Capítulo 2 — El Grand Hôtel des Cimes
El tren salió de París a las nueve y doce con una puntualidad que Édouard Veyrac recibió como un triunfo personal.
—Te dije nueve y doce.
—También me dijiste que llevara ropa de abrigo.
—¿Y la llevas?
—No voy desnudo, Édouard.
—Eso no responde a la pregunta.
—Responde a varias que no has hecho.
Veyrac acomodó su periódico sobre las rodillas y miró con visible satisfacción la maleta de Delacroix, que cabía perfectamente bajo el asiento sin necesidad de negociar con ningún empleado ferroviario.
Él, en cambio, viajaba con dos valijas, una cartera de cuero, una caja alargada que se había negado a explicar y un abrigo cuya capacidad para ocupar espacio parecía haber sido calculada por un ingeniero militar.
Delacroix observó el equipaje.
—¿Cuánto dura el fin de semana?
—Hasta el lunes.
—Entonces supongo que una de tus maletas contiene otra persona.
—Material del juego.
—Eso no mejora mi hipótesis.
Compartían un compartimento de primera clase con Hélène Darcourt y Côme Valençay, circunstancia que Veyrac había anunciado en el andén con la satisfacción de quien había conseguido situar dos sustancias inflamables dentro del mismo recipiente y esperaba obtener algo más elegante que una explosión.
Hélène ocupaba el asiento junto a la ventana.
Vestía un traje oscuro bajo un abrigo de lana color verde botella, llevaba el cabello castaño recogido hacia atrás con una sencillez que parecía demasiado deliberada para ser descuido y sostenía entre los dedos un cigarrillo que todavía no había encendido porque el revisor acababa de pasar por el corredor.
Delacroix la había reconocido antes de que Veyrac hiciera las presentaciones.
Las fotografías de las solapas de sus libros le hacían menos justicia que la realidad, aunque no por una cuestión de belleza.
En persona tenía algo que las fotografías perdían: una atención inmediata, casi física.
Cuando alguien hablaba, Hélène no se limitaba a escucharlo.
Parecía revisar simultáneamente la frase, a quien la pronunciaba y el motivo que podía haber tenido para elegir precisamente esas palabras.
Côme Valençay, sentado frente a ella, era bastante más joven que el resto, quizá treinta años, delgado, de cabello oscuro peinado hacia atrás y bigote estrecho que todavía parecía estar negociando con su rostro si pretendía quedarse.
Tenía una libreta sobre las rodillas, una pluma en el bolsillo y la expresión peligrosamente entusiasta de los periodistas que todavía creían que todas las personas interesantes deseaban ser preguntadas.
—No esperaba que viniera —dijo Hélène a Delacroix después de que el tren abandonara la estación.
—Yo tampoco.
—Édouard aseguraba que aceptaría.
—Édouard confunde insistencia con clarividencia.
—Funciona bastante.
—También funciona empujar gente por las escaleras. No por eso lo llamamos persuasión.
Veyrac bajó el periódico.
—Llevamos nueve minutos.
—¿Y?
—Solo estoy calculando cuánto tardaréis en cansaros el uno del otro.
Hélène sonrió.
—Yo he leído sobre el señor Delacroix durante años. Estoy preparada.
—Eso suele ser una desventaja —dijo Delacroix.
—También he leído declaraciones suyas.
—Eso es peor.
—Y alguna entrevista.
—Mis condolencias.
Côme intervino con demasiada rapidez.
—Yo tengo varias preguntas que me gustaría hacerle.
Delacroix lo miró.
—Ese es precisamente el tipo de frase que hace que los hombres de su profesión sean expulsados de buenos restaurantes.
Côme sonrió, nada ofendido.
—Veyrac me advirtió.
—¿De qué?
—De que intentaría intimidarme.
—Entonces no lo estoy haciendo bien.
—También dijo que usted fingiría no disfrutar de que le pregunten cosas.
Delacroix volvió lentamente la cabeza hacia Veyrac.
—Has hablado demasiado de mí.
—Ha sido una semana larga.
—Todavía puedes bajarte.
—El tren está en marcha.
—Estoy dispuesto a improvisar.
Hélène soltó una risa breve. No era una risa social. Eso le gustó a Delacroix más de lo que habría querido admitir. Había conocido demasiadas personas que reían para informar al mundo de que habían comprendido una broma; Hélène parecía reír únicamente cuando algo le resultaba realmente divertido.
El paisaje comenzó a transformarse después de las primeras horas.
París desapareció primero en suburbios, los suburbios en campos endurecidos por el invierno y los campos en una extensión cada vez más blanca, interrumpida por pueblos pequeños, campanarios, árboles desnudos y carreteras que parecían dibujadas sobre la nieve con una regla gris.
Côme acabó guardando la libreta después de que Delacroix le preguntara si tomaba notas incluso durante los entierros.
Hélène consiguió encender finalmente su cigarrillo cuando el revisor dejó de circular y Veyrac desplegó sobre la mesa un folleto del Grand Hôtel des Cimes con la solemnidad de un hombre que presentaba una propiedad heredada.
La portada mostraba un edificio enorme sobre una terraza rocosa, con una sucesión de galerías y tejados oscuros contra un fondo de montañas blancas.
