Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 3 — El Círculo de Medianoche #2
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Capítulo 3 — El Círculo de Medianoche #2

La cena se anunció a las ocho en punto mediante una pequeña campana que André hizo sonar desde la puerta del comedor.

El gesto resultó tan deliberadamente antiguo que Côme aplaudió.

André lo miró con la resignación de un hombre que había trabajado suficiente tiempo en hostelería para saber que los ricos podían comportarse con mayor entusiasmo infantil cuanto más caro resultaba el lugar.

La mesa estaba preparada cerca de los grandes ventanales.

Nueve servicios para los invitados y un décimo en la cabecera para Veyrac.

André había retirado los dos cubiertos sobrantes que Delacroix vio por la tarde.

Las velas estaban encendidas. Había flores blancas en dos jarrones bajos y una tarjeta con el nombre de cada comensal.

—Asientos asignados —dijo Amaury.

—No empieces —advirtió Mireille.

—Solo observaba.

—Cuando tú observas una tarjeta, cinco minutos después existe un reglamento.

Delacroix encontró su lugar entre Hélène y Thérèse. Frente a él se sentaba Côme. Édouard ocupó una cabecera y Amaury la otra, aunque este último protestó porque aquello parecía atribuirle responsabilidades de anfitrión.

—Puedes cederla —dijo Mireille.

—No he dicho que quiera cederla.

—Naturalmente.

André sirvió una sopa clara de cebolla y vino blanco que consiguió producir un silencio casi completo durante los primeros minutos, circunstancia que Delacroix interpretó como la mejor crítica culinaria disponible.

Después llegó trucha con mantequilla avellanada, patatas pequeñas y hierbas.

El hotel, pese al servicio reducido, había decidido no reducir la cocina.

—Ahora entiendo por qué aceptaste —dijo Hélène a Delacroix.

—Yo no sabía esto.

—Entonces tienes suerte.

—Eso me preocupa más.

Hélène bebió.

—Usted realmente espera cadáveres incluso cuando come, ¿verdad?

—No.

—Miente.

—Solo espero problemas.

—¿Cuál es la diferencia?

—Los problemas pueden pagar la cuenta.

Thérèse sonrió sin levantar la mirada del plato.

—Ese hombre ha pasado demasiado tiempo solo.

—Eso dicen quienes han pasado demasiado tiempo casados —respondió Delacroix.

Thérèse levantó los ojos.

—Nunca me casé.

—Entonces ha tenido criterio.

—Varias oportunidades de practicarlo.

A diferencia de Mireille y Hélène, Thérèse tenía un humor menos visible.

No preparaba las frases. Las dejaba caer con una suavidad que obligaba a decidir después si uno acababa de ser insultado.

Delacroix empezaba a entender por qué Édouard la había descrito como alguien capaz de reconocer falsificaciones.

Miraba a las personas de la misma manera que probablemente miraba cuadros: sin dejarse impresionar demasiado por la firma.

—¿Cómo empezó esto? —preguntó Côme desde enfrente.

Amaury levantó la vista.

—¿El qué?

—El Círculo.

—Ya lo sabes.

—Conozco la versión oficial.

—La versión oficial es la única que existe.

—Eso es exactamente lo que diría un abogado.

—Porque es correcto.

Mireille cortó un trozo de pescado.

—La versión oficial dice que Édouard tuvo una idea horrible durante una cena.

—Fue una idea excelente.

—Nos pareció excelente porque habíamos bebido.

—Habla por ti.

—Hablo por todos. Octave intentó diagnosticar al camarero.

—Tenía ictericia.

—Era italiano —dijo Thérèse.

Octave frunció el ceño.

—Las dos cosas no son incompatibles.

Hélène dejó el tenedor.

—Fue en 1915.

Veyrac negó.

—Dieciséis.

—Quince.

—No fundamos nada en quince.

—Porque estabas en Bruselas.

