Capítulo 5 — El hombre que no actuaba
Octave Méricourt no necesitó que lo llamaran dos veces. La expresión de Delacroix había hecho por él todo lo que una voz podía haber explicado.
El médico cruzó la habitación con una rapidez que no parecía corresponderse con su cuerpo alto y delgado, dejó la copa que aún llevaba en la mano sobre una estantería sin mirar dónde y se inclinó junto a Édouard Veyrac.
Durante unos segundos solo existieron sus movimientos: dos dedos contra el cuello, una mano buscando el pulso bajo la mandíbula, la otra apoyada sobre el hombro del muerto sin alterar la posición del cuerpo.
Después acercó el rostro a la boca de Veyrac, observó el pecho, levantó uno de los párpados y permaneció inmóvil el tiempo suficiente para que la esperanza, si alguien había conseguido conservarla, terminara de comprender que ya no tenía dónde quedarse.
Côme Valençay fue el primero en romper el silencio.
—¿Y?
Octave no respondió inmediatamente.
Delacroix seguía al otro lado del escritorio.
Desde allí veía perfectamente la cara del médico.
Había desaparecido el hombre que durante la cena diagnosticaba rodillas y se burlaba de los hábitos de sueño ajenos.
En su lugar había aparecido otro rostro, más antiguo quizá, el rostro profesional que se reservaba para aquellas situaciones en las que el humor dejaba de ser una forma de inteligencia y empezaba a parecer falta de respeto.
Octave retiró los dedos del cuello de Veyrac.
—Está muerto.
Las palabras no produjeron una reacción única.
No hubo un grito, ni una negación colectiva, ni ninguno de esos movimientos que la ficción utilizaba para facilitarle al lector la tarea de comprender cuándo debía sentir horror.
Amaury abrió la boca y volvió a cerrarla.
Mireille se apoyó lentamente contra el borde del escritorio.
Thérèse dejó escapar el aire por la nariz como si hubiera estado conteniéndolo durante varios minutos.
Géraud miró el abrecartas, después a Delacroix, después otra vez al muerto.
Côme retrocedió un paso hasta chocar con una silla y no pareció darse cuenta.
Hélène permaneció exactamente donde estaba, junto a la puerta, con el rostro inmóvil y una mano cerrada alrededor del sobre que aún llevaba desde la cena.
Durante tres horas habían hablado de cadáveres, coartadas, accidentes y asesinatos con una comodidad casi obscena. Ahora la palabra muerto acababa de llegar de verdad y ninguno parecía recordar cómo se utilizaba.
—No —dijo Mireille.
Fue una negación baja, sin teatralidad. Más peligrosa por eso.
Octave levantó la vista.
—Mireille.
—No.
—Está muerto.
—La sangre...
Miró la camisa de Édouard, el abrecartas, las manchas oscuras sobre el escritorio.
—Esa no es mi sangre.
Nadie respondió.
Mireille se acercó un poco más, pero Delacroix levantó una mano.
—No toques nada.
Ella lo miró como si no hubiera entendido el idioma.
—Armand, yo preparé la escena.
—Precisamente.
—La sangre era falsa. Tenía que salir de una pequeña bolsa bajo el chaleco cuando Édouard apoyara el cuerpo contra el respaldo. El abrecartas tenía la hoja retraída. No podía...
Su mirada cayó sobre el arma.
—Ese no es.
Amaury reaccionó por fin.
—¿Cómo que no es?
Mireille se volvió hacia él.
—No es el abrecartas.
—Parece un abrecartas.
—He dicho que no es el mío.
—¿Estás segura?
La pregunta la ofendió lo suficiente para devolverle algo de movimiento.
—Amaury, llevo veinte años fabricando cuchillos que no cortan, pistolas que no disparan, botellas que no se rompen donde no deben y sangre que sale cuando un actor aprieta una pera de goma. Sé perfectamente qué objeto puse en esta habitación.
Delacroix se inclinó sin tocar el arma. La empuñadura era de metal ennegrecido, sencilla, con una pequeña decoración geométrica cerca del extremo.
La hoja había penetrado a través de la camisa, ligeramente a la izquierda del centro del pecho.
No hacía falta ser médico para comprender que aquello no era una pieza teatral.
—¿Dónde estaba tu abrecartas? —preguntó.
Mireille miró alrededor como si esperara que alguien se lo señalara.
—Sobre el escritorio. Esta tarde. Lo dejé con los papeles, dentro de una bandeja pequeña. Hoja retráctil. Mango de madera oscura, mucho más ancho que este.
—¿Quién sabía que estaba aquí?
—Édouard.
—¿Solo Édouard?
Mireille vaciló.
La primera vacilación de la investigación.
Delacroix la reconoció casi con resentimiento. Hacía unos minutos todos habían sido amigos jugando. Ahora una pausa de medio segundo volvía a significar algo.
—Yo —dijo Mireille—. Édouard. André sabía que la sala estaba reservada. Rémi ayudó a mover una mesa esta mañana. Hélène estuvo conmigo cuando probé la iluminación. Géraud entró un momento porque una lámpara hacía ruido.
Géraud frunció el ceño.
—Zumbaba.
—Lo sé.
—No era la lámpara. Era el regulador.
Mireille cerró los ojos.
—Géraud.
—Solo lo aclaro.
Delacroix casi sonrió. Casi. La costumbre llegó al borde y comprendió sola que aquel no era el momento.
—¿Alguien más?
—No que yo recuerde.
—¿La puerta estuvo cerrada después?
—Desde las seis.
—¿Quién tenía la llave?
