Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 8 — Diez personas y ciento veinte habitaciones
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Capítulo 8 — Diez personas y ciento veinte habitaciones

A las nueve y cuarto de la mañana, Armand Delacroix había convertido el salón principal del Grand Hôtel des Cimes en una combinación poco elegante de sala de interrogatorios, oficina administrativa y campamento de supervivencia.

No estaba orgulloso de ello.

Tampoco veía alternativa.

Sobre la mesa central había tres montones de papeles correspondientes a La última página, dos cuadernos, un plano simplificado del hotel, una caja con llaves, una bandeja con tazas de café y una libreta de tapas marrones donde Côme Valençay había escrito, en letras demasiado grandes:

PERSONAS VIVAS

Delacroix la miró.

Después miró al periodista.

—¿Era necesario?

Côme bajó la vista hacia la cubierta.

—Quería separar los nombres.

—Podías haber escrito huéspedes.

—Ya no somos exactamente huéspedes.

—Tampoco cadáveres.

—Por eso puse vivas.

Mireille Ségur se llevó una mano a la boca.

Delacroix no supo si estaba conteniendo una risa o algo peor.

Côme pareció darse cuenta.

—Lo siento.

—No —dijo Mireille—. No lo sientas. Solo... quizá cambia el título.

Côme arrancó la hoja.

La dobló.

Después la dobló otra vez.

Delacroix esperó a que dejara de manipularla.

—Vamos a empezar por una cuestión muy sencilla. Hasta que podamos contactar con el valle, este hotel es demasiado grande.

Amaury Delatour observó alrededor.

—Lo era también ayer.

—Ayer no importaba.

—¿Qué propones?

—Reducirlo.

Hélène Darcourt apoyó el codo sobre el brazo del sillón.

—No creo que André vaya a permitirte derribar un ala.

André Cottin no sonrió.

Tenía el rostro gris de cansancio y llevaba exactamente la misma ropa de la noche anterior, aunque se había cambiado la camisa.

Delacroix había descubierto durante el desayuno que el director del hotel consideraba el deterioro de su aspecto un problema secundario respecto a la posibilidad de que un huésped encontrara una bandeja mal colocada.

—Quiero cerrar zonas —dijo Delacroix—. No físicamente si no hace falta. Pero nadie entra sin motivo.

André asintió.

—Eso sí podemos hacerlo.

—Necesito saber qué espacios se utilizan normalmente con el hotel cerrado.

El director se acercó al plano.

—Planta baja: vestíbulo, recepción, salón, comedor, biblioteca, sala de billar, cocinas, despensa, oficinas, lavabos, algunas salas privadas y accesos de servicio.

—Demasiado.

—Es un hotel.

—Hoy preferiría una pensión.

André continuó.

—Primera planta de habitaciones, ala oeste y ala este. Segunda planta de habitaciones. Tercer nivel bajo tejado, parcialmente cerrado en invierno. Lavandería, almacenes, cuartos de personal. Observatorio. Estación. Sala de máquinas.

—¿Cuántas puertas?

André lo miró.

—¿Puertas?

—Sí.

—No sé.

—Aproximadamente.

—Cientos.

Mireille murmuró:

—Excelente.

Delacroix tomó el plano.

—No quiero aproximadamente cientos.

André levantó las manos.

—Monsieur Delacroix, el establecimiento tiene ciento veinte habitaciones, dependencias de servicio, armarios, baños, escaleras, almacenes...

—Precisamente.

Hélène miró el plano por encima del hombro de Delacroix.

—No necesitas contar puertas. Necesitas limitar desplazamientos.

—Eso intento.

—Entonces define zonas permitidas.

Delacroix la miró.

—Gracias.

—De nada.

—Era sarcasmo.

—No demasiado bueno.

La naturalidad de la conversación hizo que por un instante varios recordaran quiénes habían sido la noche anterior.

Fue suficiente.

Delacroix señaló el plano.

