Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 8 — Diez personas y ciento veinte habitaciones #2
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Capítulo 8 — Diez personas y ciento veinte habitaciones #2

Las habitaciones vacías estaban empezando a afectar a la imaginación del grupo con demasiada facilidad.

En el salón, Amaury recibió la información sobre los pasos con una expresión de triunfo irritado.

—Entonces deberíamos haber establecido vigilancia desde anoche.

—Éramos diez personas exhaustas —dijo Delacroix.

—Precisamente.

—No habrías aguantado de guardia hasta las seis.

—No lo sabes.

Mireille lo miró.

—A las once ya protestabas porque el café era demasiado fuerte.

—Eso no es cansancio.

—No. Es Amaury.

Octave intervino antes de que el abogado contestara.

—No vamos a convertir la privación de sueño en estrategia. El primer efecto será volvernos más irritables. El segundo, más estúpidos.

—¿Y el tercero? —preguntó Côme.

—Más muertos si tenemos mala suerte.

Nadie respondió.

Octave cerró los ojos.

—Eso ha sonado peor en voz alta.

Delacroix se sentó.

—No habrá guardia permanente todavía. Pero quiero que nadie circule sin pareja.

—Eso ya está dicho —dijo Thérèse.

—Entonces empezaremos a cumplirlo.

La frase fue más dura de lo previsto.

Thérèse lo miró.

Delacroix moderó el tono.

—Anoche al menos tres personas salieron de sus habitaciones después de encerrarnos.

Mireille levantó la cabeza.

—Tres.

—Yo escuché pasos. Mireille salió al baño. Quienquiera que pasó por mi puerta.

—Puede que fueras tú quien oyó a Mireille —dijo Hélène.

—Las horas no coinciden bien.

—No llevábamos reloj en la mano.

—Por eso digo bien.

Amaury se apoyó en el respaldo.

—Esto demuestra lo inútil del sistema de puertas cerradas.

—No. Demuestra que una regla no funciona si la gente decide que no se aplica cuando necesita algo.

Mireille se volvió hacia él.

—Fui al baño.

—No te estoy culpando.

—Suena bastante parecido.

—Estoy diciendo que desde ahora llamas a otra habitación antes de salir.

Mireille lo miró.

—Voy a sentirme como una niña de cinco años.

—Una niña de cinco años viva.

Ella abrió la boca.

La cerró.

—Te odio un poco.

—Puedo trabajar con eso.

Esta vez sí hubo alguna sonrisa.

Delacroix dejó que durara.

Después volvió al plano.

Había otra cuestión.

—Quiero revisar las habitaciones.

Amaury levantó la cabeza.

—No.

—Sí.

—No tienes autoridad para registrar equipaje privado.

—No pienso abrir cartas ni diarios si no hace falta.

—Eso no responde.

—Quiero comprobar objetos del juego, armas, herramientas, duplicados de llaves y cualquier cosa que pudiera relacionarse con la escena.

—Sin gendarmería, sin orden, sin...

—Amaury.

El abogado se inclinó hacia delante.

—No. Esta vez no. Estamos aislados y asustados. Eso es precisamente cuando las reglas importan más.

Delacroix lo observó.

No era una objeción cobarde.

Era una buena objeción.

—Entonces cada persona registra su propia habitación delante de dos testigos.

Amaury se detuvo.

—¿Qué?

—No toco tu equipaje. Tú lo abres. Enseñas lo necesario. Si hay algo personal sin relación, lo cierras.

Amaury pensó.

—Eso es mejor.

Mireille soltó el aire.

—Qué romántico. Vamos a enseñarnos la ropa interior.

Hélène sonrió.

—Creo que Amaury intentará declararla inadmisible.

—Depende de la calidad —respondió él.

Mireille lo miró con genuina sorpresa.

—Acabas de hacer una broma.

Amaury pareció también sorprendido.

—No era...

—No lo arruines.

Los registros empezaron después del mediodía.

Delacroix decidió que fueran metódicos y lentos.

No buscaba solamente objetos.

