Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 5 — El hombre que no actuaba #3
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Capítulo 5 — El hombre que no actuaba #3

Octave mantuvo la mano elevada mientras Delacroix utilizaba la punta limpia de un lápiz para arrastrar suavemente la tarjeta hacia fuera, sin tocarla directamente. La dejó sobre una zona despejada del escritorio.

El mismo papel negro de los sobres.

Una frase mecanografiada en blanco:

«La víctima conocía a su asesino.»

Nadie habló.

Côme dio un paso.

—Eso demuestra...

—Nada —dijo Delacroix.

El periodista se detuvo.

—Pero estaba debajo de su mano.

—Demuestra que la tarjeta estaba debajo de su mano.

—¿No la escribió Édouard?

—No sabemos.

Mireille se acercó todo lo que Delacroix le permitió.

—No estaba entre mis materiales.

—¿Reconoces el papel?

—Sí. Del mismo lote que usamos para los sobres.

—¿Cuántas personas tenían acceso?

Ella pensó.

—Yo. Édouard. Estuvo en la sala de preparación desde ayer. Hélène también estuvo allí mientras revisábamos los textos. André entró varias veces. Côme apareció esta tarde porque se equivocó de puerta.

Côme levantó las manos.

—Fue literalmente un segundo.

—Sigue siendo entrar.

—No toqué nada.

—No he dicho que lo hicieras.

Delacroix miró la tarjeta.

La víctima conocía a su asesino.

Podía ser una pista preparada por Veyrac antes de morir.

Podía ser colocada por su asesino después.

Podía incluso pertenecer al misterio ficticio y haber quedado debajo de la mano por pura coincidencia escénica.

Eso era lo más peligroso de aquel crimen.

La escena ya estaba contaminada antes del asesinato.

No por torpeza.

Por diseño.

Había sido construida para contener pistas falsas, objetos teatrales, documentos inventados y comportamientos engañosos. El asesino no necesitaba fabricar desde cero una mentira. Solo tenía que introducir una verdad mortal dentro de una habitación preparada para mentir.

Delacroix sintió por primera vez verdadera admiración intelectual por lo ocurrido.

Y la sensación le dio asco.

—Mireille.

—Sí.

—Necesito que me digas qué había originalmente en esta habitación, pieza por pieza.

Ella miró alrededor.

—Ahora.

—Ahora.

Mireille respiró hondo y empezó.

La mesa.

El escritorio.

La silla.

Cuatro hojas falsas del manuscrito.

Una carta mecanografiada.

Una botella de tinta roja.

La bolsa de sangre bajo el chaleco de Veyrac.

El abrecartas retráctil.

Una copa vacía.

Una pluma.

Una fotografía de Mathieu Lorca.

Una pequeña llave escondida en el cajón superior.

—¿Esta copa? —preguntó Delacroix.

Señaló la que estaba junto al codo de Édouard.

Mireille frunció el ceño.

—No.

Octave miró la copa.

—Hay líquido.

—¿Qué debía haber?

—Nada. Yo dejé una copa vacía porque una pista posterior debía hacer creer que había veneno.

Amaury volvió la mirada hacia Octave.

—¿Puede haber veneno ahora?

El médico no respondió inmediatamente.

Delacroix olió desde una distancia prudente.

—Coñac.

Hélène dijo:

—Édouard estaba bebiendo coñac esta noche.

—Sí —respondió Thérèse.

Côme miró la copa.

—Entonces la trajo él.

—O alguien se la dio —dijo Amaury.

—O la puso después —añadió Hélène.

Mireille cerró los ojos.

—Esto es imposible.

Géraud habló por primera vez en varios minutos.

—No.

Todos se volvieron hacia él.

—Difícil de separar —dijo—. No imposible.

Delacroix lo miró.

Géraud señaló la habitación.

—Tenemos un sistema preparado para producir un resultado falso. Alguien ha cambiado componentes. Si sabemos cuáles fueron cambiados, podemos reconstruir cuándo.

—Las máquinas mienten cuando un hombre las obliga —recordó Delacroix.

Géraud lo miró con sorpresa.

—Lo recuerda.

—Lamentablemente.

La frase no produjo ninguna sonrisa.

Delacroix volvió a Mireille.

—¿Algo más que no reconozcas?

Ella recorrió el escritorio visualmente.

—La copa. El arma. La tarjeta. La sangre real, obviamente. —Se acercó un poco al borde—. Y ese sobre.

Había un sobre crema medio oculto bajo una de las páginas.

—¿Seguro?

—Sí.

Delacroix no lo tocó.

—¿Nombre?

Desde donde estaba podía leerse una sola palabra manuscrita.

Armand.

La habitación volvió a concentrarse en él.

Côme fue incapaz de contenerse.

—Es para usted.

—Gracias.

—¿No va a abrirlo?

—No todavía.

—¿Por qué?

—Porque está debajo de papeles que pueden tener sangre, huellas y Dios sabe qué más.

—Pero...

—Côme.

El periodista se calló.

Hélène no miraba el sobre.

Miraba a Delacroix.

—Édouard dejó algo para usted.

—Eso parece.

—¿Lo esperaba?

—No.

—¿Nada?

Delacroix pensó en París.

Solo quiero que estés allí.

Y alguien que ya no puede quejarse.

Desconfíe.

—Esperaba que Édouard me explicara algo antes del lunes.

—¿Qué?

—Si lo supiera, no necesitaría la explicación.

Hélène sostuvo su mirada y después se volvió hacia el muerto.

—Entonces quizá no tuvo tiempo.

La frase fue simple.

Por primera vez desde que Octave confirmó la muerte, Delacroix sintió algo parecido al dolor.

No porque acabara de comprender que Édouard estaba muerto. Lo había comprendido desde el pulso ausente.

Sino porque comprendió que Édouard había planeado una conversación futura.

El lunes.

Antes del final del juego.

Antes de que terminara el fin de semana.

Todos los muertos tenían planes. Era una de las cosas más vulgares de la muerte y una de las pocas que nunca dejaban de resultarle ofensivas.

Delacroix respiró.

—Vamos a bajar.

Amaury levantó la vista.

—¿Ya?

—Sí. Octave, ¿puedes dejarlo así?

—Debo.

—Nadie vuelve a entrar hasta que llegue la gendarmería. Mireille, cierra la puerta cuando salgamos.

—La llave...

Côme la llevaba todavía.

La sostuvo como si acabara de darse cuenta de ello.

Delacroix extendió la mano.

—Dámela.

Côme obedeció.

Delacroix la guardó.

—¿Y si Édouard tenía otra? —preguntó Amaury.

—Probablemente la tenía.

—¿Dónde está?

Todos miraron el cadáver.

Delacroix no vio ninguna llave evidente.

—Lo averiguaremos.

Salieron uno por uno.

Delacroix fue el último junto con Octave. Antes de abandonar la habitación, el médico miró a Édouard durante varios segundos.

—Le dije que bebiera menos.

Delacroix lo miró.

Octave se quitó las gafas.

—Es una estupidez.

—Sí.

—Era lo último que le dije antes de separarnos.

—Los últimos comentarios suelen ser estúpidos.

Octave sonrió apenas.

—¿Eso pretende consolarme?

—No.

—Bien.

Salió.

Delacroix se quedó solo un instante.