Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 2 — El Grand Hôtel des Cimes #2
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Capítulo 2 — El Grand Hôtel des Cimes #2

Amaury Delatour fue el primero en acercarse.

Tenía unos cincuenta años, cabello negro apenas tocado de gris en las sienes y una manera de vestir que convertía incluso un abrigo de viaje en declaración jurídica.

Su rostro era anguloso, limpio, disciplinado; parecía un hombre que habría considerado una arruga un precedente peligroso.

—Delacroix.

—Delatour.

Se habían conocido años atrás durante un proceso criminal en Lyon, aunque «conocido» resultaba quizá demasiado generoso para describir tres días de desacuerdos públicos y una cena posterior durante la cual Amaury había defendido durante cuarenta minutos que una botella servida a temperatura incorrecta constituía incumplimiento contractual.

—Me alegra que haya venido —dijo Amaury.

—Eso probablemente cambiará.

—No esperaba menos.

A su lado estaba Géraud Vannier, corpulento, de barba corta y manos grandes, con un abrigo demasiado sencillo comparado con los demás y un pequeño estuche de herramientas asomando de su valija.

—¿Trae herramientas a unas vacaciones? —preguntó Delacroix.

Géraud miró hacia abajo como si acabara de descubrirlas.

—Nunca se sabe.

—Yo sí. No las necesito.

—Porque no sabe usarlas.

—Esa ha sido siempre mi mejor defensa contra el trabajo manual.

Géraud se rió con una facilidad inmediata.

El doctor Octave Méricourt parecía exactamente el hombre que su nombre prometía.

Delgado, alto, de cabello completamente blanco pese a no superar probablemente los cincuenta y cinco años, llevaba gafas redondas y una bufanda de seda demasiado elegante para la montaña.

Había examinado a Delacroix durante la presentación con una atención clínica que este decidió tolerar durante seis segundos.

—Tiene usted la mano fría —dijo Octave después de estrechársela.

—Estamos en Saboya.

—No. Más de lo normal.

—Doctor.

—Sí.

—No empiece.

Octave sonrió.

—Édouard exageraba. Es usted más amable de lo que decía.

—No le creo.

Mireille Ségur llegó desde la estación interior con un empleado detrás cargando una caja de madera.

Era una mujer de unos cuarenta y pocos años, pequeña, de cabello negro cortado a la altura de la barbilla y ojos enormemente oscuros que parecían evaluar todos los objetos en términos de utilidad escénica.

Vestía pantalones de viaje bajo un abrigo largo, elección que Amaury había observado ya con desaprobación suficiente para que ella pareciera disfrutarla.

—No toque esa caja —dijo a Veyrac antes incluso de saludar.

—No iba a tocarla.

—Mientes fatal.

—Delacroix, Mireille Ségur.

—La mujer que provoca renuncias laborales con cadáveres de cera.

Mireille miró a Veyrac.

—¿Le has contado eso?

—Era una historia excelente.

—La criada era una histérica.

—Encontró un hombre decapitado en una bañera.

—De cera.

—No se lo dijiste.

—Arruinaba el efecto.

Delacroix inclinó ligeramente la cabeza.

—Empiezo a entender el Círculo.

Thérèse Belloc apareció detrás de Mireille con la serenidad de alguien que no necesitaba hacerse notar para controlar perfectamente una habitación.

Tendría alrededor de cincuenta años, cabello rubio oscuro recogido bajo un sombrero sencillo, rostro ancho y una mirada azul que al posarse en Delacroix no mostró ni curiosidad ni admiración, cosa que él agradeció de inmediato.

Llevaba un abrigo de piel sin ostentación visible, aunque probablemente costara más que el automóvil que los había llevado hasta allí.

—Monsieur Delacroix.

—Madame Belloc.

—Édouard lleva diez años amenazando con invitarlo.

Delacroix miró a Veyrac.

—Diez.

—No encontraba la ocasión.

—Podrías haber seguido buscando.

Thérèse sonrió.

Hélène se reunió con el grupo junto a la entrada y, durante unos minutos, las presentaciones, comentarios y reclamaciones sobre equipaje llenaron la pequeña estación de una energía extraordinariamente civilizada.

Había abrazos entre antiguos amigos, reproches sobre ausencias, preguntas familiares, bromas privadas que Delacroix no comprendía y que nadie tuvo la crueldad de explicarle.

Veyrac se movía entre ellos con una satisfacción casi paternal, comprobando valijas, relojes y personas como si hubiera conseguido reunir piezas muy específicas de una colección.

Delacroix los observó.

No parecían sospechosos.

Pensó aquello y estuvo a punto de reírse de sí mismo.

Naturalmente no parecían sospechosos. No había crimen.

Era precisamente la clase de deformación profesional que Édouard pretendía obligarlo a abandonar durante tres días.

La campana de la estación sonó.

Rémi Colas apareció desde una puerta lateral.

Era un hombre de unos treinta y cinco años, ancho de hombros, cabello castaño muy corto y rostro curtido por frío y viento.

Vestía uniforme oscuro de trabajo, no el uniforme ceremonial de un empleado hotelero, y llevaba una llave inglesa dentro del cinturón con naturalidad suficiente para demostrar que, a diferencia de Géraud, probablemente sabía utilizarla.

