Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 3 — El Círculo de Medianoche #3
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Capítulo 3 — El Círculo de Medianoche #3

—Le contaste a Ariane.

—Ariane forma parte de la historia del Círculo.

—No solemos contarla.

—Quizá deberíamos.

Hélène lo miró durante unos segundos.

Ahí había algo.

Delacroix no supo todavía qué.

No una amenaza. Tampoco simple desacuerdo.

La familiaridad de dos personas discutiendo una cuestión que ya habían discutido antes, posiblemente varias veces y sin público.

Thérèse tomó la botella y llenó su copa.

—Édouard tiene razón en una cosa.

Amaury levantó una ceja.

—Milagro.

—No contar algo no hace que deje de haber ocurrido.

—Tampoco obliga a convertirlo en entretenimiento —dijo Mireille.

Édouard apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Nadie está convirtiendo nada en entretenimiento.

Mireille lo miró.

—Estamos literalmente aquí para entretenernos con una muerte ficticia.

La frase fue tan exacta que nadie encontró una respuesta inmediata.

Delacroix observó a Édouard. El anfitrión parecía a punto de decir algo importante. Algo que quizá llevaba tiempo esperando pronunciar.

Pero André apareció con el plato principal y el momento desapareció.

Carne estofada, setas, verduras, salsa oscura.

El olor produjo una reacción suficientemente humana para devolver a todos al presente.

—Esto es indecente —dijo Côme.

André se detuvo.

—¿Monsieur?

—En el mejor sentido.

—No existe un buen sentido de indecente en restauración —dijo Amaury.

—Claro que existe —respondió Mireille—. Pregunta a cualquier francés.

Veyrac soltó una carcajada.

La tensión cedió.

No completamente.

Pero lo suficiente.

Delacroix decidió no volver a Ariane.

Todavía.

Hélène también pareció aceptarlo. Comenzó a hablar con Côme sobre periodismo y ficción, una discusión que derivó en si los periódicos inventaban mejores criminales que los novelistas.

Côme defendió que la realidad ofrecía materiales imposibles de superar.

Hélène sostuvo que la realidad tenía pésimo ritmo y ninguna consideración por los finales.

—En la realidad —dijo ella—, las personas interesantes suelen morir antes de explicar nada y los culpables mediocres sobreviven ochenta años.

—Eso parece una ventaja de la ficción —respondió Côme.

—Lo es.

Delacroix intervino.

—La ficción también tiene una ventaja moral muy cómoda.

Hélène lo miró.

—¿Cuál?

—El autor puede decidir que las consecuencias existen.

Hélène sostuvo su mirada.

—¿Y en la realidad no?

—No siempre las correctas.

—Eso suena decepcionado.

—Suena experimentado.

—No son sinónimos.

—A cierta edad empiezan a parecerse.

Côme miraba de uno a otro con visible satisfacción.

—Esto es mejor que entrevistarlos por separado.

—Si sacas una libreta —dijo Hélène— te arrojo por la ventana.

—Segundo piso —añadió Delacroix—. Sobreviviría y tendría una columna.

Côme dejó las manos sobre la mesa.

—No tengo libreta.

Delacroix señaló su bolsillo.

Sobresalía una esquina.

Côme se la guardó.

—La costumbre.

—Los vicios suelen presentarse así —dijo Thérèse.

La cena recuperó poco a poco su carácter inicial.

Hablaron de libros, de casos famosos, de una exposición en París que Thérèse consideraba una estafa cultural y Mireille una estafa cultural maravillosamente iluminada.

Amaury explicó durante demasiado tiempo por qué ciertos métodos de investigación privada podían producir pruebas inutilizables ante un tribunal.

Delacroix le recordó que los cadáveres tenían la pésima costumbre de no esperar la autorización judicial antes de aparecer.

Géraud sostuvo que casi todos los llamados crímenes imposibles dependían de que el investigador no comprendiera un mecanismo sencillo.

Hélène replicó que casi todos los ingenieros llamaban sencillo a cualquier mecanismo después de haber pasado veinte años aprendiendo a comprenderlo.

—Las habitaciones cerradas son fáciles —dijo Géraud.

Delacroix bebió vino.

—Esta frase tiene una larga historia de hombres arrepentidos.

—Cerraduras, ventanas, presión, tiempos, accesos. Siempre existe una explicación física.

—Naturalmente.

—¿No está de acuerdo?

—Completamente.

Géraud pareció decepcionado.

—Esperaba discusión.

—La imposibilidad suele existir únicamente mientras uno formula mal la pregunta.

Hélène apoyó la barbilla sobre los dedos.

—Eso podría aplicarse al asesinato entero.

Delacroix la miró.

—Con frecuencia.

—Entonces, ¿qué pregunta formula primero?

—Depende.

—Respuesta cobarde.

—Respuesta profesional.

—Supongamos un cadáver en una habitación cerrada.

—¿Quién dice que estaba cerrada?

Hélène sonrió.

—Bien.

—Ahora usted.

—¿Qué?

—Un cadáver en una habitación cerrada.

Ella pensó apenas.

—¿Quién necesita que creamos que la habitación importa?

Delacroix se quedó quieto durante un segundo.

Después levantó la copa.

—Mejor.

Côme soltó un silbido.

Veyrac los observaba desde la cabecera.

Sonreía.

Esta vez sin esfuerzo.

—Sabía que tenía que sentaros juntos.

—Eso puede ser motivo suficiente para matarte —dijo Hélène.

—Ficticiamente —añadió Édouard.

Mireille señaló el reloj.

—Cada vez lo dices con menos convicción.

