Capítulo 5 — El hombre que no actuaba #4
La puerta permanecía abierta. Desde el pasillo llegaban las voces bajas de los demás.
Mireille estaba discutiendo con Amaury sobre si debía apagar la luz.
Côme preguntaba algo a Géraud. La vida no sabía cerrar una habitación con solemnidad.
Seguía acumulando pequeñas decisiones incluso cuando alguien acababa de desaparecer de ella.
Delacroix miró una última vez el escritorio.
El sobre con su nombre.
La tarjeta negra.
La copa que no debía estar.
El arma que no debía ser real.
La sangre.
Después miró a Veyrac.
—Podrías haber usado el teléfono —murmuró.
Édouard no contestó.
Esta vez Delacroix no encontró humor en ello.
Cerró la puerta.
Mireille giró la llave.
El clic de la cerradura sonó sorprendentemente fuerte en el pasillo.
Bajaron juntos.
La arquitectura del Grand Hôtel des Cimes no había cambiado.
Las alfombras seguían amortiguando los pasos.
Las lámparas derramaban la misma luz dorada.
La chimenea del salón seguía encendida. Las copas continuaban sobre la mesa, algunas a medio beber.
Los documentos de La última página permanecían donde los habían dejado unos minutos atrás, formando un pequeño caos de mentiras impresas.
Pero el hotel ya no era el mismo.
Delacroix lo sintió antes de llegar a la planta baja.
Los corredores parecían más largos.
Las puertas, más numerosas.
Las ciento veinte habitaciones que aquella tarde habían resultado extravagantes y divertidas adquirían ahora una cualidad distinta.
Ciento veinte lugares donde alguien podía esconderse.
Ciento veinte puertas detrás de las cuales podía faltar algo.
Ciento veinte espacios que ninguno de ellos tenía forma de vigilar.
Era ridículo.
Había un cadáver, no una invasión.
La gendarmería llegaría.
Revisaría la escena.
Interrogaría a todos.
Édouard sería trasladado al valle.
El juego terminaría.
El mundo exterior seguía allí.
Delacroix se obligó a recordar eso.
André Cottin apareció desde el comedor cuando los vio bajar.
—¿Ha terminado la primera parte?
Nadie respondió.
El director sonrió por reflejo profesional y la sonrisa murió casi de inmediato.
—¿Qué ocurre?
Delacroix se acercó.
—Monsieur Cottin, Édouard Veyrac ha muerto.
André lo miró.
Después soltó una risa breve.
No alegre.
Incrédula.
—Sí, monsieur. Entiendo que forma parte...
—No.
El director dejó de respirar durante un segundo.
—¿No?
—Es real.
André miró a Mireille, probablemente porque sabía que ella controlaba los efectos.
Mireille negó.
Cottin palideció.
—Dios mío.
—Necesitamos llamar a la gendarmería inmediatamente.
El director asintió varias veces.
—Sí. Sí, por supuesto.
Giró hacia recepción.
El movimiento fue tan normal que Delacroix sintió un pequeño alivio.
Un teléfono.
Una voz.
Una estación abajo.
La autoridad entrando en escena.
André llegó al mostrador, levantó el auricular y pidió la central.
Esperó.
Su expresión cambió.
Golpeó suavemente la horquilla.
Volvió a levantar.
—¿Qué pasa? —preguntó Amaury.
André no respondió.
Probó otra vez.
—Monsieur Cottin.
El director levantó la mirada hacia Delacroix.
—No hay línea.
El alivio desapareció.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé.
—¿Puede ocurrir por la tormenta?
—Sí. A veces.
Rémi Colas apareció en ese momento desde el corredor lateral, atraído probablemente por las voces.
—¿Qué ocurre?
André lo miró.
—La línea está caída.
Rémi frunció el ceño.
—¿Ahora?
—Sí.
—Hace una hora funcionaba.
Delacroix se volvió hacia él.
—¿Está seguro?
—Llamé abajo antes de que descendiera el último personal. Confirmaron condiciones para mañana.
Una hora.
Delacroix miró el teléfono.
Después las ventanas.
La nieve golpeaba ahora con suficiente fuerza para haber borrado completamente el exterior más allá de las lámparas cercanas. El viento producía un sonido grave alrededor de la fachada.
Côme habló detrás.
—Podemos bajar en el funicular.
Rémi lo miró.
—Con este tiempo, no esta noche.
—Pero puede funcionar.
—El funicular puede funcionar. Otra cosa es si debe.
Amaury se acercó.
—Hay un asesinato.
Rémi lo miró por primera vez.
—¿Qué?
Nadie respondió inmediatamente.
La palabra parecía necesitar pronunciarse cada vez desde el principio.
Delacroix sintió que la noche empezaba a desplazarse bajo sus pies.
No mucho.
Un centímetro.
Quizá menos.
Lo suficiente para que la comodidad del hotel dejara de parecer garantizada.
—Édouard Veyrac está muerto —dijo—. Necesitamos avisar al valle.
Rémi miró al director.
Después a Mireille.
Después a Delacroix.
—Voy a revisar la línea del sistema y la estación.
—No vaya solo —dijo Delacroix.
La frase salió automáticamente.
Todos la oyeron.
Rémi también.
—¿Por qué?
Delacroix miró a las ocho personas que habían bajado con él.
Hasta hacía media hora, la idea habría resultado absurda.
Ahora no.
—Porque todavía no sabemos quién mató a Édouard.
El viento golpeó el hotel.
Una ráfaga particularmente fuerte hizo vibrar los cristales del vestíbulo.
Nadie habló.
El juego había terminado.
Pero las reglas, comprendió Delacroix, acababan de ponerse mucho peor.