Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 24 — El último farol
98%

Capítulo 24 — El último farol

El amanecer no entró en El Último Farol de una sola vez.

Primero apareció como una palidez tímida en los cristales altos, luego como una línea gris sobre las mesas, después como una claridad triste sobre el escenario donde la noche anterior Ramiro Acuña había convertido su última vanidad en caída.

La luz del día no mejoró nada. Al contrario, quitó al bar la misericordia del humo, la protección de las lámparas y el prestigio de las sombras.

Las paredes parecían más cansadas, las fotografías más viejas, los manteles más manchados, las sillas menos dignas.

El escenario, sin música, sin público y sin muerte visible, era apenas una tarima de madera reparada demasiadas veces.

Delacroix pensó que todos los teatros deberían verse alguna vez al amanecer, antes de que alguien volviera a mentirles con luces.

El público fue liberado poco a poco, después de tomar declaraciones, nombres, direcciones y promesas inútiles de discreción.

Nadie cumpliría del todo. Buenos Aires ya sabía que Ramiro Acuña había muerto en escena, que Mora Ledesma lo había sostenido, que una vestuarista había sido detenida, que hubo fuego, zapatos, una muchacha desaparecida y notas anónimas.

Para cuando los diarios imprimieran sus primeras versiones, la ciudad ya habría añadido lo que le faltaba: amor, celos, maldiciones, un fantasma, quizá una lágrima que nadie derramó.

Las ciudades no mienten por maldad, pensó Delacroix.

Mienten porque la verdad, desnuda, suele resultar menos cómoda para comentar durante el café.

Montero permanecía en el despacho con Sosa, ordenando las pruebas como si el orden material pudiera defenderse contra el desorden moral.

La punta metálica, la piedra falsa, el fragmento de hebilla quemada, el pañuelo de Ramiro, el zapato de Mora, el zapato de prueba, la caja de la palangana, el cuaderno de Violeta, la carta de Lucía, la nota del camerino y los papeles chamuscados formaban una constelación miserable sobre la mesa.

Sosa, con los ojos enrojecidos por el humo y el cansancio, había anunciado que necesitaba dormir antes de volver a pronunciar la palabra “compatible” sin convertirse en un peligro público.

Aun así, su conclusión preliminar era suficiente: una sustancia de acción rápida, aplicada sobre una punta fina, había entrado por la punción de la pierna de Ramiro.

El resto lo dirían los análisis cuando la noche ya hubiera sido transformada en expediente.

—No me gusta —dijo Montero.

Delacroix, que estaba junto a la ventana, no preguntó qué parte.

—La confesión ayuda —añadió el comisario—. Las pruebas ayudan. Pero sigue habiendo algo obsceno en que la mitad del crimen lo hiciera la víctima con sus propias manos.

—Eso es precisamente lo que lo vuelve verosímil.

—Preferiría que los muertos colaboraran menos.

—Muchos colaboran bastante antes de morir. La diferencia es que casi nunca tienen tanta vanidad como para dejar instrucciones sin saberlo.

Montero soltó una risa seca. Había envejecido durante la noche, pero no se había vuelto más torpe.

Delacroix apreciaba eso. El comisario había querido una respuesta clara, había soportado demasiadas respuestas parciales y, al final, había aceptado una verdad incómoda sin deformarla para que entrara mejor en un informe.

—Violeta dice que actuó sola —dijo Montero.

—En lo esencial, sí.

—¿Y en lo no esencial?

Delacroix miró la mesa.

—En lo no esencial participaron todos.

—Eso tampoco entra bien en un informe.

—Ponga que la acusada preparó el mecanismo, indujo a la víctima a completarlo, aprovechó la coreografía, la vanidad del bailarín y los movimientos habituales del teatro, y luego intentó destruir o reorganizar pruebas cuando la investigación avanzó hacia el papel real de Ramiro.

—Eso sí entra.

—Lamentablemente.

Montero cerró una carpeta. Luego miró hacia el salón, donde Mora estaba sentada junto al escenario, ya vestida con ropa sencilla que Matilde le había conseguido.

Sus pies seguían descalzos sobre el suelo, no por descuido sino por una negativa íntima a ponerse cualquier zapato antes de abandonar aquel lugar.

Violeta había sido trasladada a la comisaría al amanecer.

Antes de irse no pidió perdón a Mora. Tal vez porque el perdón, en ese momento, habría sonado como otra forma de exigirle algo.

—¿Cree que Mora declarará contra ella? —preguntó Montero.

—Dirá la verdad.

—Eso puede ser una manera de declarar contra alguien.

—También de no dejar que la usen otra vez.

Sosa, que envolvía las últimas muestras, levantó la vista.

—Si alguno de ustedes encuentra una forma de que la verdad no use a la gente, les recomiendo patentarla. Tendrá menos éxito que el veneno, pero más mérito.

Delacroix casi sonrió. Luego salió al salón.

Mora no lo miró de inmediato. Tenía los ojos fijos en la tarima.

Allí donde Ramiro había caído ya no quedaba marca visible.

