Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 7 — Nadie baja
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Capítulo 7 — Nadie baja

Delacroix durmió cuarenta y tres minutos.

Lo supo porque cuando volvió a abrir los ojos el reloj de la mesilla marcaba las cinco y diecisiete y recordaba haber mirado la esfera a las cuatro y treinta y cuatro con la convicción irritada de que aquella noche dormir era una actividad inventada por otras personas.

Durante el intervalo había soñado con una puerta.

Nada más.

No había cadáver detrás, ni sangre, ni ninguna de esas concesiones que los sueños suelen hacer a quienes desean interpretar después sus propios miedos. Solo una puerta cerrada y alguien al otro lado que nunca llamaba.

Se incorporó.

La habitación seguía oscura salvo por la claridad azulada que empezaba a filtrarse a través de las cortinas.

La tormenta continuaba. No con la violencia de unas horas antes, pero sí con una persistencia que resultaba casi peor.

El viento se había vuelto más regular, un rumor continuo alrededor del hotel, y la nieve golpeaba los cristales con menos fuerza.

Delacroix miró hacia la puerta.

No había vuelto a oír pasos.

Eso no lo tranquilizó tanto como esperaba.

Se vistió.

A las cinco y media abrió.

El corredor estaba vacío.

La alfombra amortiguó sus primeros pasos y, durante un instante, le disgustó no poder oírse caminar. La noche anterior habría considerado aquella cualidad una comodidad. Ahora significaba que cualquier persona podía recorrer la planta con suficiente cuidado sin anunciarse demasiado.

Se detuvo frente a la habitación 211.

Hélène.

No llamó.

Siguió.

La puerta de Géraud, la 220, estaba entreabierta.

Delacroix se quedó quieto.

Un instante.

Después otro.

Puso la mano sobre el picaporte.

—¿Géraud?

No hubo respuesta.

Empujó.

La habitación estaba vacía.

La cama no había sido utilizada.

La chaqueta del ingeniero tampoco estaba.

Delacroix sintió cómo se despertaba completamente.

Miró el corredor.

—Géraud.

Nada.

Fue hacia la habitación de Rémi.

Cerrada.

Llamó dos veces.

No obtuvo respuesta.

Una tercera.

—Rémi.

Silencio.

Delacroix apretó la mandíbula.

La puerta de Hélène se abrió a su espalda.

—¿Qué ocurre?

Estaba vestida con una bata oscura sobre el camisón y llevaba el cabello suelto. La ausencia de su habitual precisión resultaba casi desconcertante.

Delacroix señaló la habitación de Géraud.

—No está.

Hélène miró dentro.

Después la puerta de Rémi.

—¿Y Rémi?

—No responde.

La expresión de ella cambió.

—Ábrela.

—Está cerrada.

—Entonces llama más fuerte.

Delacroix golpeó.

—Rémi.

Desde dentro llegó un ruido.

Después una voz adormecida:

—¿Qué?

Delacroix cerró los ojos apenas.

Hélène exhaló.

La llave giró.

Rémi apareció con camisa y pantalones, el cabello revuelto y expresión furiosa.

—¿Qué pasa?

—¿Dónde está Géraud?

La furia desapareció.

—¿No está en su habitación?

—No.

Rémi miró hacia el final del corredor.

—Mierda.

—¿Qué?

—Me dijo que quería levantarse antes del amanecer para revisar la estación conmigo.

—¿Y tú?

—Le dije que a las seis.

Delacroix consultó su reloj.

Cinco treinta y seis.

—Puede haber bajado antes.

Rémi ya estaba poniéndose las botas.

—No debería.

Hélène se cruzó de brazos.

—Esa frase está teniendo una noche magnífica.

Rémi no respondió.

Delacroix fue hacia la escalera.

—Despierta a los demás.

Hélène lo miró.

—¿Todos?

—Sí.

—¿Por qué?

Delacroix se volvió.

—Porque no quiero repetir la escena de anoche buscando a alguien y descubriendo después que todos estaban paseando por un hotel de ciento veinte habitaciones.

