Capítulo 6 — Cuando deja de ser divertido #2
Delacroix registró el dato.
Una de las cosas que había parecido extraña durante el juego volvía a pertenecer a Veyrac.
—¿Cuánto tardaste?
—Dos minutos. Tres. Volví.
—¿Alguien te vio en el comedor?
—No.
—Continúa.
—Después estuve aquí hasta el anuncio de medianoche.
Delacroix miró a los demás.
—¿Lo recordáis?
Amaury respondió:
—Desde aproximadamente las once treinta y cinco, sí.
Hélène:
—También.
Côme exhaló, aliviado por una coartada que todavía no era exactamente una.
Delacroix eligió a Thérèse.
Su recorrido era más sencillo. Había estado con Côme en la biblioteca, después regresó al salón. A las once y cuarto subió a su habitación para cambiar unos zapatos que le hacían daño y volvió aproximadamente seis o siete minutos después.
—¿Alguien la vio arriba? —preguntó Delacroix.
—No.
—¿A alguien en el pasillo?
Thérèse pensó.
—Octave salía de su habitación cuando yo regresaba.
Octave asintió.
—Sí.
—¿Hora?
—Once y veintidós, aproximadamente.
Delacroix se volvió hacia el médico.
—¿Qué hacías arriba?
Octave enseñó su papel.
—Fui a buscar mis comprimidos para el estómago.
Mireille lo miró.
—Has comido tres platos.
—Por eso.
—Creí que diagnosticabas tus problemas antes de provocarlos.
—La medicina tiene límites.
La respuesta produjo una sonrisa débil en Thérèse.
Después desapareció.
Octave continuó:
—Subí alrededor de las once y dieciocho. Bajé después de encontrar a Thérèse en el corredor. Utilicé la escalera principal para subir y la de servicio para bajar.
Delacroix levantó la vista.
—¿Por qué?
—Mi personaje había recibido una instrucción. Tenía que dejar una pequeña llave detrás de un cuadro del descansillo de la escalera de servicio.
Mireille se llevó una mano a la frente.
—Otra cosa que no sabía.
—Veyrac me pidió que no te lo dijera.
—Voy a matarlo.
Nadie se rió.
Mireille palideció en cuanto comprendió lo que acababa de decir.
—Dios.
Hélène se inclinó hacia ella.
—Mireille.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte.
—He dicho...
—Lo sabemos.
Mireille bajó la cabeza.
Octave retomó con dificultad:
—Dejé la llave y bajé. Entonces oí pasos arriba.
Delacroix recordó que aquello ya había surgido antes de encontrar el cuerpo.
—¿En qué planta?
—No podría asegurarlo. La escalera transmite mucho. Quizá entre segunda y tercera.
—¿Viste a alguien?
—No.
—¿Hora?
—Once y veinticinco o veintiséis.
Delacroix anotó mentalmente.
Édouard podía haber sido.
Cualquiera podía haber sido.
—Después volviste al salón.
—Sí. Ya no salí hasta medianoche.
Amaury confirmó verlo desde antes de las once y media.
Delacroix siguió con Mireille.
Ella había permanecido gran parte del tiempo circulando entre salón, sala de billar y pequeño cuarto de preparación de utilería situado detrás del comedor.
—¿Sola?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Fui al cuarto alrededor de las once y diez porque quería comprobar las reservas de sangre falsa.
Côme la miró.
Mireille soltó una risa sin alegría.
—Sí. Ahora resulta particularmente desagradable.
—¿Por qué las comprobabas? —preguntó Delacroix.
—Porque después de encontrar las anotaciones sobre la escena de la escalera empecé a desconfiar de las modificaciones de Édouard. Quería asegurarme de que no hubiera utilizado ninguna de mis bolsas en otra parte.
—¿Había falta de material?
—No.
—¿Cuánto estuviste?
—No sé. Diez minutos. Quizá quince.
—¿Alguien te vio entrar o salir?
—André me vio entrar.
El director asintió.
