Capítulo 2 — El Grand Hôtel des Cimes #3
El edificio ocupaba una enorme terraza natural rodeada por paredes de roca y pendientes blancas.
Tenía cuatro plantas principales, más una mansarda oscura bajo el tejado, galerías acristaladas a ambos extremos y una gran fachada central de piedra clara orientada hacia el valle.
Varias chimeneas expulsaban columnas de humo que el aire desplazaba hacia el este.
Frente a la entrada había una explanada cubierta de nieve, atravesada por caminos perfectamente despejados.
Banderas francesas y del hotel se movían con poca fuerza.
Las ventanas reflejaban el cielo.
Algunas estaban iluminadas.
La mayoría no.
—Ahí tienes tus ciento veinte habitaciones —dijo Veyrac.
Delacroix observó el edificio.
—Parece más grande.
—Lo es cuando estás dentro.
La estación superior estaba conectada al hotel por una galería cubierta de unos cincuenta metros, cerrada con cristales en ambos lados. Cuando la cabina se detuvo, el cambio de sonido fue sorprendente. El ruido mecánico desapareció de golpe y dejó detrás un silencio enorme.
Rémi abrió las puertas.
—Grand Hôtel des Cimes.
Côme bajó primero.
—Esto sí que parece el principio de una novela.
Hélène pasó a su lado.
—Esperemos que no de una mala.
Delacroix fue el último de los invitados en abandonar la cabina. Antes de entrar en la galería miró hacia atrás.
La vía descendía hasta perderse en una curva y luego continuaba hacia el valle. Desde allí la estación inferior ya no podía verse.
La sensación duró apenas un instante.
No encierro.
No peligro.
Solo distancia.
Una distancia hermosa.
La galería estaba caldeada. Después del frío de la estación, el aire tibio produjo en Delacroix una gratitud inmediata.
A ambos lados de los cristales se veía nieve acumulada sobre la roca, tan blanca bajo el sol que obligaba a entornar los ojos.
Al final esperaba un hombre con traje oscuro, chaleco gris y una flor pequeña en el ojal.
André Cottin.
El director tenía unos cincuenta años, era alto, delgado y poseía esa clase de bigote perfectamente recortado que parecía formar parte del reglamento interno del hotel. Saludó a Veyrac con una inclinación cordial y después al resto por sus nombres, lo que indicaba preparación o memoria excepcional.
—Monsieur Delacroix. Es un honor.
—Eso me han dicho varias veces esta mañana. Empiezo a preocuparme.
Cottin sonrió con profesionalidad impecable.
—Espero que el viaje haya sido agradable.
—El final ha sido bastante vertical.
—Uno se acostumbra.
—Eso dicen también los marineros y sigue habiendo mareos.
André los condujo hasta el vestíbulo.
Delacroix se detuvo apenas cruzó la puerta.
El Grand Hôtel des Cimes era mucho más cálido de lo que su exterior prometía.
No cálido simplemente de temperatura.
Cálido de intención.
El vestíbulo ocupaba dos plantas de altura, con una escalera central de madera oscura que ascendía y se dividía hacia ambos lados.
Había alfombras orientales sobre suelo de roble, lámparas de cristal, butacas tapizadas, grandes macetas con plantas demasiado verdes para aquella altura y una chimenea monumental encendida junto a una pared revestida de piedra.
El olor era una mezcla de cera, leña, café y algo dulce que quizá llegaba de la cocina.
Un piano de cola ocupaba un rincón.
Una mesa mostraba periódicos recientes.
Junto a recepción había un enorme casillero de llaves.
Todo brillaba.
—Édouard —dijo Delacroix.
—¿Sí?
—Retiro temporalmente varias objeciones.
Veyrac sonrió como un hombre absuelto.
—Sabía que te gustaría.
—He dicho temporalmente.
—Lo registraré.
Un empleado joven apareció para hacerse cargo de los abrigos.
Había más personal del que Delacroix esperaba, aunque André explicó que la mayor parte descendería esa misma tarde.
Durante el fin de semana quedarían únicamente él y Rémi arriba con los huéspedes; la cocina había dejado preparados suficientes productos y algunas elaboraciones, y el grupo había aceptado desde el principio una modalidad reducida de servicio para conservar privacidad durante el juego.
—¿Usted cocina? —preguntó Delacroix a Cottin.
—Lo suficiente para que nadie muera de hambre.
Veyrac levantó un dedo.
—No utilices esa expresión durante el fin de semana.
André parpadeó.
Mireille soltó una carcajada.
—Es parte del juego —explicó.
—Ah.
Cottin sonrió, pero con esa prudencia especial de los empleados de hotel cuando los huéspedes revelan de pronto que han pagado para fingir asesinatos durante tres días.
Delacroix lo comprendió.
A él también le parecía una afición difícil de defender en voz alta.
Las habitaciones ocupaban principalmente la segunda planta.
Cottin distribuyó llaves sin ceremonia excesiva.
Delacroix recibió la 214, ala oeste, con vistas al valle.
Veyrac tenía la 207. Hélène la 211. Amaury la 206.
Mireille y Thérèse estaban en el corredor opuesto.
Octave protestó porque su habitación quedaba demasiado lejos de la escalera y luego aclaró que protestaba por deporte.