Mireille miró a Delacroix.
Él ya sabía la respuesta.
—Édouard —dijo ella.
Côme reaccionó.
—Entonces el asesino tuvo que entrar con él.
Amaury se volvió inmediatamente.
—No sabemos todavía si hubo un asesino.
La frase cayó de una manera extraña.
Todos lo miraron.
Amaury sostuvo las miradas con la incomodidad creciente de quien se descubre defendiendo una palabra y comprende demasiado tarde cómo ha sonado.
—Estoy diciendo —añadió— que no sabemos qué ocurrió. Podría haber sido un accidente durante la preparación. Podría haberse herido él mismo. Podría...
—Haberse clavado un abrecartas real en el pecho por error —dijo Hélène.
Era la primera vez que hablaba desde la confirmación de Octave.
Amaury la miró.
—He dicho que no sabemos.
—Y yo que esa hipótesis necesita mucho entusiasmo.
—No estoy formulando una hipótesis. Estoy evitando que convirtamos una impresión en conclusión.
Delacroix lo observó durante un momento. Amaury seguía siendo abogado incluso frente al cadáver de un amigo. Quizá aquello fuera frialdad. Quizá fuera simplemente la única forma de orden que conocía.
Octave se puso de pie lentamente.
—No fue un accidente teatral.
Amaury frunció el ceño.
—¿Puedes saberlo ya?
—Puedo saber que la hoja entró de verdad.
—Eso no prueba quién la empujó.
—No.
—Ni cuándo exactamente.
—No.
—Ni si...
—Amaury.
La voz de Octave había cambiado.
El abogado se calló.
Octave se quitó las gafas y las limpió con un pañuelo, aunque no parecían sucias.
—Édouard está muerto. Dame dos minutos antes de interrogarme como si yo estuviera declarando ante un tribunal.
Amaury bajó la mirada.
—Perdón.
El silencio volvió.
Delacroix oyó entonces la tormenta.
Hasta ese momento no la había registrado desde que entraron.
La habitación tenía una ventana grande, cubierta en parte por cortinas gruesas.
Detrás, el viento empujaba la nieve contra el cristal en ráfagas secas.
El ruido era irregular: primero una fricción larga, luego un golpe leve, después nada.
Dentro, la lámpara del escritorio derramaba una luz cálida sobre papeles falsos, una copa, un cadáver verdadero y ocho personas que todavía no habían aprendido a mirar ninguna de esas cosas con la jerarquía correcta.
Delacroix respiró despacio.
La conmoción tendría que esperar.
La amistad tendría que esperar.
Incluso el dolor.
Había una habitación llena de personas y una escena que, desde el momento en que todos habían entrado, empezaba ya a deteriorarse.
—Nadie sale —dijo.
Côme levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Nadie sale de esta habitación todavía.
Amaury lo miró.
—Armand...
—Hemos entrado todos juntos, salvo Côme unos segundos antes. Quiero saber exactamente quién ha tocado qué desde que se abrió la puerta.
—¿Estás diciendo que uno de nosotros...?
Thérèse no terminó la frase.
Delacroix la miró.
—Estoy diciendo que Édouard está muerto y que el objeto preparado para fingir su muerte ha sido sustituido por uno capaz de producirla. Hasta saber cómo ocurrió, todos somos testigos y todos podemos haber alterado algo sin querer.
No dijo sospechosos.
No todavía.
Pero la palabra apareció igualmente en la habitación. Se notó en la manera en que varios dejaron de mirarlo a él y empezaron a mirarse entre sí.
El juego había enseñado a todos exactamente qué significaba aquel cambio.
—Côme —dijo Delacroix—. Entraste primero.
El periodista tragó saliva.
—Sí.
—¿Qué tocaste?
—Nada.
—Piensa.
—No toqué nada.
—Entraste, rodeaste el escritorio.
—Sí.
—Te acercaste a Édouard.
—Pero Mireille dijo que no tocáramos el cuerpo.
—Antes.
Côme cerró los ojos, reconstruyendo.
—La puerta.
—La abrió Mireille.
—Sí. Después... creo que apoyé una mano en el respaldo de esa silla.
Señaló una silla lateral.
—¿Algo más?
—No.
—¿Te acercaste al escritorio?
—Sí, pero no apoyé las manos. Estaba mirando el abrecartas.
Delacroix asintió.
—Mireille.
—Interruptor. Después nada.
—¿Tocaste la puerta?
—El picaporte cuando intenté abrir antes de que Côme sacara la llave.
—Amaury.
El abogado respondió con más precisión de la necesaria.
—Marco exterior de la puerta. Después me quedé cerca de la entrada. No toqué ningún objeto.
—Géraud.
—Nada.
—Thérèse.
—La pared junto a la puerta. Creo. Me apoyé cuando entramos.
—Hélène.
Ella no apartó la vista de Delacroix.
—Nada.
—Octave ha tocado el cuerpo.
—Cuello, párpado, hombro —enumeró el médico—. Nada más. No he movido el arma.
Delacroix repasó mentalmente las posiciones.
—Bien. A partir de ahora nadie toca nada salvo Octave si necesita examinarlo. Y tampoco quiero que nadie abra cajones, mueva papeles ni recoja nada del suelo porque parezca pertenecernos.
Côme miró hacia una de las hojas del escritorio.
—¿Y el juego?
Delacroix siguió su mirada.
Había documentos mecanografiados, páginas manuscritas, un sobre abierto, una pluma, la copa y varias tarjetas. Todo aquello había formado parte de una ficción hacía menos de diez minutos.