La limpieza parcial, el tránsito de agentes y el amanecer habían reducido el lugar a madera.

Pero Delacroix sabía que Mora no veía madera.

Veía el peso del cuerpo, la mirada de Ramiro cuando entendió tarde, el instante en que todos la convirtieron en asesina antes de que él terminara de morir.

La inocencia oficial no borra esa clase de imágenes. Apenas les cambia el nombre.

—Lucía apareció —dijo Delacroix.

Mora levantó la cabeza.

—¿Dónde?

—En una pensión de Barracas, según uno de los agentes. Fue allí con una costurera que conocía de antes. Está viva. Asustada. Dice que Violeta le aconsejó irse y dejar los zapatos si no quería volver a la historia de Ramiro.

Mora cerró los ojos un instante.

—Al menos una entendió a tiempo.

—No estoy seguro de que entender a tiempo impida el daño.

—No. Pero ahorra el aplauso.

La frase era amarga y hermosa. Delacroix no la comentó.

—Lucía admite haber entregado la nota a Ramiro —continuó—. Dice que Violeta le sugirió el contenido, aunque algunas palabras las escribió ella. Creyó que era una prueba para mostrarle quién era él. No sabía del veneno.

Montero añadió también que Darío Ezcurra había sido localizado poco antes del mediodía.

El sobre que Villalba vio en manos de Lucía contenía condiciones preliminares del contrato con el Esmeralda, no instrucciones ni amenazas.

Como casi todo aquella noche, había parecido más culpable antes de ser leído.

—¿Le cree?

—Sí.

—¿Porque es joven?

—Porque tuvo miedo del modo correcto. Los culpables también tienen miedo, desde luego, pero el suyo miraba hacia Ramiro incluso después de muerto. No hacia la policía.

Mora asintió despacio. No parecía aliviada. Quizá el alivio pertenecía a vidas más simples.

—¿Qué hará ella?

—No bailar con Ramiro.

Mora soltó una risa breve, casi sin sonido.

—Eso ya es una carrera prometedora.

Delacroix se sentó a cierta distancia. No quería invadir el silencio de Mora, pero tampoco dejarla sola con la madera.

—Violeta quiso salvarla de una humillación.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Quiso salvar a Lucía —dijo Mora—. A mí me convirtió en escenario.

No lo digo para condenarla más. Ya está condenada.

Pero no voy a regalarle una intención que no me pertenecía.

Yo era parte de su diseño. Como fui parte del de Ramiro.

La diferencia es que ella se odiará por eso y él se habría felicitado.

Delacroix inclinó la cabeza. Era una distinción exacta.

—Violeta también dijo que no quería que usted fuera condenada.

—Eso lo creo. Pero hay muchas maneras de no querer destruir a alguien mientras una lo destruye un poco. Matilde lo sabe. Mercedes lo sabe. Quizá todos lo sabemos.

Miró hacia la pared de fotografías. El espacio donde había estado la imagen de Elena seguía vacío, un rectángulo claro en medio del empapelado envejecido.

Matilde había retirado la foto y la había colocado en una caja aparte, sin decidir todavía si enviarla a Violeta, guardarla o quemar toda la pared.

La ausencia de la fotografía decía más que la fotografía.

Durante años, Elena había sido exhibida como memoria; recién al quitarla, la casa parecía admitir que nunca la había mirado.

—¿Volverá a bailar? —preguntó Delacroix.

Mora tardó en responder.

—No con esos zapatos.

—Eso no era exactamente lo que pregunté.

—Lo sé.

El silencio entre ambos fue largo, pero no incómodo. Después Mora dijo:

—Bailaré cuando pueda bailar una pieza que no haya elegido Ramiro por mí.

Delacroix pensó en Elena y en la milonga vieja que, según Anselmo, no permitía quedar trágica. No lo dijo. Algunas sugerencias son demasiado delicadas para pronunciarlas antes de que la persona las encuentre sola.

Matilde se acercó poco después. Había cambiado el vestido manchado por uno más simple, pero conservaba hollín en el borde de una manga y ojeras que ni la luz del día lograba suavizar. Sostenía la fotografía de Elena envuelta en papel.

—Voy a enviársela a Violeta —dijo.

Mora no respondió.

—A menos que crea que no debo.

La bailarina la miró con una serenidad nueva.

—No me pregunte a mí qué hacer con Elena.

Matilde aceptó el golpe.

—No sé a quién preguntarle.

—A nadie. Haga algo sin pedir perdón antes. Después vea si puede vivir con eso.

La frase no fue cruel. Fue más dura: fue justa. Matilde bajó la mirada hacia la fotografía envuelta.

—Cerraré el bar unos días —dijo.

Anselmo, desde el escenario, habló sin levantar la cabeza:

—Milagro. Una decisión antes del desastre.

Matilde no se ofendió. Quizá ya no tenía derecho, o energía, para ofenderse por verdades dichas tarde.

—Y cuando lo abra —continuó—, no será con La que no perdona.

Anselmo la miró.

—¿Con qué?

Matilde dudó. Mora respondió por ella:

—Con algo que Elena hubiera bailado cuando nadie miraba.