Capítulo 7 — Nadie baja #3
—¿Y si no llega?
—No bajamos.
Amaury soltó una maldición.
Thérèse miró la ventana.
—¿Puede alguien subir desde abajo?
Rémi negó lentamente.
—Con este tiempo tampoco deberían.
—¿Sabrán que ocurre algo?
—Cuando no respondamos a los horarios de control, sí.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—Entonces vendrán.
Rémi volvió a negar.
—No necesariamente. Primero asumirán que la línea está afectada por la tormenta.
—Lo está.
—Sí.
—Entonces podrían tardar.
—Sí.
Nadie preguntó cuánto.
No hacía falta.
La idea de rescate había empezado a desplazarse del presente hacia un futuro indefinido.
Delacroix terminó el café.
—Todos al salón.
Mireille levantó la cabeza.
—¿Para qué?
—Para separar el juego.
—¿Del asesinato?
—Sí.
Hélène dejó la taza.
—Eso puede ser imposible.
—Entonces descubriremos exactamente cuánto.
Durante la siguiente hora vaciaron el contenido visible de La última página sobre una mesa larga y comenzaron a clasificarlo bajo supervisión de Mireille.
Ella distinguía tres categorías.
Material que había preparado personalmente.
Material que Veyrac le había mostrado.
Material que no reconocía.
El tercer grupo creció demasiado deprisa.
El sobre blanco recibido por Hélène a las diez.
Las anotaciones añadidas al manuscrito de la escalera.
La tarjeta encontrada bajo la mano de Veyrac.
Algunas tarjetas horarias.
Dos notas de instrucciones que Côme y Octave habían recibido.
—¿Eso significa que son falsas? —preguntó Côme.
Mireille negó.
—Significa que yo no sabía que existían.
—Veyrac podía haberlas preparado.
—Sí.
—Entonces no avanzamos.
Delacroix miró los montones.
—Avanzamos al saber qué piezas requieren explicación.
Amaury estaba de pie junto a la chimenea.
—Todo esto presupone que Veyrac no cambió el juego precisamente para evitar que Mireille pudiera anticiparlo.
—Posible —dijo Delacroix.
—Entonces cualquiera de estas notas podría ser suya.
—Sí.
—Y cualquiera podría ser del asesino.
—Sí.
Amaury soltó una risa sin humor.
—Magnífico.
Hélène estaba leyendo uno de los documentos originales.
—Hay una forma de diferenciarlos.
Delacroix se volvió.
—¿Cuál?
—El contenido.
Mireille la miró.
—¿Qué quieres decir?
Hélène dejó la página.
—Édouard podía añadir una pista. Pero no añadiría algo que destruyera su propia estructura.
—No conocemos la estructura completa.
—Conocemos bastante.
—¿Bastante cuánto?
—El escritor. El manuscrito. La autoría. La muerte. Las coartadas. El conflicto.
Delacroix se acercó.
—Continúa.
Hélène ordenó tres hojas.
—Las pistas originales siempre hacen dos cosas. Aportan información y abren una duda nueva. Algunas de las desconocidas solo orientan.
—¿Orientan hacia qué?
—Personas.
Côme se inclinó.
Hélène señaló el sobre blanco que había recibido.
—Esto me coloca a mí en el centro.
Después la nota asociada a la escalera.
—Esto apunta a Mireille porque reproduce un efecto que ella conoce.
Otra tarjeta.
—Esta relaciona una llave con Amaury.
Delacroix entendió.
—Las buenas pistas complican.
Hélène asintió.
—Las malas acusan demasiado deprisa.
Amaury miró las hojas.
—Eso es interpretación literaria.
—Sí.
—No evidencia.
—También.
Delacroix sonrió apenas.
—Puede ser ambas.
Amaury lo miró con resignación.
—Por supuesto que ibas a disfrutar esa respuesta.
Delacroix no contestó.
Hélène estaba haciendo algo que él había empezado a hacer desde la noche anterior: analizar no solo qué decía cada pista, sino cómo estaba escrita.
