Capítulo 7 — Nadie baja #2
No había manera cómoda de recibirla.
Hélène se acercó al cristal.
La nieve cubría prácticamente la vía más allá de los primeros metros.
—¿Édouard?
Nadie pareció entender.
Ella se volvió.
—¿Podría haberlo hecho Veyrac como parte del juego?
Delacroix la observó.
La pregunta era sensata.
Y, por un instante, peligrosamente atractiva.
Mireille respondió antes que nadie.
—No.
—No conocías todas las modificaciones.
—Édouard era teatral, no suicida.
—No sabía que iba a morir.
—Precisamente. Sabía que nosotros teníamos que bajar el lunes.
Hélène miró a Rémi.
—¿El daño habría impedido bajar incluso con buen tiempo?
—Sí, mientras no se reparara.
—¿Podría haber querido retrasarnos unas horas como parte de la partida?
Rémi apretó la mandíbula.
—Sin decírmelo sería una barbaridad.
Mireille soltó una risa seca.
—Eso no lo descarta del todo.
Delacroix pensó en Veyrac.
Su gusto por la puesta en escena.
Las modificaciones sin avisar.
La tormenta que deseaba.
¿Podría haber ordenado cortar una línea para aumentar la sensación de aislamiento?
Sí.
Era posible.
También era profundamente irresponsable.
Y Veyrac había demostrado durante aquel fin de semana una confianza preocupante en su propia capacidad para controlar circunstancias.
—Necesitamos saber cuándo se hizo —dijo Delacroix.
Géraud negó.
—No puedo fechar un cable cortado por mirarlo.
—¿Podría haber ocurrido antes de la muerte?
—Sí.
—Después.
—También.
Rémi cerró el armario.
—Pero alguien tuvo que entrar aquí.
Delacroix miró a André.
—¿La estación se cerró anoche?
—Sí.
—¿Hora?
—Después de la última revisión de Rémi.
Rémi respondió:
—Alrededor de las once.
—¿Y la llave?
—Conmigo.
—¿Entraste después?
—Sí. Cuando comprobé la línea tras la muerte.
—¿Estaba cerrada?
Rémi pensó.
—La galería sí. Esta puerta... creo que no con llave.
—¿Crees?
El técnico se irritó.
—Acababan de decirme que un hombre había sido asesinado. No estaba tomando notas sobre cada cerradura.
Delacroix sostuvo su mirada.
—No te estoy acusando.
—Todavía.
La palabra había cambiado de dueño.
Amaury la había utilizado antes.
Ahora Rémi.
Delacroix empezó a odiarla.
—No —dijo—. Todavía no estoy acusando a nadie.
Côme miró alrededor.
—Pero si Veyrac no lo hizo...
Amaury se volvió.
—No termines.
—Todos lo estamos pensando.
—Pensar una cosa no obliga a formularla.
—Ese consejo llega tarde para mi profesión.
Thérèse habló desde el fondo.
—Dilo.
Côme la miró.
—Entonces el asesino no solo mató a Édouard.
Silencio.
—También intentó impedir que nos marcháramos.
Esta vez nadie discutió.
Delacroix miró el panel abierto.
El teléfono.
El cable.
La herramienta ausente.
Las piezas empezaban a formar una intención.
No una avería.
No una casualidad.
Intención.
Y eso era peor que el cadáver.
Porque un asesinato podía ser consecuencia de una discusión, una oportunidad, un impulso preparado durante minutos.
Aislar un hotel requería pensar en después.
—No sabemos todavía si fue el asesino —dijo.
Hélène lo miró.
—Pero lo considera probable.
—Sí.
Amaury exhaló lentamente.
—¿Por qué querría mantenernos aquí?
Mireille se abrazó el abrigo.
—Porque todavía no terminó.
Nadie respondió.
La frase era demasiado sencilla.
Demasiado fácil.
Delacroix la rechazó de inmediato.
—No sabemos eso.
—Armand...
—No.
Mireille lo miró.
