Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 4 — La última página #3
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Capítulo 4 — La última página #3

Todos tenían algo que ocultar.

—Y ninguno un motivo decente para matar —dijo Delacroix.

Côme protestó:

—Plagio, dinero, chantaje...

—Son motivos.

—Entonces ¿qué falta?

—Necesidad.

Amaury asintió.

—Por fin.

Côme lo miró.

—¿Qué?

—Un motivo explica por qué alguien podría querer un resultado. No necesariamente por qué debía producirlo esa noche.

Delacroix miró a Amaury.

—Eso ha sido útil.

—Soy abogado.

—No arruine el momento.

Estaban reunidos en el salón, alrededor de una mesa cubierta ya por documentos, sobres, llaves y notas. La escena tenía algo delicioso: ocho personas completamente absorbidas por una muerte que aún no había ocurrido, construyendo teorías y desmontándolas con una seriedad profesional.

Thérèse había encontrado una contradicción horaria.

Según una carta, Mathieu Lorca había hablado por teléfono a las nueve y diez. Según Octave, su personaje lo había sedado a las nueve.

—Entonces uno de los dos miente —dijo Côme.

—Todos mentimos —respondió Hélène.

—Otra vez eso.

—Porque sigue siendo verdad.

—En el juego.

Hélène lo miró.

—Côme, si necesitas que recuerde cada vez que fingimos, no llegarás vivo al desayuno.

Hubo risas.

Côme alzó la copa.

—Anoto la amenaza.

—Ficticia —dijo Géraud.

Mireille se llevó una mano al pecho.

—Por fin alguien ha aprendido.

La nieve había aumentado.

Ahora sí podía oírse contra los cristales cuando el viento cambiaba.

No era un golpe fuerte, sino una fricción constante, como granos de arena lanzados contra las ventanas.

La explanada exterior había desaparecido bajo una superficie nueva de blanco.

Las luces próximas al acceso parecían suspendidas dentro de la tormenta.

Delacroix se acercó a una ventana mientras los demás discutían una coartada.

Apenas podía distinguir la estación del funicular.

No sintió preocupación.

Habían llegado aquella tarde. El hotel estaba caliente. Había comida. Electricidad. Teléfono. Un técnico.

La tormenta pertenecía todavía a la decoración.

Veyrac apareció reflejado en el cristal antes de que Delacroix lo oyera llegar.

—¿Te diviertes?

Delacroix se volvió.

Édouard llevaba una copa nueva y el cabello ligeramente desordenado, como si hubiera estado subiendo y bajando escaleras.

—Más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Lo sabía.

—No te entusiasmes.

—Hélène dice que estás haciendo trampas.

—Hélène considera trampa cualquier cosa que no controle.

La frase hizo que Veyrac mirara hacia ella.

Hélène estaba al otro lado del salón, hablando con Thérèse.

Algo cruzó el rostro de Édouard.

Desapareció enseguida.

—Es buena —dijo.

—Mucho.

—Demasiado.

Delacroix giró ligeramente la cabeza.

—¿Eso era un elogio?

—Una constatación.

—Suenas como Octave.

Édouard bebió.

—A medianoche entenderás mejor el juego.

—¿Muere Lorca?

—Teóricamente.

—¿Y prácticamente?

Veyrac sonrió.

—También.

Delacroix metió una mano en el bolsillo.

—Édouard.

—¿Sí?

—La página del billar.

La sonrisa disminuyó.

—¿Qué pasa con ella?

—Mireille dice que añadiste anotaciones.

—Mireille protesta cuando alguien mueve una silla cuatro centímetros.

—¿Las añadiste?

Édouard miró su copa.

Después a Delacroix.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba precisión.

—«Cuerpo visible desde descansillo.»

—Es parte de la escena.

—Se parece a lo de Ariane.

No fue una pregunta.

Veyrac sostuvo su mirada.

Esta vez no fingió incomprensión.

—Sí.

—¿Por qué?

