Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 2 — El Grand Hôtel des Cimes #5
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Capítulo 2 — El Grand Hôtel des Cimes #5

Entró sin esperar invitación completa. Llevaba ya ropa de interior, un jersey color marfil y pantalones oscuros. Había dejado el abrigo en su habitación y parecía más joven sin él, aunque no menos controlada.

—He venido a ver si la vista es mejor desde este lado.

—Eso suena a excusa.

—Lo es.

Se acercó a la ventana.

—La mía da hacia la montaña. Veo roca.

—Puedes presentar una reclamación.

—A Édouard.

—Entonces obtendrás una conferencia sobre el carácter de la roca.

Hélène apoyó una mano sobre el marco.

—Es precioso.

—Sí.

Permanecieron unos segundos mirando.

No era un silencio incómodo. Delacroix lo registró precisamente porque no lo era.

—¿Siempre hace esto? —preguntó ella.

—¿Qué?

—Esperar a que la otra persona explique por qué ha venido.

—Suele ahorrar tiempo.

—He venido porque Côme intenta entrevistar a Octave y Amaury está explicándole al director por qué una cláusula del reglamento del hotel es jurídicamente absurda.

—Eso parece una razón suficiente para huir.

—Y porque quería preguntarle algo.

Delacroix la miró.

—Ah.

—No se preocupe. No es sobre ningún caso.

—Entonces quizá responda.

Hélène se volvió completamente hacia él.

—¿Por qué cree que Édouard lo invitó?

Delacroix dejó de sonreír.

Muy poco.

Pero Hélène lo vio.

Claro que lo vio.

—Dice que para divertirme.

—Édouard no hace nada únicamente para divertirse.

—Eso mismo pensé.

Hélène miró de nuevo el valle.

—Yo tampoco sé.

—¿Se lo preguntó?

—Sí.

—¿Qué respondió?

—Que usted mejoraría el juego.

—Eso es casi insultante para vosotros.

—Lo sé. Se lo dije.

—¿Y?

—Respondió que precisamente.

Delacroix sonrió.

—Eso sí suena a Édouard.

Hélène metió las manos en los bolsillos del pantalón.

—Ha estado extraño desde hace unas semanas.

La frase era sencilla.

Delacroix no contestó enseguida.

—¿Extraño cómo?

—Más reservado.

—¿Édouard?

—Precisamente.

—Eso sí es preocupante.

—Y obsesionado con esta partida. Ha cambiado cosas. Reescrito otras. Preguntaba mucho por juegos antiguos.

—¿Antiguos cuánto?

Hélène tardó una fracción mínima.

—Mucho.

Delacroix la observó.

Ella sonrió.

—Ya está.

—¿Qué?

—La cara.

—¿Qué cara?

—La de detective.

—No tengo una.

—Claro que sí. Se le queda quieta la boca.

Delacroix levantó una mano hasta tocarse el labio, gesto que la hizo reír.

—Eso ha sido cruel.

—Investigación experimental.

—Está aprendiendo.

Hélène fue hacia la puerta.

—No le dé demasiada importancia. Édouard se vuelve solemne cuando organiza estas cosas. El año pasado convenció a un hombre de que había heredado una maldición familiar porque necesitaba que desconfiara de una llave.

—¿Funcionó?

—Durante una hora dejó de tocar cubiertos de plata.

—Mireille habrá disfrutado.

—Muchísimo.

Antes de salir, Hélène se detuvo.

—Por cierto.

—¿Sí?

—La cena es a las ocho. Las reglas a las siete.

—Lo sé.

—Entonces nos queda una hora.

—¿Para qué?

—Para disfrutar del hotel antes de que Édouard empiece a llenarlo de cadáveres.

Delacroix sonrió.

—Ficticios.

Hélène sostuvo su mirada durante un instante.

—Por supuesto.

Salió.

La puerta se cerró.

Delacroix permaneció junto a la ventana.

Las nubes que había señalado Rémi empezaban a cubrir lentamente las montañas occidentales. La luz dorada desaparecía bajo una capa gris azulada. Todavía no nevaba. Ni siquiera parecía una tormenta. Solo un cambio de tiempo, ordinario y lejano.

Abajo, en algún punto invisible, el funicular comenzó a moverse.

Delacroix oyó primero una vibración muy tenue dentro del edificio, después un sonido metálico grave que subió desde la estación. Probablemente descendía el personal que no pasaría el fin de semana con ellos.

Se acercó a la ventana lateral.

No podía ver la vía desde allí.

Solo las montañas.

Un minuto después sonó una campana.

Una vez.

Después nada.

Delacroix regresó al escritorio.

Abrió uno de sus libros.

Leyó.

Esta vez sí consiguió concentrarse.

A las seis y cuarenta y cinco, alguien dejó frente a su puerta un sobre negro.

No llamó.

Delacroix lo descubrió cuando salió para bajar al salón.

El sobre descansaba exactamente en el centro del pasillo.

Lacre oscuro.

Emblema del Cercle de Minuit.

Su nombre escrito a mano.

Armand Delacroix.

Lo recogió.

Durante un segundo, la vieja costumbre volvió.

Peso.

Papel.

Sellado.

Ninguna marca extraña.

Delacroix sonrió para sí.

Édouard ya había empezado.

Rompió el lacre.

Dentro había una tarjeta.

Solo una línea:

«Esta noche morirá un escritor.»

Delacroix leyó la frase dos veces.

Después miró hacia ambos extremos del corredor.

Vacío.

Desde abajo llegaban voces, risas y el sonido del piano. Alguien había empezado a tocar. Una melodía alegre, imperfecta, acompañada casi enseguida por aplausos y una protesta de Amaury que no podía distinguirse con claridad.

Delacroix guardó la tarjeta en el bolsillo.

Mientras caminaba hacia la escalera, la primera nevada comenzó a golpear suavemente los cristales del pasillo.

Copos pequeños.

Lentos.

Hermosos.

La clase de nieve que hacía que un hotel caliente pareciera todavía más cálido.

Delacroix bajó hacia las risas.

Aquella noche moriría un escritor.

Y, por primera vez en muchos años, podía permitirse el lujo de saber que no significaba nada.