Capítulo 2 — El Grand Hôtel des Cimes #4
En la planta superior recorrieron una galería cerrada que llevaba hacia el observatorio meteorológico.
El espacio era más frío. Las ventanas allí parecían recibir el viento directamente.
Al final había una pequeña sala con instrumentos, mapas, barómetros y un acceso exterior a una terraza protegida por barandillas metálicas.
Géraud se acercó de inmediato a los instrumentos.
—¿Funcionan?
—Todos —dijo Rémi, que se había unido al recorrido—. Tenemos registro diario.
—¿Radio?
—En la estación superior hay equipo de comunicación. Aquí principalmente instrumentos meteorológicos.
—¿Teléfono?
—Interno y línea al valle desde recepción.
Delacroix apoyó una mano contra el cristal.
El paisaje desde allí era todavía más amplio.
La montaña descendía abruptamente bajo la terraza. El funicular apenas podía verse entre la nieve. Más lejos, el valle parecía completamente aislado del hotel pese a que, en realidad, solo los separaban unos kilómetros.
El cielo seguía claro.
Pero en el oeste había empezado a aparecer una línea de nubes.
Rémi la señaló.
—Eso llegará esta noche.
—¿Nieve? —preguntó Thérèse.
—Probablemente.
—Perfecto —dijo Veyrac.
Delacroix lo miró.
—Estás demasiado contento por una tormenta.
—Ambiente.
—Naturalmente.
—No será nada serio.
Rémi no dijo nada.
Delacroix miró al técnico.
—¿No?
Rémi estudió las nubes.
—En montaña nunca se sabe hasta que está encima.
Veyrac hizo un gesto con la mano.
—Estaremos dentro.
—Ese suele ser el propósito de los hoteles —dijo Delacroix.
Regresaron por el corredor.
El último punto del recorrido fue la estación superior del funicular y una puerta lateral que conducía a la sala de máquinas.
Rémi no permitió que todos entraran porque había poco espacio, pero Géraud consiguió acompañarlo con una facilidad que sugería reconocimiento entre miembros de una especie. Delacroix se quedó en la puerta.
Motores.
Poleas.
Tableros eléctricos.
Cables.
Metal.
Un olor a grasa y electricidad.
No entendía prácticamente nada y no tenía intención de fingir lo contrario.
—Hay respaldo auxiliar —explicó Rémi a Géraud—. Si falla el suministro principal podemos mover la cabina lentamente.
—¿Y si falla todo?
—No falla todo.
Delacroix sonrió.
—Otra garantía escrita.
Rémi lo miró sin entender.
—Nada.
Veyrac se acercó.
—Ven. Quiero enseñarte una cosa.
Lo llevó hasta el vestíbulo nuevamente y señaló una puerta doble situada al fondo, casi oculta por la escalera principal.
—Esta sala estará cerrada hasta esta noche.
—¿Qué hay dentro?
—La primera parte.
—¿Del juego?
—Sí.
Delacroix probó el picaporte.
Cerrado.
—¿Quién tiene llave?
—Yo.
—¿Solo tú?
Veyrac lo miró con una sonrisa.
—Ya estás investigando.
—Estoy tocando una puerta.
—Así empiezan todas tus investigaciones.
—Algunas empiezan con cadáveres.
La sonrisa de Édouard se debilitó apenas.
Otra vez.
Ese gesto mínimo.
Delacroix soltó el picaporte.
—¿Qué hora?
—Después de la cena.
—¿Cuándo explicas las reglas?
—A las siete, en el salón.
—¿Y hasta entonces?
—Descansa.
Delacroix miró hacia la escalera.
—Voy a empezar a sospechar que realmente quieres que descanse.
—Lo necesito.
Édouard corrigió inmediatamente:
—Lo necesitas.
Delacroix no dijo nada.
Veyrac había hablado deprisa.
Podía ser un simple error.
Necesito que descanses.
Lo necesitas.
Era una de esas diferencias pequeñas que no merecían todavía una pregunta.
Además, la montaña estaba allí.
La biblioteca estaba allí.
La habitación probablemente tenía agua caliente.
Y, por una vez, no había ninguna razón para convertir una palabra equivocada en investigación.
Subió.
La habitación 214 era excelente.
Amplia sin ser obscena, con paredes revestidas de tela clara, muebles de nogal, una cama grande, escritorio, baño privado y dos ventanas que daban directamente al valle.
Habían encendido la calefacción varias horas antes y alguien había dejado una pequeña botella de licor local sobre una bandeja junto con una tarjeta de bienvenida.
Delacroix abrió las cortinas completamente.
La vista lo detuvo.
Las montañas ocupaban casi todo el horizonte.
La luz de la tarde empezaba a volverse dorada sobre las cumbres y azul dentro de los valles.
La nieve reflejaba tonos que desde abajo parecían imposibles: rosa en algunas pendientes, violeta bajo determinadas sombras, un blanco casi plateado en las zonas donde el viento había pulido la superficie.
Se quitó la chaqueta.
Deshizo la maleta.
Colgó dos trajes.
Colocó camisas en un cajón.
Dejó los libros sobre el escritorio.
Todo aquello requirió menos de cinco minutos.
Después se sentó junto a la ventana.
No hizo nada.
Fue probablemente el momento más extraño del día.
Delacroix no estaba acostumbrado a lugares donde no tuviera que encontrar algo.
No había un testigo esperando.
Ninguna víctima.
Ninguna versión que desmontar.
Ningún policía que necesitara convencer.
Solo una habitación caliente a dos mil doscientos metros, una biblioteca debajo, una cena futura y un grupo de adultos que había decidido gastar dinero y talento en fabricar un homicidio que no podía hacer daño a nadie.
Édouard tenía razón.
Era agradable.
Inquietantemente agradable.
Delacroix sonrió al darse cuenta de que incluso su tranquilidad necesitaba un adverbio sospechoso.
Se levantó.
En la mesilla había un pequeño folleto del hotel. Lo abrió.
Historia del Grand Hôtel des Cimes.
Inaugurado en 1907.
Ampliado en 1913.
Cerrado parcialmente durante la guerra.
Modernizado entre 1924 y 1927.
Teléfono.
Electricidad.
Agua caliente.
Funicular renovado.
Salones para congresos.
Biblioteca.
Observatorio.
Delacroix pasó las páginas sin verdadero interés hasta encontrar un plano simplificado para huéspedes.
Lo estudió.
No por investigación.
Por orientación.
Eso se dijo.
Ala oeste.
Ala este.
Escalera principal.
Escalera secundaria.
Terrazas.
Salones.
Salida hacia estación superior.
La distribución era bastante clara, aunque el edificio poseía corredores de servicio que el plano no mostraba.
Delacroix cerró el folleto.
Alguien llamó a la puerta.
—Adelante.
Hélène asomó la cabeza.
—¿Interrumpo una investigación secreta?
—Estaba aprendiendo dónde está el comedor.
—Eso en usted probablemente cuenta como preparación táctica.