Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 6 — Cuando deja de ser divertido #4
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Capítulo 6 — Cuando deja de ser divertido #4

Delacroix observó el sobre.

Quería abrirlo.

Mucho.

Precisamente por eso no lo hizo.

—Cuando sepamos qué pertenece al juego y qué no.

—Podríamos no saberlo nunca.

—Entonces tendré un fin de semana frustrante.

Octave miró al muerto.

—Ya lo tienes.

Salieron de la habitación media hora más tarde.

Delacroix cerró nuevamente.

En el corredor se detuvo.

Algo había cambiado.

No supo qué al principio.

Después lo entendió.

Ya no se oían voces desde abajo.

—¿Qué hora es? —preguntó Octave.

—Una y veinte.

—Quizá por fin se han cansado.

Descendieron.

En el salón encontraron a todos alrededor de la mesa.

Nadie hablaba.

Hélène había ordenado los movimientos de la hora anterior sobre varias hojas grandes. Había dibujado una línea temporal y escrito nombres encima y debajo.

Delacroix se acercó.

—Dijiste sin conclusiones.

—No hay ninguna.

Era cierto.

Solo tiempos.

Ausencias.

Encuentros confirmados.

Encuentros dudosos.

Huecos.

Demasiados huecos.

Côme había añadido signos de interrogación hasta convertir la hoja en una enfermedad tipográfica.

—Esto es peor de lo que parecía —dijo.

Amaury lo miró.

—Gracias.

—Quiero decir que todos estuvimos solos.

—No todos.

—Casi todos.

Delacroix repasó la cronología.

Hélène había trabajado bien.

Muy bien.

—André vio a Édouard a las once treinta y cinco —dijo ella—. Si aceptamos eso, la franja crítica empieza después.

—Octave cree que la muerte fue reciente.

—¿Cuánto?

—No lo suficiente para mejorarnos la noche.

Hélène entendió que no obtendría más.

Rémi estaba junto a la ventana.

Delacroix lo miró.

—¿Algo?

—La tormenta empeora.

—Eso puedo verlo.

—No. Empeora de verdad.

Todos se volvieron.

Rémi separó apenas una cortina.

Más allá del vidrio no quedaba paisaje.

Ni terraza.

Ni montaña.

Solo blanco.

La lámpara exterior más cercana aparecía y desaparecía dentro de la nieve como una luz vista bajo agua.

—¿Cuánto puede durar? —preguntó Thérèse.

—No lo sé.

—¿Horas?

—Sí.

—¿Un día?

Rémi no respondió inmediatamente.

Amaury soltó el aire.

—Fantástico.

Mireille se abrazó a sí misma.

—Esta tarde era bonita.

Nadie necesitó preguntar de qué hablaba.

La nieve.

Delacroix miró los cristales.

Sí.

Aquella tarde había sido hermosa.

Había convertido el hotel en refugio.

Ahora empezaba a borrar el resto del mundo.

—Dormiremos —dijo.

Côme lo miró como si hubiera propuesto una actividad extravagante.

—¿Dormir?

—Aunque te sorprenda, el cuerpo humano lo necesita incluso durante homicidios.

—No voy a poder.

—Entonces tendrás varias horas para fracasar.

Hélène recogió sus papeles.

—¿Puertas cerradas?

Delacroix pensó.

—Sí.

Mireille levantó la cabeza.

—¿Cerradas?

—Con llave.

—¿No sería mejor dejarlas abiertas para poder pedir ayuda?

—También sería mejor para entrar sin pedir permiso.

La frase produjo el efecto esperado.

—Cada uno guarda su llave —continuó—. Nadie abre si no reconoce la voz. Si alguien necesita salir, llama primero a la habitación de otro.

Amaury negó lentamente.

—Esto es absurdo.

Delacroix lo miró.

—Sí.

—Quiero decir que estamos organizando cómo ir al baño dentro de un hotel de lujo.

—Eso también.

—Édouard nos invitaría a brindar por esto.

Mireille cerró los ojos.

Thérèse miró el fuego.

—Édouard ya no va a brindar por nada.

Amaury bajó la cabeza.

La frase fue dura.

No cruel.

Era quizá la primera vez que alguien decía en voz alta algo que no pertenecía ni a la investigación ni al funcionamiento inmediato del hotel.

Édouard estaba muerto.

No era una pieza.

No era el organizador ausente.

No iba a aparecer riéndose de la confusión.

El silencio posterior tuvo otra naturaleza.

Hélène se levantó.

—Vamos.

Nadie preguntó adónde.

Subieron juntos.

Diez personas caminando por una escalera suficientemente ancha para que aquella procesión pareciera ridícula.

Delacroix iba último.

A mitad del primer tramo miró hacia el vestíbulo.

El teléfono descansaba sobre el mostrador de recepción.

Inútil.

