Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 4 — La última página #2
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Capítulo 4 — La última página #2

Durante los cinco minutos siguientes, Amaury explicó la diferencia entre sucesión temporal, correlación de hechos y cronología probatoria con una seriedad que llevó a Hélène a sentarse y servirse coñac. Delacroix escuchó aproximadamente la mitad. La otra mitad la dedicó a observar las tarjetas.

Las horas avanzaban a intervalos irregulares.

La última era diez en punto.

Todavía no habían llegado.

Miró su reloj.

Nueve y cincuenta y dos.

—Ocho minutos —dijo.

Amaury se interrumpió.

—¿Para qué?

—Para descubrir qué significa mentira.

Côme se inclinó sobre las tarjetas.

—¿Cree que algo ocurrirá a las diez?

—Édouard habría puesto horas sin motivo únicamente si quisiera disfrutar viéndonos buscar el motivo.

Mireille hizo una mueca.

—Eso es posible.

Thérèse cogió la tarjeta de las diez.

—«Mentira.»

—Quizá alguien deba mentir a las diez —dijo Octave.

—Todos estamos mintiendo —respondió Hélène.

—En el juego.

—Naturalmente.

Delacroix volvió a mirarla.

Hélène levantó su copa.

—No empiece.

La puerta del salón se abrió.

Veyrac entró.

—¿Qué no debe empezar?

Côme señaló las tarjetas.

—Esto.

Édouard miró la caja, las tarjetas y después a Mireille.

—Las habéis encontrado.

—No las preparé yo —dijo ella.

—Lo sé.

—Édouard.

—¿Qué?

—Me dijiste que no habías cambiado mecanismos.

—No he cambiado ningún mecanismo.

—Has añadido cosas.

—Eso no es un mecanismo.

Amaury intervino:

—Semánticamente tiene razón.

Mireille lo señaló.

—No le ayudes.

Veyrac estaba de muy buen humor. Más que durante la cena. Había desaparecido la rigidez que Delacroix había detectado al pronunciar el nombre de Ariane. En aquel momento parecía exactamente el Édouard de siempre: orgulloso de su juego, satisfecho de la confusión y ligeramente insoportable.

—No voy a explicar nada —dijo—. Seguid.

—¿Dónde estabas? —preguntó Hélène.

—Preparando.

—¿Qué?

—La siguiente fase.

—¿Solo?

—Hélène, si te contesto dejará de ser una siguiente fase.

—No necesariamente.

—Sí necesariamente.

—Eso es una afirmación muy fuerte.

—Estoy dispuesto a defenderla.

Delacroix miró el reloj.

Nueve y cincuenta y ocho.

Édouard seguía hablando.

Nueve y cincuenta y nueve.

Côme vio que Delacroix consultaba la hora y empezó también a mirar el reloj del salón.

Géraud hizo lo mismo.

—Está bien puesto —dijo.

Amaury cerró los ojos.

—Gracias.

Las diez.

Nada ocurrió.

Côme esperó.

Mireille miró hacia las puertas.

Thérèse bebió café.

Hélène sonrió.

—Parece que la mentira era la promesa de que pasaría algo.

Entonces André Cottin apareció en la puerta.

—Monsieur Veyrac.

Édouard se volvió.

El director llevaba en una bandeja un sobre blanco.

—Esto estaba en recepción.

La habitación cambió de atención.

Veyrac no parecía haberlo esperado.

O actuaba bien.

André se acercó.

—¿Para quién? —preguntó Amaury.

El director miró el frente.

—Madame Darcourt.

Hélène dejó la copa.

Côme sonrió de inmediato.

—Diez en punto.

—Mentira —dijo Delacroix.

Hélène tomó el sobre.

—¿Quién lo dejó?

André miró a Veyrac, después a Mireille.

—No lo sé. Estaba sobre el mostrador cuando volví de la cocina.

—¿Forma parte del juego? —preguntó Côme.

Veyrac recuperó la sonrisa.

—Todo forma parte del juego hasta que se demuestre lo contrario.

