Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 6 — Cuando deja de ser divertido
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Capítulo 6 — Cuando deja de ser divertido

La primera decisión sensata después de descubrir un asesinato fue dividirse.

Delacroix la detestó inmediatamente.

—Nadie va solo —dijo.

Rémi Colas ya tenía una mano sobre la puerta que conducía hacia la estación superior del funicular.

Se volvió con una expresión en la que todavía convivían la incredulidad por la muerte de Veyrac y la impaciencia profesional de quien acababa de enterarse de que dos sistemas bajo su responsabilidad habían dejado de funcionar a la vez.

—Necesito revisar la línea.

—Y alguien irá contigo.

—No hace falta.

—Por eso mismo.

Rémi frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que todavía estás pensando como técnico.

—Soy técnico.

—Esta noche intenta ser también una persona que no aparezca muerta detrás de una puerta.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente.

Rémi retiró la mano del picaporte.

—Bien.

Delacroix miró alrededor.

Diez personas vivas ocupaban ahora el vestíbulo del Grand Hôtel des Cimes: Delacroix, los siete miembros restantes del Círculo, André Cottin y Rémi Colas.

Hacía menos de una hora habían sido nueve huéspedes —uno de ellos el anfitrión— y dos empleados, y Veyrac disfrutaba escondiendo sobres por el hotel.

Ahora el anfitrión estaba muerto en una habitación cerrada y todos parecían haber olvidado qué hacer con las manos.

Mireille las mantenía cruzadas contra el pecho.

Amaury Delatour se había colocado junto al mostrador de recepción y observaba el teléfono como si pudiera devolverle la línea mediante desaprobación jurídica.

Octave Méricourt se había sentado en uno de los sillones del vestíbulo y se limpiaba las gafas por tercera vez.

Thérèse Belloc permanecía de pie junto a la chimenea sin acercarse al fuego.

Côme Valençay estaba quieto, circunstancia que Delacroix no le había visto durante todo el día.

Géraud Vannier miraba alternativamente a Rémi y al pasillo de la estación.

Hélène Darcourt se había apoyado en el borde de una mesa, pálida pero serena.

Delacroix tomó una decisión.

—Géraud, ve con Rémi.

El ingeniero asintió.

—Yo también —dijo André.

—No.

El director pareció sorprendido.

—Monsieur Delacroix, conozco las instalaciones.

—Y necesito que te quedes aquí porque conoces el hotel mejor que todos nosotros.

Amaury levantó una ceja.

—¿Desde cuándo repartes funciones?

Delacroix lo miró.

—Desde que nadie más lo hacía.

—No cuestiono la utilidad. Cuestiono...

—Amaury.

El abogado cerró la boca.

Mireille se volvió hacia él.

—Esto debe de dolerte físicamente.

—Mucho.

Delacroix señaló a Rémi.

—Revisad primero la comunicación. No desmontéis medio hotel esta noche. Quiero saber si la avería está aquí o fuera y si existe otra manera de contactar con la estación inferior.

Rémi asintió.

—Hay señalización de servicio en la estación. Y línea propia entre ambas estaciones, aunque comparte parte del tendido.

—Comprobadla.

—¿Y el funicular?

Delacroix miró los ventanales.

La nieve que una hora atrás descendía en copos suaves ahora golpeaba los cristales casi horizontalmente. Las lámparas exteriores seguían encendidas, pero su luz alcanzaba apenas unos metros antes de desaparecer dentro de un remolino blanco.

—Después.

Rémi no parecía satisfecho.

—Si queremos bajar...

—Quiero que podamos avisar primero de que llevamos un cadáver.

Amaury intervino:

—Si el funicular funciona, bajar es avisar.

Rémi lo miró.

—Bajar con este viento no es como coger un tranvía.

—¿Es imposible?

—No he dicho eso.

—Entonces...

—Amaury —dijo Delacroix—, deja que el hombre que trabaja aquí decida por el momento qué puede despeñarnos y qué no.

El abogado levantó ambas manos.

—Perfecto.

Rémi y Géraud desaparecieron por el corredor hacia la estación.

Delacroix esperó hasta oír cerrarse la puerta al fondo.

Después se volvió hacia los demás.

—Ahora quiero saber dónde estaba cada uno entre las once y las doce.

Côme reaccionó con una rapidez casi culpable.

—¿Ya?

—No. Pensaba preguntarlo el martes.

El periodista bajó la vista.

Delacroix se arrepintió apenas de la respuesta. Côme no parecía en condiciones de distinguir humor de hostilidad.

Hélène se apartó de la mesa.

—Tenemos un problema.

Delacroix la miró.

—Varios.

—Uno particularmente incómodo. Durante esa hora todos estábamos jugando.

—Lo sé.

—Y algunos recibimos instrucciones para mentir.

Amaury dejó de mirar el teléfono.

Mireille también.

Hélène continuó:

—No solo sobre nuestros personajes. Algunas instrucciones indicaban que debíamos desaparecer durante determinados minutos, ocultar objetos, fingir encuentros que no habían ocurrido o negar otros que sí.

Si empezamos a reconstruir la hora utilizando recuerdos mezclados con la partida, dentro de veinte minutos nadie sabrá qué versión pertenece a quién.

Delacroix la observó.

Era exactamente el problema que llevaba varios minutos intentando formular.

—Bien.

Hélène inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Bien?

—Has ahorrado tiempo.

—Pensaba que iba a discutir.

—Puedo hacerlo si lo echas de menos.

—Más tarde.

Delacroix miró el salón contiguo.

La mesa seguía cubierta por los materiales de La última página.

—Entramos todos.

Nadie se movió inmediatamente.

