Capítulo 4 — La última página #4
Escalera, porque allí aparecía la caída descrita.
Mireille afirmó que la frase no formaba parte de lo que ella había preparado.
Ya nadie se sorprendió.
—Édouard está disfrutando demasiado —dijo Amaury.
—¿Dónde está? —preguntó Thérèse.
Nadie lo había visto desde aproximadamente las once.
Mireille buscó en recepción.
André dijo que había pasado por allí diez minutos antes.
Rémi lo había visto en dirección a la segunda planta.
Octave dijo haber oído pasos en la escalera de servicio.
Côme declaró que aquello era evidentemente parte de la preparación de la muerte ficticia.
Delacroix estuvo de acuerdo.
Sin embargo, la ausencia empezó a adquirir peso conforme avanzaban los minutos.
Once y cuarenta.
Once y cuarenta y cinco.
En el salón, Hélène preparó café.
Amaury afirmó que beber café a aquella hora era una declaración de guerra contra el sueño.
Octave sostuvo que, a su edad, el sueño ya había ganado.
Mireille empezó a ordenar pistas.
—No —dijo Delacroix.
Ella levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Veyrac dijo que nada debía desplazarse.
—Esto es papel.
—Sigue siendo algo.
Mireille soltó las hojas.
—Odio jugar contigo.
—No estoy jugando.
La frase salió antes de que Delacroix la pensara.
Hélène lo miró.
Él corrigió:
—No tengo personaje.
—No es lo mismo.
—Esta noche sí.
Once y cincuenta.
La tormenta se había hecho más fuerte. El viento golpeaba las fachadas con ráfagas que hacían gemir ligeramente algún punto alto del edificio. André entró para preguntar si necesitaban algo antes de retirarse a su alojamiento de servicio.
—¿Ha visto a monsieur Veyrac? —preguntó Delacroix.
—No desde hace veinte minutos.
—¿Dónde?
—Subía hacia la biblioteca.
Côme se levantó.
—Ahí está.
—¿Qué? —preguntó Amaury.
—«Donde empezó la historia.»
—La primera pista estaba en la sala junto al salón.
—Pero el escritor empieza en la biblioteca.
Hélène se llevó una mano a la frente.
—La profesión de Côme está destruyendo el concepto de metáfora.
Once y cincuenta y cinco.
Delacroix dejó de prestar atención al juego durante unos segundos.
No había ninguna razón para la incomodidad que empezaba a sentir.
Édouard debía desaparecer.
Édouard debía preparar su muerte.
Édouard había dicho claramente: a medianoche.
Mireille conocía la existencia de la escena.
Todo funcionaba según las reglas.
Y, sin embargo, Delacroix recordó:
Necesito que descanses.
Lo necesitas.
Ariane.
Maison Valbert.
La página de la caída.
Las modificaciones.
El sobre blanco que Veyrac parecía no esperar.
Tal vez el juego fuera simplemente mejor de lo que había supuesto.
Eso era lo lógico.
Once y cincuenta y ocho.
Côme empezó a contar mentalmente. Se notaba en los labios.
Amaury lo vio.
—Si haces una cuenta atrás te arrojo por la ventana.
—No iba a hacerlo.
—Lo estabas haciendo.
—En silencio.
—Seguía siendo irritante.
Once y cincuenta y nueve.
Las luces del salón disminuyeron.
No se apagaron.
Solo perdieron intensidad.
Mireille levantó la cabeza.
—Eso sí estaba previsto.
—Al fin —dijo Hélène.
Una campana sonó dentro del hotel.
Una sola vez.
No era la del funicular.
Era más pequeña.
Probablemente una de las campanillas interiores.
Todos quedaron en silencio.
El reloj del salón empezó a dar las doce.
Primer golpe.
Côme dejó de sonreír.
Segundo.
Thérèse miró hacia el pasillo.
Tercero.
Géraud guardó su reloj.
Cuarto.
Mireille tenía los brazos cruzados.
Quinto.
Octave terminó su coñac.
Sexto.
Amaury observaba las puertas.
Séptimo.
Hélène miró a Delacroix.
Octavo.
El viento golpeó los cristales.
Noveno.
Algo cayó en el piso superior.
Un sonido sordo.
No muy fuerte.
Todos lo oyeron.
Décimo.
Côme se puso de pie.
Undécimo.
Mireille levantó una mano.
—Esperad.
Duodécimo.
Silencio.
Después, desde el pequeño gramófono oculto que habían utilizado antes, llegó la voz grabada de Veyrac:
—El escritor ha muerto.
Côme sonrió inmediatamente.
Amaury exhaló.
Mireille miró el techo.
La voz continuó:
—Tienen hasta el desayuno para descubrir quién lo mató.
Un clic.
Nada más.
Côme fue hacia la puerta.
—Biblioteca.
—Espera —dijo Mireille.
—La nota.
—Puede ser una trampa.
—Precisamente.
Amaury se levantó.
—Eso no tiene sentido.
—Estamos jugando a un asesinato, Amaury.
—No significa que debamos correr por un hotel.
—Eso es exactamente lo que significa —dijo Hélène.
Côme ya había salido.
Los demás lo siguieron con velocidades distintas y dignidades variables.
Delacroix fue el último.
