Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 24 — El último farol #2
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Capítulo 24 — El último farol #2

Anselmo sostuvo la mirada de la bailarina.

Luego abrió el bandoneón, muy poco, apenas lo suficiente para dejar escapar una nota baja, no una melodía completa.

No era tristeza. O no solo tristeza. Era algo más pequeño, menos cómodo para el público, más parecido a una vida que intenta no convertirse en leyenda.

—Eso puede hacerse —dijo.

Villalba apareció entonces en el borde del salón con su sombrero en la mano y la libreta apretada contra el pecho.

Montero le había permitido marcharse bajo advertencia de presentarse más tarde para ampliar declaración y entregar copias de sus notas.

El periodista, sin embargo, no parecía dispuesto a irse sin una frase final.

Delacroix lo vio acercarse y lamentó no disponer de una despensa a mano.

—Monsieur Delacroix —dijo Villalba—, comprenderá que esta historia no puede quedar sin escribirse.

—La historia ya ocurrió. Eso suele ser independiente de usted.

—Pero la forma importa.

—Justamente por eso convendría que no se apresurara.

Villalba miró el escenario, el espacio vacío de la fotografía, a Mora, a Matilde, a Anselmo. Por una vez, su vanidad encontró un límite cercano al pudor.

—No escribiré que Mora mató a Ramiro.

—Muy considerado de su parte no mentir sobre un asesinato.

—Tampoco escribiré todo lo de Elena.

Mora lo miró.

—¿Por piedad?

Villalba dudó. Aquella era una palabra que no parecía usar con frecuencia.

—Por precisión —dijo al fin—. Algunas cosas dejan de ser ciertas cuando se convierten en espectáculo.

Delacroix lo observó con más interés del que habría querido concederle. Tal vez el periodista había aprendido algo. Tal vez solo había encontrado una frase más elegante para su futura crónica. En cualquier caso, la frase era buena y, por una vez, no del todo falsa.

—Escríbalo corto —dijo Anselmo—. Así hace menos daño.

Villalba se inclinó con una seriedad casi respetuosa y se marchó.

Mercedes Acuña fue la última de los principales en acercarse a Delacroix.

Ya no tenía la carpeta en las manos. Eso la hacía parecer incompleta.

Había enviado a un mensajero al Teatro Esmeralda para informar la muerte de Ramiro y pedir que nadie emitiera comunicados antes de hablar con la policía.

La administración, incluso herida, seguía respirando.

—Mi hermano será recordado como víctima —dijo.

—Probablemente.

—No como lo que era.

—La memoria pública es una mala contable.

—Yo fui mejor. Y aun así no vi que pensaba quitarme también a mí.

No lo dijo con ternura. Tampoco con sorpresa. Lo dijo como quien reconoce una cláusula escondida después de haber firmado.

—Ramiro quitaba antes de irse —dijo Delacroix—. Tal vez era su manera de asegurarse de que lo siguieran mirando.

Mercedes miró el escenario.

—Lo seguirán mirando.

—Sí.

—Entonces ganó algo.

—No todo.

Ella volvió hacia Mora. La bailarina no la miró.

—¿Debería pedirle perdón?

Delacroix no respondió de inmediato.

—¿Quiere hacerlo por ella o por usted?

Mercedes soltó una risa débil.

—Qué pregunta desagradable.

—Las útiles suelen serlo.

Mercedes no pidió perdón. Al menos no allí. Se acercó a Mora, se detuvo a unos pasos y dijo apenas:

—No sabía que él iba a usar la hebilla.

Mora la miró.

—Pero sabía lo demás.

Mercedes asintió.

—Sí.

—Entonces empiece por ahí.

No hubo abrazo, ni reconciliación, ni escena generosa. Mercedes aceptó la frase y se marchó. Delacroix pensó que, en una ciudad aficionada a los gestos grandes, aquella pequeña aceptación valía más que muchas lágrimas públicas.

Horas después, cuando la policía terminó de retirar las pruebas principales y Violeta quedó formalmente detenida, Delacroix salió de El Último Farol.

La mañana de Buenos Aires ya estaba en movimiento.

Los vendedores abrían persianas, los cafés servían las primeras tazas, los cocheros hablaban con más conocimiento del caso del que podían justificar y los curiosos de la vereda miraban al detective extranjero como si esperaran reconocer en él la solución antes de que los diarios la imprimieran.

Delacroix se colocó el sombrero y respiró el aire húmedo.

No era aire limpio. Era aire de ciudad viva.

Después de una noche como aquella, eso bastaba.

Montero lo acompañó hasta la puerta.

—No le daré las gracias —dijo el comisario.

—Lo agradezco.

—Pero si no hubiera venido, habríamos arrestado a Mora antes del amanecer.

—Y si hubiera llegado antes, tal vez Ramiro estaría vivo.

Montero lo miró con seriedad.

—No se adjudique también los crímenes que no pudo impedir. Ya tenemos bastante con los que sí entendemos.

Delacroix aceptó el consejo con una inclinación leve.

—Cuide a Lucía —dijo.

—La cuidaremos como testigo.

—No es lo mismo.

—No. Pero es lo que la policía puede prometer sin mentir demasiado.

Se dieron la mano. Montero tenía la mano áspera, olor a humo y café. Delacroix lo respetó más por eso.