Capítulo 1 — La invitación de medianoche #2
Debajo había una frase añadida con tinta distinta, quizá escrita después:
«Los muertos serán estrictamente ficticios.»
Delacroix levantó la vista.
—Esto último parece una provocación innecesaria.
—Una garantía.
—Las garantías escritas por aficionados al asesinato suelen tranquilizar poco.
Veyrac soltó una carcajada y por unos segundos recuperó su ligereza habitual.
—Te gustará la gente.
—Conozco a algunos.
—No a todos bien.
—Eso suele ayudar.
—Hélène Darcourt viene.
Delacroix apoyó la tarjeta sobre la rodilla.
—¿La novelista?
—La misma.
—Leí La casa sin relojes.
—¿Y?
—Tenía demasiados relojes.
—No tenía ninguno.
—Exactamente.
Veyrac rió.
—Se lo diré.
—Entonces definitivamente no voy.
—Hélène lleva años queriendo conocerte.
—Las personas que llevan años queriendo conocerme suelen haber leído demasiados periódicos o necesitan una coartada.
—Dice que los detectives reales hacen trampas.
—¿Qué clase de trampas?
—Pueden preguntar.
—Qué escándalo.
—Según ella, el novelista tiene que construir una solución que pueda descubrirse sin interrogar al autor.
—Según yo, el novelista puede volver atrás treinta páginas y colocar un cenicero donde olvidó ponerlo.
—Díselo tú.
Delacroix miró otra vez la invitación.
—¿Quién más?
Veyrac empezó a enumerarlos con cierta satisfacción.
Amaury Delatour, abogado criminalista, miembro del Círculo desde sus primeros años; hombre meticuloso, magníficamente vestido y con esa convicción jurídica de que una conversación no terminaba hasta que él había pronunciado la conclusión.
Géraud Vannier, ingeniero, especialista en maquinaria industrial, amante de los mecanismos imposibles y de explicar por qué en realidad no eran imposibles durante aproximadamente el doble del tiempo necesario.
El doctor Octave Méricourt, médico, uno de los fundadores, conocido por diagnosticar enfermedades en desconocidos desde el otro lado de una mesa y por considerar que aquello constituía cortesía.
Mireille Ségur, escenógrafa teatral, responsable habitual de los efectos, disfraces, objetos falsos y trucos materiales de los juegos.
Thérèse Belloc, marchante de arte, coleccionista y, según Veyrac, la única persona que podía detectar una falsificación en un cuadro pero jamás en un hombre.
Côme Valençay, periodista, el miembro más reciente, demasiado joven para haber aprendido que una pregunta inteligente no debía formularse necesariamente en voz alta.
Y Hélène Darcourt.
Veyrac volvió a mencionar su nombre al final como si supiera que Delacroix lo había registrado especialmente.
—Nueve miembros —dijo Delacroix.
—Ocho conmigo.
—Has dicho nueve nombres.
—Porque estás contando mal.
Delacroix repasó mentalmente.
Édouard, Hélène, Amaury, Géraud, Octave, Mireille, Thérèse, Côme.
Ocho.
—Tienes razón.
—Quiero conservar este momento.
—No abuses. Podría ser el último.
Veyrac sonrió.
Algo en aquella frase hizo que el silencio posterior durase un segundo más de lo necesario.
Delacroix lo notó.
Édouard también.
Ninguno dijo nada.
Fuera, una rueda pasó sobre la nieve endurecida de la calle y produjo un crujido áspero.
El ruido llegó amortiguado a través de los cristales.
París seguía allí, gris, fría, ordinaria, llena de personas preocupadas por comprar carbón, llegar a tiempo a una estación o decidir qué cocinarían esa noche.
Delacroix miró la tarjeta de nuevo. Grand Hôtel des Cimes. Saint-Lysandre. La última página.
—¿Y tú preparaste todo? —preguntó.
—La estructura.
—¿Mireille los mecanismos?
—Algunos.
—¿Hélène?
Veyrac levantó la mirada.
—¿Qué pasa con Hélène?
—Has dicho que el juego iba a ser distinto. Quiero saber cuántas personas saben la solución.
—Solo yo.
La respuesta llegó inmediatamente.
Demasiado inmediatamente.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Eso ha sonado ensayado.
—Porque sabía que lo preguntarías.
—Eso también ha sonado ensayado.
—Vivir contigo debe de ser agotador.
—Por eso vivo solo.
Veyrac se levantó y fue hasta la ventana. Apartó ligeramente la cortina. Al otro lado, el cielo empezaba a oscurecer sobre los tejados de París. Una capa fina de hielo se había formado en la esquina inferior del cristal.
—La solución es mía —dijo—. Mireille conoce partes técnicas. Los demás, nada.
—¿Y el argumento?
—Un escritor muerto.
—Prometedor.
—Un manuscrito desaparecido.
—Menos prometedor.
—Varias personas con motivos para mentir.
—Eso describe cualquier editorial.
—Y una última página que nadie puede encontrar.
Delacroix lo miró.
—No parece especialmente distinto.
—No conoces la historia.
—Para eso existen las invitaciones.
Veyrac dejó caer la cortina.
—No te contaré más.
—Entonces no deberías haber empezado.
—Precisamente por eso he empezado.
Delacroix conocía aquel placer. Édouard disfrutaba preparando expectativas casi tanto como resolviendo problemas.
