Capítulo 6 — Cuando deja de ser divertido #3
—No conocemos el estado de la línea. No conocemos el de la vía. Y la visibilidad es casi nula. Si salimos ahora y aparece un problema en mitad del trayecto, estaremos dentro de una caja suspendida sobre una montaña mientras alguien intenta descubrir qué se ha roto.
—Y aquí estamos dentro de un hotel con un asesino.
Géraud lo sostuvo con la mirada.
—Un hotel no puede caer trescientos metros.
Mireille murmuró:
—Todavía.
Todos la miraron.
Ella cerró los ojos.
—Lo siento.
Delacroix tomó la palabra.
—No bajamos esta noche.
Amaury giró hacia él.
—¿Tú decides eso también?
—No. Lo decide que el hombre responsable del funicular no considera seguro moverlo y el ingeniero está de acuerdo.
—¿Y si hay otro asesinato?
Delacroix lo miró.
La pregunta se quedó sin respuesta porque ninguna disponible era buena.
Hélène habló:
—Entonces hacemos que no lo haya.
Amaury soltó una risa seca.
—Excelente. ¿Cómo?
—No sé. Pero sospecho que gritarnos no mejora las probabilidades.
Delacroix volvió a sentarse.
—Terminaremos los movimientos. Después estableceremos reglas para esta noche.
Géraud y Rémi dieron sus versiones.
Géraud había pasado varios minutos en el observatorio entre las once y veinte y las once y treinta, atraído por el cambio de presión y por una instrucción de su personaje que lo obligaba a comprobar una caja escondida allí. Nadie lo acompañó.
Rémi permaneció casi toda la hora en la estación superior, preparando el cierre nocturno y comprobando que el último personal hubiera descendido correctamente. André lo había visto alrededor de las once menos cuarto. Veyrac le había hablado a las once y diez para preguntarle por el tiempo.
—¿Qué quería saber? —preguntó Delacroix.
—Si la tormenta empeoraría.
—¿Qué le dijiste?
—Que sí.
—¿Pareció preocupado?
Rémi pensó.
—No.
—¿Contento?
—Tampoco.
Géraud sonrió sin humor.
—Édouard llevaba dos días diciendo que quería nieve.
Rémi se volvió hacia él.
—Quería nieve. No esto.
Delacroix miró las ventanas.
La afirmación acababa de convertir algo hermoso en otra cosa.
—¿Qué es esto? —preguntó.
Rémi se acercó al cristal.
—Una tormenta fuerte. Probablemente varias horas.
—¿Hasta mañana?
—Puede.
—¿Y después?
—La montaña decide.
Côme, que llevaba demasiado rato en silencio, preguntó:
—¿Hay otra salida?
Rémi señaló vagamente hacia el otro lado del hotel.
—Una senda de mantenimiento.
—¿Hasta el pueblo?
—Hasta una pista inferior. Después al valle.
—¿Cuánto?
—Con buen tiempo, cuatro horas si sabes caminar aquí.
—¿Y ahora?
Rémi miró a Côme.
—No.
—No qué.
—No se hace.
—¿Imposible?
—Si quieres una palabra absoluta, usa estúpido.
Côme bajó la mirada.
Delacroix tomó los papeles con los recorridos de todos y los apiló.
—Bien. Nadie sale esta noche. Nadie utiliza la senda. Nadie intenta mover el funicular hasta que Rémi pueda revisar la instalación con luz y visibilidad.
Amaury iba a hablar.
Delacroix levantó una mano.
—Y antes de que preguntes, sí, eso significa que pasaremos la noche aquí.
El abogado no dijo nada.
La frase resultaba obvia.
Y, sin embargo, al ser pronunciada tuvo peso.
Pasar la noche allí ya no significaba dormir en un hotel de montaña.
Significaba dormir bajo el mismo techo donde alguien había matado a Édouard.
Hélène miró alrededor.
—No deberíamos estar solos en habitaciones separadas.
Mireille la miró.
