Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 9 — Ariane Lécuyer #2
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Capítulo 9 — Ariane Lécuyer #2

La forma de decirlo hizo que Delacroix registrara la palabra.

No «era prometedor».

No «tenía partes buenas».

Lo era.

—¿Estaba terminada?

—Casi.

—¿Cuánto faltaba?

—Un capítulo. Quizá dos.

Thérèse negó.

—La última página.

Todos se volvieron.

Delacroix sintió cómo el título del juego adquiría otra profundidad.

—¿Qué?

Thérèse miró a Hélène.

—Lo único que faltaba de verdad era la última página.

Hélène no respondió.

—¿Literalmente? —preguntó Delacroix.

Thérèse asintió.

—Ariane había escrito el capítulo final. Pero cambiaba continuamente el último párrafo. Decía que una novela policíaca se podía salvar o arruinar en la última página porque ahí el autor demostraba si había entendido lo que realmente estaba contando.

Côme miró los papeles sobre la mesa.

—La última página.

—Sí —dijo Delacroix.

Hélène apagó el cigarrillo.

—Édouard sabía eso.

—Naturalmente.

—Todos lo sabíamos.

Mireille habló muy bajo.

—Yo lo había olvidado.

Thérèse la miró.

—Édouard no.

Delacroix sintió otra vez rabia contra Veyrac.

El título no era elegante.

Era personal.

Había construido toda la partida alrededor de detalles que los antiguos miembros reconocerían progresivamente y que los nuevos interpretarían como ficción.

—¿Qué pasó con el manuscrito después de la muerte? —preguntó.

Hélène respondió:

—Desapareció.

—¿Cuándo se vio por última vez?

Amaury habló esta vez.

—En la casa donde celebrábamos la reunión.

—¿Dónde?

—Cerca de Fontainebleau. Una propiedad de un amigo de Édouard.

—¿Ariane lo llevó consigo?

—Sí.

—¿Por qué?

Hélène contestó:

—Quería mostrárselo a alguien.

Delacroix la miró.

—¿A quién?

La pausa fue casi invisible.

—No lo sé.

Thérèse soltó aire.

Hélène se volvió.

—¿Qué?

—A ti.

Nadie se movió.

Hélène la miró durante varios segundos.

—Ya lo había leído.

—Quería enseñarte las modificaciones.

—No.

—Sí.

—Thérèse, no estabas en aquella conversación.

—Ariane me lo dijo.

Hélène enderezó la espalda.

—¿Cuándo?

—Esa misma tarde.

—Nunca me contaste eso.

—Nunca me preguntaste.

—Durante once años.

—Durante once años nadie preguntó nada que no pudiera responderse con «accidente».

Amaury golpeó suavemente la mesa con los dedos.

—Esto está degenerando.

Delacroix no apartó la vista de Hélène.

—¿Ariane quería enseñarte el manuscrito esa noche?

La novelista respiró.

—Es posible.

—¿La viste con él?

—Sí.

—¿Dónde?

—En su habitación.

—¿Entraste?

—Por la tarde.

—¿Cuánto tiempo?

—Media hora. Quizá más.

—¿Discutisteis?

Hélène sonrió sin humor.

—Éramos escritoras. Discutíamos por respiración.

—¿Sobre qué esa vez?

—No lo recuerdo.

Thérèse volvió a soltar aire.

Hélène se volvió con brusquedad.

—Si tienes algo que decir, dilo.

Thérèse la miró.

—Ariane estaba furiosa contigo.

Mireille cerró los ojos.

Amaury murmuró:

—Dios.

Hélène no palideció.

Eso habría sido más sencillo.

Se quedó muy quieta.

—¿Por qué?

—Eso quiero saber —dijo Thérèse.

—No. Acabas de afirmar que estaba furiosa. Dime por qué.

—No me lo dijo.

—Entonces no sabes nada.

—Sé cómo estaba.

—Eso no es un motivo.

Delacroix intervino.

—Hélène.

Ella lo miró.

—¿Sí?

—¿Recuerdas alguna discusión importante con Ariane en los días anteriores?

Hélène sostuvo su mirada.

El salón había quedado tan silencioso que se oía la nieve deslizarse ocasionalmente desde algún borde del tejado.

