Capítulo 3 — El Círculo de Medianoche #4
—¿Quiere saber lo divertido?
—No especialmente.
—Ha venido convencido de que observaría un crimen ficticio desde fuera.
—Esa sigue siendo mi intención.
—No sabe estar fuera.
Delacroix tomó la copa y se levantó.
—Eso suena muy bien en una novela.
—Lo usaré.
—Le cobraré.
—Tendrá que demostrar que era suyo.
—Conozco abogados.
Hélène miró hacia la puerta por donde había salido Amaury.
—Eso sí es una amenaza.
Caminaron juntos hasta el salón.
Durante el trayecto, Delacroix oyó la tormenta por primera vez.
No la nieve.
El viento.
Un sonido profundo recorrió la fachada y desapareció por encima del tejado. Las ventanas de la galería vibraron apenas. Nada serio. Nada que no correspondiera a un hotel de montaña en enero.
Hélène también lo oyó.
—Ahí llega el ambiente de Édouard.
—Será feliz.
—Hasta que tenga que bajar el lunes.
—Para entonces quizá esté cansado de nosotros.
—Édouard nunca se cansa de un público.
Llegaron al salón.
Las lámparas habían sido atenuadas. No tanto para crear oscuridad como para concentrar la atención alrededor de la chimenea. Las butacas estaban dispuestas en semicírculo. Sobre una mesa central había ocho sobres negros, cada uno con un nombre, y otro ligeramente separado.
Delacroix.
Su sobre.
Côme se acercó inmediatamente.
—¿Podemos abrirlos?
—No —dijo Mireille.
—¿Dónde está Édouard?
Nadie respondió.
El anfitrión no estaba en el salón.
Amaury consultó el reloj.
—Son las nueve veintisiete.
—Tres minutos —dijo Géraud.
Amaury lo miró.
—No empieces.
—Ahora el reloj está bien.
—Eso empeora la información.
Thérèse se sentó.
Octave eligió una butaca junto a la chimenea.
Mireille examinó los sobres sin tocarlos.
—Esto sí estaba previsto.
—¿Los pusiste tú? —preguntó Hélène.
—Esta tarde.
—¿Y el de Delacroix?
Mireille miró el sobre separado.
—También.
Delacroix metió una mano en el bolsillo y tocó la tarjeta que había recibido arriba.
Esta noche morirá un escritor.
No dijo nada.
A las nueve y media exactas, las lámparas del salón se apagaron.
Côme soltó una exclamación que intentó convertir en risa.
Mireille protestó:
—Eso no estaba...
Una voz apareció desde algún punto de la habitación.
La de Édouard Veyrac.
—Damas, caballeros y monsieur Delacroix...
Côme empezó a reír.
Delacroix reconoció enseguida la calidad ligeramente metálica del sonido.
Grabación.
—...bienvenidos a La última página.
Una pequeña lámpara se encendió sobre la mesa de los sobres.
Solo aquella.
El resto del salón permaneció en penumbra.
Mireille había dejado de protestar. Ahora sonreía a regañadientes.
La voz continuó:
—Durante las próximas cuarenta y ocho horas se les pedirá que descubran quién mató a un escritor, qué ocurrió con su manuscrito y por qué todos los presentes tienen motivos para mentir.
Amaury murmuró:
—Muy original.
La voz de Veyrac pareció responderle desde el aparato:
—Y, Amaury, antes de que protestes, sí, sé que el argumento no es original.
Todos rieron.
Amaury miró alrededor.
—Odio cuando hace eso.
—Lo grabó sabiendo que protestarías —dijo Mireille.
—Eso no mejora nada.
La voz siguió:
—Cada uno encontrará instrucciones en su sobre.
Algunas deberán mantenerse en secreto. Otras obligarán a actuar.
Habrá pistas verdaderas, pistas falsas y personas que crean saber más de lo que saben.
Monsieur Delacroix no posee personaje ni obligación de obedecer instrucciones.