—Zona principal: segundo corredor oeste, donde estamos alojados. Planta baja hasta biblioteca y comedor. Cocina solo con André o alguien designado. Estación únicamente con Rémi, Géraud o André. Observatorio cerrado salvo necesidad. Ala este cerrada. Tercer piso cerrado. Salas de servicio cerradas.

André frunció el ceño.

—Algunas contienen material que necesitamos.

—Entonces se abre acompañado y se vuelve a cerrar.

Amaury se inclinó.

—¿Cerrar con llave?

—Sí.

—¿Y quién conserva las llaves?

Delacroix miró el casillero que André había traído parcialmente desde recepción.

—Ahí llegamos.

Habían transportado todas las llaves maestras disponibles al salón. Delacroix no había querido que permanecieran solas detrás del mostrador mientras ellos discutían. Ahora estaban alineadas sobre una bandeja.

André señaló.

—Hay dos juegos maestros principales. Uno de recepción y otro de dirección.

—¿Dónde estaban anoche?

—Uno en recepción. Otro conmigo.

—¿Lo llevabas encima?

—Sí.

—¿Todo el tiempo?

André dudó.

Delacroix sintió la primera pequeña presión del día.

—André.

—Cuando cocino no llevo el llavero. Lo dejo en mi oficina.

Amaury soltó el aire.

—¿Cerrada?

—Normalmente.

—Anoche.

André miró a Delacroix.

—Creo que sí.

—¿Crees otra vez? —preguntó Côme.

Hélène se volvió hacia él.

—No ayudes.

Côme bajó la cabeza.

Delacroix siguió:

—¿Alguien podía entrar?

—Con una llave del despacho.

—¿Y dónde estaba esa?

André miró el casillero.

Todos lo hicieron.

Mireille cerró los ojos.

—Vamos a terminar acusando a las llaves.

—Las llaves son más sinceras que las personas —dijo Amaury.

Rémi Colas, sentado cerca de la chimenea con una taza entre las manos, levantó la vista.

—No siempre.

—¿Qué significa eso?

—Que una llave puede copiarse.

Amaury sonrió sin alegría.

—Gracias.

Delacroix dejó el llavero maestro sobre la bandeja.

—A partir de ahora, ambos juegos maestros estarán aquí cuando no se utilicen.

André abrió la boca.

—Monsieur...

—O en manos de alguien identificado.

—Necesito acceder a dependencias durante el día.

—Entonces lo anotas.

Amaury lo miró.

—¿Vamos a registrar cada puerta?

—Sí.

—Esto empieza a parecer una prisión.

Mireille se cruzó de brazos.

—Técnicamente no podemos salir.

Amaury la miró.

—Gracias, Mireille.

—De nada.

Delacroix tomó otra hoja.

—Segundo punto: comida y bebida.

Octave levantó inmediatamente la cabeza.

—No empecemos a morir de hambre por exceso de prudencia.

—No he dicho eso.

—Todavía.

—Todo lo que se sirva se prepara delante de alguien o se abre delante de quien lo va a consumir.

André frunció el ceño.

—La cocina tiene productos abiertos.

—Los comunes, sí. Pero nadie toma una taza preparada y la deja diez minutos sola.

Hélène lo miró.

—Estás pensando en veneno.

—Estoy pensando en evitar opciones.

Mireille señaló su café.

—¿Esto?

Todos miraron las tazas.

La imagen fue casi cómica.

Después dejó de serlo.

Delacroix observó la suya.

André había preparado una cafetera grande y la había traído al salón delante de varios.

—La cafetera es común.

Mireille volvió a coger la taza.

—Bien.

Octave bebió también.

Amaury no.

Delacroix lo vio.

El abogado miró el café.

Después lo dejó.

Nada se dijo.

Pero el miedo acababa de adquirir una nueva costumbre.

—Tercer punto —continuó Delacroix—. Nadie duerme fuera del corredor oeste. Nadie cambia de habitación sin avisar.

—¿Y si alguien quiere cambiar porque la suya tiene una puerta comunicante? —preguntó Côme.

Todos lo miraron.

—¿La tuya tiene?

—Sí.

André frunció el ceño.