—¿Qué propones?
—Habitaciones próximas. Mismo corredor. Puertas que puedan abrirse rápido.
Amaury negó.
—Eso también concentra al asesino.
—El asesino ya está concentrado —dijo Hélène—. Está en este hotel.
Otra vez la frase.
Esta vez nadie reaccionó porque empezaba a volverse parte del aire.
Delacroix asintió.
—Usaremos el ala oeste de la segunda planta. Nuestras habitaciones ya están relativamente cerca. Quiero que todos duerman allí.
André levantó la mano casi con timidez.
—Mi alojamiento está junto a cocina.
—Esta noche no.
—Monsieur...
—Hay habitaciones libres.
El director miró el casillero de recepción como si aquella propuesta violentara décadas de jerarquía hotelera.
—No sería apropiado.
Mireille lo miró con incredulidad.
—André, tenemos un cadáver en la planta baja.
—Sí, madame.
—Creo que la etiqueta puede sobrevivir a que duermas en una habitación bonita.
Cottin cedió.
Rémi:
—Yo necesito estar cerca de la estación.
—No solo —dijo Delacroix.
—Tengo que oír si ocurre algo.
Géraud levantó una mano.
—Dormiré en la habitación más próxima a la galería.
Rémi lo miró.
—No hace falta.
—Lo sé.
Delacroix registró la repetición de la frase y no comentó nada.
—Bien.
Octave se levantó.
—Necesito volver con Édouard.
El ambiente cambió.
Mireille miró hacia la puerta.
—¿Ahora?
—Quiero examinarlo mejor. Sin moverlo más de lo imprescindible. La temperatura del cuerpo será más útil cuanto menos tiempo pase.
Delacroix asintió.
—Voy contigo.
Amaury se puso de pie.
—También yo.
—No.
El abogado se quedó quieto.
—¿Por qué?
—Porque no necesito un médico, un abogado y un detective mirando el mismo cadáver para decidir cuál de los tres estorba.
Mireille dejó escapar una pequeña risa.
Fue involuntaria.
Se tapó la boca de inmediato.
Delacroix la miró.
—No te disculpes.
Ella bajó la mano.
Aquello parecía importante.
No permitir que el asesino les robara también la capacidad de reaccionar como personas.
Hélène se puso de pie.
—Mientras estáis arriba, yo ordenaré los movimientos.
Delacroix la miró.
—¿Ordenarás?
Ella señaló los papeles.
—Cronología. Sin conclusiones. Solo posiciones.
—No toques los materiales del juego.
—No pensaba.
—Côme.
El periodista levantó la cabeza.
—Ayúdala.
Hélène sonrió apenas.
—¿Por qué él?
—Porque tomará notas aunque se lo prohíba. Prefiero saber dónde.
Côme aceptó la tarea con una dignidad que no engañó a nadie.
Delacroix y Octave abandonaron el salón.
El hotel estaba en silencio.
No el silencio elegante de la tarde.
Uno distinto.
El ruido de las personas había desaparecido de los corredores y, sin él, aparecieron otros sonidos que antes se confundían con la vida del edificio.
Madera contrayéndose.
Una tubería.
El viento recorriendo una chimenea.
Algo metálico vibrando lejos.
La nieve contra los cristales.
Delacroix caminó junto a Octave sin hablar.
Llegaron a la puerta del gabinete.
Delacroix sacó la llave que había guardado.
Antes de introducirla, Octave dijo:
—No quiero acostumbrarme otra vez a esto.
Delacroix lo miró.
—¿A qué?
—A ver muerto a alguien que conocía.
No había nada que responder.
Abrió.
La habitación seguía igual.
Veyrac continuaba sentado detrás del escritorio, esperando con una paciencia que habría resultado imposible en vida.
Octave encendió una segunda lámpara.
Delacroix se quedó cerca de la puerta mientras el médico trabajaba.
No necesitaba mirar cada movimiento.
Necesitaba pensar.
