Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 5 — El hombre que no actuaba #2
16%

Capítulo 5 — El hombre que no actuaba #2

—Ahora forma parte de otra cosa.

Mireille se sentó en una silla lateral. Parecía haber envejecido. No mucho, apenas lo suficiente para que la mujer que se burlaba de Amaury durante la cena se hubiera quedado lejos.

—Yo lo puse aquí.

Delacroix se volvió.

—¿Qué?

—La escena. La silla. El chaleco. La bolsa de sangre. Los papeles. El abrecartas falso. Todo. Si alguien ha cambiado algo...

—No mataste a Édouard por preparar una escena.

—No he dicho eso.

—Lo estás pensando.

Mireille apretó la mandíbula.

—Le dije que no cambiara nada sin avisarme.

—Y lo hizo.

—Sí.

—Varias veces.

—Sí.

—Entonces todavía no sabemos qué modificó él y qué modificó otra persona.

Mireille lo miró con algo que parecía gratitud y rabia al mismo tiempo.

—Eso no me tranquiliza.

—No pretendía hacerlo.

Hélène se acercó un paso, sin entrar en el espacio inmediato del cadáver.

—¿Cuánto tiempo?

Octave levantó la vista.

—¿Qué?

—¿Cuánto lleva muerto?

Delacroix vio la manera en que todos reaccionaron a la pregunta.

Era inevitable. Hasta entonces la muerte había sido una condición.

De pronto se convertía en una hora, y una hora significaba lugares, movimientos, coartadas.

El juego volvía a enseñarles cómo pensar, solo que ahora nadie parecía disfrutarlo.

Octave volvió a inclinarse junto a Édouard.

—No esperéis precisión.

—No la esperamos —dijo Delacroix.

Amaury respiró por la nariz, pero tuvo la prudencia de no añadir nada.

El médico tocó nuevamente el cuello, la mandíbula, una mano. Observó la piel, los labios. Sin mover el torso, pasó los dedos por la muñeca y después miró el reloj de pulsera de Édouard.

—Está parado.

Côme se acercó instintivamente.

Delacroix levantó una mano.

—Desde ahí.

—¿A qué hora? —preguntó.

Octave acercó el rostro.

—Once cuarenta y tres.

Todos miraron automáticamente sus propios relojes.

Eran las doce y ocho.

Mireille negó.

—Eso no significa que muriera a esa hora.

—No —dijo Octave—. Significa que el reloj se detuvo a esa hora.

—¿Está roto?

—Parece que el cristal recibió un golpe.

Delacroix se inclinó desde el lado opuesto. El reloj estaba en la muñeca izquierda. El cristal mostraba una grieta fina cerca del cuatro. La aguja de los minutos había quedado inmóvil poco después del cuarenta.

—Podría haberse golpeado durante el ataque —dijo Côme.

Amaury giró.

—O antes.

—O después —añadió Hélène.

Côme la miró.

—¿Después?

—Si alguien quisiera que creyéramos una hora.

Delacroix levantó la vista hacia ella.

Hélène se dio cuenta.

—¿Qué?

—Nada.

—Ha hecho la cara.

—No ahora.

Ella no sonrió.

Fue quizá la primera vez desde que se conocieron.

Octave siguió examinando.

—El cuerpo conserva temperatura. La rigidez no está establecida. No lleva muerto mucho tiempo. Eso es lo máximo que voy a decir aquí y ahora.

—¿Menos de una hora? —preguntó Amaury.

—Probablemente.

—¿Más de diez minutos?

Octave cerró los ojos.

—Amaury.

—Es importante.

—Lo sé.

—Entonces...

—Diría que no murió cuando acabamos de entrar. Eso es todo.

Delacroix miró el reloj detenido.

Once cuarenta y tres.

A esa hora ellos estaban...

Intentó reconstruir.

Alrededor de las once y media había aparecido la nota bajo la puerta del comedor.

«El cadáver estará donde empezó la historia.»

Después habían discutido sobre su significado. Veyrac ya no estaba con ellos. André dijo haberlo visto aproximadamente veinte minutos antes de medianoche subiendo hacia la biblioteca. Rémi supuestamente lo había visto rumbo a la segunda planta. Octave había oído pasos en la escalera de servicio.

La escena empezaba a llenarse de tiempos antes incluso de que hubiera un sospechoso.

Delacroix sintió un cansancio súbito y perfectamente injusto.

Había venido a descansar.

La idea resultó tan absurda que casi habría reído si Édouard no estuviera delante.

—¿La herida lo mató? —preguntó.

Octave miró el abrecartas.

—No retiraré la hoja aquí. Pero por la ubicación y el sangrado, probablemente. Necesito examinarlo adecuadamente.

—¿Podría haber muerto por otra cosa antes?

—Podría.

—¿Te parece probable?

—Todavía no.

Delacroix asintió.

—No lo muevas.

—No pensaba hacerlo.

Amaury se acercó un paso.

—Necesitamos avisar a la policía.

La frase fue casi un alivio. Una cosa normal. Correcta. Exterior. Había ocurrido una muerte; existían autoridades; la vida poseía procedimientos para aquello.

Delacroix miró a la puerta.

—Sí.

Côme se movió inmediatamente.

—Voy a recepción.

—No —dijo Delacroix.

El periodista se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque he dicho que nadie sale todavía.

—Pero acabas de...

—Cuando terminemos aquí bajaremos juntos.

—¿Juntos?

La palabra volvió a cargar la habitación.

Côme miró a los demás.

—Armand, si cree que alguno de nosotros ha matado a Édouard, dígalo.

Delacroix sostuvo su mirada.

—No sé quién ha matado a Édouard.

—Entonces cree que lo mataron.

—Sí.