—Pasé hacia la cocina.
—¿Salir?
—No.
Mireille miró a Delacroix.
—Así que tengo quince minutos sola junto a un cuarto lleno de objetos falsos.
—No he dicho nada.
—No hace falta.
—Entonces no me ahorres trabajo interpretándome.
Ella apretó los labios.
—Después volví al salón. Estuve allí cuando Côme explicó lo de Géraud. Creo que salí una vez más, apenas un minuto, para comprobar una lámpara del corredor.
—¿Qué lámpara?
—La que conduce a la sala donde encontramos a Édouard.
Todos miraron hacia la puerta.
Delacroix mantuvo la voz estable.
—¿Entraste en la habitación?
—No. Seguía cerrada.
—¿Probaste?
—No.
—¿Viste a alguien?
Mireille negó.
—Nada.
Delacroix continuó con Amaury.
El abogado había permanecido casi todo el tiempo en zonas comunes, salvo por una ausencia entre las once y doce y las once y dieciocho, cuando recibió una instrucción para esconder una llave dentro del archivo de la sala de lectura.
—Géraud me vio entrar —dijo.
—Sí —respondió el ingeniero ausente desde el pasillo mental de todos.
Amaury se detuvo.
Recordó que Géraud no estaba allí.
Aquella pequeña interrupción fue extrañamente inquietante.
—Cuando vuelva lo confirmará —añadió.
—¿Alguien más?
—No.
—¿Viste a Veyrac durante esa salida?
—No.
Delacroix pasó a Hélène.
Ella no necesitó consultar su papel.
—A las once estaba aquí. Después de hablar contigo y con Édouard, recibí una instrucción que exigía dejar el sobre blanco de las diez en mi habitación y cambiarlo por otro sobre situado dentro del cajón de mi escritorio.
—¿Cuándo subiste?
—Once y veintitrés aproximadamente.
Delacroix sintió cómo varios ojos iban hacia ella.
Era la primera ausencia amplia situada cerca de la posible hora de muerte.
Hélène lo notó.
No cambió el tono.
—Subí por la escalera principal. Entré en mi habitación. El segundo sobre estaba donde debía. Lo abrí. Contenía una página falsa del manuscrito y una instrucción para regresar al salón sin enseñársela a nadie.
—¿Cuánto tiempo?
—Siete minutos. Ocho.
—¿Alguien te vio?
—No que yo sepa.
—¿Por qué tardaste ocho minutos en recoger un sobre?
Hélène sostuvo su mirada.
—Fumé.
La respuesta fue tan sencilla que Côme levantó la vista.
Delacroix no.
—¿En la habitación?
—Junto a la ventana. La abrí un poco.
—¿Con esta tormenta?
—A esa hora todavía no estaba así.
Era cierto.
—¿Después?
—Bajé. Encontré a Thérèse cerca del rellano.
Thérèse pensó.
—No. Yo ya estaba abajo entonces.
Hélène la miró.
—¿Segura?
—Sí.
La primera contradicción apareció casi con delicadeza.
Hélène no se apresuró a corregirse.
—Entonces sería Octave.
El médico negó.
—Yo bajé por servicio.
Hélène frunció el ceño.
—Vi a alguien.
—¿Hombre o mujer? —preguntó Delacroix.
—No lo sé.
—Eso suele ser una diferencia visible.
—Vi una sombra bajar un tramo mientras yo cerraba mi puerta. No presté atención. Pensé que estábamos todos circulando por instrucciones.
Delacroix la observó.
—¿Hora?
—Alrededor de once y media.
—¿Después volviste aquí?
—Sí.
Amaury habló:
—Yo la recuerdo antes de que Côme colocara la nota.
Côme negó.
—Yo ya había vuelto cuando Hélène entró.
Amaury frunció el ceño.
—¿Seguro?
—Creo que sí.
Hélène levantó una mano.
—Esto es exactamente lo que dije que ocurriría.
Delacroix asintió.
Los tiempos ya se deformaban.
No habían pasado ni dos horas.