—La 209 y la 210 comunican. Usted está en la 209.

Côme tragó saliva.

—¿Y quién está en la 210?

André consultó.

—Nadie.

El periodista dejó de parecer satisfecho con haber planteado la pregunta.

Delacroix se puso de pie.

—Vamos.

Côme lo miró.

—¿Ahora?

—Ahora.

Toda la organización se detuvo.

Subieron en grupo menor: Delacroix, Côme, André, Hélène y Mireille. Amaury protestó por dividirse. Delacroix dejó a Octave, Thérèse, Rémi y Géraud juntos en el salón y le prometió al abogado que podía vigilar ambas puertas de acceso si aquello le proporcionaba sentido vital.

La habitación 209 estaba exactamente como Côme la había dejado.

Cama deshecha.

Chaqueta sobre una silla.

Dos libros.

Una libreta abierta.

Una taza vacía de la noche anterior.

Delacroix miró la puerta comunicante.

Tenía cerradura a ambos lados.

—¿La cerraste? —preguntó.

Côme asintió.

—Anoche.

—¿Con llave?

—No había llave.

André se acercó.

—La cerradura interna funciona con pestillo.

Probó.

El pestillo estaba corrido.

Côme exhaló.

—Entonces está cerrada.

Delacroix abrió.

—Ahora no.

Côme lo miró.

La puerta a la 210 se abrió.

La habitación vacía olía a madera, tela cerrada y ese polvo limpio de los espacios que un hotel mantiene preparados aunque nadie vaya a utilizarlos. Las cortinas estaban corridas. La cama perfectamente hecha.

Mireille entró primero.

—Esto es ridículo.

—¿Qué? —preguntó Côme.

—Que una habitación vacía se vea más ordenada que todas las nuestras.

Hélène abrió las cortinas.

La luz blanca de la tormenta llenó el cuarto.

—¿Ventana cerrada?

André comprobó.

—Sí.

Delacroix miró el suelo.

Nada.

Armario.

Vacío.

Baño.

Vacío.

Debajo de la cama.

Nada.

Côme apareció en la puerta.

—¿Qué esperaba encontrar?

—No lo sé.

—Eso ya se lo dijo a Hélène ayer.

—Y sigue siendo útil.

Hélène sonrió apenas.

Delacroix revisó el pestillo del lado de la 210.

Podía cerrarse desde allí también.

—Quiero todas las habitaciones comunicadas sin ocupar cerradas por ambos lados.

André asintió.

—Haré una lista.

—Y las llaves o pestillos se revisan dos veces al día.

Côme lo miró.

—¿Cree que alguien entró aquí anoche?

Delacroix volvió hacia él.

—Creo que no sabemos.

—¿Y los pasos?

Hélène levantó la mirada.

—¿Qué pasos?

Delacroix no respondió de inmediato.

Côme sí.

—Anoche Armand oyó a alguien.

Delacroix lo miró.

—¿Cómo sabes eso?

Côme se detuvo.

—No lo sabía.

—Acabas de afirmarlo.

—Pregunté.

—No.

Hélène observó al periodista.

—¿Quién te lo dijo?

Côme empezó a incomodarse.

—Mireille comentó que alguien oyó pasos.

Mireille abrió mucho los ojos.

—Yo dije que escuché algo en el corredor cuando fui al baño. No dije Armand.

Delacroix sintió una pequeña punzada.

—¿A qué hora?

Mireille pensó.

—Después de las tres.

—¿Viste a alguien?

—No.

Hélène miró a Delacroix.

—¿Y tú?

—Alrededor de las cuatro. Pasos frente a mi puerta. Después algo rozó la madera.

Côme dejó de parecer culpable y pasó a asustado.

—No dijiste nada.

—No ocurrió nada.

—Eso no significa...

—Precisamente.

Mireille se abrazó a sí misma.

—Entonces alguien caminaba.

Hélène negó.

—O varias personas.

Côme miró hacia el pasillo.

—Eso es peor.

Delacroix cerró la puerta comunicante.

—Volvemos abajo.

No quería discutirlo allí.