La respuesta fue sencilla.

Precisamente por eso produjo más efecto que todo lo anterior.

Mireille levantó lentamente la cabeza.

Thérèse cerró los ojos un segundo.

Amaury apretó los labios.

Géraud miró hacia la puerta, como si por primera vez considerara la existencia de los corredores más allá.

Hélène permaneció quieta.

—¿Por qué tan seguro? —preguntó Amaury.

Delacroix señaló el cuerpo sin acercarse.

—Porque Veyrac debía representar una muerte con un arma incapaz de herirlo.

El objeto ha sido sustituido por uno real.

Mireille dice que no lo hizo. Si Édouard decidió sustituirlo él mismo, tendría que haber clavado después una hoja verdadera en su propio pecho con fuerza suficiente para matarse y sentarse nuevamente en la posición prevista para el juego, todo sin dejar ninguna razón aparente para hacerlo.

Podría formular hipótesis más complicadas, pero no veo por qué deberíamos premiar la complicación antes de necesitarla.

—Suicidio —dijo Amaury.

—No lo descarto como palabra. Lo descarto como explicación fácil.

—¿Por qué?

—Porque Édouard me trajo hasta aquí para que observara algo.

La frase escapó más lejos de lo que Delacroix había querido.

Hélène levantó la vista.

Mireille también.

—¿Qué cosa? —preguntó Thérèse.

Delacroix recordó París. El coñac. La invitación.

Y alguien que ya no puede quejarse.

No era todavía el momento.

—No lo sé.

Hélène lo estudió.

—Eso no es todo.

Delacroix se volvió hacia ella.

—No.

La sinceridad la sorprendió.

—¿Y va a contarlo?

—Cuando sepa qué significa.

—Édouard está muerto.

—Precisamente por eso prefiero no convertir sus frases en explicaciones solo porque ahora suenan más importantes.

Hélène sostuvo la mirada durante unos segundos. Después asintió.

—Bien.

Côme parecía desesperado por intervenir.

Amaury se adelantó.

—Antes de que esto se convierta en una investigación improvisada, tenemos que preservar nuestros derechos.

Mireille lo miró con incredulidad.

—¿Nuestros qué?

—Nuestros derechos.

—Édouard está muerto y tú acabas de descubrir una constitución.

—Precisamente porque Édouard está muerto.

—Amaury —dijo Thérèse—, nadie te está deteniendo.

—Todavía.

La palabra se quedó ahí.

Delacroix comprendió que el miedo empezaba a entrar por una puerta distinta.

No miedo al asesino.

Miedo a ser acusado.

Era temprano, pero inevitable. Todos conocían demasiado bien el funcionamiento de un misterio para no verse de pronto desde fuera.

Una habitación cerrada. Un grupo limitado.

Una muerte real dentro de una representación.

Cada uno sabía que, de existir un asesino entre ellos, el resto se convertiría inmediatamente en sospechosos.

Quizá aquello fuera el verdadero problema de reunir aficionados a los crímenes alrededor de un cadáver: ninguno podía permitirse la inocencia de no comprender lo que venía después.

—Nadie está detenido —dijo Delacroix—. Pero hasta que llegue la gendarmería, esta habitación necesita quedar lo más intacta posible.

—Y nosotros —dijo Hélène— deberíamos recordar dónde estábamos.

Delacroix la miró.

—Sí.

—Antes de que empecemos a construir recuerdos mejores.

La frase fue buena.

También demasiado exacta.

—Eso sería útil.

Côme metió la mano hacia el bolsillo.

Delacroix lo vio.

—No.

El periodista se detuvo.

—Solo iba a sacar mi libreta.

—Precisamente.

—¿Por qué no?

—Porque no quiero que nadie lea lo que otro escribe todavía.

Côme parpadeó.

—¿Sospecha de mi libreta?

—Sospecho de la capacidad humana para corregir una historia después de escuchar la versión ajena.

Hélène lo miró de lado.

—Eso sí me lo va a robar.

—No ahora.

—¿Cuándo?

—Cuando no haya un cadáver delante.

La palabra pareció devolver a todos a Édouard.

Durante los minutos anteriores habían hablado alrededor de él, sobre él, mediante él. Era fácil. La investigación transformaba rápidamente un cuerpo en conjunto de datos porque de otro modo nadie podría soportar trabajar a veinte centímetros de alguien a quien había visto reír durante la cena.

Delacroix miró a Veyrac de verdad.

El cabello gris ligeramente desordenado. La barba que aquella tarde había tenido gotas de nieve derretida. La camisa manchada. La mano izquierda abierta sobre las hojas. El reloj roto.

Recordó:

Los muertos serán estrictamente ficticios.

Sintió rabia.

No tristeza todavía.

Rabia.

Contra Édouard por haber insistido en invitarlo.

Contra sí mismo por no haber preguntado más.

Contra la facilidad con que una tarde de descanso había conseguido transformarse en aquello.

Y, de una manera todavía más irracional, contra el muerto por haber tenido razón al decir que Delacroix no sabía permanecer fuera.

—Hay algo bajo su mano —dijo Thérèse.

Todos miraron.

La mano derecha de Édouard descansaba sobre varias páginas mecanografiadas. Bajo los dedos asomaba una esquina de papel más grueso.

Delacroix se inclinó.

—Octave, ¿puedes levantarle la mano sin mover el resto?

—Sí.

—Hazlo.

El médico deslizó cuidadosamente los dedos bajo la muñeca. La levantó apenas unos centímetros.

Debajo había una tarjeta negra.

Côme exhaló.

Mireille se puso de pie.

—Eso es del juego.

—¿La colocaste tú? —preguntó Delacroix.

—No.

La respuesta fue inmediata.