Hélène asintió.

—Voy.

Bajó con Rémi.

El vestíbulo estaba en penumbra. La calefacción seguía funcionando, aunque la temperatura parecía haber bajado algunos grados desde la noche anterior. El fuego de la chimenea se había reducido a brasas.

La puerta hacia la galería de la estación estaba cerrada.

Rémi la abrió.

Una corriente fría atravesó inmediatamente el vestíbulo.

—Géraud —llamó.

No hubo respuesta.

La galería acristalada estaba cubierta parcialmente por nieve acumulada contra el lado expuesto. Las lámparas permanecían encendidas, proyectando una luz amarillenta sobre los cristales blancos.

Caminaron.

La estación superior estaba vacía.

Delacroix vio primero las herramientas.

Después a Géraud.

El ingeniero estaba agachado junto a un panel abierto, con una linterna apoyada en el suelo y medio cuerpo metido bajo una caja metálica.

—Géraud.

El hombre sacó la cabeza.

—Buenos días.

Delacroix lo miró varios segundos.

—Te odio.

Géraud parpadeó.

—¿Qué?

Rémi soltó una carcajada breve.

—Te dije a las seis.

—Me desperté.

—La gente hace cosas extrañas cuando eso ocurre. Algunos esperan.

Géraud se incorporó lentamente, frotándose una rodilla.

—Encontré algo.

La frase terminó con cualquier posibilidad de seguir reprochándole el horario.

Delacroix se acercó.

—¿Qué?

Géraud miró a Rémi.

—Enséñaselo tú.

El técnico no parecía contento.

Abrió completamente la tapa del panel.

Dentro había cables, relés, piezas metálicas y componentes cuya distribución Delacroix encontró tan inteligible como un tratado escrito en chino.

—Esto alimenta parte del circuito de control y señalización —explicó Rémi.

—Bien.

—Este conductor no debería estar así.

Señaló una sección.

Delacroix se inclinó.

Un cable grueso estaba parcialmente separado de una fijación.

—¿Roto?

—No.

—¿Entonces?

Géraud habló:

—Cortado.

Delacroix levantó la mirada.

—¿Seguro?

—Mira el extremo.

Delacroix lo hizo.

Incluso sin conocimientos técnicos podía ver la diferencia. No había fibras desgarradas ni deformación irregular. El corte era limpio.

—Herramienta —dijo.

—Sí.

Rémi señaló otra zona.

—Y este contacto fue aflojado.

—¿Puede hacerlo una vibración?

—No así.

Delacroix miró a ambos.

—¿La tormenta?

Rémi negó.

—No.

La palabra fue pequeña.

Suficiente.

Delacroix volvió a mirar el panel.

—¿Qué provoca?

—Aislamiento parcial del sistema de señal entre estaciones. El funicular puede recibir corriente, pero no tengo confirmación correcta desde abajo.

—Exactamente lo que detectasteis anoche.

—Sí.

—¿Cuánto tarda alguien en hacer esto?

Rémi respondió:

—Si sabe dónde está, pocos minutos.

Géraud añadió:

—Si no sabe lo que busca, podría pasar una hora delante sin conseguir nada.

Delacroix apoyó una mano sobre el borde metálico.

—Entonces alguien sabía.

Rémi frunció el ceño.

—O había visto el sistema.

—¿Quién tiene acceso?

—Personal.

—¿Llave?

Rémi señaló una puerta lateral que comunicaba con una pequeña dependencia de mantenimiento.

—Esa sala suele cerrarse. El panel, no siempre. Ayer estuvimos entrando y saliendo.

—¿Quién?

Rémi empezó a contar.

—Yo. Géraud. André. Mireille pasó por aquí cuando preparaban el juego. Monsieur Veyrac. Madame Darcourt estuvo durante la visita previa.

Delacroix levantó la vista.

—¿Hélène?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace unas semanas. Vino con Veyrac y Mireille.

Géraud miró a Rémi.

—Eso no lo dijiste anoche.

—Nadie me preguntó quién había venido hace semanas.

