Capítulo 4 — La última página
A las diez menos cuarto de la noche, Armand Delacroix estaba registrando una biblioteca de montaña en busca de la correspondencia privada de un escritor que no existía mientras Hélène Darcourt intentaba convencerlo de que hacer trampas solo resultaba inmoral cuando las reglas estaban bien redactadas.
Era, tuvo que admitir, una manera excelente de pasar el viernes.
La primera instrucción del juego había dispersado al Cercle de Minuit por el Grand Hôtel des Cimes con una eficacia que cualquier organizador de excursiones escolares habría envidiado.
Cada sobre contenía un personaje, un pequeño fragmento de información y una tarea que no debía necesariamente compartirse con los demás.
Algunos participantes habían leído los suyos en silencio y se habían marchado sin explicación.
Otros, como Côme Valençay, habían mostrado una incapacidad física para ocultar el entusiasmo y caminaban por el hotel con la expresión de quien llevaba una conspiración dentro del bolsillo y esperaba que alguien tuviera la delicadeza de preguntarle.
Delacroix, que oficialmente no tenía personaje, descubrió muy pronto que la ausencia de instrucciones lo convertía en el único hombre libre dentro de una casa llena de adultos obedeciendo papeles.
Lo consideró una ventaja indecente.
Hélène también.
—Édouard ha cometido un error —dijo ella mientras revisaba una estantería de literatura francesa—. Debería haberle asignado un papel.
—¿Por qué?
—Porque ahora puede preguntarnos cualquier cosa.
—Eso hago habitualmente.
—Sí, pero nosotros podemos mentir.
—Eso también ocurre habitualmente.
Hélène sacó un libro, revisó el hueco detrás y volvió a colocarlo.
—Durante el juego tenemos permiso.
—Qué alivio moral.
—No subestime el permiso. La civilización consiste principalmente en decidir qué comportamientos desagradables pueden practicarse si alguien los imprime antes.
Delacroix se agachó junto a un escritorio pequeño situado bajo la pasarela superior de la biblioteca. Había tres cajones. El primero contenía papel del hotel y sobres. El segundo estaba cerrado. El tercero guardaba un juego de ajedrez incompleto, dos lápices y una caja de cerillas.
—¿Qué busca? —preguntó Hélène.
—No lo sé.
—Eso no parece muy detectivesco.
—Al contrario. Cuando uno sabe exactamente qué busca, suele encontrar solamente eso.
—Frase útil.
—No la robe.
—Demasiado tarde.
Hélène estaba interpretando a Clémence Orsini, editora y antigua amante del escritor ficticio cuya muerte constituía el centro de La última página.
Hasta ese momento se había negado a revelar más.
Delacroix sabía únicamente que Clémence afirmaba haber visto vivo al escritor a las ocho y media, que poseía motivos económicos para desear el manuscrito desaparecido y que, según una tarjeta encontrada en el salón, había mentido al menos una vez durante la noche.
La víctima ficticia se llamaba Mathieu Lorca.
Delacroix había protestado por el nombre.
—¿Qué tiene de malo? —preguntó Hélène.
—Parece escrito por un hombre que quiere que sepamos inmediatamente que es escritor.
—¿Y Armand Delacroix?
—Ese es mi nombre.
—Conveniente.
La primera escena había sido preparada en una pequeña sala cerrada junto al salón principal.
Cuando Mireille permitió que entraran, encontraron una mesa revuelta, una silla caída, una máquina de escribir con una hoja a medio redactar y varias gotas de sangre falsa sobre la alfombra. No había cadáver.
Aquello, explicó una tarjeta firmada por Veyrac, ocurriría a medianoche.
Hasta entonces, el grupo debía reconstruir qué había ocurrido durante las horas anteriores y descubrir por qué Mathieu Lorca esperaba morir.
Côme, cuyo personaje era un crítico literario llamado Étienne Malvoisin, había recibido una carta anónima donde se lo acusaba de chantajear a la víctima.
Amaury interpretaba al abogado y albacea testamentario, detalle que consideró una falta de imaginación tan grave que amenazó con demandar al organizador ficticio y al real.
Géraud era un arquitecto que había financiado una revista literaria ruinosa.
Octave, un médico que sabía demasiado sobre una enfermedad inexistente.
Mireille había recibido el papel de actriz retirada y viuda de un editor.
Thérèse era una coleccionista de manuscritos.
Y Hélène, naturalmente, editora.
Delacroix sospechaba que Veyrac había repartido algunos personajes buscando deliberadamente similitudes incómodas con sus intérpretes. De ser así, la broma tenía más profundidad de la que parecía.
Édouard, por su parte, no tenía personaje visible.
Era director del juego.
O eso afirmaba.
Desde la reproducción de la grabación no se lo había visto durante más de diez minutos seguidos.
Aparecía en un corredor, observaba algo, daba una indicación menor y volvía a desaparecer con la satisfacción de un dramaturgo convencido de que las personas funcionaban mejor cuando no sabían si estaban siendo observadas.
La biblioteca era la tercera estancia a la que conducían las pistas iniciales. En una nota encontrada dentro de la máquina de escribir aparecía una frase:
«La verdad está entre los libros que nadie compra.»
Côme sostuvo inmediatamente que se refería a poesía.
Hélène propuso filosofía.
Amaury dijo que era una expresión jurídicamente ambigua.