Puede investigar, observar, burlarse de nosotros o beber todo el coñac del hotel.
He presupuestado las cuatro posibilidades.
Delacroix inclinó la cabeza.
Hélène le susurró:
—Lo conoce bien.
—Demasiado.
—Hay una regla fundamental —continuó Veyrac—. Nada debe destruirse. Nada debe desplazarse salvo que las instrucciones lo permitan. Ningún espacio cerrado debe abrirse por fuerza. Y, sobre todo, recuerden que durante la partida nadie es exactamente quien dice ser.
La voz hizo una pausa.
El viento golpeó nuevamente los cristales.
—A medianoche habrá ocurrido el primer crimen.
Côme se inclinó hacia delante.
Mireille sonreía.
Hélène parecía completamente concentrada.
Delacroix sintió por fin esa pequeña excitación infantil que había intentado negar desde París. Era absurdo. Era elaborado. Era exactamente el tipo de cosa que jamás habría organizado él y que, precisamente por eso, resultaba deliciosa cuando otro se tomaba el trabajo.
—Hasta entonces —dijo Veyrac—, cada uno tiene algo que descubrir.
Un clic.
Después silencio.
Las lámparas principales volvieron a encenderse.
Todos hablaron al mismo tiempo.
Côme cogió su sobre.
Amaury protestó porque nadie había establecido si podían abrirlos inmediatamente.
Mireille respondió que la palabra «instrucciones» parecía suficiente incluso para un abogado.
Géraud inspeccionó la pequeña lámpara automática.
Octave preguntó dónde estaba escondido el gramófono.
Thérèse abrió su sobre sin consultar a nadie.
Hélène tomó el suyo.
Delacroix permaneció unos segundos observándolos.
Adultos.
Cultos.
Elegantes.
Algunos con más de cincuenta años.
Todos sonriendo alrededor de sobres negros como niños durante una búsqueda del tesoro.
Le gustó la imagen.
Le gustó incluso más darse cuenta de que nadie, por un momento, estaba pensando en Ariane.
Veyrac había conseguido devolverlos al juego.
Delacroix tomó su sobre.
No estaba lacrado.
Dentro encontró únicamente una tarjeta blanca.
«Monsieur Delacroix:
Usted no tiene reglas.
Haga lo que mejor sabe hacer.
Desconfíe.»
Delacroix sonrió.
Hélène apareció a su lado.
—¿Qué dice?
Él guardó la tarjeta.
—Que no puedo decírselo.
—Acaba de decir que no tiene personaje.
—Precisamente. Estoy improvisando.
—Eso es trampa.
—Soy detective real. Al parecer hacemos trampas.
Hélène lo miró durante un segundo y después soltó una carcajada.
—Bien jugado.
Se alejó con su sobre.
Delacroix volvió la vista hacia la puerta.
Édouard seguía sin aparecer.
Aquello formaba parte del juego, naturalmente. Debía preparar algo, ocultarse, interpretar, organizar la siguiente fase. Nada resultaba más lógico.
Sin embargo, mientras observaba a los demás abrir sobres, susurrar, protestar y reír, Delacroix recordó la expresión de Veyrac durante la cena al pronunciar el nombre de Ariane.
Recordó Maison Valbert.
Recordó la frase de París.
Y alguien que ya no puede quejarse.
Después miró la tarjeta de su bolsillo.
Desconfíe.
—Armand.
Hélène lo llamaba desde la biblioteca.
—¿Viene?
Delacroix levantó la cabeza.
La diversión había comenzado.
—Por supuesto.
Guardó la tarjeta.
Afuera, la nieve continuaba cayendo sobre la montaña, cada vez más espesa, mientras dentro del Grand Hôtel des Cimes nueve personas empezaban a buscar a un asesino que todavía no había matado a nadie.
Era, pensó Delacroix mientras seguía a Hélène, una forma extraordinariamente civilizada de pasar un viernes por la noche.