El postre fue una tarta tibia de manzana con crema que consiguió terminar de reconciliar incluso a Amaury con el hotel. Cuando André sirvió café y coñac, Veyrac anunció que las reglas de La última página se explicarían en el salón a las nueve y media.

—¿No dijiste siete? —preguntó Delacroix.

—He cambiado el horario.

—¿Por qué?

—Porque puedo.

Mireille dejó la cucharilla.

—¿Has cambiado algo más?

—No.

—Édouard.

—No.

—Mientes.

—No estoy mintiendo.

—Tienes el párpado derecho más cerrado.

Todos miraron a Veyrac.

Él abrió exageradamente ambos ojos.

—¿Así?

Delacroix sonrió.

—Eso ha empeorado mucho tu defensa.

Veyrac se levantó.

—Media hora. Salón. No lleguéis tarde.

—¿Adónde vas? —preguntó Hélène.

—A preparar el inicio.

—Pensé que estaba preparado.

Édouard la miró.

El comedor seguía cálido. Las velas ardían. André recogía platos. Afuera, la nieve había borrado casi por completo las luces de la estación superior.

—Lo está —dijo Veyrac.

Salió.

Mireille lo siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta.

—Ha cambiado algo.

Amaury suspiró.

—Mireille.

—Lo conozco.

—Todos lo conocemos.

—Yo trabajo con él cuando prepara estos juegos.

Hélène dejó la servilleta sobre la mesa.

—¿Qué podría cambiar sin decírtelo?

—Textos. Orden. Pistas. La parte narrativa.

—¿Mecanismos?

—No debería.

—¿Debería?

Mireille la miró.

—No.

Delacroix escuchaba sin intervenir.

Aquello podía seguir perteneciendo enteramente al juego. Un organizador introduciendo modificaciones para sorprender incluso a la persona que había preparado la escenografía. Era exactamente el tipo de cosa que Veyrac haría.

Pero recordó la frase en París.

La solución es mía.

Y alguien que ya no puede quejarse.

Después Ariane.

No contar algo no hace que deje de haber ocurrido.

Delacroix tomó el coñac.

—¿Édouard suele cambiar el juego a última hora?

Mireille se volvió hacia él.

—Sí.

—Entonces no hay misterio.

—No.

La respuesta de Mireille llegó demasiado rápido.

Delacroix esperó.

Ella añadió:

—Pero suele decírmelo.

—¿Por qué?

—Porque si modifica algo que afecta a una escena, puedo estropearle otra.

—¿Y esta vez?

—Lleva semanas haciendo cosas sin contarme.

Hélène miró a Mireille.

—Eso dijiste en diciembre.

—Porque era verdad en diciembre.

Thérèse habló desde el otro lado de la mesa.

—Empezó después de encontrar aquellos papeles.

El silencio regresó.

Delacroix no necesitó preguntar esta vez.

Côme sí.

—¿Qué papeles?

Amaury cerró los ojos.

—Dios mío.

—¿Qué?

—No puedes dejar una frase quieta.

—Soy periodista.

—Eso ya lo hemos establecido como enfermedad.

Thérèse sostuvo la copa entre ambas manos.

—Documentos viejos. Édouard compró el archivo de una pequeña editorial que cerró.

Hélène la miró.

—No sabemos que empezara por eso.

—No. Pero empezó alrededor de entonces.

—¿Qué editorial? —preguntó Delacroix.

La pregunta hizo que Hélène lo mirara inmediatamente.

Thérèse respondió:

—Maison Valbert.

El nombre no le decía nada.

—¿Importante?

—No especialmente. Publicó durante unos años antes de la guerra y sobrevivió mal después.

—¿Y por qué compró Veyrac su archivo?

Amaury intervino:

—Édouard compra archivos porque algún día morirá sepultado bajo papeles y espera que eso demuestre coherencia.

Mireille sonrió.

—Eso sí podría ser una muerte ficticia apropiada.

Thérèse no.

—Había correspondencia relacionada con antiguos miembros del Círculo.

Delacroix dejó el vaso.

—¿Ariane?

Nadie respondió inmediatamente.

Hélène fue la primera.

—No lo sabemos.

El énfasis cayó sobre sabemos.

No sobre no.

Delacroix la observó.

—¿Édouard se lo dijo?

—No.

—Entonces ¿cómo sabe que no lo sabemos?

Hélène sonrió apenas.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—La boca quieta.

Delacroix se permitió reír.

La tensión volvió a soltarse.

Era extraña la facilidad con que Hélène conseguía hacer eso: tocar algo incómodo y después desviarlo antes de que la conversación decidiera qué significaba.

No parecía evasión. Parecía talento social.

Y Delacroix conocía lo suficiente a las personas para saber que ambas cosas podían utilizar exactamente los mismos músculos.

André regresó para anunciar que el café podía tomarse en el salón.

Los demás empezaron a levantarse. Côme intentó acercarse a Thérèse para preguntar por Maison Valbert y Amaury lo interceptó deliberadamente preguntándole por un artículo reciente.

Mireille fue hacia la cocina porque quería comprobar que nadie hubiera movido una caja.

Géraud volvió a mirar el reloj y corrigió finalmente sus tres minutos de adelanto pese a haber declarado vacaciones.

Delacroix permaneció junto a la mesa un momento más.

Hélène también.

—Va a investigar —dijo ella.

—No.

—Ya está investigando.

—Estoy cenando.

—Ha preguntado por una editorial muerta, una escritora muerta y documentos que nadie sabe si existen.

—He participado en una conversación.

—Así empiezan todas sus investigaciones.

Delacroix sonrió.

—Édouard dijo exactamente lo mismo cuando toqué una puerta.

—Entonces Édouard y yo somos dos observadores excelentes.

—O dos personas con tendencia a exagerarme.

Hélène se puso de pie.