Mireille preguntó por qué nadie había pensado en libros de cocina.
Delacroix había elegido la biblioteca porque era el único lugar donde la discusión podía continuar mientras él encontraba algo útil.
—Aquí —dijo Hélène.
Había sacado un volumen de memorias diplomáticas de una balda inferior. Detrás apareció un sobre gris.
Delacroix se puso de pie.
—¿Por qué ese libro?
—Porque nadie compra memorias diplomáticas.
—Eso es prejuicio.
—Eso es experiencia editorial.
Abrió el sobre.
Delacroix alargó la mano.
—¿Está dirigido a usted?
—No.
—Entonces quizá no debería abrirlo.
Hélène ya había roto el cierre.
—Demasiado tarde.
—Está disfrutando esto de una forma preocupante.
—He pasado quince años escribiendo personas que hacen cosas que yo no puedo hacer sin consecuencias. Déjeme una noche.
Dentro había una fotografía, una carta breve y una ficha mecanografiada.
La fotografía mostraba a un hombre de unos cuarenta años sentado frente a una mesa, con un manuscrito grueso delante.
No era ninguno de ellos; probablemente un actor contratado o una imagen preparada por Mireille.
En el reverso alguien había escrito: «Mathieu Lorca, tres semanas antes de terminar El hombre de la ventana. »
—El manuscrito —dijo Hélène.
—Supuestamente desaparecido.
—Supuestamente.
La ficha contenía datos editoriales ficticios: título provisional, extensión, fecha estimada de entrega, derechos comprometidos con dos editoriales distintas y una nota al margen que indicaba que una tercera persona afirmaba poseer parte de la obra.
Delacroix leyó la carta.
«Clémence:
No vuelvas a pedirme que destruya las páginas. Si alguien descubre cómo se escribieron, será tu problema y no el mío. Te di la oportunidad de decir la verdad.
M.»
Hélène levantó una ceja.
—Eso parece malo para mí.
—Bastante.
—¿Está disfrutando?
—Muchísimo.
—Qué hombre desagradable.
—Está interpretando a una sospechosa.
—Estoy interpretando a una mujer inocente.
—Eso aún no lo sabemos.
Hélène apoyó una cadera contra la mesa y volvió a leer la carta.
—La expresión «cómo se escribieron» es extraña.
—Sí.
—Podría referirse a autoría.
—O a método.
—O a plagio.
Delacroix la miró.
Ella sostuvo la mirada.
—Era evidente.
—No he dicho que no.
—Ha puesto la cara.
—¿Qué cara?
—La de «voy a fingir que no me interesa que haya dicho eso».
Delacroix guardó silencio.
Hélène sonrió.
—Ésa.
Desde el piso inferior llegó una exclamación de Côme.
Después una voz de Amaury:
—¡No toques eso!
Hélène dobló la carta.
—Parece que la juventud ha encontrado una pista.
—O una lámpara.
Bajaron.
En el salón, Côme estaba de pie junto a la chimenea sosteniendo una cajita de madera. Amaury lo observaba con una desaprobación casi paternal. Mireille se había agachado frente a la mesa central y Thérèse leía una tarjeta.
—Encontré esto dentro del reloj —dijo Côme.
Géraud se volvió desde la puerta.
—¿Qué reloj?
—El pequeño.
—¿Lo abriste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque hacía ruido.
Géraud pareció herido en nombre de la mecánica.
—Los relojes hacen ruido.
—Este hacía otro.
—¿Cuál?
Côme golpeó con un dedo la caja.
—Así.
—Eso no es una descripción.
—Es una imitación.
Mireille levantó la cabeza.
—Había un compartimento detrás del péndulo.
—Naturalmente —dijo Delacroix.
Amaury lo miró.
—¿Por qué naturalmente?
—Porque estamos jugando con gente que coloca sobres detrás de memorias diplomáticas.
Hélène mostró la carta gris.
Côme abrió mucho los ojos.
—¿Qué dice?
—Nada que te incumba.
—Entonces seguro que me incumbe.
—Ya estás aprendiendo —dijo Delacroix.
La caja de madera contenía una llave, una cinta roja y seis pequeñas tarjetas numeradas. Mireille aseguró que la caja formaba parte de la utilería preparada por ella, pero no las tarjetas.
—¿No estaban? —preguntó Thérèse.
—La caja sí. La llave también. Las tarjetas no.
Amaury miró alrededor.
—Entonces las puso Édouard.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
Mireille se encogió de hombros.
—Édouard cambia cosas.
—Eso empieza a convertirse en la explicación universal del fin de semana —dijo Delacroix.
Mireille lo miró.
—Todavía no lo conoce lo suficiente.
—Empiezo a temer conocerlo demasiado.
Las tarjetas contenían seis horas.
8:00.
8:20.
8:45.
9:10.
9:35.
10:00.
Debajo de cada hora había una sola palabra.
Carta.
Ventana.
Médico.
Llave.
Página.
Mentira.
Côme las colocó sobre la mesa.
—Cronología.
Amaury negó.
—Eso no está demostrado.
—Tiene horas.
—Los horarios no convierten automáticamente algo en cronología.
—¿Qué serían entonces?
—Una secuencia.
Côme abrió los brazos.
—Eso es casi lo mismo.
—No.
—¿Cuál es la diferencia?
Amaury inhaló.
Mireille se levantó.
—No preguntes.
Demasiado tarde.