Alrededor seguían oyéndose risas. Côme acababa de descubrir que Amaury había ocultado una llave. Mireille lo acusaba de llevar cuarenta años esperando una excusa legítima para esconder pruebas. El fuego crepitaba. André atravesó el fondo llevando una bandeja de café.

Dentro de aquel ambiente cálido, la conversación de Delacroix y Veyrac parecía haber quedado separada por una pared invisible.

—Porque algunas historias merecen ser contadas bien —dijo Édouard.

Delacroix frunció el ceño.

—Eso no responde.

—Responderá.

—¿Cuándo?

—Antes de que acabe el fin de semana.

—¿Ariane forma parte de La última página?

Veyrac miró hacia la ventana.

—Todo escritor deja algo cuando muere.

—No me hagas perder la paciencia con frases bonitas.

Édouard sonrió apenas.

—No son bonitas.

—Peor.

—Armand, juega.

—Estoy jugando.

—Entonces juega un poco más.

Delacroix sintió una irritación real por primera vez aquella noche.

—Me invitaste.

—Sí.

—Insististe.

—Sí.

—Me pediste que no investigara antes.

—Sí.

—Ahora empiezas a utilizar una muerte real dentro de una partida ficticia y pretendes que no pregunte por qué.

Édouard bajó la voz.

—Precisamente porque sabía que preguntarías.

La respuesta hizo que Delacroix se quedara quieto.

Veyrac también.

No había ironía.

—¿Para eso me trajiste? —preguntó Delacroix.

Édouard no contestó inmediatamente.

Detrás de ellos, el reloj del salón marcó las once.

Once golpes lentos.

Uno detrás de otro.

Cuando terminaron, Veyrac dijo:

—A medianoche.

—¿Qué ocurre a medianoche?

—El primer cadáver.

—Eso ya lo sé.

—Entonces espéralo.

Delacroix lo estudió.

Édouard parecía cansado.

No físicamente. Había una clase de fatiga que aparecía cuando alguien llevaba demasiado tiempo manteniendo una decisión frente a sí mismo.

—Estás jugando con algo que no me has contado —dijo Delacroix.

Veyrac sonrió.

—Esa frase podría estar en las reglas.

Después se alejó.

Delacroix estuvo a punto de seguirlo.

No lo hizo.

Quizá por orgullo.

Quizá porque Édouard tenía razón en algo: faltaba una hora. Si todo aquello estaba construido para llevarlo a una conclusión, romper la estructura antes de tiempo podía no proporcionarle más verdad, solo menos información.

Volvió a la mesa.

Hélène levantó la vista.

—¿Lo ha interrogado?

—He conversado.

—Eso dijo antes de la editorial muerta.

—Está empezando a ser repetitiva.

—Los buenos temas sobreviven.

Le tendió una hoja.

—Tenemos una nueva pista.

Era una copia de una página del supuesto manuscrito de Mathieu Lorca.

La última línea estaba cortada.

La página siguiente había desaparecido.

—La última página —dijo Delacroix.

—Exactamente.

En el margen había una anotación manuscrita:

«Sin esta página, cualquiera puede ser autor.»

Delacroix leyó dos veces.

—¿Dónde estaba?

—En mi habitación.

—¿Quién entró?

—Nadie que yo viera.

—¿Puerta cerrada?

—Sí.

—¿Con llave?

—No.

—Entonces no estaba cerrada.

Hélène sonrió.

—Sabía que diría eso.

—Y aun así ha preguntado.

—Quería disfrutarlo en directo.

La hoja contenía un fragmento donde Mathieu relataba indirectamente que otra persona había transformado textos antiguos en una obra propia. No decía quién.

—Plagio otra vez —dijo Delacroix.

—O apropiación.

—¿Diferencia?

—El plagio copia.

—¿Y la apropiación?

Hélène pensó.

—Convierte en propio aquello que originalmente necesitaba a otra persona.

Delacroix la miró.