Quién quería que pensaran qué.
Era útil.
Y la utilidad de Hélène empezaba a resultar tan natural que Delacroix tuvo que recordarse conscientemente que ella ocupaba el mismo hotel que todos los demás.
A las ocho y veinte, André entró con una bandeja de café nuevo.
Parecía agotado.
—Monsieur Delacroix.
—¿Sí?
—Encontré algo en recepción.
Todos levantaron la vista.
Delacroix sintió inmediatamente rechazo hacia la frase.
—¿Qué?
André dejó la bandeja.
Sacó un sobre negro del bolsillo interior.
—Estaba dentro del casillero de la llave ciento doce.
Mireille se puso de pie.
—¿Cuándo?
—No estaba anoche. Estoy bastante seguro.
Delacroix tomó el sobre sin abrirlo.
—¿Nombre?
André señaló el frente.
No había.
Solo un número:
VIII
Mireille se acercó.
—Esto sí es del juego.
—¿Seguro?
—La numeración. Édouard preparó sobres secuenciales.
Côme miró la hora.
—¿Cuándo debía abrirse?
Mireille pensó.
—No sé.
Hélène señaló el reloj del salón.
—¿Había instrucciones generales?
Mireille fue hacia una carpeta y revisó varias hojas.
—Sí.
Encontró una.
Leyó.
Su rostro cambió.
—¿Qué? —preguntó Amaury.
Mireille levantó la hoja.
—«Sobre VIII. Abrir a las ocho y treinta de la mañana siguiente a la primera muerte.»
El silencio fue inmediato.
Côme miró el sobre.
—¿La primera muerte ficticia?
Nadie respondió.
Mireille lo miró.
—Naturalmente.
Pero la palabra natural ya no significaba lo mismo.
El reloj marcaba ocho veintisiete.
Tres minutos.
Delacroix sostuvo el sobre entre los dedos.
—¿Quién debía encontrarlo?
—No está especificado.
—¿Dónde debía estar?
Mireille revisó.
—Casillero ciento doce.
—Entonces esto estaba preparado desde antes.
—Sí.
—¿Lo colocaste tú?
—No. Édouard.
—¿Cuándo?
—Ayer por la tarde, supongo.
André negó.
—Yo no lo vi.
Mireille se volvió.
—Podía colocarlo después.
Delacroix miró el sobre.
Veyrac estaba muerto.
Sin embargo, dentro de tres minutos una instrucción suya iba a ejecutarse.
El juego continuaba.
La idea produjo algo parecido a una incomodidad física.
—Esperamos —dijo.
Côme miró el reloj.
—¿Por qué?
—Porque eso dicen las reglas.
—Édouard está muerto.
—Precisamente.
Nadie volvió a hablar.
Ocho veintiocho.
El viento había bajado apenas. La nieve seguía cubriendo los cristales, pero una claridad mayor empezaba a filtrarse desde el exterior.
Ocho veintinueve.
Delacroix sostuvo el sobre.
Podía abrirlo.
No existía ya ninguna autoridad que pudiera reprochárselo.
Pero durante toda la noche habían luchado por distinguir qué pertenecía a Veyrac de lo que podía haber introducido su asesino.
Si aquel sobre formaba parte del mecanismo original y tenía una hora concreta, respetar el momento era una forma de conservar su contexto.
Ocho treinta.
El reloj dio una sola campanada.
Delacroix rompió el lacre.
Dentro había dos hojas.
La primera era una página del manuscrito ficticio de Mathieu Lorca.
La segunda, una tarjeta mecanografiada.
Delacroix leyó primero el manuscrito.
Un hombre ficticio relataba la muerte de una joven escritora durante una representación. Todos los presentes creían que la mujer estaba fingiendo. Solo cuando un médico se acercaba comprendían que la caída había sido real.
Delacroix dejó de leer.
Mireille estaba mirando la página desde su lado.
La sangre desapareció de su rostro.
—No.
Thérèse se levantó.
—¿Qué dice?
Delacroix no respondió.