Delacroix lo miró.

—Frase peligrosa.

—Estamos en un hotel seguro.

—Las frases no.

Hélène abrió el sobre.

Dentro había una página mecanografiada.

La leyó.

Su expresión no cambió.

Eso hizo que Delacroix quisiera leerla inmediatamente.

—¿Y? —preguntó Côme.

Hélène dobló la hoja.

—Es privada.

—Entonces definitivamente forma parte del juego.

—Tu lógica empieza a parecerse a una enfermedad.

—¿Qué dice? —preguntó Veyrac.

Hélène lo miró.

—¿No lo sabes?

—No.

Hubo un silencio pequeño.

Mireille observó a Édouard.

Delacroix también.

—Eso sí parece nuevo —dijo Amaury.

Veyrac extendió una mano.

—Déjame verla.

Hélène no se la dio.

—¿Por qué?

—Porque está dirigida a mi personaje.

—Yo diseñé el juego.

—Entonces deberías saber qué dice.

La frase quedó suspendida.

Édouard sonrió.

Pero esta vez Delacroix vio claramente el esfuerzo.

—Muy bien —dijo Veyrac—. Guárdala.

Hélène lo observó unos segundos más.

Después metió la hoja dentro del sobre y lo guardó en un bolsillo.

—Ahora sí estoy intrigada —murmuró Thérèse.

Côme parecía próximo a sufrir una lesión por curiosidad.

Delacroix decidió no preguntar.

No todavía.

Veyrac dio una palmada.

—Seguid jugando.

—¿Adónde vas? —preguntó Mireille.

—A hacer mi trabajo.

—Ese argumento está perdiendo fuerza.

—Entonces tendré que matarlo.

Mireille sonrió.

—Asegúrate de que sea ficticio.

Édouard salió.

El viento recorrió el exterior del hotel como una corriente profunda y larga. Los cristales vibraron ligeramente.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

Después Hélène respiró.

—Bien.

—¿Qué dice? —preguntó Côme.

—No.

—Ni siquiera he formulado...

—Lo ibas a hacer.

—Eso no es justo.

—Nada en esta partida lo es.

Delacroix se acercó.

—¿Ha reconocido la letra?

Hélène lo miró.

—Está mecanografiada.

—No he preguntado eso.

—No.

—¿El estilo?

Ella sonrió.

—Ésa sí era una pregunta de detective.

—Es la única profesión que tengo a mano.

Hélène permaneció un momento en silencio.

—No lo sé.

—Eso significa sí.

—Eso significa no lo sé.

—Son expresiones distintas.

—Amaury está contagiándolo.

Delacroix no insistió.

Hélène guardó el sobre.

Los siguientes cuarenta minutos convirtieron el hotel en una pequeña ciudad criminal.

Las pistas empezaron a conectarse.

La llave encontrada en el reloj abría un archivador de la sala de lectura. Dentro había tres contratos editoriales falsos y una carta donde Mathieu Lorca acusaba a una persona identificada únicamente como «H.» de haber utilizado material suyo en un libro publicado años antes.

Côme declaró inmediatamente que H. era Hélène.

—Mi personaje se llama Clémence.

—Tú te llamas Hélène.

—El juego no funciona así.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque si Édouard quisiera acusarme de plagio podría haber mostrado más imaginación.

Hélène dijo aquello con ligereza, pero Delacroix recordó el sobre blanco de las diez y la forma en que había mirado a Édouard.

No lo relacionó.

Simplemente lo guardó.

Otra pista condujo al salón de billar, donde encontraron un fragmento de manuscrito oculto dentro de una funda de taco. La página pertenecía a El hombre de la ventana y describía una muerte por caída desde una escalera. Mireille leyó el párrafo en voz alta.

—Muy malo —dictaminó Hélène.

Côme protestó:

—Solo son dos páginas.

—Precisamente. Si fueran cien, habría atenuantes por agotamiento.

—¿Usted cómo sabe si algo es malo tan rápido?

—La práctica.

—¿Y si mejora?

—Entonces debería haber empezado después.