—Sí.

—¿Sobre qué?

—Literatura.

Côme hizo un movimiento con la pluma.

Hélène lo vio.

—No escribas esa palabra como si acabara de confesar un asesinato.

El periodista retiró la punta del papel.

—Perdón.

—No pidas perdón por trabajar —dijo Delacroix—. Solo trabaja mejor.

Côme asintió.

Delacroix volvió a Hélène.

—Literatura es muy amplio.

—Ariane pensaba que yo había utilizado una idea suya.

La frase salió limpia.

Sin titubeo.

Eso produjo más efecto que una negación.

Thérèse la miró.

Mireille también.

Amaury dejó de moverse.

—¿Qué idea? —preguntó Delacroix.

—Un mecanismo narrativo.

—¿Cuál?

—Una historia contada mediante declaraciones incompatibles.

—La novela de Ariane.

—No exactamente.

—¿Dónde la utilizaste?

Hélène apretó los labios.

—En un relato.

—¿Publicado?

—Sí.

—¿Antes de su muerte?

—Sí.

Côme bajó la vista hacia su libreta.

—¿Título?

Hélène lo ignoró.

Delacroix repitió:

—¿Título?

—Cinco versiones de una caída.

El nombre produjo una reacción inmediata en Thérèse.

—Ahí está.

Hélène la miró.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—No hace falta.

Delacroix recordó vagamente el relato. Había leído alguna recopilación antigua de Hélène, aunque no estaba seguro de haber visto aquel texto.

—¿Tuvo éxito?

—Moderado.

—¿Ariane consideró que le habías robado la idea?

—Sí.

—¿Y tú?

Hélène se inclinó hacia delante.

—Yo consideraba que una estructura no pertenece a nadie. La idea de contar un hecho desde varios testimonios contradictorios no nació con Ariane Lécuyer y no murió con ella.

—¿Utilizaste elementos concretos de su manuscrito?

—No.

Thérèse la miró.

—Eso decías.

—Porque era verdad.

—¿Por qué discutieron entonces?

—Porque Ariane no pensaba igual.

—¿Amenazó con hacer algo?

Hélène se volvió hacia Delacroix.

—¿Esto es un interrogatorio?

—Desde hace varios minutos.

—Entonces prefiero saberlo.

—Ahora lo sabes.

Ella sonrió apenas.

—Bien.

Delacroix esperó.

Hélène respondió:

—Ariane dijo que hablaría con el editor del relato. Quería demostrar que la estructura aparecía en su manuscrito antes de que yo escribiera el mío.

—¿Podía demostrarlo?

—No sé.

Thérèse:

—Tenía cartas.

Hélène giró.

—¿Qué cartas?

—Correspondencia con Valbert.

La palabra cayó exactamente donde Delacroix esperaba.

Maison Valbert.

Los papeles que Veyrac había comprado a finales de 1929.

Delacroix se inclinó hacia Thérèse.

—¿La editorial?

—Sí.

—¿Ariane había enviado partes de la novela?

—Creo que sí.

Hélène ya no miraba a Thérèse.

Miraba al fuego.

—¿Tú lo sabías? —preguntó Delacroix.

—Sabía que había hablado con Valbert.

—¿Sabías que existían cartas fechadas?

—No.

—¿Édouard las encontró en el archivo?

Hélène levantó la vista.

—Eso parece.

Nadie necesitó decir más.

El contorno de la historia empezaba a aparecer.

Ariane tenía un manuscrito.

Hélène había publicado un relato basado, según Ariane, en parte de aquel trabajo.

Ariane poseía correspondencia capaz de demostrar fechas.

Once años después, Veyrac compraba precisamente el archivo de aquella editorial.

Y poco después comenzaba a preparar La última página.

Côme susurró:

—Dios.

Amaury lo miró.

—No conviertas una coincidencia documental en prueba de asesinato.

—No he dicho asesinato.

—Lo estabas pensando.

Côme cerró la boca.

Delacroix se volvió hacia Amaury.

—¿Qué ocurrió la noche de la muerte?

El abogado respiró.

—Jugábamos.

—Eso ya lo sé.

—Ariane tenía asignado el papel de víctima.

—¿Quién diseñó el juego?