Leyó la tarjeta.
«La primera vez, todos creyeron estar jugando.
La segunda vez también.
La diferencia no está en la muerte.
Está en aquello que el muerto había escrito antes.»
Debajo:
ARIANE LÉCUYER
Nadie se movió.
El nombre ocupó la habitación de una manera que ningún cadáver había conseguido todavía.
Mireille fue la primera en sentarse.
—Hijo de puta.
Amaury miró la tarjeta.
—Dámela.
Delacroix se la entregó.
El abogado leyó.
Después volvió a leer.
Octave se quitó las gafas.
Thérèse permanecía de pie, con los brazos inmóviles junto al cuerpo.
Côme parecía no saber si debía mirar a los otros o al papel.
Hélène no dijo nada.
Delacroix la observó.
Ella miraba el nombre.
No a Veyrac, que ya no estaba allí.
Ariane.
—¿Qué significa «aquello que el muerto había escrito antes»? —preguntó Côme.
Amaury levantó la vista.
—No sabemos.
—Sí sabemos algo —dijo Mireille.
Todos se volvieron.
—Édouard hizo esto a propósito.
—Eso era evidente —respondió Amaury.
—No. Quiero decir esto.
Mireille golpeó suavemente la página con un dedo.
—La escena de la caída. Las notas. El manuscrito. Ariane. No son coincidencias. Está reconstruyendo aquella noche.
Hélène habló por fin.
—Parte de ella.
Mireille la miró.
—¿Qué parte falta?
Hélène sostuvo la mirada.
—No lo sé.
—Has dicho parte.
—Porque esto no explica nada. Solo repite lo que ya ocurrió.
Thérèse se volvió.
—¿Ya ocurrió?
Hélène frunció el ceño.
—Sabes a qué me refiero.
—No. Creo que precisamente eso es lo que todos llevamos once años diciendo.
La tensión surgió de inmediato.
Amaury dejó la tarjeta.
—Thérèse.
—No.
—No es el momento.
—¿Cuál habría sido el momento, Amaury?
—Cuando supiéramos qué pretende Veyrac.
—Veyrac está muerto.
—Precisamente.
Thérèse miró a Hélène.
—Y aun así sigue hablando.
La frase dejó un silencio.
Delacroix sintió que el caso acababa de cambiar otra vez.
Hasta entonces Édouard había sido víctima.
Ahora empezaba a convertirse también en testigo.
Un testigo que había organizado su declaración antes de morir.
—Quiero saberlo todo sobre Ariane —dijo.
Amaury lo miró.
—Armand.
—Todo.
—Esto puede no estar relacionado con su muerte.
Delacroix señaló la tarjeta.
—Édouard murió exactamente durante una escena que reproduce el mecanismo de la muerte de Ariane.
Había preparado un juego sobre un manuscrito, una autoría disputada y una muerte durante una representación.
Después deja esto programado para esta mañana.
¿De verdad quieres que trate la relación como coincidencia?
Amaury no respondió.
—¿Qué escribió Ariane?
Nadie habló.
Delacroix miró a Hélène.
Después a Thérèse.
A Mireille.
Octave.
Amaury.
Los cinco habían estado en el Círculo en 1919.
—Una novela —dijo finalmente Thérèse.
Hélène cerró los ojos un instante.
—Thérèse.
—Preguntó.
—No sabes si...
—Sí sé.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿Qué novela?
—No recuerdo el título.
Hélène respondió:
—Nunca tuvo uno definitivo.
Todos la miraron.
Ella se dio cuenta demasiado tarde de que había contestado.
No parecía asustada.
Solo irritada consigo misma.
—La leí —añadió—. Éramos amigas.
Delacroix sintió que varias piezas antiguas cambiaban de posición.
—¿Completa?
—Casi.
—¿Qué ocurrió con el manuscrito?
Hélène negó.
—No lo sé.
Thérèse dijo:
—Desapareció.
Amaury se puso de pie.
—Esto no puede hacerse así.
Mireille lo miró.