Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 1 — La invitación de medianoche
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Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46)

Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46)

Por Dorian Leblanc

© inepub.com

Capítulo 1 — La invitación de medianoche

Édouard Veyrac llegó a casa de Armand Delacroix un viernes por la tarde con una botella de coñac bajo el brazo, nieve derretida en los hombros del abrigo y la expresión satisfecha de un hombre que sabía perfectamente que estaba a punto de hacer perder el tiempo a otro y consideraba aquel detalle parte del regalo.

París llevaba dos días soportando un frío seco que había endurecido los bordes de las aceras, ensuciado de gris los montones de nieve junto a los bordillos y convencido a media ciudad de que caminar deprisa era una forma aceptable de calefacción.

Delacroix había pasado la mañana en casa, dedicado a una ocupación que defendía con creciente seriedad desde que había cumplido la edad suficiente para descubrir que la pereza, cuando se acompañaba de libros, podía presentarse como disciplina intelectual.

Había leído el periódico, rechazado una llamada de un antiguo cliente convencido de que su cuñado le robaba sellos, preparado café, olvidado beberlo y abierto después una novela policíaca inglesa que abandonó en la página sesenta y tres cuando el autor hizo que un inspector preguntara por tercera vez dónde había estado cada sospechoso entre las nueve y las diez, como si la puntualidad fuese una enfermedad exclusivamente británica.

Cuando llamaron a la puerta, Delacroix estaba intentando decidir si encender la chimenea o ponerse otra chaqueta. Optó por abrir, principalmente porque ambas alternativas exigían levantarse.

Veyrac entró sin esperar una invitación completa.

—Traigo coñac.

—Eso explica la botella. Aún no explica tu presencia.

—No seas mezquino, Armand. Hace seis meses que no nos vemos.

—Precisamente había empezado a apreciar la regularidad.

Édouard se quitó el sombrero y el abrigo con la familiaridad de quien conocía la casa desde antes de que su propietario hubiera aprendido a recibir visitas sin preguntarse qué delito las había llevado allí.

Era un hombre de cincuenta y tantos años, robusto, de barba cuidadosamente recortada y cabello gris que conservaba todavía una obstinada ondulación juvenil sobre las sienes.

Vestía bien sin parecer preocupado por ello, lo que Delacroix consideraba una forma bastante superior de elegancia, y tenía unos ojos claros acostumbrados a observar las habitaciones como si en alguna esquina pudiera estar esperando una idea aprovechable.

Durante años había trabajado como editor, empresario ocasional, coleccionista de rarezas y organizador profesional de actividades que otras personas razonables evitaban.

También había fundado, casi quince años atrás, una asociación llamada Le Cercle de Minuit, circunstancia que Delacroix utilizaba siempre que necesitaba recordarle que incluso un hombre inteligente podía cometer errores permanentes.

Veyrac dejó la botella sobre la mesa del salón y miró alrededor.

—Cada vez tienes menos cosas.

—Me estoy preparando para que los ladrones salgan decepcionados.

—Podrías empezar por vender esa lámpara.

—Podrías empezar por marcharte.

—Después del coñac.

—Naturalmente.

Delacroix sacó dos vasos. No porque tuviera especial intención de beber a las cuatro de la tarde, sino porque conocía a Veyrac lo bastante para saber que rechazar una copa no evitaba la conversación, solo la hacía más larga. Sirvió poco. Édouard protestó con la mirada.

—Eso es una muestra.

—Es una medida preventiva.

—¿Contra qué?

—Contra la posibilidad de que lo que has venido a pedirme parezca razonable después de la segunda copa.

Veyrac sonrió. Había algo ligeramente irritante en la manera en que disfrutaba cuando los demás adivinaban sus intenciones sin conseguir impedirlas.

—No he venido a pedirte trabajo.

—Peor.

—Tampoco dinero.

—Eso mejora mucho el panorama.

—He venido a invitarte a pasar un fin de semana en Saboya.

Delacroix dejó la botella sobre la mesa y lo miró.

—Retiro lo dicho sobre el dinero.

—Grand Hôtel des Cimes.

—No conozco ese hospital.

—Es un hotel.

—La diferencia depende mucho de la cocina.

Veyrac se acomodó en un sillón junto a la chimenea apagada, cruzó las piernas y sostuvo el vaso entre las manos sin beber.

Delacroix reconoció el gesto. Édouard estaba construyendo una escena.

Había conocido suficientes editores, abogados, policías y asesinos para saber que las personas que preparaban demasiado una frase rara vez podían resistirse a convertirla en espectáculo.

—Está en Saint-Lysandre —dijo Veyrac—. Dos mil doscientos metros.

Se llega en funicular desde el valle. Construido antes de la guerra, reformado hace unos años.

Maderas oscuras, salones enormes, biblioteca, sala de billar, terraza meteorológica, habitaciones que cuestan más que una mala decisión matrimonial y unas vistas que, según André Cottin, consiguen que hasta los acreedores parezcan pequeños.

—¿Quién es André Cottin?

—El director.

—Ya me cae mal.

—No lo conoces.

—Es director de un hotel que cuesta más que una mala decisión matrimonial. La estadística está de mi lado.

Veyrac bebió por fin.

—He reservado el establecimiento entero.

Delacroix dejó el vaso a medio camino de la boca.

