Capítulo 3 — El Círculo de Medianoche
Cuando Delacroix llegó al salón, Amaury Delatour estaba perdiendo una discusión contra un piano.
No era una derrota metafórica. Estaba literalmente de pie junto al instrumento, con una copa de champán en una mano y la otra apoyada sobre la tapa, explicando a Mireille Ségur que el hecho de que ella hubiera encontrado desafinado el mi de la segunda octava no justificaba tocar repetidamente la misma nota durante cinco minutos para comprobarlo.
Mireille, sentada ante el teclado, respondió pulsando el mi una vez más.
Amaury cerró los ojos con la paciencia de un magistrado obligado a escuchar a un testigo que insistía en recordar mal su propia fecha de nacimiento.
—Otra vez —dijo él.
Mireille volvió a tocar la nota.
—Eso es hostigamiento.
—Eso es un mi.
—Es un mi defectuoso.
—Sigue siendo un mi.
—Con ese criterio, tú sigues siendo un hombre amable.
Côme Valençay, instalado sobre el brazo de un sillón con una copa en la mano, soltó una carcajada.
Géraud Vannier estaba junto a la chimenea, estudiando el mecanismo del tiro como si sospechara que los hoteles de lujo se construían únicamente para proporcionarle cosas que desmontar.
Octave Méricourt hablaba con Thérèse Belloc cerca de uno de los ventanales, aunque la conversación parecía consistir principalmente en que el médico le recomendaba dormir más y Thérèse le explicaba por qué prefería morir.
Hélène Darcourt se encontraba junto a una mesa con botellas, hojeando un ejemplar de Le Temps. Al ver entrar a Delacroix, levantó la mirada hacia el sobre que asomaba de su bolsillo.
—Ya ha recibido el suyo.
—¿El mío qué?
—No empiece.
Delacroix se acercó a la mesa.
—Esperaba más sutileza de una novelista.
—La sutileza está sobrevalorada cuando la otra persona lleva la prueba en el bolsillo del pecho.
Él sacó la tarjeta negra.
—«Esta noche morirá un escritor.»
Hélène tomó su copa.
—Pobre de mí.
—Ha llegado rápidamente a esa conclusión.
—Soy la única escritora conocida aquí.
Côme levantó un dedo desde el sillón.
—Yo escribo.
Hélène se volvió.
—Tú publicas en periódicos.
—Eso sigue siendo escribir.
—También los camareros anotan comandas y nadie les concede tragedias literarias.
Côme abrió la boca.
La cerró.
Mireille volvió a pulsar el mi.
Amaury se llevó una mano a la frente.
Delacroix sonrió.
El ambiente era incluso mejor de lo que había imaginado durante el viaje.
No simplemente confortable. Fácil. Había en aquel grupo la clase de intimidad que solo aparece después de muchos años de discusiones repetidas, cenas largas, reconciliaciones tácitas y humillaciones suficientemente antiguas para haberse convertido en material humorístico.
Se interrumpían. Se corregían. Se trataban con una crueldad pequeña y perfectamente calibrada que no habría resultado soportable entre desconocidos.
Nadie parecía preocupado por impresionar a nadie, salvo quizá Côme, y hasta eso era tolerado con el afecto con que se permite a un perro joven correr demasiado alrededor de una mesa.
Veyrac apareció desde el comedor llevando una botella de champán.
—Falta media hora para la cena.
—Entonces llegas tarde —dijo Hélène.
—¿A qué?
—A tu propia recepción.
—He estado comprobando cosas.
Mireille dejó de tocar.
—¿Qué cosas?
—Cosas.
Ella giró en el banco.
—Édouard.
—Mireille.
—Si has tocado la utilería...
—No he tocado la utilería.
—Has puesto esa voz.
—¿Qué voz?
—La que usas cuando ya has hecho algo y estás intentando decidir si la explicación será suficiente.
Delacroix aceptó una copa de manos de Veyrac.
—Me alegra comprobar que no soy el único que reconoce tus síntomas.
—Estoy rodeado de gente insoportable.
—Nos has invitado tú —dijo Thérèse.
Veyrac la señaló con la botella.
—Y todavía puedo arrepentirme.
—No puedes. Has pagado el hotel.
—Eso me obliga financieramente, no moralmente.
Amaury se apartó por fin del piano.
—Jurídicamente también.
Todos lo miraron.
Amaury levantó la copa.
—No voy a explicarlo.
—Gracias a Dios —dijo Mireille.
—Dios no ha intervenido. Ha sido autocontrol.
—Entonces el milagro es mayor.
La nieve continuaba cayendo detrás de los ventanales.
Había aumentado desde que Delacroix bajó de su habitación, pero aún conservaba una cualidad decorativa.
Los copos se arremolinaban bajo las lámparas exteriores y desaparecían contra la oscuridad.
Dentro, la temperatura era perfecta. La chimenea emitía un calor amplio, sin humo.
Sobre las mesas había pequeños platos con almendras, aceitunas, quesos y canapés que André Cottin había dejado preparados antes de retirarse hacia la cocina.
El director había cambiado el traje de recepción por una chaqueta blanca de servicio y circulaba ocasionalmente por el fondo con una eficiencia discreta que Delacroix encontraba tranquilizadora.
Édouard se acercó a la chimenea y levantó la copa.
—Ya que estamos todos...
—No —dijo Hélène.
Veyrac se detuvo.
—¿No qué?
