
Cada uno había ocultado una pequeña cosa.
Hélène, la discusión.
Thérèse, que Ariane estaba furiosa y hablaba de correspondencia.
Mireille, quizá detalles de la escena que le resultaban culpables.
Octave, dudas médicas que después había dejado de formular.
Amaury había convertido esas omisiones en una versión jurídicamente estable.
Veyrac había dudado.
Y el tiempo había hecho el resto.
Nadie necesitaba acordar una mentira cuando todos preferían la misma explicación.
—¿Cuándo desapareció el manuscrito? —preguntó.
Hélène respondió:
—No lo sabemos.
—¿Antes o después de la muerte?
—Después de verla por última vez, evidentemente.
—Eso abarca demasiado.
Thérèse habló:
—A las siete estaba en su habitación.
Delacroix la miró.
—¿Lo viste?
—Sí.
—¿Lo tocaste?
—No. Estaba sobre el escritorio.
—¿Quién más estuvo allí?
Hélène.
La novelista respondió antes de que nadie la mirara.
—Yo.
—¿Alguien más?
Amaury negó.
Octave también.
Mireille dijo:
—Édouard entró más tarde. Creo.
—¿A qué hora?
—No sé.
—¿Antes de la muerte?
—Sí.
Delacroix sintió una pequeña tensión.
—¿Por qué?
—Él dirigía el juego. Fue a buscarla porque debía empezar su parte.
—¿Volvió con ella?
—No.
—¿Qué dijo?
Mireille se quedó pensando.
—Que Ariane necesitaba unos minutos.
—¿Estado?
—No recuerdo.
—¿Édouard parecía preocupado?
—Tal vez.
Hélène habló:
—Sí.
Todos la miraron.
—Estaba raro —añadió—. Le pregunté qué ocurría. Dijo que Ariane estaba enfadada.
—¿Contigo?
—No lo dijo.
Delacroix recordó la frase de Veyrac en París.
Y alguien que ya no puede quejarse.
Quizá Édouard había sabido mucho más de lo que admitió durante once años.
Quizá no lo suficiente.
—¿Después de la muerte buscó el manuscrito? —preguntó.
Thérèse asintió.
—Como un loco.
—¿Por qué?
Amaury habló:
—Porque pertenecía a Ariane y podía contener información familiar, cartas, documentos.
Thérèse lo miró.
—No.
Amaury suspiró.
—¿Otra vez?
—Édouard buscaba una página concreta.
Delacroix se volvió.
—¿Cuál?
—La última.
El título volvió a caer sobre ellos.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo escuché preguntar por ella.
—¿A quién?
Thérèse miró a Hélène.
La novelista permaneció quieta.
—A Hélène.
Delacroix no se movió.
—¿Qué preguntó exactamente?
Thérèse cerró los ojos para recuperar la frase.
—«¿Dónde está la última página, Hélène?»
Nada más.
La tormenta pareció alejarse.
Incluso el fuego sonó demasiado alto.
Delacroix miró a Hélène.
Ella estaba pálida ahora.
No mucho.
Lo suficiente.
—¿Te lo preguntó?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sabía que yo había leído el manuscrito.
—¿Y qué respondiste?
—Que no sabía.
—¿Era verdad?
Hélène sostuvo su mirada.
—Sí.
—¿Por qué necesitaba específicamente la última página?
—No lo sé.
Thérèse negó.
—Ariane le había dicho algo.
Hélène se volvió.
—¿Qué?
—No lo sé.
—Entonces deja de construir frases con huecos.
—Mira quién habla.
Mireille se puso de pie.
—Basta.
La palabra sorprendió a todos.
Mireille tenía los ojos húmedos.
—Basta.
Hélène cerró la boca.
Thérèse también.
Mireille miró a Delacroix.
—No vas a resolver once años en una mañana.
—No.
—Entonces déjanos respirar.
Delacroix observó al grupo.
Tenía razón.
Habían dormido poco.
Comido mal.
Uno de sus amigos estaba muerto en otra planta.
Otro recuerdo de una amiga muerta acababa de ser abierto como una herida.
—Diez minutos —dijo.
Mireille asintió.
Nadie protestó.
Se dispersaron sin abandonar el salón. Eso era lo que significaba ahora descansar: alejarse cuatro metros.
Côme fue hacia una ventana.
Octave preparó café.
Amaury se acercó a la chimenea.
Thérèse se sentó sola.
Hélène salió a la pequeña galería acristalada para fumar, visible desde el salón a través de las puertas de vidrio.
Delacroix permaneció junto a la mesa.
Géraud se acercó.
—No sé si puedo ayudarte con esto.
—Eso te hace sospechosamente sensato.
—Pero hay una cosa.
—¿Cuál?
—El sabotaje.
Delacroix lo miró.
—¿Qué pasa?
Géraud bajó la voz.
—Rémi tiene razón. No parece trabajo de alguien que conozca sistemas eléctricos de verdad.
—Ya lo dijiste.
—Ahora estoy más seguro.
—¿Por qué?
—Revisé mejor el contacto. Quien lo aflojó necesitó varios intentos. Hay marcas alrededor. Alguien utilizó una herramienta inadecuada al principio.
—¿Conclusión?
—La persona sabía qué pieza debía inutilizar. Pero no sabía exactamente cómo hacerlo.
—Conocimiento visual.
—O explicación previa.
Delacroix miró a través del cristal.
Hélène fumaba de espaldas a ellos.
—¿Visita al hotel?
—Es la hipótesis más sencilla.
—Veyrac. Mireille. Hélène.
—Y André estaba aquí, naturalmente.
—Rémi también.
—Sí.
—¿Tú habías visto la instalación antes?
Géraud negó.
—Ayer fue la primera vez.
Delacroix observó sus manos.
—Tienes herramientas capaces de cortar el cable.
—Sí.
—Y conocimientos suficientes.
—Más que suficientes.
—Eso te elimina precisamente porque el trabajo es malo.
Géraud sonrió.
—O soy suficientemente inteligente para hacerlo mal.
Delacroix lo miró.
—Gracias.
—De nada.
La frase era casi idéntica a una conversación que habrían tenido el día anterior.