—Precisamente.

—La cena fue en quince. El Círculo empezó después.

Amaury intervino.

—Formalmente, la primera reunión registrada fue en marzo de 1916.

Mireille miró a Côme.

—¿Ves? Por eso nadie pregunta delante de él.

Côme sonrió.

—¿Y quiénes estaban?

Veyrac empezó a contar con los dedos.

—Amaury. Hélène. Octave. Thérèse. Mireille. Yo.

—Y otros —dijo Thérèse.

Hubo un cambio mínimo.

Tan pequeño que Delacroix no habría podido asegurar que ocurrió si no hubiera estado precisamente mirando a Édouard.

El tenedor de Veyrac se detuvo sobre el plato.

Hélène bajó la mirada hacia su copa.

Mireille movió una patata sin necesidad.

Amaury bebió agua.

Octave se limpió la boca con la servilleta.

Côme, que había formulado la pregunta, no pareció notar nada.

Delacroix sí.

—¿Otros? —preguntó el periodista.

Thérèse lo miró.

—El Círculo cambió con los años.

—¿Quiénes?

—Personas que dejaron de venir.

—¿Por qué?

—Porque las personas dejan de venir a las cosas —dijo Amaury—. Trabajo. Familias. Distancia. Falta de interés. No todo posee un argumento periodístico.

—No he dicho que lo tenga.

—Lo estás esperando.

Côme apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Para eso soy periodista.

—Precisamente el problema.

Veyrac intervino.

—Hubo varios miembros. Algunos estuvieron poco tiempo.

—¿Y Ariane? —preguntó Côme.

La palabra salió con naturalidad.

El efecto no.

Delacroix sintió cómo la conversación se detenía de forma tan sutil que cualquier extraño habría podido atribuirlo al cambio de plato. André acababa de acercarse para retirar la vajilla. El sonido de una copa contra otra cubrió dos segundos. Afuera, la nieve seguía cayendo.

Hélène fue la primera en levantar la mirada.

—¿Quién te habló de Ariane?

Côme pareció desconcertado.

—Édouard.

Todos miraron a Veyrac.

El anfitrión no negó.

—Le conté algunas historias del Círculo.

Amaury dejó la servilleta sobre las rodillas.

—¿Por qué esa?

—Porque ocurrió.

—También ocurrió una intoxicación en Reims y no parece necesaria para comprender la institución.

Mireille habló sin mirar a nadie.

—La intoxicación fue tu culpa.

—Nunca se demostró.

—El vino era tuyo.

—Eso no demuestra nada.

—Doce personas vomitaron.

—Correlación.

Octave murmuró:

—Amaury aprendió esa palabra para aquel fin de semana.

Hubo algunas sonrisas.

Pero la conversación no recuperó completamente el tono anterior.

Côme miró de uno a otro.

—¿Quién era Ariane?

Thérèse contestó esta vez.

—Ariane Lécuyer.

—¿Miembro del Círculo?

—Sí.

—¿Escritora?

El periodista había visto algo, quizá en la expresión de Hélène, quizá simplemente en el nombre. Delacroix observó que Édouard lo miraba con atención.

—Quería serlo —dijo Hélène.

No dijo más.

Côme esperó.

—¿Publicó?

—No.

La respuesta de Hélène fue seca, aunque no hostil.

Delacroix apoyó el tenedor.

—¿Qué escribía?

Hélène se volvió hacia él.

Durante un instante pareció sorprendida de que fuera Delacroix quien preguntara. Después volvió a tomar la copa.

—Misterio. Algo de aventura. Era joven.

—Todos lo erais —dijo Delacroix.

—Algunos más que otros —respondió Thérèse.

Côme insistió:

—¿Y dejó el Círculo?

Nadie habló durante un segundo.

Fue Octave quien respondió.

—Murió.

La palabra terminó de cerrar la mesa.