—¿El resto de las habitaciones? —preguntó Côme.
—Cerradas o disponibles según las necesidades del encuentro.
—¿Podemos entrar?
André miró a Veyrac.
—Algunas forman parte de la partida —respondió Édouard—. Otras no.
—¿Cómo sabremos cuáles?
—Cuando tengas que saberlo.
Côme sonrió como un niño al que acababan de prometer una puerta prohibida.
Delacroix pensó que Veyrac había elegido al periodista por crueldad.
Antes de subir, André ofreció mostrarles las áreas comunes. Veyrac insistió en que todos participaran porque ciertos espacios serían utilizados durante el juego y no quería que después alguien alegara desconocimiento geográfico.
Aquello divirtió a Delacroix.
—¿Va a haber examen?
—Sí —dijo Mireille—. Y cadáveres.
André volvió a parpadear.
—Ficticios —añadió Veyrac.
—Naturalmente.
El recorrido empezó por el salón principal, conectado al vestíbulo mediante dos puertas dobles.
Era enorme, con varios grupos de sofás, mesas bajas, biblioteca auxiliar, dos chimeneas menores y ventanales orientados hacia el sur.
Desde allí se accedía a una galería acristalada que recorría parte de la fachada.
A la derecha se encontraba la sala de billar, revestida de madera verde oscura, con dos mesas y lámparas bajas.
Más allá había una biblioteca de dos alturas comunicadas por una estrecha escalera interna, con estanterías hasta el techo y una pasarela superior.
Delacroix entró y dejó de escuchar durante unos segundos.
Miles de libros.
No decorativos.
Usados.
Había historia, viajes, literatura, filosofía, colecciones científicas, atlas y una sección entera dedicada a novelas criminales contemporáneas.
Hélène apareció a su lado.
—Ya hemos perdido al detective.
—No me busquen hasta el lunes.
—Hay tres libros míos.
Delacroix miró el estante.
—Cuatro.
Hélène giró la cabeza.
—¿Dónde?
Delacroix señaló una edición alemana.
—Ah.
—No la has reconocido.
—La cubierta es espantosa.
—Entonces sí la reconozco. Las editoriales alemanas tienen una imaginación punitiva.
Veyrac llamó desde la puerta.
—Continuamos.
Delacroix no se movió.
—Armand.
—Te oigo.
—Continuamos.
—Eso es una decisión muy autoritaria para alguien que pretende entretenerme.
Hélène sonrió.
—Si quiere, puedo robarle un libro.
—Eso convertiría el fin de semana en investigación real.
—Entonces espere hasta el domingo.
Delacroix la miró.
Hélène había dicho la frase con ligereza absoluta.
Por alguna razón, le recordó la de Veyrac en el tren.
Esperemos que no sea una mala novela.
Había demasiadas personas utilizando el domingo como amenaza humorística.
Quizá era simplemente porque el lunes se marchaban.
Siguieron.
El comedor ocupaba la parte central del edificio y tenía capacidad para más de cien personas.
Solo una mesa larga había sido preparada junto a los ventanales, con doce servicios, velas bajas y flores blancas.
El resto de las mesas permanecía desnudo, cubierto apenas con manteles protectores o directamente vacío.
Allí Delacroix percibió por primera vez la dimensión real del hotel cerrado.
No en los pasillos.
No en las habitaciones.
En el comedor.
Una mesa preparada.
Cien sillas sin nadie.
La imagen tenía algo extraño, aunque todavía no inquietante. Más bien teatral. Como si todo el edificio se hubiera convertido en decorado exclusivo para ellos.
—Esto sí me gusta —dijo Mireille.
—Naturalmente —respondió Thérèse—. Parece un escenario.
—Todo parece un escenario si se ilumina correctamente.
Hélène acarició con un dedo el respaldo de una silla.
—Y todo parece un crimen si Édouard lo reserva entero.
—Os arrepentiréis de haberme criticado cuando veáis la cena —dijo Veyrac.
—¿La has cocinado tú? —preguntó Delacroix.
—No.
—Entonces retiro la crítica.
Desde el comedor pasaron a un corredor de servicio más estrecho. André señaló la cocina, las despensas y la zona del montacargas. El pequeño ascensor de servicio comunicaba cocina, plantas superiores y almacenes.
—No está autorizado para pasajeros —aclaró.
Côme miró inmediatamente dentro.
—¿Por qué?
—Porque es para carga.
—Eso no responde del todo.
—Responde lo suficiente para evitar que usted se mate.
Veyrac levantó de nuevo un dedo.
—André.
El director suspiró.
—Empiezo a entender.
Mireille estaba encantada.
La escalera de servicio se encontraba cerca del ascensor.
Era bastante más estrecha que la principal, de madera sin alfombra, y subía hasta las plantas superiores mediante descansillos pequeños.
Delacroix observó que entre la segunda y tercera planta había una puerta cortafuegos de metal pintado, reciente comparada con el resto del edificio.
—Reforma del veintisiete —dijo André al notar su mirada—. Después de un pequeño incendio en la lavandería.
—¿Heridos?
—Ninguno.
—Édouard agradecerá la falta de dramatismo.
Veyrac iba delante y no respondió.