Antes de abandonar el salón, miró hacia la mesa.
Los sobres.
Las cartas.
Las llaves.
Las páginas.
Un escritor muerto que no existía.
Una última página desaparecida.
Una historia antigua escondida debajo de otra nueva.
Después apagó, por costumbre, una lámpara que había quedado encendida junto al sofá.
Subió.
Côme los esperaba en el corredor de la segunda planta.
—No está en la biblioteca.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Amaury.
—He mirado.
—Eso no es buscar.
Mireille llegó detrás.
—La primera escena.
Todos se volvieron hacia ella.
—¿Qué?
—Édouard dijo «donde empezó la historia». No se refiere al escritor. Se refiere al juego.
Delacroix recordó la puerta doble bajo la escalera principal.
La sala cerrada que Veyrac le había mostrado aquella tarde.
Esta sala estará cerrada hasta esta noche.
La primera parte.
—Abajo —dijo.
Descendieron.
Esta vez nadie hacía bromas mientras caminaba, aunque la falta de humor no tenía nada que ver con miedo. Era concentración. La excitación de llegar al centro del misterio.
La puerta doble seguía cerrada.
Mireille probó el picaporte.
Nada.
—¿Quién tiene llave? —preguntó Côme.
Delacroix respondió:
—Édouard.
Todos lo miraron.
—Me lo dijo esta tarde.
Amaury examinó la cerradura.
—Entonces ¿cómo entramos?
Mireille sonrió.
—Tenemos una llave.
Côme sacó la que habían encontrado dentro del reloj.
—Naturalmente.
Amaury murmuró algo sobre previsibilidad.
La llave entró.
Giró.
La puerta se abrió con suavidad.
Dentro estaba oscuro.
Mireille buscó el interruptor.
Delacroix le sujetó la muñeca.
—Espera.
—¿Por qué?
No tenía una buena respuesta.
Simplemente quería mirar antes.
Desde el corredor entraba suficiente luz para dibujar formas.
Una mesa.
Una butaca.
Un escritorio.
Una figura sentada.
Côme soltó una pequeña risa.
—Ahí está.
Mireille encendió.
La habitación apareció de golpe.
Era un gabinete privado, más pequeño que la biblioteca, con estanterías en tres paredes, una chimenea apagada y un escritorio junto a la ventana.
Édouard Veyrac estaba sentado detrás del escritorio.
Tenía el cuerpo inclinado hacia atrás.
Una mano colgaba junto al brazo de la silla.
La otra descansaba sobre varias hojas.
En el centro de la camisa sobresalía el mango de un abrecartas.
Había sangre alrededor.
Mucha.
Mireille sonrió.
—Por fin.
Côme entró primero.
—Eso sí es fantástico.
Amaury observó el cuerpo.
—Demasiada sangre.
—Es teatro —dijo Mireille—. La sangre necesita exagerar. La real decepciona visualmente.
Hélène se quedó junto a Delacroix.
—¿Qué opina?
Él no contestó.
La escena estaba muy bien construida.
Demasiado, quizá.
El abrecartas parecía real.
La sangre tenía una densidad notable.
Veyrac mantenía los ojos cerrados y la cabeza ladeada.
Côme rodeó el escritorio.
—Édouard, estás sobreactuando.
Nada.
Mireille entró.
—No lo toques. Puede haber mecanismo.
Côme retiró la mano.
—¿Lo preparaste tú?
—Parte.
—¿Qué parte?
Mireille observó a Veyrac.
Su sonrisa empezó a desaparecer.
—No esta.
Delacroix sintió algo entonces.
No una deducción.
No todavía.
La ausencia de una cosa.
Édouard respirando.
El pecho debería haber tenido algún movimiento.
Pequeño.
Visible.
Nada.
Octave dio un paso.
Delacroix levantó una mano.
—Espera.
El médico lo miró.
Delacroix se acercó solo.
La habitación, apenas unos minutos antes llena de excitación, pareció volverse extraordinariamente silenciosa.
Côme todavía sonreía.
Un poco.
Hélène no.
Delacroix rodeó el escritorio.
Veyrac tenía el rostro pálido.
No pálido de maquillaje.
La boca ligeramente abierta.
Una pequeña línea oscura bajo el labio.
Delacroix vio las manos.
Las uñas.
El cuello.
Luego el abrecartas.
Se agachó.
Apoyó dos dedos.
Esperó.
Nada.
Volvió a comprobar.
Octave avanzó.
—Armand.
Delacroix no respondió.
Durante varios segundos nadie se movió.
Después levantó lentamente la cabeza.
Côme había dejado de sonreír.
Mireille estaba inmóvil.
Hélène miraba a Veyrac, no a Delacroix.
—Bueno —dijo Amaury, con una voz que todavía intentaba pertenecer al juego—. ¿Qué ha preparado?
Delacroix se incorporó.
Miró a sus amigos.
La chimenea apagada.
La sangre.
Los papeles sobre el escritorio.
La nieve golpeando detrás de la ventana.
Y a Édouard Veyrac, que cuatro días antes le había asegurado por escrito que los muertos serían estrictamente ficticios.
Delacroix abrió la boca.
Por primera vez desde que había llegado al Grand Hôtel des Cimes, no encontró nada irónico que decir.
—Llamad a Octave.