No de una forma dramática. Nadie dejó caer nada. Nadie cambió de color. Precisamente esa ausencia de teatralidad hizo que Delacroix percibiera el peso. Era una muerte antigua. Conocida. Una palabra pronunciada demasiadas veces en privado y pocas en público.

—Lo siento —dijo Côme.

Amaury movió apenas la cabeza.

—Fue hace mucho.

—¿Qué ocurrió?

—Côme —dijo Veyrac.

El periodista lo miró.

—¿Qué?

—Estamos cenando.

Côme pareció comprender finalmente que había entrado en una habitación sin puerta visible.

—Perdón.

—No hace falta —dijo Thérèse.

Amaury la miró.

Ella sostuvo su mirada.

—Preguntó —añadió—. Nosotros decidimos convertir una respuesta en una enfermedad.

Delacroix estudió a Thérèse.

Veyrac tomó vino.

—Ariane murió en un accidente —dijo.

Hélène giró la cabeza hacia él.

Fue un gesto muy pequeño.

Pero Delacroix lo vio.

—Durante una reunión del Círculo —continuó Veyrac—. En 1919. Fue una desgracia. Nada más.

Mireille respiró por la nariz.

—No fue durante una reunión.

Édouard la miró.

—Mireille.

—Fue durante un juego.

El silencio volvió.

Côme, que acababa de prometer implícitamente no seguir, no pudo evitarlo.

—¿Un juego como este?

Mireille levantó la vista.

Sus ojos oscuros habían perdido toda diversión.

—Sí.

Delacroix sintió una corriente muy leve, no de miedo sino de interés.

La deformación profesional reapareció con una rapidez irritante.

Una persona muerta durante un juego de asesinato.

Édouard utilizando aquella historia como parte de las conversaciones previas.

Un misterio nuevo llamado La última página.

Una frase el día de la invitación: alguien que ya no puede quejarse.

Podía no significar nada.

Precisamente por eso Delacroix sabía que seguiría pensando en ello.

—¿Qué sucedió? —preguntó.

Amaury se volvió hacia él.

—Armand.

—No he hecho más que una pregunta.

—Una bastante concreta.

—Tengo ese defecto.

Veyrac dejó la copa.

—Ariane tenía un papel en el juego. Debía aparecer como víctima después de una caída. Cuando la encontramos... —Se detuvo un instante—. Pensamos que estaba interpretándolo.

La temperatura del comedor pareció bajar aunque la calefacción siguiera funcionando.

Côme dejó de parecer periodista.

—¿Estaba muerta?

Octave respondió.

—Sí.

La palabra tuvo una segunda caída.

Mireille miraba su plato.

Delacroix comprendió entonces por qué la mujer que fabricaba cadáveres de cera no se había reído cuando se habló de Ariane.

—¿Durante cuánto tiempo creyeron que estaba actuando? —preguntó.

Octave movió lentamente la cabeza.

—No mucho.

—Eso no es una medida.

—Lo suficiente.

—Octave —dijo Amaury.

El médico giró hacia él.

—¿Qué quieres? ¿Que diga que fueron segundos para que todos podamos dormir mejor? No lo recuerdo en segundos. Recuerdo que entramos. Recuerdo que alguien hizo una broma. Recuerdo que yo también creí que estaba interpretando. Después la toqué.

La frase se apagó.

Delacroix pensó inevitablemente en el sobre negro que llevaba en el bolsillo.

Esta noche morirá un escritor.

No una escritora.

Un escritor, usado quizá de manera genérica.

Miró a Veyrac.

Édouard estaba observándolo.

Fue solo un instante.

Después sonrió y alzó la copa.

—Y este es exactamente el motivo por el que no quería discursos sobre el pasado durante la cena.

—Tú sacaste el pasado —dijo Hélène.

La frase fue tranquila.

Veyrac se volvió.

—No.

—Se lo contaste a Côme.

—Le conté la historia del Círculo.