—Señores, señoras. Si subimos ahora llegaremos antes de que cambie el tiempo.

Delacroix miró hacia los ventanales.

El cielo estaba claro.

—¿Va a cambiar?

Rémi se encogió de hombros.

—En montaña siempre cambia.

—Respuesta prudente —dijo Delacroix.

—Respuesta de quien vive aquí.

Las puertas del funicular se abrieron.

La cabina era más grande de lo que Delacroix había imaginado, con bancos de madera pulida, ventanas amplias y herrajes de latón que conservaban una elegancia ligeramente antigua.

El equipaje fue colocado en un compartimento posterior.

Rémi comprobó dos veces las puertas, intercambió señales con un operario de la estación y accionó el mecanismo.

La cabina se puso en movimiento con una sacudida casi imperceptible.

Saint-Lysandre empezó a bajar.

No ellos.

El pueblo.

Esa fue al menos la impresión física que tuvo Delacroix.

La cabina subía por una pendiente tan pronunciada que, al mirar por la ventana, las casas parecían hundirse lentamente bajo sus pies mientras la vía se estiraba hacia abajo como una cicatriz negra sobre la nieve.

Los primeros minutos transcurrieron entre árboles.

Pinos cargados de blanco pasaban junto a los cristales, tan cerca que alguna rama parecía rozarlos. Después el bosque se abrió.

Y el mundo cambió.

Côme fue el primero en levantarse.

—Dios mío.

Hélène dejó de hablar.

Incluso Amaury se acercó al cristal.

Delacroix permaneció sentado unos segundos más, quizá por resistencia a compartir un entusiasmo colectivo, quizá porque había aprendido que las vistas espectaculares no desaparecían cuando uno tardaba diez segundos en mirarlas. Finalmente se levantó.

Abajo, el valle entero se había abierto bajo ellos.

Saint-Lysandre era ya una miniatura. La carretera se había convertido en una línea gris entre árboles blancos.

Más lejos, las montañas se sucedían unas detrás de otras, azules, grises y blancas bajo un cielo tan limpio que la distancia parecía un concepto inventado para otras regiones.

—Treinta y ocho minutos —dijo Veyrac.

Delacroix no apartó la mirada.

—Por una vez, cállate.

Édouard sonrió.

El funicular continuó ascendiendo.

Atravesaron un túnel corto excavado en la roca. Durante unos segundos el exterior desapareció y solo quedó el ruido grave de las ruedas, el cable y las vibraciones metálicas propagándose por la estructura. Al salir, la pendiente era todavía mayor.

Rémi permanecía junto al panel delantero.

Géraud se acercó.

—¿Contrapesado?

—Dos cabinas —respondió Rémi—. La otra baja cuando esta sube.

—¿Motor eléctrico?

—Desde la reforma del veinticinco. Hay respaldo auxiliar.

—¿Freno automático sobre carril?

Rémi lo miró.

—Sí.

Géraud sonrió.

—Bonito sistema.

—Funciona.

—Eso suele mejorar los sistemas.

Delacroix escuchó sin especial interés, aunque registró el intercambio.

No por intuición detectivesca. Simplemente porque Veyrac había mencionado treinta y ocho minutos tantas veces que ahora sabía por fin qué ocupaba esos treinta y ocho minutos: vistas espectaculares y hombres discutiendo sobre cables.

La otra cabina apareció a mitad del recorrido. Descendía vacía salvo por dos empleados. Ambas redujeron ligeramente la velocidad al cruzarse. Los hombres saludaron a Rémi. Côme saludó también, aunque nadie lo conocía. Mireille se burló de él.

—¿Saludas a todos los trenes que pasan?

—La cortesía no cuesta nada.

—Por eso sospecho de ella.

Después llegó la parte expuesta.

Los árboles desaparecieron casi por completo y la vía ascendió pegada a una pared de roca. A la izquierda había montaña. A la derecha, aire.

Thérèse dejó de mirar por la ventana.

Amaury también, aunque fingió interesarse por el revestimiento interior.

Hélène observó a ambos y sonrió.

—Qué bonito es descubrir los límites de la dignidad.

—No tengo vértigo —dijo Amaury.

—Naturalmente.

—Solo considero innecesario mirar hacia abajo.

—Esa es una excelente definición del vértigo.

Delacroix estaba mirando hacia abajo.

No le gustaba especialmente la altura, pero le gustaba todavía menos que una altura supiera que no le gustaba. Permaneció junto al cristal con las manos detrás de la espalda mientras el valle se hacía cada vez más remoto.

Veyrac se colocó a su lado.

—Vale la pena, ¿verdad?

—Todavía no hemos comido.

—Eres un bárbaro.

—Soy práctico.

—El hotel está ahí arriba.

Veyrac señaló.

Delacroix siguió su dedo.

Al principio solo vio roca y nieve. Después una línea horizontal apareció sobre la pendiente. Un muro. Un tejado. Otro.

Y finalmente el Grand Hôtel des Cimes salió de la montaña.

No parecía construido encima de ella.

Parecía haber sido colocado allí por alguien que no hubiera aceptado objeciones geográficas.