Buscaba reacciones.

La habitación de Amaury fue la primera.

Todo estaba ordenado con una precisión irritante. Camisas dobladas. Zapatos alineados. Documentos dentro de una cartera cerrada. Un pequeño revólver en el fondo de la maleta.

La aparición del arma cambió el aire.

Mireille miró al abogado.

—¿Eso también es jurídicamente necesario?

Amaury no pareció avergonzado.

—Viajo con él habitualmente.

Delacroix no tocó el revólver.

—¿Cargado?

—Sí.

—¿Lo utilizaste desde que llegamos?

—No.

—¿Alguien sabía que lo tenías?

—Probablemente nadie.

Hélène, que actuaba como segunda testigo, lo miró.

—Yo sí.

Amaury giró.

—¿Cómo?

—Vi la caja cuando abriste la maleta en el tren.

—Eso no significa que supieras...

—Tengo ojos.

Delacroix registró mentalmente.

El arma quedó descargada. Munición y revólver separados, ambos dentro de una caja que Amaury cerró y entregó voluntariamente para guardarla en recepción.

—No quiero que nadie me dispare por demostrar un principio —dijo.

Mireille lo miró.

—Estamos progresando.

En la habitación de Géraud encontraron herramientas.

Muchas.

Demasiadas para Delacroix.

Alicates.

Destornilladores.

Una pequeña llave ajustable.

Cuchilla.

Cinta.

Un medidor.

Rémi examinó.

—Nada falta del hotel aquí.

—¿Puede alguna cortar el cable? —preguntó Delacroix.

Géraud señaló una.

—Esta podría.

Côme, que ayudaba con anotaciones, levantó la vista.

—Entonces...

Géraud lo miró.

—Entonces soy ingeniero.

Côme se calló.

La herramienta no coincidía exactamente con la marca del corte, según Rémi, pero podía haber producido algo parecido.

Delacroix no encontró eso tranquilizador.

La habitación de Mireille fue mucho peor.

Había una maleta entera de utilería.

Cuerdas.

Hilo negro.

Pequeños frascos.

Maquillaje.

Sangre teatral.

Adhesivos.

Alambre fino.

Herramientas.

Llaves falsas.

Una pistola de fogueo.

Dos cuchillos escénicos.

Un juego de ganzúas teatrales.

Amaury la miró.

—¿Ganzúas teatrales?

Mireille cruzó los brazos.

—Abren cerraduras teatrales.

Rémi tomó una.

—También alguna real.

Mireille se volvió.

—¿Qué?

Rémi probó la punta entre los dedos.

—Esta es bastante buena.

—La compré en Londres.

—No me sorprende.

Delacroix miró a Mireille.

—¿Has utilizado alguna desde que llegamos?

—No.

—¿Alguien más sabía que estaban aquí?

—Édouard.

—¿Hélène?

Mireille pensó.

—Probablemente. Vio la maleta durante la preparación.

Hélène, desde la puerta, asintió.

—La vi abierta.

Otra vez.

Veyrac.

Mireille.

Hélène.

La visita previa parecía multiplicarse debajo de todo.

—Esto me convierte en la persona más sospechosa del hotel —dijo Mireille.

Delacroix la miró.

—No.

—¿No?

—Te convierte en la persona con más objetos sospechosos.

—Qué alivio.

—La diferencia importa.

Amaury asintió.

Mireille lo miró.

—No os pongáis de acuerdo demasiado. Me da miedo.

Los materiales quedaron inventariados y sellados dentro de la maleta. Mireille permitió que Delacroix guardara la llave.

—Si aparece un cadáver estrangulado con hilo negro, voy a ofenderme muchísimo.

—Anotado.

La habitación de Hélène fue más sencilla.

Ropa.

Libros.

Cigarrillos.

Papeles.

Dos estilográficas.

Una máquina portátil de escribir.

Varias hojas con notas.

Delacroix no quiso leerlas.

Hélène levantó una ceja.

—¿No tiene curiosidad?

—Sí.

—Entonces lea.

—No.