Sin embargo, había algo nuevamente desajustado en él.
El entusiasmo estaba presente, sí, pero trabajado.
Como si la alegría fuese un traje que conocía bien y esa tarde le quedara ligeramente estrecho.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Delacroix.
Veyrac se volvió.
—¿Con qué?
—Con el Círculo.
—Nada.
—Entonces la pregunta te habría parecido absurda.
Édouard permaneció unos segundos inmóvil. Después volvió al sillón y se sentó más despacio que antes.
—Cada reunión tiene sus recuerdos.
—Eso no significa nada.
—Significa exactamente lo que he dicho.
—Lo cual suele ser el refugio favorito de quien no quiere decir lo demás.
Veyrac hizo girar el coñac dentro del vaso.
—Hay personas que estarán allí que no se ven desde hace tiempo.
—Eso ocurre en los reencuentros.
—Y asuntos que quizá aparezcan.
—Eso ocurre en los asesinatos.
—El ficticio, Armand.
—Naturalmente.
Veyrac bebió.
Delacroix dejó que pasaran unos segundos.
—¿Quién diseñó realmente el juego?
Édouard lo miró.
La pregunta había salido casi por instinto.
No había ninguna razón concreta para formularla de aquella manera.
Solo la pequeña incomodidad que Delacroix había aprendido a respetar con los años: una palabra demasiado medida, una pausa en el lugar equivocado, una explicación que parecía completa hasta que uno intentaba apoyarse sobre ella.
Veyrac sonrió entonces.
No era una sonrisa especialmente alegre.
—Yo.
Delacroix esperó.
Édouard añadió:
—Y alguien que ya no puede quejarse.
La frase quedó flotando entre ellos.
Delacroix frunció levemente el ceño.
—Eso sí suena pretencioso.
—Te lo dije. Es un juego.
—Los juegos suelen mejorar cuando las reglas están claras.
—Las reglas estarán claras el viernes.
—¿Quién es ese alguien?
—Si vienes, quizá lo descubras.
—Acabas de empeorar notablemente tus posibilidades de convencerme.
—No lo creo.
—Tu confianza me parece ofensiva.
—Tu curiosidad es predecible.
Delacroix apoyó las manos sobre los brazos del sillón.
—La curiosidad ha matado a muchos gatos.
—Tú no tienes gato.
—Precisamente.
Durante unos segundos, los dos hombres se miraron con la familiaridad de quienes habían discutido demasiadas veces para conceder verdadero dramatismo a una conversación.
Después Veyrac empezó a reír y Delacroix terminó acompañándolo, aunque menos por la broma que por el reconocimiento de que, en efecto, aquella pequeña frase había conseguido lo que la descripción del hotel, el coñac y Hélène Darcourt no habían logrado.
Ahora quería saber.
Lo irritó profundamente.
—Supongamos —dijo— que cometiera la imprudencia de aceptar. ¿Qué esperas exactamente de mí?
—Que estés allí.
—Ya hemos pasado por eso.
—Que juegues si te apetece. Que observes. Que comas bien. Que descanses.
Delacroix levantó una ceja.
—Has utilizado la palabra descansar hablando conmigo. Eso suele preceder a una tragedia.
—No habrá tragedia.
—También lo has puesto por escrito.
—Los muertos serán ficticios.
—Sí. Esa frase sigue sin tranquilizarme.
Veyrac dejó el vaso vacío.
—Armand, llevas meses saltando de un asunto a otro. Te vendrá bien algo que no importe.
Aquello consiguió algo que las demás frases no habían conseguido: Delacroix apartó la vista.
No porque Édouard tuviera razón exactamente, sino porque se acercaba lo suficiente para resultar molesto.
Los últimos meses habían acumulado investigaciones, trenes, hoteles, pueblos, interrogatorios, habitaciones ajenas y cadáveres con una regularidad que empezaba a parecer una forma de profesión, cosa que Delacroix se negaba todavía a admitir del todo.
Había días en que la casa de París le resultaba demasiado silenciosa después de semanas escuchando mentiras, y otros en que la primera llamada telefónica de la mañana parecía ya una invasión.
Descansar era una palabra que aceptaba en teoría y practicaba mal.
Un hotel de montaña.
Libros.
Buena comida.
Un crimen que no fuera un crimen.
Personas inteligentes compitiendo por descubrir algo que nadie había sufrido realmente.
La idea tenía un atractivo casi obsceno.
—¿Hay calefacción? —preguntó.
Veyrac sonrió.
—Excelente.
—No he aceptado.
—Hay calefacción central, chimeneas en los salones y agua caliente.
—¿Biblioteca?
—Dos plantas.
—Eso es sospechoso.
—Sala de billar.
—No juego.
—Por eso será divertido.
—¿Cuánto dura el ascenso?
—Treinta y ocho minutos.
—Demasiado preciso.
—Lo cronometré.
—Naturalmente.
Veyrac volvió a coger la botella.
—Entonces vienes.
Delacroix miró la cantidad de coñac que quedaba.
—Si vuelves a servirme antes de que responda, consideraré que esto es coacción.
Édouard dejó la botella.
—Entonces responde.
Delacroix cogió la invitación. La cartulina era gruesa, agradable al tacto. La frase final seguía allí, escrita con una tinta ligeramente distinta.