—Édouard está muerto. El teléfono no funciona. El funicular fue saboteado. ¿Qué parte necesitas para admitir que alguien preparó esto?
—Preparar aislamiento no demuestra intención de matar otra vez.
—¿Te tranquiliza la diferencia?
—No. Pero existe.
Hélène observó a Delacroix con atención.
Él comprendió por qué.
Estaba haciendo lo mismo que Amaury había hecho junto al cadáver: resistirse a una conclusión porque era emocionalmente más atractiva, aunque en este caso el atractivo fuera el miedo.
No quería que el grupo empezara a vivir ya bajo la certeza de que habría otra víctima.
La certeza podía matar de maneras mucho menos elegantes que un arma.
—Primero reparar —dijo—. Después veremos qué opciones tenemos.
Rémi asintió.
—Necesito herramientas.
—No estarás solo.
Géraud levantó una mano.
—Me quedo.
—Yo también —dijo Delacroix.
Rémi negó.
—Tres personas aquí solo estorban.
—Entonces estorbaré desde la puerta.
—Armand —dijo Hélène—. También necesitamos desayunar.
Delacroix la miró.
La normalidad de la frase fue tan absurda que casi pareció obscena.
Ella sostuvo la mirada.
—No estoy haciendo una broma. Llevamos horas despiertos. Nadie piensa bien así.
Octave asintió.
—Tiene razón.
Mireille soltó aire.
—¿Vamos a comer después de descubrir que alguien cortó el funicular?
—Sobre todo por eso —respondió Octave—. El metabolismo no tiene sensibilidad dramática.
Côme sonrió.
Apenas.
Pero sonrió.
Delacroix cedió.
—Desayuno. Después todos en el salón salvo Rémi, Géraud y yo.
Amaury levantó un dedo.
—No.
Delacroix lo miró.
—¿Qué?
—No tres personas solas en una estación mientras el resto está en otra ala. Si realmente queremos evitar huecos, necesitamos dejar de crearlos nosotros.
La objeción era buena.
Delacroix la detestó.
—Entonces André se queda aquí con Rémi y Géraud. Yo estaré en el salón.
André asintió, aunque parecía no haber dormido nada.
Regresaron al hotel.
El comedor ofreció una de las escenas más extrañas que Delacroix recordaría después.
André había dejado preparado la noche anterior todo lo necesario para un desayuno frío y parte del caliente.
Había pan, mantequilla, confituras, queso, huevos, café, leche y fruta.
Nadie tuvo que cocinar demasiado. Mireille encendió una hornilla y Octave preparó huevos con una concentración quirúrgica.
Comieron en la misma mesa junto a los ventanales donde unas horas antes habían brindado por La última página.
La diferencia resultaba brutal.
La noche anterior sobraban cien sillas.
Ahora parecían observarlos.
Côme se sentó exactamente donde había cenado.
Después miró la cabecera vacía de Veyrac.
Se levantó y cambió de lugar.
Nadie comentó el gesto.
La nieve hacía imposible ver el paisaje. Detrás de los cristales había una claridad blanca uniforme, como si el hotel ya no estuviera en la montaña sino suspendido dentro de una hoja de papel.
—No me gusta no ver nada —dijo Thérèse.
Mireille untó mantequilla sobre un trozo de pan.
—Ayer dijiste que las vistas eran demasiado grandes.
—He cambiado de opinión.
—Eso ocurre cuando desaparecen.
Amaury bebió café.
—Necesitamos considerar la senda.
Delacroix levantó la mirada.
—Rémi ha dicho que no.
—Rémi ha dicho que con este tiempo sería estúpido.
—Es una forma bastante expresiva de no.
—Podemos esperar a que disminuya.
Hélène señaló los ventanales.
—¿Crees que está disminuyendo?
—No lo sé.
—Entonces no tenemos discusión todavía.
Amaury miró a Delacroix.
—No pienso quedarme voluntariamente en un lugar donde uno de nosotros acaba de ser asesinado si existe una ruta física hacia el valle.