—Eso empieza a preocuparme.

—A mí también.

Côme encontró una pequeña navaja en el neceser.

—¿Esto?

Hélène la miró.

—Para papel.

Delacroix tomó nota sin tocarla.

—¿Siempre viajas con ella?

—Sí.

—¿Podría matar?

Hélène miró la hoja.

—Con suficiente determinación, también una cuchara.

Mireille, desde el corredor, dijo:

—No le des ideas.

Hélène sonrió.

El registro continuó.

Thérèse llevaba una pequeña pistola de bolso descargada.

Octave tenía medicamentos suficientes para preocupar a cualquiera que no fuera médico.

Côme poseía una navaja, dos plumas, tres libretas y una colección de recortes que Mireille calificó de enfermedad.

André tenía llaves.

Demasiadas llaves.

Rémi, herramientas.

Demasiadas herramientas.

Delacroix descubrió al terminar que prácticamente todos podían matar a alguien si se esforzaban.

La conclusión no mejoró la tarde.

Alrededor de las dos, comieron en el salón en lugar del comedor.

La decisión surgió de forma natural.

Nadie quería sentarse otra vez junto a la cabecera vacía de Veyrac.

André preparó sopa y pan caliente. El servicio desapareció casi por completo. Cada uno tomó su propio cuenco.

Comieron alrededor del fuego.

Côme miró la sopa.

Mireille lo vio.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás pensando si tiene veneno.

Côme se puso rojo.

—No.

—Sí.

Octave sopló una cucharada.

—Si todos hemos comido de la misma olla, el asesino tendría una ambición admirable.

Côme sonrió.

—Eso ayuda.

—No pretendía.

Delacroix observó la escena.

El grupo estaba empezando a adaptarse.

Eso era bueno.

También malo.

La mente humana tenía una habilidad extraordinaria para convertir casi cualquier situación en rutina si duraba suficiente.

Cadáver abajo.

Llaves inventariadas.

Sopa común.

Parejas para caminar por un hotel.

En unas horas podía parecer normal.

No quería que pareciera normal.

Pero tampoco podía mantenerlos aterrados permanentemente.

—Después de comer hablaremos de Ariane —dijo.

Las cucharas se detuvieron.

No todas.

Las suficientes.

Amaury dejó la suya dentro del cuenco.

—¿Hoy?

Delacroix lo miró.

—Édouard construyó el juego alrededor de su muerte.

—Eso todavía no está demostrado completamente.

Hélène respondió:

—Sí está.

Amaury giró hacia ella.

—¿Ahora también tú?

—La página de esta mañana no deja demasiado margen.

—Deja margen sobre la intención.

—No sobre la relación.

Thérèse bebió agua.

—Ariane llevaba once años convertida en algo de lo que no hablábamos. Parece que Édouard decidió dejar de respetar eso.

Mireille la miró.

—No lo llames respeto.

—No lo hago.

Delacroix sintió la tensión vieja entre ellos.

No pertenecía al asesinato de Veyrac.

Era anterior.

Mucho.

Eso lo interesaba más que cualquier ganzúa.

—Después de comer —repitió.

Amaury negó lentamente.

—Hay que reparar el funicular.

Rémi respondió desde su silla.

—Estoy esperando que mejore visibilidad para revisar el exterior. La parte superior está lista.

—Entonces no podemos hacer nada ahora.

—Exactamente.

Amaury miró a Delacroix.

—Bien.

No sonó como rendición.

Sonó como postergación.

Terminaron de comer.

Hélène encendió un cigarrillo junto a una ventana.

André llevó los platos a cocina acompañado por Thérèse, según las nuevas reglas.

Mireille se quedó junto al fuego.

Côme abrió una libreta.

Delacroix lo miró.

—Esta vez sí.

El periodista sonrió apenas.

Entonces sonó algo arriba.

Tres golpes.

Lentos.

Secos.

Todo el salón quedó inmóvil.

Uno.

Dos.

Tres.

El tercer golpe ya había ocurrido, pero Delacroix lo contó de todos modos en la memoria.