Delacroix no dijo nada.

La visita preparatoria.

Veyrac.

Mireille.

Hélène.

Era un círculo mucho más pequeño que todo el hotel.

Pero todavía no significaba nada.

—¿Puede repararse? —preguntó.

Rémi exhaló.

—Sí.

—¿Cuánto?

—La señal, quizá una hora si no hay más daños.

—¿Y el funicular?

—Eso depende de abajo.

—Explícate.

Rémi cerró el panel.

—Aunque arregle esto, sigo sin saber si la estación inferior está operativa. La línea principal de teléfono está caída y la tormenta impide ver suficiente tramo. Necesito señal limpia y confirmación.

—¿Podría mover la cabina sin eso?

—Podría hacer muchas estupideces.

—No he preguntado eso.

Rémi sostuvo su mirada.

—Sí. Técnicamente podría ponerla en movimiento.

—¿Y seguro?

—No.

Delacroix asintió.

—Entonces no.

Géraud miró el panel.

—Hay más.

Delacroix volvió hacia él.

—Naturalmente.

—El corte está demasiado limpio para un sabotaje improvisado con cualquier cosa.

Rémi lo miró.

—No exageres.

—No exagero.

Géraud sacó una pequeña herramienta de su bolsillo y la comparó visualmente con el cable.

—Quien lo cortó usó una tenaza o alicate adecuado. No un cuchillo.

—En la sala de mantenimiento hay herramientas —dijo Rémi.

—¿Falta alguna?

Rémi se quedó quieto.

Fue hasta un armario de metal.

Abrió.

Había varias herramientas colgadas sobre un tablero.

Una silueta vacía.

Géraud la señaló.

—Ahí.

Rémi miró.

—Cortacables.

Delacroix observó el hueco.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿Cuándo lo viste por última vez?

Rémi pensó.

—Ayer por la tarde. Creo.

—¿Crees?

—No hago inventario cada vez que cierro.

Delacroix no le reprochó la respuesta.

—¿Puede salir de esta estación sin que nadie lo vea?

—Sí.

—¿Por dónde?

Rémi señaló una segunda puerta.

Delacroix no la había advertido la tarde anterior. Daba hacia una plataforma exterior lateral y, desde allí, a una pequeña escalera que comunicaba con zonas técnicas bajo el hotel.

—¿Cerrada?

—Normalmente.

—¿Con llave?

—Sí.

—¿Quién tiene?

—André y yo.

Géraud miró la cerradura.

—También puede abrirse desde dentro sin llave.

Delacroix suspiró.

—Excelente.

—No pretendía alegrarte.

—Lo has conseguido.

Los primeros pasos del resto llegaron desde la galería.

Hélène apareció con abrigo sobre la ropa, seguida por Amaury, Mireille y Côme. Octave y Thérèse venían algo más atrás. André cerraba el grupo.

—¿Géraud? —preguntó Mireille.

El ingeniero levantó una mano.

—Vivo.

Mireille lo miró.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿Qué?

—Desaparecer antes del desayuno.

—No sabía que necesitaba autorización.

—Desde anoche, sí.

Amaury llegó hasta Delacroix.

—¿Qué ocurre?

Delacroix miró a Rémi.

El técnico respondió:

—El sistema fue manipulado.

Nadie habló.

Hélène fue la primera.

—¿Manipulado cómo?

Géraud señaló el panel.

—Corte deliberado. Contacto aflojado. Falta una herramienta.

Côme abrió su libreta casi por reflejo.

Delacroix lo miró.

El periodista volvió a cerrarla.

—Perdón.

Amaury se acercó al panel.

—¿Puede ser vandalismo anterior?

Rémi negó.

—Funcionaba ayer cuando subisteis.

—¿Seguro?

—La cabina llegó aquí.

—Eso no implica que este circuito...

—Amaury —dijo Géraud—. Funcionaba.

El abogado asintió.

—Bien.

Mireille miró la vía.

—Entonces alguien hizo esto después de que llegáramos.

La frase atravesó el grupo con una lentitud distinta.