—Tampoco pienso dejar que salgas a una montaña en medio de esto para convertir un homicidio en búsqueda de cadáveres.
Amaury apoyó la taza.
—No puedes impedirlo.
—No.
—Bien.
—Pero Rémi sí puede negarse a guiarte y yo puedo decirle a cualquier otra persona que hacerlo sería una estupidez.
Amaury sostuvo la mirada.
—No necesito guía.
Rémi, que acababa de entrar desde la estación con André y Géraud, escuchó la última frase.
—Sí la necesita.
Amaury se volvió.
—¿Por qué?
Rémi fue hasta la mesa.
Tenía las manos ennegrecidas de grasa.
—Porque la senda ya no existe.
Nadie habló.
—¿Qué significa eso? —preguntó Thérèse.
—Que desde la plataforma técnica no se distingue dónde empieza. Hay acumulación de nieve contra la ladera y el viento ha cubierto las marcas.
—Pero sigue estando debajo —dijo Amaury.
Rémi lo miró.
—También hay roca debajo del barranco y no recomiendo utilizarla como camino.
Amaury apretó la mandíbula.
—¿Cuánto hay hasta una zona protegida?
—Más de una hora en buenas condiciones. Ahora, quizá dos. Y hay un paso expuesto antes del bosque.
—Con cuerda.
—No.
—Crampones.
—No.
—¿Qué necesitas para decir sí?
Rémi se acercó a la mesa.
—Que deje de nevar. Que pueda ver la pendiente. Que no exista riesgo de placa. Y que no tenga que sacar después a nadie enterrado con una pala.
El abogado se quedó callado.
Rémi tomó una taza de café.
—El funicular es nuestra salida.
—¿Y?
—Estoy reparando señal. Pero hay otro problema.
Delacroix dejó la taza.
—¿Cuál?
Rémi miró a Géraud.
El ingeniero respondió:
—Encontramos la alimentación auxiliar manipulada también.
Mireille cerró los ojos.
—Por supuesto.
—¿Sabotaje? —preguntó Hélène.
Géraud asintió.
—No impide el sistema principal. Pero si tuviéramos un fallo eléctrico, el respaldo no entraría correctamente.
Delacroix sintió frío a pesar del calor del comedor.
—Entonces quien hizo esto no quería simplemente retrasar una salida.
—No —dijo Géraud.
—Quería asegurarse de que el funicular siguiera inútil si algo más fallaba.
—Eso parece.
Côme miró a Rémi.
—¿Qué probabilidad hay de que un aficionado haga las dos cosas por casualidad?
—Ninguna.
—¿Y de que Édouard lo preparara como parte del juego?
Rémi lo pensó.
—Si monsieur Veyrac tocó el sistema sin decírmelo, era más irresponsable de lo que creía.
Mireille murmuró:
—Era irresponsable.
—No así.
La frase dejó menos espacio.
Delacroix miró a Géraud.
—Dijiste anoche que quien manipuló la señal sabía qué tocar.
—Sí.
—¿Un experto?
Géraud se reclinó.
—No necesariamente.
—Explícate.
—El trabajo no es elegante.
Rémi hizo una mueca.
—Eso dije.
—Quien lo hizo sabía qué elementos inutilizar, pero el corte es basto y el contacto fue aflojado más de lo necesario. Un técnico habría hecho algo menos visible o más rápido.
—¿Entonces?
Géraud se encogió de hombros.
—Alguien que había visto el sistema. O que recibió una explicación superficial.
Delacroix no miró a Hélène.
Precisamente porque quería hacerlo.
La visita previa.
Veyrac.
Mireille.
Hélène.
También André.
También Rémi.
Quizá Géraud en algún momento.
Demasiado pronto.
—¿Cuánto tardaréis en dejarlo operativo? —preguntó.
Rémi bebió café.
—La parte superior, un par de horas.
—¿Después?
—Después necesito respuesta desde la estación inferior.