Mireille respondió:

—Yo y Édouard.

—¿Qué debía suceder?

Mireille juntó las manos.

—Era sencillo comparado con los de ahora. Había una disputa familiar, una herencia, cartas. Ariane interpretaba a una mujer que descubría algo y debía aparecer muerta en la escalera de servicio alrededor de las diez.

—¿Cómo fingía la muerte?

—Una caída. Se tumbaba en el descansillo inferior. Yo había colocado un pequeño frasco con sangre teatral detrás de su cabeza y una pieza de vidrio falso cerca.

Su voz se volvió más baja.

—Cuando la encontramos, el frasco seguía allí.

Delacroix sintió una incomodidad.

—¿Roto?

—Sí.

—¿Entonces había sangre falsa y real?

Mireille asintió.

—Al principio no lo distinguimos.

Côme dejó de escribir otra vez.

Mireille lo miró.

—Escribe.

Él obedeció.

—¿Quién la encontró? —preguntó Delacroix.

Octave respondió:

—Entramos varios juntos.

—Nombres.

El médico cerró los ojos para recordar.

—Édouard. Amaury. Mireille. Yo. Creo que Hélène llegó casi al mismo tiempo.

Thérèse negó.

—Hélène ya estaba allí.

Hélène se volvió.

—No.

—Sí.

—Llegué después de Octave.

—Yo te vi junto a la puerta.

—Eso fue cuando todos estaban alrededor.

Thérèse frunció el ceño.

—No.

Delacroix levantó una mano.

—No intentéis arreglarlo todavía. Quiero versiones.

Se volvió hacia Thérèse.

—¿Tú dónde estabas?

—En el salón. Llegué después.

—¿Cuánto después?

—Un minuto. Dos.

—¿Y Géraud?

El ingeniero negó.

—No pertenecía todavía al Círculo. Conocí a Édouard en 1921.

—Bien.

—¿Quién hizo la primera broma? —preguntó Delacroix.

La pregunta sorprendió a todos.

Octave miró a Mireille.

Mireille negó.

Amaury bajó los ojos.

—No importa.

—A mí sí.

—Fue hace once años.

—Precisamente por eso quiero saber qué recordáis sin haberlo preparado.

Octave habló.

—Édouard.

Mireille lo miró.

—No.

—Creo que sí.

—Fue Amaury.

El abogado levantó la cabeza.

—No recuerdo haber dicho nada.

Thérèse:

—Yo siempre creí que fue Hélène.

Hélène soltó una pequeña risa incrédula.

—Naturalmente.

Delacroix no intervino.

La discrepancia era interesante precisamente porque era trivial.

Una broma.

Nadie había tenido motivos para mentir sobre ella.

Y, sin embargo, once años de memoria habían producido cuatro versiones.

—¿Qué broma? —preguntó Côme.

Mireille cerró los ojos.

—Algo sobre que Ariane exageraba.

—¿Qué?

—No sé. «Te has tomado demasiado en serio el papel.» Algo así.

Octave negó.

—No. Era sobre que siempre quería ser protagonista.

Hélène habló:

—Fue «Por fin has aprendido a quedarte quieta».

Todos la miraron.

Ella también se dio cuenta.

—Eso recuerdo.

Delacroix observó su rostro.

—¿Quién lo dijo?

Hélène tardó.

—Édouard.

Mireille negó.

—No.

—Sí.

—Estoy segura de que fue Amaury.

Amaury se llevó una mano a la frente.

—Por el amor de Dios, ¿de verdad importa quién hizo una broma antes de saber que estaba muerta?

Delacroix respondió:

—Importa porque demuestra algo.

—¿Qué?

—Que la versión que todos llamáis «lo que ocurrió en 1919» no es una memoria. Es una historia construida después.

Hélène lo miró.

La frase pareció interesarle a pesar de todo.

—Eso ocurre con todos los recuerdos colectivos.

—Sí.

—Entonces no demuestra delito.

—No.

Amaury soltó aire.

—Gracias.

—Demuestra que necesito desconfiar de cualquier detalle que todos recuerden igual.

El abogado lo miró.

—Eso no tiene sentido.

—Mucho. Los detalles idénticos después de once años pueden ser precisamente los que habéis repetido más.