—No discutáis todavía. Tengo vuestros papeles.
Hélène se reclinó.
—¿Algo más?
—Sí. ¿Viste a Édouard después de las once?
La pregunta produjo un cambio apenas perceptible.
—Desde lejos.
—¿Dónde?
—Corredor de la biblioteca. Antes de subir a mi habitación.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Hablasteis?
—No.
—¿Te vio?
—Creo que sí.
—¿Qué hacía?
Hélène pensó.
—Llevaba papeles.
—¿Alguna copa?
Ella negó.
—No lo recuerdo.
Delacroix pasó a André.
El director había estado entre cocina, comedor y recepción. Había visto a Veyrac aproximadamente a las once y treinta y cinco.
Aquello hizo que todos levantaran la cabeza.
—¿Dónde?
—Junto a recepción.
—¿Seguro de la hora?
—Bastante. Miré el reloj porque estaba preparando café antes de retirarme.
—¿Cómo estaba?
—Normal.
—¿Hablasteis?
—Me preguntó si Rémi seguía en la estación.
Delacroix frunció el ceño.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Qué respondiste?
—Que sí.
—¿Y después?
—Monsieur Veyrac subió por la escalera principal.
—¿Llevaba algo?
André pensó.
—Un sobre.
—¿Color?
—Oscuro.
Mireille se volvió.
—¿Negro?
—Puede ser.
—¿Copa?
—No.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Delacroix miró el reloj del salón.
Si André era exacto, Édouard seguía vivo alrededor de las once y treinta y cinco.
El reloj roto marcaba once cuarenta y tres.
Por primera vez apareció una franja de tiempo suficientemente estrecha para parecer útil.
Y suficientemente ancha para incluir demasiadas personas.
Se abrió la puerta.
Rémi y Géraud regresaron.
Llevaban nieve sobre los hombros aunque la estación estaba conectada por galería.
—¿Qué pasó? —preguntó Delacroix.
Rémi se quitó los guantes.
—Nada bueno.
El salón quedó quieto.
—La línea telefónica interna hasta la estación funciona —dijo—. El problema está después del edificio. No recibimos respuesta desde abajo.
—¿Cable roto? —preguntó Amaury.
—Puede ser. Tormenta, hielo, caída de alguna rama más abajo. Desde aquí no puedo saberlo.
Géraud añadió:
—La alimentación de la estación superior es normal.
Delacroix miró a Rémi.
—¿Y la señal entre estaciones?
El técnico tardó un segundo.
—Irregular.
—¿Qué significa?
—Que el circuito no me gusta.
Géraud cruzó los brazos.
—Hay respuesta parcial.
—En francés —dijo Mireille.
Rémi exhaló.
—Podemos enviar señal. No recibimos una confirmación limpia desde abajo.
—¿Podría ser el tiempo? —preguntó Thérèse.
—Sí.
—¿Podría no serlo?
Rémi la miró.
—Sí.
Nadie pareció satisfecho.
—¿El funicular puede bajar? —preguntó Amaury.
Rémi se volvió hacia él.
—No voy a poner una cabina en movimiento esta noche sin saber qué pasa con la señal inferior.
—¿Por qué?
—Porque necesito coordinación entre estaciones.
—Hay sistemas automáticos —dijo Géraud.
Rémi lo miró.
—También hay un viento que está empujando nieve sobre la vía y no puedo ver el primer tramo completo.
Amaury se puso de pie.
—Hay un asesino en el hotel.
La frase fue la primera vez que alguien ajeno a Delacroix la pronunció de aquella manera.
Rémi quedó inmóvil.
—Lo sé.
—Entonces prefiero una tormenta.
—Yo prefiero no tener que recogerlos del barranco mañana.
—¿Qué riesgo real existe?
—No lo sé todavía.
—Eso no es...
Géraud intervino.
—Amaury.
El abogado se volvió.
—Tiene razón.
Amaury lo miró como si acabara de descubrir una traición personal.
—¿Tú?