—No hagas un discurso.
—No iba a hacer un discurso.
—Has colocado los pies en posición de discurso.
Delacroix miró hacia abajo.
Veyrac también.
—¿Existe una posición de discurso?
—Sí. Una pierna ligeramente adelantada y una confianza injustificada en el interés ajeno.
Côme rió.
Amaury no.
Veyrac suspiró.
—Solo iba a daros la bienvenida.
—Hazlo sentado —propuso Thérèse.
—No pienso dar la bienvenida sentado.
—Entonces será un discurso —dijo Hélène.
Édouard miró a Delacroix en busca de apoyo.
—No me involucres —dijo este—. Yo he venido por el coñac.
Mireille levantó su copa.
—Y por el cadáver.
—Ficticio.
—Todavía.
Veyrac la señaló.
—También voy a prohibir esa palabra.
—¿Ficticio?
—Todavía.
Delacroix observó que Édouard había vuelto a sonreír, pero su mano permanecía cerrada un poco más de lo necesario alrededor del tallo de la copa.
Era un gesto insignificante y podía deberse a cualquier cosa: cansancio, entusiasmo, el esfuerzo de organizar un fin de semana para nueve personas incapaces de aceptar una frase sin discutirla.
Delacroix decidió no convertirlo en otra pieza.
Había prometido, al menos tácitamente, no investigar.
Llevaba menos de una hora en el hotel y ya tenía que recordárselo con demasiada frecuencia.
Veyrac consiguió finalmente brindar.
No hubo discurso.
O, si lo hubo, fue suficientemente corto para que Hélène no pudiera demostrarlo.
—Por el Círculo —dijo—. Por los que han venido, por los que siguen viniendo aunque sepan mejor y por nuestro invitado extraordinario, que probablemente descubrirá que somos mucho menos inteligentes de lo que creemos.
—Eso ya lo he descubierto —dijo Delacroix.
—Ni siquiera hemos empezado.
—Me gusta ser eficiente.
—Y por La última página.
Las copas se alzaron.
—Por La última página —repitió Mireille.
—Que gane el mejor —añadió Côme.
Amaury lo miró.
—Nunca gana el mejor.
—¿Quién gana?
—Quien consigue demostrarlo.
—Eso suena terriblemente a abogado —dijo Hélène.
—Porque lo es.
Bebieron.
Durante unos minutos, la conversación se dispersó. Delacroix quedó junto a Géraud, que había abandonado finalmente la chimenea y estaba mirando el reloj de péndulo del salón.
—Va adelantado —dijo el ingeniero.
—Tres minutos.
Géraud volvió la cabeza.
—¿Lo ha comprobado?
—Mi reloj funciona.
—Eso no responde.
—Empiezo a entender cómo debe de ser hablar conmigo.
Géraud sonrió.
—El mecanismo suena bien. Debe de ser la puesta en hora.
—Podría corregirlo.
—Podría.
—Pero no lo hará.
—Estamos de vacaciones.
Delacroix levantó la copa.
—Empiezo a apreciar su filosofía.
Géraud tenía una presencia considerable.
No tanto por su tamaño como por la forma en que ocupaba el espacio sin solicitarlo.
Hablaba con voz grave, pausada, y parecía incapaz de mirar un objeto sin preguntarse de qué estaba hecho.
Mientras conversaban, sus ojos pasaron del reloj a las bisagras de la puerta y de allí al sistema de apertura de los ventanales.
—Édouard me dijo que usted trabaja con maquinaria industrial —comentó Delacroix.
—Puentes, instalaciones hidráulicas, sistemas de transporte, fábricas. Lo que tenga piezas y suficiente presupuesto para romperse caro.
—Una especialidad prometedora.
—Las cosas que se construyen siempre terminan rompiéndose.
—Las personas también.
—Usted trabaja con esas.
—A veces.
—Más difíciles.
—Mienten más.
Géraud pensó un momento.
—Las máquinas también mienten.
Delacroix levantó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Cuando un hombre las obliga.
La frase le gustó.
—Eso podría aplicarse a casi todo.
—Por eso prefiero máquinas.
Octave apareció a su lado antes de que Delacroix pudiera continuar.
—Géraud, deja de explicar mecanismos a la gente. Provocas tensión arterial.
—Precisamente hablábamos de personas.
—Peor.
El médico llevaba ya una segunda copa de champán y una expresión más animada que en la estación.
Sin el abrigo parecía todavía más delgado.
Tenía manos largas, de dedos estrechos, y hablaba con una combinación peculiar de brusquedad y atención que probablemente hacía que sus pacientes se sintieran simultáneamente cuidados y acusados de haberse enfermado.
—Delacroix —dijo—, ¿le duele la rodilla derecha?
—No.
Octave miró su postura.
—La protege.
—Estoy de pie.
—Carga menos peso.
—Usted es exactamente el tipo de médico que hace que la gente evite las consultas.
—Y usted el tipo de paciente que llega tres semanas tarde.
—No soy su paciente.
—Todavía.
Delacroix miró a Hélène, que escuchaba desde unos pasos más allá.
—Empiezo a comprender el uso excesivo de esa palabra.
Ella sonrió.
—Espere a conocer mejor a Mireille.
—La he conocido.
—No. Ha sobrevivido a una presentación.
Mireille, que evidentemente poseía un oído desarrollado por años de teatro, levantó la voz desde el piano.
—Os escucho.
—Precisamente —respondió Hélène.