Once y treinta y cinco.
André había visto vivo a Veyrac.
Once cuarenta y tres.
El reloj detenido.
Entre ambos momentos, Hélène podía haber estado regresando de su habitación.
Mireille había tenido varios minutos sin testigos.
Géraud estaba solo en el observatorio.
Octave había utilizado la escalera de servicio.
Thérèse había subido antes.
Côme había circulado para dejar una nota.
Amaury había escondido una llave.
Rémi permanecía en la estación.
André se movía entre cocina y recepción.
Todos tenían una razón legítima para desplazarse.
Todos habían recibido instrucciones destinadas precisamente a crear movimientos sospechosos.
Veyrac había diseñado una hora en la que cada persona debía parecer culpable.
Y alguien había utilizado esa hora para matarlo.
Delacroix miró al muerto.
—Eres un imbécil.
Octave no levantó la cabeza.
—¿Él o yo?
—Él.
—Bien.
—Nos reunió, nos dio motivos falsos, nos obligó a mentir y nos hizo desplazarnos por un hotel vacío justo antes de fingir su propia muerte.
—Dicho así, sí.
—¿Hay otra forma de decirlo?
—Édouard habría usado más adjetivos.
Delacroix casi sonrió.
Octave retiró cuidadosamente una parte de la camisa alrededor de la herida sin extraer el arma.
Su rostro se endureció.
—La trayectoria es directa.
—¿Fuerza?
—Suficiente.
—¿Lucha?
Octave examinó las manos.
—No veo heridas evidentes. Hay una pequeña abrasión en la muñeca izquierda, pero podría ser del golpe que rompió el reloj.
—¿Lo sorprendieron?
—O dejó acercarse a la persona.
Delacroix miró la tarjeta negra sobre la mesa.
La víctima conocía a su asesino.
—Todos aquí lo conocíamos.
—Sí.
—Pista particularmente inútil.
—Quizá era para el juego.
—Quizá.
Octave observó el rostro del muerto.
—Hay algo más.
Delacroix se acercó.
—¿Qué?
—Édouard no parece haber recibido el golpe de frente mientras estaba sentado.
—¿Por qué?
Octave señaló sin tocar.
—La dirección de entrada. Ligeramente descendente. Y mira la camisa. Hay tensión en este lado, como si el torso hubiera estado girado.
Delacroix estudió la posición.
—¿De pie?
—Posiblemente. O levantándose.
—Después lo sentaron.
—Podría.
—¿Seguro?
Octave soltó el aire.
—Armand, dentro de quince minutos volverás a preguntarme si estoy seguro de algo que no puedo asegurar sin examinarlo en condiciones decentes.
—Probablemente.
—Entonces te ahorro tiempo. No estoy seguro.
—Gracias.
Octave se quitó las gafas un instante.
—Pero no me gusta la posición.
Delacroix miró nuevamente a Veyrac.
El cadáver estaba exactamente donde Mireille había explicado que debía aparecer la víctima ficticia.
Sentado.
Visible.
Con el arma en el pecho.
Era una escena.
No solo una muerte.
Alguien había matado a Édouard y después había conservado la composición preparada.
Eso significaba tiempo.
Conocimiento.
Sangre fría.
Delacroix sintió algo mucho menos cómodo que una sospecha.
Competencia.
—El asesino sabía cómo debía quedar —dijo.
Octave levantó la vista.
—Mireille.
—Mireille. Édouard. Hélène estuvo aquí durante la preparación. Rémi entró para mover una mesa. Géraud por la lámpara. André conocía la sala.
—Eso sigue siendo demasiada gente.
—Sí.
Octave miró el sobre crema bajo los papeles.
Armand.
—¿No piensas abrirlo?
Delacroix lo miró.
—Sí.
—¿Ahora?
—No.
Octave pareció sorprendido.
—Eso es autocontrol.
—No me insultes.
—Édouard te lo dejó.
—O el asesino.
El médico dejó de sonreír.
—Cierto.