Capítulo 7 — Nadie baja #4
—¿Cómo quieres hacerlo? ¿Con acta notarial?
—Quiero que dejemos de convertir recuerdos antiguos en acusaciones.
—Nadie ha acusado todavía.
Amaury miró a Delacroix.
—Él lo hará.
Delacroix sostuvo la mirada.
—Cuando tenga algo que acusar.
El abogado respiró.
Después volvió a sentarse.
Géraud, que había permanecido casi completamente fuera de aquella historia antigua, miró de uno a otro.
—Necesito entender algo.
Delacroix lo invitó a continuar.
—Ariane escribió una novela.
—Sí.
—Murió durante un juego.
—Sí.
—Su manuscrito desapareció.
Thérèse asintió.
—Y Veyrac construye este fin de semana un juego sobre un escritor muerto y un manuscrito desaparecido.
—Eso parece.
Géraud miró la tarjeta.
—Entonces Veyrac sabía algo.
—Sí —dijo Delacroix.
La certeza salió sin esfuerzo.
Veyrac sabía algo.
Probablemente aquello era lo que llevaba semanas transformándolo.
Los papeles de Maison Valbert.
La invitación.
La prisa.
La necesidad de tener a Delacroix allí.
Algo había aparecido a finales de 1929.
Algo relacionado con Ariane.
Y Veyrac había decidido convertirlo en un juego.
Delacroix sintió regresar la rabia.
—Imbécil.
Hélène lo miró.
—¿Édouard?
—Sí.
—Empiezo a estar de acuerdo.
Delacroix tomó la tarjeta.
—Si descubrió algo sobre una muerte real, debería haber llamado a la policía.
Amaury habló:
—Después de once años, quizá no tenía prueba suficiente.
—Entonces a mí.
—Te llamó.
—Me invitó a jugar.
Nadie respondió.
—No es lo mismo.
Thérèse miró la nieve.
—Para Édouard quizá sí.
Delacroix la miró.
Eso era precisamente lo intolerable.
Veyrac había tratado la verdad como una estructura.
Una partida.
Una historia que podía conducir a un descubrimiento con elegancia.
Y ahora estaba muerto dentro de su propia escena.
Un golpe metálico llegó desde la galería.
Todos se volvieron.
Rémi apareció casi inmediatamente.
—Géraud.
El ingeniero se levantó.
—¿Qué pasa?
—La señal volvió.
Amaury también se puso de pie.
—¿Desde abajo?
Rémi negó.
—No exactamente.
El alivio murió antes de nacer.
—¿Entonces?
—Reparé el tramo superior. El circuito responde hasta cierto punto, pero la estación inferior sigue sin confirmar.
—¿Qué significa? —preguntó Côme.
—Que nuestra parte funciona.
—¿Y la otra?
—No sé.
—¿Puede haber otro corte?
Rémi dudó.
—Sí.
Delacroix se quedó mirándolo.
—¿En la línea exterior?
—O abajo.
—¿Y para averiguarlo?
—Necesitaríamos comunicación o bajar.
Un círculo perfecto.
Delacroix miró el reloj.
Ocho cuarenta y seis.
La mañana había llegado.
El mundo exterior no.
—Hay algo más —dijo Rémi.
Mireille cerró los ojos.
—Claro que sí.
Rémi miró a Delacroix.
—Encontré el cortacables.
—¿Dónde?
—En la sala de máquinas.
—¿Dónde exactamente?
—Dentro de un armario inferior.
Géraud frunció el ceño.
—Ese armario estaba vacío cuando miramos antes.
Rémi asintió.
—Lo sé.
La habitación quedó inmóvil.
Delacroix se acercó.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Entonces alguien lo devolvió.
—Eso parece.
—¿Desde que lo vimos vacío?
—Sí.
Delacroix sintió un pequeño escalofrío recorrerle la espalda.
No por el sabotaje.
Por el tiempo.
Desde que habían descubierto el hueco del cortacables, casi todos habían estado juntos.
Casi.
André había acompañado a Rémi y Géraud.
Después había vuelto.
Rémi había ido y venido.
Géraud.
Alguien podía haberlo colocado antes de que ellos encontraran el hueco y simplemente no haberlo visto.
Era posible.
Pero si Rémi tenía razón...
El asesino no estaba escondiendo únicamente pruebas antiguas.
Seguía moviéndose.
Seguía actuando mientras ellos investigaban.
—No lo toques más —dijo.
—Ya lo levanté.
—¿Con qué?
—Guantes.
—Bien.
Rémi lo miró.
—Armand, hay algo que debes ver.
La forma en que dijo su nombre hizo que Delacroix no preguntara.
Todos fueron.
La procesión atravesó otra vez la galería.
Esta vez nadie habló.
En la sala de máquinas, Rémi señaló el armario inferior.
Dentro descansaba el cortacables.
Junto a él había algo más.
Un pequeño trozo de papel negro.
Delacroix se agachó.
No lo tocó.
Era el mismo material de los sobres del Cercle de Minuit.
Sobre el papel, escrito en blanco, había una sola palabra:
CONTINÚA.
Mireille se apoyó contra la pared.
—Eso no es de Édouard.
Delacroix la miró.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no escribe así.
Hélène se acercó.
—Tiene razón.
Delacroix la miró.
Ella señaló la palabra.
—No hay contexto. No hay juego. No hay instrucción. Solo una orden.
