Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 24 — El último farol #3
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Capítulo 24 — El último farol #3

El camino de regreso al hotel le pareció más largo que la noche anterior.

Buenos Aires ya no era la ciudad que lo había recibido con amenaza y faroles, sino una ciudad que había mostrado una parte de su maquinaria íntima: el orgullo, la memoria, el espectáculo, la costumbre de convertir el dolor en relato antes de preguntarse quién lo había producido.

En un café de esquina, un hombre leía un diario del día anterior, todavía ignorante de que el nombre de Ramiro Acuña iba a invadir las conversaciones antes del mediodía.

En una ventana, una mujer sacudía un mantel.

En una calle lateral, un niño corría detrás de un perro.

La vida continuaba con esa indecencia que tantas veces ofende a quienes salen de una habitación donde hubo muerte.

Delacroix durmió poco. Al mediodía recibió un mensaje de Montero: Lucía Ferreyra había declarado.

Confirmaba lo esencial. Violeta le sugirió escribir la nota.

Ramiro la recibió con una sonrisa. Lucía no supo del veneno ni de la hebilla preparada.

Después, al ver a Ramiro manipular objetos con una excitación cruel y al comprender que la usaría como reemplazo y cuchillo, quiso irse.

Violeta la ayudó a esconderse en el cuarto sobre el patio hasta encontrar modo de salir.

Lucía dejó los zapatos porque, según declaró, no quería llevarse “nada que hubiera esperado por él”.

Esa frase no salvaría a Violeta, pero quizá salvaría a Lucía de una parte de la historia que otros escribirían por ella.

Por la tarde, antes de abandonar Buenos Aires, Delacroix volvió una última vez a El Último Farol.

No había público. Matilde estaba en el escenario con Anselmo y Mora.

No ensayaban. Conversaban. Eso, en aquel lugar, ya parecía una forma de reparación.

Sobre el piano había una caja cerrada. Delacroix supo sin preguntar que contenía la fotografía de Elena.

Matilde la enviaría a Violeta cuando la policía lo permitiera, o quizá cuando se atreviera a hacerlo sin convertir el gesto en absolución propia.

—Monsieur Delacroix —dijo Matilde—. ¿Volverá alguna vez a Buenos Aires?

Él miró el salón. Las sillas vacías, las lámparas apagadas, el escenario marcado, el rectángulo claro donde había estado la foto.

—Las ciudades que recuerdan demasiado suelen encontrar maneras de llamar otra vez.

—Eso no es una respuesta.

—Es lo más parecido que tengo.

Mora estaba junto al borde de la tarima. Llevaba zapatos sencillos, no de baile. Eso también era una declaración.

—¿Se va? —preguntó.

—Sí.

—Entonces se perderá la primera noche sin Ramiro.

—Me temo que esa noche les pertenece.

Anselmo abrió el bandoneón.

—Por fin una función con buen criterio de reparto.

Matilde no sonrió, pero sus ojos cambiaron apenas.

Mora tampoco sonrió. Sin embargo, cuando Anselmo tocó los primeros compases de una milonga vieja, mala para lucirse y buena para estar viva, ella no se movió al principio.

Escuchó. Luego apoyó un pie sobre la madera, como quien pregunta si el suelo está dispuesto a sostenerla sin exigirle tragedia a cambio.

Delacroix no se quedó a mirar si bailaba.

Algunas recuperaciones pierden verdad si tienen testigos.

Esa noche partió de Buenos Aires con una maleta más liviana y una fatiga más pesada. Durante el viaje, mientras la ciudad quedaba atrás, escribió unas líneas en su cuaderno:

Ramiro Acuña no murió por el tango, ni por amor, ni por celos, ni siquiera por venganza en estado puro.

Murió porque creyó que podía convertir a todas las mujeres de su vida en instrumentos de su propia importancia.

Violeta Cárdenas lo mató usando esa certeza.

Eso no fue justicia. Fue una imitación demasiado perfecta del daño que pretendía castigar.

Cerró el cuaderno. Afuera, la noche regresaba sin bandoneón.

Cuando por fin volvió a su casa, días después, encontró el vestíbulo en silencio, el correo acumulado y una fina capa de polvo sobre la mesa donde solían aguardarlo los asuntos desagradables.

Había cartas de conocidos, una invitación social que descartó sin abrir, dos facturas y un sobre de papel grueso, color marfil, con su nombre escrito en una caligrafía impecable.

Armand Delacroix lo observó durante unos segundos.

El sobre no olía a humo, ni a flores, ni a teatro viejo.

Eso, curiosamente, no lo tranquilizó.

Lo abrió con un cortapapeles. Dentro había una tarjeta elegante:

Club de Ajedrez Saint-Victor

Torneo privado de invierno

Se ruega la presencia de monsieur Armand Delacroix como invitado de honor.

Debajo, una línea manuscrita añadía:

Algunas partidas se pierden mucho antes del primer movimiento.

Delacroix dejó la tarjeta sobre la mesa.

Después de Buenos Aires, un club de ajedrez le pareció, por un instante, un refugio razonable.

Allí, al menos, la violencia estaba reglamentada, los ataques se anunciaban sobre un tablero y las únicas muertes previsibles eran las de algún peón adelantado con demasiada confianza por culpa de una estrategia mediocre.

Se quitó los guantes, miró otra vez la tarjeta y suspiró.

Todavía no lo sabía, pero acababa de aceptar su próxima partida.