Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 8 — Diez personas y ciento veinte habitaciones #3
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Capítulo 8 — Diez personas y ciento veinte habitaciones #3

Mireille levantó la cabeza.

—Eso.

Nadie habló.

Delacroix se puso de pie.

—¿De dónde?

Côme miraba el techo.

—Arriba.

—Eso es evidente.

—Tercer piso —dijo Rémi.

Géraud negó.

—Puede transmitir por estructura.

Otro golpe.

Uno solo.

Más lejos.

Thérèse y André aparecieron desde cocina.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

Mireille levantó una mano.

Todos escucharon.

Silencio.

El fuego.

El viento.

Después:

toc.

Côme se puso de pie.

—Hay alguien.

Amaury negó.

—No sabes eso.

—¿Qué hace ese sonido entonces?

—Cien cosas.

Mireille miró a Delacroix.

—El tercer piso está cerrado.

André asintió.

—Desde esta mañana.

—¿Con llave?

—Sí.

Delacroix respiró.

—¿Quién tiene la llave?

André miró hacia la bandeja.

El llavero maestro estaba sobre la mesa.

Rémi tenía otro acceso por zona técnica, pero estaba allí.

—Todos juntos —dijo Delacroix.

Mireille lo miró.

—¿Subimos todos?

—No voy a dejar a nadie abajo solo y no voy a dividirnos.

La procesión volvió.

Aquello empezaba a convertirse en la forma oficial de desplazamiento del hotel.

Subieron la escalera principal hasta el segundo piso.

Después al tercero.

André abrió la puerta de acceso.

La cerradura cedió.

El corredor estaba oscuro.

Rémi encendió las luces.

Nada.

Una fila de puertas cerradas.

Alfombra.

Ventanas pequeñas.

Silencio.

El aire era notablemente más frío.

Côme permaneció detrás de Delacroix.

—¿Cuál fue?

—No lo sé.

Delacroix avanzó.

Cada paso parecía demasiado fuerte.

Revisaron las primeras habitaciones.

Vacías.

Cerradas.

Algunas cubiertas parcialmente por fundas protectoras.

Otras listas para huéspedes inexistentes.

Mireille abrió un armario.

Nada.

Amaury comprobó una ventana.

Cerrada.

Octave se quedó junto a la puerta de acceso con Thérèse.

Géraud y Rémi revisaron una conducción lateral.

—Puede haber sido calefacción —dijo Géraud.

Mireille lo miró.

—Cuatro golpes separados.

—Las tuberías no saben contar.

—Gracias.

Siguieron.

Al final del corredor encontraron una puerta entreabierta.

André se detuvo.

—Esa debería estar cerrada.

Delacroix levantó una mano.

Nadie avanzó.

—¿Qué habitación?

André miró el número.

—Tres diecisiete.

—¿Ocupada?

—No.

—¿Parte del juego?

Mireille negó.

—No.

Delacroix empujó la puerta.

La habitación estaba oscura.

Rémi encendió.

Vacía.

Cama cubierta.

Armario cerrado.

Ventana.

Delacroix miró el suelo.

Cerca de la cama había tres pequeños fragmentos de yeso.

Nada más.

Géraud se agachó.

—Techo.

Miraron arriba.

Una pequeña fisura recorría una esquina.

—Puede caer con vibraciones —dijo.

Mireille exhaló.

—Entonces eso era.

Géraud negó.

—Podría.

—Otra vez podría.

—Es una palabra útil.

Delacroix entró.

La ventana estaba cerrada.

El armario vacío.

Debajo de la cama, polvo.

Nada más.

Côme señaló la puerta.

—¿Por qué estaba abierta?

André no respondió.

Delacroix miró la cerradura.

No estaba forzada.

—¿La cerraste tú?

—Esta mañana revisamos la planta. Sí.

—¿Con llave?

André pensó.

—Creo...

Delacroix lo miró.

André corrigió:

—Sí. Estoy casi seguro.

Amaury soltó aire.

—Eso no es lo mismo.

Delacroix examinó el picaporte.

Nada.

Hélène permanecía en el umbral.

—¿Qué busca?

—La razón por la que alguien abre una habitación vacía.

—Quizá nadie la abrió.

—André dice que estaba cerrada.

—André también lleva treinta horas despierto.

El director no se ofendió.

—Puede tener razón.

Delacroix miró a Hélène.

—Y sin embargo hemos oído golpes.

—Sí.

—Aquí arriba.

—Probablemente.

—Y encontramos una puerta abierta.

Hélène sostuvo su mirada.

—Eso son tres hechos. No necesariamente una frase.

Delacroix sonrió apenas.

—Empiezo a odiar cuando dices cosas útiles.

—Es mutuo.

Mireille recorrió la pared con la mano.

—No había nada del juego aquí.

—¿Segura?

—Sí.

Delacroix salió.

—Cerramos otra vez.

Côme parecía decepcionado.

—¿Eso es todo?

—¿Preferías un cadáver?

El periodista palideció.

—No.

—Entonces celebra las decepciones pequeñas.

André cerró la 317 con llave.

Todos regresaron hacia la puerta del piso.

Antes de llegar, Delacroix oyó algo.

Muy leve.

Detrás.

Se detuvo.

Hélène casi chocó con él.

—¿Qué?

Delacroix levantó una mano.

Nada.

—Armand.

—Silencio.

Escucharon.

Un roce.

No un golpe.

Algo desplazándose suavemente sobre el suelo.

Mireille giró.

—Lo he oído.

Côme también.

—Sí.

Venía del extremo que acababan de abandonar.