Más allá, el corredor de la estación estaba oscuro salvo por una lámpara.

La puerta del gabinete donde estaba Édouard quedaba fuera de su vista.

Continuó.

En la segunda planta distribuyeron habitaciones cercanas.

André recibió la 216.

Rémi la 218, próxima al corredor que comunicaba con la galería hacia la estación.

Géraud tomó la 220.

Octave conservó la suya.

Los demás estaban ya suficientemente próximos.

Côme se quedó frente a su puerta con la llave en la mano.

—¿Qué hacemos si oímos algo?

Delacroix lo miró.

—Escuchar.

—¿Y después?

—Depende de lo que sea.

—Eso no ayuda.

—Los sonidos rara vez traen identificación.

Mireille abrió su puerta.

—Si alguien llama tres veces, no pienso abrir.

—¿Por qué tres? —preguntó Thérèse.

—No sé. Tres suena peor.

A pesar de todo, Hélène sonrió.

—Dos puede ser un asesino perfectamente competente.

—Gracias.

—De nada.

Uno por uno entraron.

Las puertas empezaron a cerrarse.

Clic.

Clic.

Clic.

El sonido de las llaves girando se propagó por el corredor.

Delacroix permaneció fuera de la 214.

Hélène estaba frente a la 211.

No había entrado todavía.

—¿Va a dormir? —preguntó.

—No.

—Yo tampoco.

—Entonces mañana estaremos ambos irritables.

—¿Más?

—En tu caso existe margen.

Hélène apoyó una mano en el picaporte.

—Armand.

—¿Sí?

Por primera vez desde que se conocían, pareció buscar las palabras.

—Édouard sabía que algo podía pasar.

Delacroix la observó.

—¿Por qué dices eso?

—Porque lo conozco.

—Eso no basta.

—No.

—¿Algo más?

Hélène miró hacia el corredor vacío.

—Durante las últimas semanas hablaba como alguien que ya había decidido hacer algo desagradable y estaba esperando el momento de explicarse después.

Delacroix pensó en París.

Solo quiero que estés allí.

—¿Qué cosa?

—No sé.

—¿Crees que tenía miedo?

Hélène tardó.

—No.

—¿Entonces?

—Creo que tenía prisa.

La respuesta le gustó menos.

—Buenas noches, Hélène.

Ella lo miró.

—Eso ha sonado optimista.

—Es una fórmula.

—Entonces buenas noches.

Entró.

Cerró.

Giró la llave.

Delacroix hizo lo mismo en su habitación.

El calor lo recibió inmediatamente.

La cama estaba intacta.

Sus libros seguían sobre el escritorio.

El pequeño folleto del hotel permanecía donde lo había dejado.

Todo pertenecía todavía a la tarde.

Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla.

No tenía sueño.

Fue hasta la ventana.

No veía nada.

Apoyó una mano contra el cristal frío.

La tormenta cubría completamente el valle.

París parecía encontrarse no a unas horas de tren, sino en otra vida.

Abajo, muy lejos dentro del edificio, algo metálico produjo un golpe.

Delacroix levantó la cabeza.

Esperó.

Nada.

Podía ser una puerta.

Una tubería.

El viento.

El funicular.

Un hotel grande producía sonidos.

Eso se dijo.

Volvió hacia la cama.

Tres pasos después oyó otro.

Más suave.

Esta vez en el corredor.

Delacroix quedó quieto.

No fue un golpe.

Fue un crujido.

Después otro.

Como peso sobre la madera.

Pisadas.

Se acercó a la puerta sin hacer ruido.

Esperó.

Una.

Dos.

Después silencio.

Puso una mano sobre el picaporte.

Recordó sus propias reglas.

No abrió.

Pasaron diez segundos.

Veinte.

Treinta.

Entonces, al otro lado de la puerta, algo rozó suavemente la madera.

Delacroix sintió cómo se tensaba todo su cuerpo.

—¿Quién es?

Nada.

Esperó.

—¿Quién es?

Silencio.

Delacroix miró la llave girada.

Por primera vez desde que había llegado al Grand Hôtel des Cimes, la puerta de su habitación no le pareció una entrada.

Le pareció una defensa.

Esperó otro minuto.

Después dos.

No volvió a oír nada.

Finalmente se alejó.

Podía haber sido cualquier cosa.

Una persona regresando a su habitación.

Una corriente moviendo algo.

Madera.

Una alfombra.

Un edificio antiguo.

Se sentó en el borde de la cama.

Afuera, el viento continuó golpeando la montaña.

Delacroix miró hacia la puerta.

En París, probablemente habría abierto.

La constatación le molestó más que el ruido.

Todavía no tenía miedo.

No exactamente.

Pero por primera vez aquella noche comprendió que el miedo no necesitaba entrar de golpe.

Podía empezar simplemente consiguiendo que un hombre decidiera no abrir una puerta.