Capítulo 9 — Ariane Lécuyer
El barro apareció en tres lugares.
Una huella parcial junto a la puerta de Delacroix, otra más pequeña cerca de la cama y un terrón húmedo bajo el somier, como si quien hubiera entrado hubiese llevado adherida a la suela una pequeña porción de otro mundo y la hubiera dejado caer allí por descuido.
Rémi Colas necesitó menos de cinco minutos para establecer que no procedía de la nieve exterior.
—Demasiado oscuro —dijo, agachado junto a la primera marca—. Y demasiado húmedo.
Delacroix observó el fragmento sobre una hoja blanca que André había colocado debajo sin tocarlo directamente.
—¿De dónde?
—Podría ser de los cuartos bajos. Sala de máquinas, almacén de carbón, zona de mantenimiento. Hay rincones donde se mezcla polvo con condensación y termina pareciendo barro aunque estemos a dos mil metros.
Géraud Vannier se inclinó.
—También junto al drenaje de la galería.
Rémi negó.
—Allí sería más gris.
Mireille estaba apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
—Me fascina que ahora discutamos variedades de barro dentro de un hotel sepultado por nieve.
Amaury Delatour la miró.
—Es precisamente cuando la procedencia importa.
—Gracias, Amaury. Temía que el barro fuera una cuestión filosófica.
El abogado no respondió.
Delacroix siguió mirando la huella.
No había suficiente dibujo para identificar un calzado. Tampoco una dirección clara. Alguien podía haber entrado, acercarse a la cama y salir. O Delacroix podía haber transportado inconscientemente la suciedad en sus propios zapatos durante el día anterior.
Esa explicación habría sido tranquilizadora.
No encajaba.
Había limpiado las botas antes de entrar en la habitación y las había dejado junto a la puerta. Las marcas aparecían en el lado opuesto.
—¿Puede haber entrado alguien después de que saliera esta mañana? —preguntó Hélène.
Delacroix la miró.
—Sí.
La respuesta alivió ligeramente a Côme.
—Entonces quizá no fue mientras dormía.
—Quizá.
El periodista volvió a incomodarse.
Mireille lo observó.
—Estás descubriendo que «quizá» es la palabra oficial del fin de semana.
—Prefería cuando era «ficticio».
Nadie discutió.
Delacroix cerró la habitación después de que André recogiera cuidadosamente el pequeño fragmento de barro en un sobre.
No sabía si serviría para algo. En París habría podido enviar una muestra, comparar tierras, buscar residuos, hacer que alguien examinara la composición.
Allí arriba tenía ojos, dedos, memoria y nueve personas cuya paciencia empezaba a convertirse en otra forma de cansancio.
Volvieron al salón.
El hotel seguía caliente.
Eso era casi insultante.
La calefacción central mantenía una temperatura cómoda, el fuego crepitaba y André había encendido lámparas incluso durante el día porque la tormenta convertía las ventanas en rectángulos blancos sin profundidad.
Si uno conseguía no mirar demasiado hacia fuera, podía imaginar que estaba en cualquier gran hotel de invierno, protegido de un mal tiempo agradable y temporal.
Después veía el plano sobre la mesa.
Los llaveros.
Las tazas que nadie dejaba sin vigilancia.
La silla vacía de Édouard.
Y la ilusión se deshacía.
Delacroix esperó a que todos estuvieran sentados.
—Ariane.
La palabra produjo la reacción esperada.
Amaury levantó la mirada con expresión cansada.
Mireille dejó una caja de cerillas sobre la mesa.
Octave Méricourt se quitó las gafas, aunque no había nada que limpiar.
Thérèse Belloc no hizo ningún movimiento.
Hélène encendió un cigarrillo.
Géraud, Côme, André y Rémi permanecieron en silencio. Eran los cuatro que no habían pertenecido al núcleo de 1919, aunque Géraud conocía fragmentos de la historia por años de amistad con el Círculo.
—No pienso volver a preguntarlo de manera dispersa —dijo Delacroix—. Quiero la historia completa desde el principio.
Amaury apoyó las manos sobre las rodillas.
—No existe una historia completa.
—Entonces quiero todas las incompletas.
—Armand...
—Édouard preparó un juego alrededor de una escritora muerta.
Utilizó circunstancias de su muerte. Introdujo un manuscrito desaparecido.
Dejó su nombre programado para aparecer después de su propio cadáver.
Si alguno de vosotros sigue pensando que Ariane es una cuestión privada del Círculo, puede dejar de pensarlo ahora.
Amaury apretó la mandíbula.
—No he dicho privada.
—Lo llevas diciendo desde anoche con palabras más largas.
Mireille miró al abogado.
Amaury no respondió.
Thérèse fue la primera en hablar.
—Ariane tenía veintiocho años cuando murió.
La frase hizo más que cualquier otra hasta entonces.
Côme levantó la cabeza.
Hasta ese momento Ariane había sido una pieza histórica. Una antigua miembro. Una víctima de 1919. Veintiocho años la convirtió en una mujer.
Thérèse miró hacia el fuego.
—Era de Dijon. Su padre tenía una pequeña imprenta. No rica, pero tampoco pobre. Había crecido entre papel, tinta y hombres convencidos de que los libros pertenecían a quien podía pagar su impresión.
Hélène exhaló humo.
—Eso lo habría dicho ella.
Thérèse la miró.
—Sí.
—No era exactamente así.
—¿Qué parte?
—Su padre no tenía la imprenta cuando ella murió. La había vendido durante la guerra.
Thérèse inclinó la cabeza.
—Eso no cambia quién era.