Delacroix cogió la página.

Había correcciones manuscritas en los márgenes.

No eran de Veyrac. O al menos no se parecían a la letra de la invitación.

—¿Esto estaba preparado? —preguntó a Mireille.

Ella examinó la hoja.

—Sí. El manuscrito entero es falso. Lo encargó Édouard.

—¿A quién?

—No sé.

—¿No lo escribiste tú?

—Yo hago cadáveres, Armand. Tengo límites.

Hélène miró las correcciones.

—No son correcciones de estilo.

—¿Qué son?

—Instrucciones.

Señaló una línea.

«No caída directa. Primero impacto lateral.»

Otra.

«Cuerpo debe quedar visible desde descansillo.»

Otra:

«Nadie puede tocarlo hasta señal.»

Delacroix leyó las tres.

—Eso parece más un guion que un manuscrito.

Mireille se acercó.

La expresión cambió en su cara.

—Eso no estaba.

—¿Las notas?

—No.

—¿Seguro?

—Preparé esa página. Édouard me pidió una escena de caída para esconderla aquí. Las anotaciones no estaban.

Amaury dejó la copa sobre el borde de la mesa de billar.

—Otra modificación.

Mireille miró hacia la puerta.

—Empiezo a cansarme.

—¿Eso es malo? —preguntó Côme.

—Significa que si Édouard ha tocado algo que dependa de uno de mis efectos, puede arruinarlo.

Delacroix volvió a leer:

«Cuerpo debe quedar visible desde descansillo.»

Pensó en Ariane.

La asociación fue inmediata y desagradable.

Mireille también la hizo.

Se notó en su respiración.

—Édouard es un imbécil —dijo.

Hélène levantó la mirada.

—¿Por qué?

Mireille le quitó la página a Delacroix.

—Porque sabe perfectamente a qué se parece esto.

—Mireille.

—No.

—¿A qué? —preguntó Côme.

Amaury intervino.

—A nada que necesitemos discutir ahora.

—Eso no es respuesta.

—Empieza a aceptar que algunas existen sin ti.

Delacroix no apartó la vista de Mireille.

—¿Ariane cayó por una escalera?

Mireille cerró los ojos.

Un segundo.

Después:

—Sí.

Côme dejó de hablar.

Hélène miró la página otra vez.

—Édouard no haría eso.

Mireille soltó una risa seca.

—Lo está haciendo.

—No sabes que esas notas sean suyas.

—¿De quién serían?

Hélène no contestó.

El juego dejó de parecer divertido durante aproximadamente treinta segundos.

Después Géraud encontró una pequeña pieza de metal bajo la mesa de billar y afirmó que no pertenecía a ningún mecanismo teatral.

Côme empezó a discutir si podía ser otra pista.

Octave sostuvo que el escritor ficticio, según los documentos médicos encontrados, no tenía ninguna enfermedad real y por tanto su personaje estaba obligado a mentir.

Amaury protestó porque nadie había definido todavía qué datos podían considerarse probatorios.

La maquinaria social volvió a ponerse en marcha.

Delacroix dejó que ocurriera.

Pero cuando abandonaron la sala de billar vio a Mireille quedarse un instante atrás, sosteniendo la página del manuscrito.

No parecía asustada.

Parecía enfadada.

Aquello era distinto.

A las once menos cuarto habían establecido una primera teoría.

Mathieu Lorca había escrito un libro cuya autoría estaba en disputa.

Alguien poseía páginas anteriores o similares.

Clémence Orsini —Hélène— conocía el conflicto.

El médico —Octave— sabía que Lorca fingía una enfermedad para ganar tiempo.

El crítico —Côme— lo chantajeaba con una reseña preparada antes de que el manuscrito estuviera terminado.

El abogado —Amaury— había redactado un testamento nuevo.

La coleccionista —Thérèse— había ofrecido dinero por el original.

La actriz —Mireille— conocía a una persona que afirmaba haber escrito ciertas escenas.

Y el arquitecto —Géraud— había financiado indirectamente la publicación.