Capítulo 1 — La invitación de medianoche #3
Los muertos serán estrictamente ficticios.
La leyó una vez más.
—Viernes veinticuatro.
—El tren sale a las nueve y doce. Nos encontramos en la Gare de Lyon.
—¿Quién ha dicho que iría contigo?
—Tu equipaje será pequeño. Siempre lo es.
—Édouard.
—Nueve y doce.
—Podría cambiar de opinión.
—Entonces te buscaré aquí.
—Eso podría considerarse allanamiento.
—Tienes que cambiar la cerradura. Sigue atascándose.
Delacroix lo miró durante un largo segundo.
—Odio que tengas razón en asuntos domésticos.
—Es una habilidad reciente.
Se estrecharon las manos sin solemnidad. Veyrac recuperó el abrigo y el sombrero. Antes de salir se detuvo junto a la puerta, como si acabara de recordar algo.
—Una cosa más.
—Eso nunca mejora una visita.
—No investigues antes.
Delacroix lo observó.
—¿Investigar qué?
—A los asistentes. Al Círculo. Al hotel. Nada.
—No tenía intención.
—Bien.
—Ahora la tengo.
Veyrac cerró los ojos.
—Armand.
—Has venido a casa de un detective a pedirle que no averigüe algo.
—No eres detective durante este fin de semana.
—Qué alivio. ¿Qué soy?
Édouard pensó unos segundos.
—Invitado.
—Eso sí que me parece un papel difícil.
Veyrac sonrió y abrió la puerta.
—Viernes.
—Viernes.
—Y lleva ropa de abrigo.
—Está escrito.
—No siempre obedeces lo escrito.
—Depende de quién lo escriba.
Por alguna razón, aquella respuesta borró la sonrisa de Édouard durante un instante.
Fue muy poco.
Quizá nada.
Después volvió a sonreír, se colocó el sombrero y salió al rellano.
Delacroix cerró la puerta.
Permaneció unos segundos de pie en el recibidor, escuchando los pasos de Veyrac bajar por la escalera.
Había aprendido hacía años que las despedidas revelaban cosas que las conversaciones escondían: la velocidad de unos pasos, una pausa frente al ascensor, una tos innecesaria, el alivio con que alguien abandonaba una habitación. Édouard bajó deprisa. Sin vacilar.
Delacroix regresó al salón.
La casa parecía más silenciosa ahora.
Sobre la mesa quedaban los dos vasos, la botella y el sobre negro abierto.
Cogió la invitación de nuevo y se sentó junto a la ventana.
Afuera, las primeras luces se encendían en los edificios de enfrente.
Una mujer sacudía una alfombra desde un balcón.
Un niño arrastraba un trineo diminuto por una acera que apenas tenía nieve suficiente.
Un hombre discutía con un taxista. París continuaba ocupándose de sus pequeñas urgencias con una eficacia que Delacroix siempre había considerado tranquilizadora.
Grand Hôtel des Cimes.
Dos mil doscientos metros.
Un funicular.
Nueve personas jugando a resolver un asesinato.
No. Diez, contando a Delacroix.
Aunque él no jugaría.
Sonrió al darse cuenta de que ya estaba construyendo mentalmente el escenario.
Un escritor muerto.
Un manuscrito.
Una última página.
Pensó en Hélène Darcourt y en la novela sin relojes que, según él, tenía demasiados.
Pensó en Amaury Delatour discutiendo probablemente hasta con las pistas, en un ingeniero dispuesto a desmontar cada mecanismo y en una escenógrafa capaz de fabricar cadáveres que espantaban al servicio.
Por primera vez en bastante tiempo, la perspectiva de un viaje no le produjo cansancio anticipado.
Quizá Édouard tuviera razón.
Quizá necesitaba algo que no importara.
Dejó la invitación sobre la mesa y encendió por fin la chimenea. La llama tardó en prender, mordió primero una esquina del papel de periódico, después las astillas y finalmente la madera. El calor comenzó a extenderse lentamente por el salón.
Delacroix volvió a coger la novela inglesa que había abandonado antes.
Leyó dos páginas.
No entendió ninguna.
Cerró el libro.
La frase de Veyrac seguía allí, molestándolo con una precisión pequeña.
Y alguien que ya no puede quejarse.
Podía ser cualquier cosa.
Una referencia literaria.
Una broma privada.
Un antiguo miembro del Círculo.
Uno de esos artificios que los aficionados al misterio utilizaban para fingir que la muerte tenía mejor sentido del humor que los vivos.
Delacroix se dijo que no investigaría.
Después se levantó, fue hasta el escritorio y abrió el cajón donde guardaba una pequeña libreta de direcciones, porque la curiosidad, como los malos hábitos y algunos amigos, tenía la indecencia de presentarse siempre como si acabara de llegar por casualidad.
Buscó la letra V.
Veyrac, Édouard.
Debajo había una dirección antigua del Cercle de Minuit.
Delacroix apoyó la punta del lápiz sobre el papel.
Se quedó así unos segundos.
Después cerró la libreta.
—No —murmuró.
El fuego crujió detrás de él.
Aquello sí consiguió hacerle sonreír.
Regresó al sillón, terminó el coñac y decidió que, por una vez, respetaría las reglas antes de que existieran.
El viernes subiría a la montaña.
Comería demasiado.
Dormiría bien.
Dejaría que ocho personas adultas jugaran a matarse entre ellas.
Y, con un poco de suerte, el lunes regresaría a París habiendo pasado cuatro días en compañía de un cadáver que no necesitara autopsia.
La posibilidad le pareció tan agradable que debería haberle resultado sospechosa.