—No he dicho que lo cambie.
Delacroix observó el intercambio.
Pequeño.
Casi trivial.
Una corrección.
Hélène había sentido necesidad de hacerla.
—¿Cómo entró en el Círculo? —preguntó.
Édouard habría respondido enseguida. Se notó en el silencio que dejaron para él.
Fue Octave quien lo hizo.
—Por Hélène.
Todos miraron a la novelista.
Ella apagó una pequeña ceniza en el plato vacío que utilizaba como cenicero.
—Nos conocimos en 1916.
—¿Dónde?
—En París. Un salón literario que ambos odiábamos.
Côme sonrió apenas.
—Eso parece un buen comienzo para una amistad.
—Lo fue.
Hélène miró al periodista y durante un instante regresó algo de la mujer que había discutido con Delacroix en el tren.
—La anfitriona tenía la costumbre de obligar a los escritores jóvenes a leer fragmentos en voz alta delante de personas mayores que ya habían decidido que nada escrito después de 1890 valía la pena. Ariane leyó una escena. Yo dije que el final era malo. Ella dijo que mi opinión también.
Mireille sonrió.
—Eso suena a Ariane.
—Sí.
La sonrisa de Hélène desapareció con la misma suavidad con que había llegado.
—Después tomamos vino en otro sitio. Éramos amigas al terminar la noche.
Delacroix se apoyó contra el respaldo.
—¿Tú ya publicabas?
—Muy poco. Relatos. Artículos. Una primera novela que nadie leyó.
—Yo la leí —dijo Thérèse.
Hélène la miró.
—Porque te regalé un ejemplar.
—Sigue contando.
—No cuenta como venta.
—No he dicho que pagara.
Mireille soltó una risa breve.
Esta vez Hélène también.
El momento pasó.
—Ariane escribía desde antes de la guerra —continuó—. Tenía varios cuentos, una novela que abandonó y después empezó otra. La que importa.
—¿La que desapareció? —preguntó Côme.
—Sí.
—¿Título?
Hélène dudó.
—Tuvo varios.
—Esta mañana dijiste que nunca tuvo uno definitivo.
—Porque no lo tuvo.
—¿Cuáles?
Hélène dejó el cigarrillo.
—La habitación de los espejos. Después La cuarta llave. Durante un tiempo El testigo ausente.
Côme empezó a escribir.
Amaury levantó una mano.
—¿Necesitamos realmente detalles de títulos provisionales?
Delacroix lo miró.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Édouard construyó un juego sobre autoría. Quiero saber todo lo que podamos saber sobre la obra cuya desaparición parece estar en el centro.
Amaury miró a Hélène.
—Continúa.
Ella no pareció agradecer la autorización.
—Era una novela policíaca. Más ambiciosa de lo habitual para la época. Varias voces, documentos, cartas. El lector recibía versiones distintas de una misma muerte.
Delacroix levantó la vista.
—¿Qué muerte?
Hélène tardó un segundo.
—Un editor.
Côme dejó de escribir.
—¿Muerto cómo?
—No lo recuerdo con exactitud.
Thérèse la miró.
—Sí lo recuerdas.
Hélène giró lentamente hacia ella.
—¿Perdón?
—Lo leíste tres veces.
—Hace once años.
—Tú recuerdas novelas que leíste a los quince.
La temperatura de la conversación cambió.
Delacroix no intervino.
Hélène sostuvo la mirada de Thérèse.
—Cae desde una galería interior.
—No cae —dijo Thérèse—. Lo empujan.
—Naturalmente lo empujan. Era un asesinato.
—Entonces lo recuerdas.
Hélène respiró por la nariz.
—¿Qué pretendes?
—Nada.
—Llevas desde anoche respondiendo como si cada dato necesitara una acusación debajo.
—Quizá porque llevamos once años evitando los datos.
Amaury intervino.
—Basta.
Thérèse ni siquiera lo miró.
—No.
—Thérèse.
—No eres nuestro abogado.
Amaury pareció ofendido por algo más profundo que la frase.
—Nunca dije que lo fuera.
—Te comportaste como si lo fueras en 1919.
El silencio cayó de golpe.
Côme dejó la pluma.
Géraud miró a Amaury.
Octave cerró los ojos.
Mireille murmuró:
—Thérèse.
—¿Qué?
—No lo hagas así.
—¿Así cómo? ¿En voz alta?
Delacroix se inclinó.
—¿Qué hizo Amaury en 1919?
El abogado respondió antes que nadie.
—Intenté evitar que una tragedia se convirtiera en un escándalo sin fundamento.
Thérèse soltó una risa seca.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La frase exacta.
—Porque sigue siendo cierta.
—No.
Delacroix levantó una mano.
—Uno por vez.
Amaury se puso de pie.
—No necesito que moderes una conversación entre amigos.
—Hace once años que sois amigos y todavía no habéis conseguido tenerla. Prueba otra cosa.
El abogado lo miró.
Después volvió a sentarse.
Delacroix se volvió hacia Hélène.
—La novela.
Ella tardó unos segundos en recuperar el hilo.
—El editor era empujado desde una galería.
El problema no consistía tanto en quién podía haberlo hecho como en quién había construido las versiones posteriores.
Cada testigo recordaba algo incompatible con los demás y, al final, la solución dependía de descubrir qué relato había sido corregido después.
Delacroix sintió un interés inmediato.
—¿Corregido?
—Una carta modificada. Un horario reconstruido. Una declaración repetida tantas veces que terminaba sustituyendo al recuerdo original.
Côme levantó la vista.
—Eso es bueno.
Hélène lo miró.
—Lo era.