—Eso suena menos a invitación y más a delito financiero.

—Solo durante tres noches.

—Ah.

—Viernes, sábado y domingo. Bajamos el lunes.

—Qué tranquilidad. Cuatro días de cautiverio en lugar de una bancarrota completa.

Veyrac se inclinó un poco hacia delante.

—Es el encuentro anual del Círculo.

Delacroix apoyó la espalda en la silla y cerró los ojos durante un instante.

—Por supuesto.

—No pongas esa cara.

—No sé qué cara pongo.

—La que pondrías si un niño te enseñara orgulloso un animal muerto.

—Dependería del animal.

Le Cercle de Minuit había nacido, según Veyrac, durante una cena posterior a la guerra, cuando ocho personas decidieron que la afición por las novelas criminales no resultaba suficientemente excéntrica y necesitaban convertirla en una institución.

Se reunían varias veces al año para discutir casos célebres, libros, errores judiciales, técnicas policiales y cualquier otra cosa que permitiera a personas acomodadas opinar durante horas sobre trabajos que no realizaban.

Pero una vez al año celebraban lo que denominaban «la partida»: un asesinato ficticio preparado por uno o dos miembros, con escenario, sospechosos, pruebas, documentos y una solución oculta que el resto debía descubrir.

Delacroix había escuchado durante años historias sobre aquellas reuniones.

Una vez Mireille Ségur había construido un cadáver tan convincente para un juego en Normandía que una criada abandonó el empleo antes de que nadie pudiera explicarle que estaba hecho de cera.

En otra ocasión Amaury Delatour había pasado siete horas defendiendo la imposibilidad jurídica de un asesinato que él mismo había inventado.

Y Édouard había conseguido que un empresario alsaciano confesara un adulterio real intentando demostrar que poseía coartada para un homicidio inexistente.

Delacroix encontraba el concepto simultáneamente ridículo y fascinante, combinación que consideraba responsable de la mayor parte de las instituciones humanas.

—No voy —dijo.

Veyrac levantó una ceja.

—Ni siquiera te he invitado todavía.

—Me gusta ganar tiempo.

—Este año eres nuestro invitado de honor.

—Qué frase tan desagradable.

—No tendrás personaje.

—Empieza a mejorar.

—Ni pistas asignadas.

—Sigue.

—Ni obligación de participar.

—Mucho mejor.

—Solo quiero que estés allí.

Delacroix lo estudió por encima del borde del vaso.

Había algo en la última frase que no pertenecía al resto.

No preocupación exactamente. Tampoco urgencia.

Édouard era hombre de entusiasmos aparatosos, pero cuando deseaba convencer a alguien solía añadir razones, ventajas, menús, anécdotas y detalles innecesarios hasta agotar la resistencia ajena.

Ahora había dicho solo quiero que estés allí y se había quedado quieto.

Delacroix bebió un sorbo.

—¿Por qué?

Veyrac se encogió de hombros.

—Porque sería divertido.

—Tú no has recorrido media ciudad bajo la nieve para decirme que algo será divertido. Tienes teléfono.

—No me gusta invitar por teléfono.

—Has cancelado cenas por teléfono.

—Eso es diferente. Cancelar algo es una actividad administrativa. Convencerte requiere presencia física.

—Y coñac.

—Sobre todo coñac.

Delacroix no respondió. Dejó que el silencio se instalara entre ambos con la comodidad de un tercer invitado.

Era una técnica que rara vez funcionaba con personas nerviosas y casi siempre con personas inteligentes: los primeros llenaban el hueco porque temían el silencio; los segundos porque comprendían que el silencio ya había formulado una pregunta.

Veyrac miró el fuego que todavía no existía.

—Este año preparo yo el juego.

—Eso también juega en contra.

—Con Mireille en algunas partes técnicas.

—Cada frase lo empeora de una manera nueva.

—Va a ser distinto.

—Todos los organizadores de catástrofes dicen eso.

Édouard sonrió, pero solo con la boca.

—Lo he llamado La última página.

Delacroix dejó de buscar ironías durante un segundo. El título le gustaba, circunstancia que prefirió no regalar.

—Pretencioso.

—Gracias.

—No era un elogio.

—Los mejores suelen empezar así.

Veyrac sacó del bolsillo interior de la chaqueta un sobre negro, pequeño, cerrado con lacre oscuro. Lo puso sobre la mesa entre ambos.

Delacroix lo observó.

—¿Qué es?

—Tu invitación.

—Ya estás aquí.

—Me gustan los documentos.

—Lo sé. Eres editor. Habéis convertido el papel en una enfermedad transmisible.

Veyrac empujó el sobre hacia él.

El lacre llevaba grabado un círculo atravesado por una línea vertical. Delacroix reconoció el emblema del Cercle de Minuit. Rompió el sello con el pulgar y extrajo una tarjeta de cartulina marfil.

La caligrafía era de Édouard.

«Armand Delacroix:

El Cercle de Minuit tiene el honor de invitarlo a su reunión de invierno en el Grand Hôtel des Cimes, Saint-Lysandre, Saboya, del viernes 24 al lunes 27 de enero de 1930.

Partida anual: LA ÚLTIMA PÁGINA.

No se requiere preparación previa.

Solo curiosidad.

Y ropa de abrigo.»