Mireille fue la primera.

—¿Ahí?

—Ahí.

—Todo el juego está sobre esa mesa.

—Precisamente.

La palabra hizo que varias expresiones cambiaran.

Hasta entonces, aquellos papeles habían sido restos de una diversión interrumpida.

Ahora empezaban a parecer evidencias.

El salón conservaba el calor del fuego y el aroma a café, coñac y madera.

Delacroix sintió una irritación extraña al comprobar que nada material se había modificado desde que habían subido a buscar el cadáver.

Las copas continuaban donde las dejaron.

Una servilleta estaba caída junto a un sillón.

El reloj marcaba la una menos veinticinco.

Sobre una mesa descansaba la caja encontrada dentro del reloj, con las tarjetas horarias perfectamente alineadas.

Todo parecía estar esperando que volvieran a jugar.

Delacroix indicó las butacas.

—Sentaos.

Côme fue hacia una silla junto a la mesa.

—No.

El periodista se detuvo.

—¿Qué?

—No toques los papeles.

—No iba a...

—Lo sé. Aun así.

Côme eligió otro asiento.

Hélène se sentó frente a Delacroix. Thérèse junto a ella.

Mireille permaneció de pie hasta que Octave le señaló una butaca con gesto médico más que social.

Amaury eligió el extremo de un sofá. André se quedó cerca de la puerta, incómodo ante la idea de sentarse con huéspedes incluso después de que uno de ellos hubiera sido asesinado.

Delacroix lo miró.

—André.

—Estoy bien, monsieur.

—No era una pregunta.

El director acabó sentándose.

—Quiero dos versiones de esta noche —dijo Delacroix—. Primero, qué hizo cada persona realmente. Después veremos qué estaba obligada a fingir dentro del juego.

Amaury apoyó los codos sobre las rodillas.

—Conviene precisar qué entiendes por realmente.

Mireille soltó el aire.

—Ha tardado menos de treinta segundos.

Amaury no la miró.

—No es una objeción absurda.

—Todavía.

—Si una instrucción obligaba a alguien a dejar un sobre en una habitación, eso ocurrió realmente aunque formara parte de una ficción. Lo que tenemos que distinguir no es realidad de juego, sino acción real de información ficticia.

Delacroix asintió.

—Correcto.

Mireille miró a Amaury.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de haber sido útil.

—Lo he sido.

—Una vez.

Delacroix dejó que aquella pequeña discusión respirara unos segundos.

No porque fuese importante.

Porque era normal.

Y la normalidad estaba empezando a escasear.

—Vamos a hacerlo así —dijo—. Movimiento físico primero. Dónde estuvisteis. Con quién. Qué tocasteis. Después instrucciones.

Côme miró hacia su bolsillo.

—¿Puedo tomar notas ahora?

Delacroix pensó.

—Una condición. Cada uno escribe su propio recorrido sin hablar con el de al lado.

Amaury asintió.

Hélène también.

—Mejor todavía —dijo ella.

Côme sacó la libreta.

Mireille pidió papel del hotel.

Durante los siguientes minutos el único sonido fue el rascar de plumas, el fuego y el viento golpeando los cristales.

Delacroix no escribió.

Observó.

Era una vieja costumbre y una mala manera de descansar.

Amaury anotaba con letra pequeña y regular, deteniéndose después de cada hora para pensar.

Mireille escribía deprisa y tachaba mucho.

Thérèse apenas ocupó media página.

Octave apoyaba el papel sobre una revista.

Côme llenó dos hojas antes de que nadie terminara una.

Hélène escribió despacio.

No parecía reconstruir.

Parecía redactar.

Delacroix apartó la mirada antes de conceder demasiada importancia a la diferencia.

—Yo ya está —dijo Côme.

—Naturalmente.

—¿Eso es malo?

—Todavía no.

Esperaron.

Cuando terminaron, Delacroix recogió los papeles sin permitir que nadie leyera otro.

—Ahora hablaremos.

Amaury levantó una mano.

Mireille lo miró.

—No puedes estar hablando en serio.

—Solo quiero saber si empezamos por orden alfabético, cronológico o...

—Amaury.

—Bien.

Delacroix eligió a Côme primero precisamente porque era quien más deseaba hablar.

—Desde las once.

El periodista respiró.

—A las once estábamos todos aquí. Más o menos. Después fui a la biblioteca con Thérèse porque mi instrucción decía que tenía que encontrar una nota escondida dentro de un atlas.

Thérèse asintió.

—¿Hora? —preguntó Delacroix.

—Once y cinco. Quizá seis.

—¿Cuánto tiempo?

—Cinco minutos. Volvimos juntos.

—Sí —dijo Thérèse.

—Después me quedé en el salón hasta aproximadamente las once y veinte. Encontré la coartada de Géraud y todos discutimos. Luego...

Côme se detuvo.

Delacroix esperó.

—Luego salí.

—¿Adónde?

—Al comedor.

—¿Por qué?

Côme miró a Veyrac en su memoria antes de responder.

—Una instrucción.

—¿Qué decía?

—Que debía colocar una nota bajo la puerta del comedor a las once y media.

Mireille se volvió hacia él.

—¿La nota de «El cadáver estará donde empezó la historia»?

—Sí.

—¿La pusiste tú?

—Sí.

Varias personas reaccionaron.

Delacroix no.

—¿Quién te dio la nota?

Côme tragó saliva.

—Estaba en mi sobre inicial.

Mireille frunció el ceño.

—Entonces sí era original.

—¿Tú no lo sabías?

—No conocía todas las instrucciones personales.

—¿Veyrac sí?

—Por supuesto.