Delacroix miró a Rémi.

El técnico frunció el ceño.

—Eso no es tubería.

Nadie se movió durante varios segundos.

Después Delacroix volvió.

Esta vez más despacio.

Los demás detrás.

El corredor parecía haber ganado longitud.

La habitación 317 seguía cerrada.

Pasaron.

El sonido no volvió.

Llegaron hasta el final.

Nada.

Géraud abrió una puerta de servicio pequeña.

Dentro había un armario con mantas, sábanas y dos carros vacíos.

Mireille miró el suelo.

—Aquí.

Una manta había caído parcialmente desde un estante y arrastraba una esquina sobre el suelo.

Rémi la levantó.

Una corriente de aire salía de una rejilla baja.

—Ventilación.

Côme dejó escapar una risa.

—Perfecto.

La risa duró poco.

Delacroix observó la manta.

Podía explicar el roce.

El yeso podía explicar los golpes.

La fatiga podía explicar una puerta que André quizá hubiera olvidado cerrar.

Todo tenía explicación.

Eso debería haber resultado tranquilizador.

No lo fue.

Porque el miedo no necesitaba que algo fuera inexplicable.

Solo necesitaba tiempo suficiente para que cada explicación llegara después.

Bajaron.

Esta vez nadie habló durante el trayecto.

Al llegar al segundo piso, Mireille se detuvo frente a la puerta de su habitación.

—Voy a buscar un jersey.

Delacroix la miró.

Ella levantó ambas manos.

—Con compañía.

Thérèse se acercó.

—Voy.

Mireille sonrió.

—Ves. Aprendo.

Entraron juntas.

El resto siguió hacia la escalera.

Delacroix fue el último.

Cuando pasó frente a la 214, su habitación, vio algo en el suelo.

Se detuvo.

Hélène, que caminaba delante, percibió que ya no lo seguía.

—¿Qué ocurre?

Delacroix no respondió.

Frente a su puerta había una pequeña mancha oscura sobre la alfombra.

Se agachó.

Barro.

No mucho.

Una huella parcial.

Húmeda.

Hélène se acercó.

—¿Eso estaba antes?

—No.

—¿Seguro?

Delacroix la miró.

—Sí.

Amaury volvió desde la escalera.

—¿Qué pasa?

Delacroix levantó una mano.

—Nadie pise aquí.

Todos se acercaron de todos modos.

La huella no mostraba un dibujo completo. Solo talón y borde lateral de una suela.

Barro oscuro.

No nieve derretida.

Barro.

Rémi se agachó a distancia.

—Eso no viene de fuera ahora.

—¿Por qué?

—Todo está cubierto de nieve. Para encontrar barro así hay que ir a una zona protegida o interior.

Géraud miró hacia el corredor.

—Sala de máquinas.

—También almacenes bajos —dijo André—. Algunas zonas de servicio tienen suelo húmedo.

Delacroix abrió su puerta.

La habitación parecía intacta.

Entró despacio.

Cama.

Escritorio.

Maleta.

Ventana cerrada.

Nada.

Hélène permaneció en el umbral.

—Armand.

Delacroix miró hacia abajo.

Había otra pequeña marca junto a la cama.

Después una más.

La secuencia cruzaba la habitación.

Hasta el lado donde él había dormido.

Mireille acababa de regresar con Thérèse.

—¿Qué...?

Delacroix se agachó.

Debajo de la cama, muy cerca del borde, había un pequeño terrón oscuro.

Barro húmedo.

Côme dejó escapar el aire.

—Alguien estuvo aquí.

Delacroix se incorporó.

No dijo nada.

Durante la noche había oído pasos.

Algo rozando la puerta.

No había abierto.

Y, en algún momento distinto o quizá no, alguien había entrado en su habitación.

Amaury miró la cerradura.

—No está forzada.

Mireille palideció.

—Ganzúa.

Todos la miraron.

Ella levantó las manos.

—No estoy diciendo que fuera yo.

Delacroix fue hasta la puerta.

La llave seguía en su bolsillo.

La había llevado consigo desde que se levantó.

—Anoche cerré con llave.

—¿Seguro? —preguntó Hélène.

Él la miró.

—Sí.

—Entonces alguien tenía otra.

André negó lentamente.

—No debería.

Delacroix observó la habitación.

Nada parecía faltar.

Y eso era peor.

Si alguien hubiera querido robar algo, sabrían qué buscar.

Pero alguien había entrado.

Había caminado hasta su cama.

Había salido.

Y no había dejado nada visible salvo barro.

Mireille habló en voz muy baja.

—Quizá quería comprobar si dormías.

La frase recorrió el cuarto.

Delacroix miró hacia ella.

Mireille se arrepintió inmediatamente.

—Lo siento.

—No.

—Armand...

—Puede ser.

Hélène lo observaba.

Por primera vez desde que habían empezado a conocerse, no había ironía entre ambos.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

La pregunta habría parecido indiscreta en cualquier otro momento.

Ahora no.

Delacroix miró la cama.

Pensó en alguien dentro de la habitación mientras dormía.

O creyendo que dormía.

Pensó en la puerta.

En los pasos.

En la mano que no había puesto sobre el picaporte.

Después miró a Hélène.

—Todavía no.

Ella asintió.

No sonrió.

Delacroix volvió a mirar las huellas.

—Pero empiezo a entender la utilidad.

Afuera, el viento recorrió nuevamente el Grand Hôtel des Cimes.

Ciento veinte habitaciones.

Diez personas.

Y alguien que parecía decidido a demostrarles que cerrar una puerta no significaba estar solo.