Había algo deliberadamente improbable en aquella construcción, como si alguien hubiera decidido que el lujo resultaba más convincente cuanto más incómodo fuera el lugar elegido para levantarlo.
—Ahí pasaremos tres noches —dijo Veyrac.
Côme tomó el folleto.
—Parece un sanatorio.
—Eso dije yo.
—No es un sanatorio —protestó Édouard.
Hélène exhaló humo hacia la ventanilla.
—Todos los grandes hoteles de montaña parecen lugares donde una familia rica podría recuperarse de una enfermedad que no desea mencionar.
—Tiene ciento veinte habitaciones —dijo Veyrac.
—Eso son demasiadas para once personas —observó Delacroix.
—Precisamente.
—¿Precisamente qué?
—Privacidad.
—La privacidad no necesita ciento nueve habitaciones vacías.
—La atmósfera sí.
Delacroix lo miró.
—Estás organizando un asesinato ficticio dentro de un hotel vacío en una montaña.
—Sí.
—Y has reservado ciento veinte habitaciones.
—Sí.
—Después escribiste en mi invitación que los muertos serían estrictamente ficticios.
Veyrac dobló el folleto.
—Empiezo a arrepentirme de esa frase.
—Yo llevo una semana disfrutándola.
El almuerzo llegó poco después, servido en bandejas demasiado pequeñas para justificar la solemnidad con que el empleado las colocó delante de ellos. Hélène pidió vino. Veyrac aceptó. Côme también. Delacroix eligió agua, decisión que provocó en Édouard una mirada preocupada.
—¿Te encuentras bien?
—Perfectamente.
—Es la primera vez que te veo rechazar vino durante un viaje.
—Quiero conservar la capacidad de juzgar vuestro juego con crueldad completa.
—Para eso no necesitas ayuda.
—Entonces imagina lo innecesario que sería el vino.
Durante el resto del trayecto hablaron poco del misterio que los esperaba.
Veyrac se negó a responder preguntas concretas, alegando que cualquier detalle podía contaminar la partida.
Hélène intentó sonsacarle información por caminos más inteligentes, lo que Delacroix observó con cierto interés.
Preguntó por la duración estimada de cada fase, por el número de espacios utilizados y por qué habían necesitado a Mireille durante dos días completos de preparación.
Veyrac contestó únicamente generalidades.
Côme probó con preguntas directas y fracasó más deprisa. Delacroix no preguntó nada.
Aquello inquietó a Veyrac.
—¿No quieres saber?
—Sí.
—Entonces pregunta.
—No.
—¿Por qué?
—Porque te divierte demasiado que preguntemos.
Hélène giró la cabeza hacia Delacroix.
—Eso ha sido mezquino.
—Ha funcionado.
Veyrac volvió al periódico.
—Os odio.
—Todavía no —dijo Hélène—. Espera al domingo.
Por primera vez desde que habían salido de París, la sonrisa de Édouard se demoró apenas en aparecer.
Delacroix lo vio.
No dijo nada.
La estación del valle era pequeña, limpia y excesivamente pintoresca, con un tejado inclinado cubierto por veinte centímetros de nieve y macetas vacías junto a una fachada donde un cartel anunciaba SAINT-LYSANDRE en letras azules.
El aire golpeó a Delacroix apenas puso un pie en el andén.
No era el frío húmedo de París ni esa incomodidad urbana que se mete por los puños y obliga a acelerar el paso.
Era un frío abierto, limpio, mineral, que parecía haber bajado directamente de las montañas para comprobar quién había tenido la mala idea de llegar sin guantes.
—¿Ropa de abrigo? —preguntó Veyrac a su espalda.
Delacroix se puso los guantes.
—Disfruta este momento. No se repetirá.
Côme respiró profundamente.
—Esto es magnífico.
—Es aire —dijo Hélène.
—Pero diferente.
—El entusiasmo es una forma muy hermosa de falta de experiencia.
Côme la miró.
—Usted también está aquí.
—Yo he venido por el crimen.
—Ficticio —recordó Veyrac.
Hélène sonrió.
—Eso dices tú.
Un automóvil del hotel los esperaba fuera.
El conductor cargó las maletas mientras Veyrac discutía con él sobre una caja frágil que debía mantenerse en posición horizontal.
Delacroix observó el pueblo. Saint-Lysandre se extendía sobre la ladera inferior como una pequeña colección de tejados oscuros rodeados por nieve.
Había una iglesia, varios comercios, un hotel menor junto a la estación y una carretera que serpenteaba hacia bosques de coníferas.
Más arriba, las montañas cerraban el horizonte con una proximidad que desde París habría parecido teatral.
Allí no. Allí parecían simplemente ocupar el lugar que les correspondía y considerar provisional todo lo demás.
—¿Dónde está el hotel? —preguntó Delacroix.
Côme señaló hacia arriba.
—Creo que allí.
Delacroix siguió la dirección.
No vio nada.
—Muy útil.
—Detrás de esa pared.
—Eso sigue siendo una montaña.
—Exactamente.
El automóvil los llevó durante diez minutos por una carretera ascendente hasta una construcción de piedra y madera con grandes ventanales: la estación inferior del funicular. Allí encontraron al resto del grupo.