Amaury frunció el ceño.
—¿Del asesino?
Delacroix observó el papel.
Podía serlo.
Podía también ser una pieza del juego que Mireille desconocía.
Eso era exactamente lo que alguien quería que pensaran.
La confusión se había convertido en arma.
Delacroix se incorporó.
—Nadie vuelve a moverse solo.
Amaury soltó el aire.
—Eso ya lo dijimos.
—Ahora lo digo de verdad.
El abogado lo miró.
Entendió la diferencia.
—Parejas —continuó Delacroix—. Siempre. Incluso dentro del hotel. Nadie sube a una habitación sin avisar. Nadie entra en zonas técnicas solo. Nadie abre sobres ni mueve nada relacionado con el juego sin que haya al menos otro presente.
Côme miró el papel negro.
—¿Y dormir?
—Ya veremos esta noche.
—¿Esta noche?
Côme pronunció las palabras como si acabara de comprender que podía existir otra.
Delacroix lo miró.
—Sí.
El periodista se volvió hacia la galería.
Más allá de los cristales no podía verse absolutamente nada.
—¿Cuánto cree que vamos a estar aquí?
Delacroix no respondió.
No lo sabía.
Ese era el problema.
Regresaron al salón.
Nadie tenía hambre ya.
Nadie quería seguir jugando.
Sin embargo, sobre la mesa permanecía el sobre VIII abierto.
La página de Ariane.
La tarjeta.
Veyrac había diseñado una secuencia que todavía no había terminado.
Mireille miró la carpeta de instrucciones.
—Hay más sobres.
Delacroix se volvió.
—¿Cuántos?
—Doce numerados.
—Hemos abierto ocho.
—Sí.
—¿Sabes cuándo aparecen los demás?
Mireille repasó.
—No todos.
—¿Dónde están?
—No lo sé.
Côme la miró.
—Entonces seguirán apareciendo.
La frase fue casi un susurro.
Delacroix miró la mesa.
Aquello era lo peor.
Veyrac había creado una máquina narrativa.
El hombre estaba muerto.
Pero la máquina seguía funcionando.
Sobres escondidos.
Objetos programados.
Instrucciones horarias.
Claves que alguien encontraría aunque el organizador ya no pudiera intervenir.
Y dentro de esa máquina, el asesino podía introducir piezas propias.
Una carta.
Una llave.
Una palabra.
Una muerte.
Hélène se acercó a la ventana.
—La tormenta está cerrando.
Delacroix fue hacia ella.
Había un pequeño cambio. El blanco exterior ya no era completamente uniforme. Por momentos podían distinguirse formas: la barandilla de la terraza, una masa oscura de roca, parte del tejado de la estación.
—¿Eso es bueno? —preguntó Mireille.
Rémi miró.
—Quizá.
—¿Podríamos bajar si mejora?
—Si recuperamos confirmación inferior.
Amaury habló desde detrás.
—Entonces aún hay posibilidad.
Rémi no respondió.
Delacroix sí.
—Sí.
Quería que la palabra existiera.
Aunque fuera provisional.
Aunque no supiera cuánto duraría.
Se volvió hacia el grupo.
Diez personas.
Él.
Hélène.
Amaury.
Géraud.
Octave.
Mireille.
Thérèse.
Côme.
André.
Rémi.
Veyrac había subido con ellos.
Ahora no.
Delacroix miró cada rostro lentamente.
El abogado.
La novelista.
El ingeniero.
El médico.
La escenógrafa.
La marchante.
El periodista.
El director.
El técnico.
Personas que había conocido el día anterior o hacía años.
Personas con las que había cenado.
Bebido.
Reído.
Personas que se habían acusado ficticiamente durante horas.
Una de ellas podía haber cambiado un abrecartas.
Una de ellas podía haber cortado un cable.
Una de ellas podía haber colocado una tarjeta bajo la mano de Veyrac.
Una de ellas podía haber devuelto una herramienta mientras todos intentaban comprender qué había ocurrido.
Mireille habló:
—¿Qué hacemos ahora?
Delacroix miró el nombre de Ariane Lécuyer sobre la mesa.
Después el papel negro encontrado junto al cortacables.
CONTINÚA.
—Averiguar qué estaba intentando decirnos Veyrac.
Amaury frunció el ceño.
—¿Y el asesinato?
—Es la misma investigación.
Hélène giró la cabeza hacia él.
Delacroix estaba seguro de aquello por primera vez.
No sabía todavía cómo.
Pero sabía que Veyrac no había muerto simplemente durante La última página.
Había muerto por ella.
—Y mientras lo hacemos —añadió—, asumiremos que el asesino escucha todo lo que decimos.
Côme miró alrededor.
—Eso suena...
No terminó.
Delacroix sí.
—Porque está aquí.
La tormenta golpeó los ventanales.
Nadie se movió.
Afuera no había camino.
El teléfono seguía muerto.
El funicular había sido saboteado.
La senda desaparecía bajo la nieve.
Y el hombre que había organizado el juego yacía detrás de una puerta cerrada.
Delacroix miró los nueve rostros que tenía delante.
La conclusión era sencilla.
Tan sencilla que llevaba horas evitando pronunciarla en voz alta.
—Nadie puede bajar —dijo.
Después miró nuevamente al grupo.
—Y quien mató a Édouard tampoco.
Por primera vez desde que había comenzado el juego, nadie sonrió.