Por primera vez aquella noche, Hélène no parecía estar jugando del todo.

—Esa definición suena personal.

Ella recuperó la sonrisa.

—Todas las buenas definiciones lo son.

—¿Qué había en el sobre de las diez?

Hélène inclinó la cabeza.

—Eso sí ha sido poco sutil.

—Estoy cansado.

—No parece.

—Es una forma moral de cansancio.

—Peor.

Delacroix esperó.

Hélène acabó sacando el sobre blanco.

—No debería enseñárselo.

—Entonces no lo haga.

Ella soltó una pequeña risa.

—Édouard tenía razón sobre usted.

—Eso empieza a preocuparme.

Abrió la hoja y se la entregó.

El texto era breve.

«Clémence:

Mathieu sabe que reconociste las páginas. Sabe también que las leíste antes de que fueran suyas.

Si a medianoche aún deseas conservar tu nombre, tendrás que decidir cuál de los dos escritores merece seguir teniéndolo.»

No había firma.

Delacroix volvió a leer.

—Esto no estaba en las instrucciones originales.

—Eso parece.

—¿Reconoció algo?

—No.

—Ha dudado.

—Porque no me gustan los absolutos.

—Eso es mío.

—Ya le advertí.

Delacroix señaló la frase central.

—«Antes de que fueran suyas.»

Hélène asintió.

—El juego insiste en la autoría.

—Y en dos escritores.

—Sí.

—Uno de los cuales morirá a medianoche.

Hélène se cruzó de brazos.

—Empieza a parecer menos un asesinato y más una disputa editorial con efectos especiales.

—Las disputas editoriales también producen cadáveres. Solo tardan más.

—¿Cree que Édouard escribió esto?

—¿Usted?

Hélène observó la hoja.

—No sé.

Delacroix esperó.

Ella añadió:

—El ritmo de la frase se parece al suyo.

—¿Ritmo?

—Las personas escriben como respiran. Algunas se apresuran antes del punto. Otras necesitan una cláusula más. Édouard suele construir frases de dos movimientos y rematar con algo más corto.

Delacroix volvió a leer.

«Mathieu sabe que reconociste las páginas. Sabe también que las leíste antes de que fueran suyas.

Si a medianoche aún deseas conservar tu nombre, tendrás que decidir cuál de los dos escritores merece seguir teniéndolo.»

—Dos movimientos —dijo.

—Y remate.

—Entonces es Édouard.

—He dicho que se parece.

—¿Qué le impide afirmarlo?

Hélène recogió la hoja.

—La experiencia.

—¿Con él?

Ella sonrió.

—Con autores.

Côme irrumpió antes de que Delacroix pudiera insistir.

—¡Tenemos la coartada imposible!

Hélène cerró el sobre.

—Qué frase tan periodística.

—Géraud estaba en el observatorio a las nueve diez y al mismo tiempo alguien usó su llave en la sala de lectura.

Géraud apareció detrás.

—Eso no demuestra que fuera mi llave.

—Tiene tus iniciales.

—Mi personaje.

—Peor.

Amaury llegó también.

—La llave podía copiarse.

Mireille:

—No en una hora.

Amaury:

—¿Por qué no?

Mireille:

—Porque la preparé yo.

—Eso no significa...

Delacroix dejó de escuchar durante un momento.

Miró el reloj.

Once y veinte.

Faltaban cuarenta minutos.

La partida había adquirido una especie de velocidad propia. Las pistas aparecían con mayor frecuencia. Los participantes ya no permanecían sentados. Entraban y salían del salón, iban a la biblioteca, subían escaleras, llamaban a puertas, comprobaban horarios.

Todo parecía cuidadosamente construido para producir una convergencia.

A las once y media apareció una nota bajo la puerta del comedor.

«El cadáver estará donde empezó la historia.»

Las interpretaciones se multiplicaron.

Biblioteca, porque Mathieu era escritor.

Sala del primer manuscrito.

Habitación cerrada del comienzo.