Capítulo 23 — La mujer que cosió la muerte #3
Violeta cerró los ojos. Esa palabra la condenó más que la policía.
—Quería que Ramiro muriera haciendo lo que hizo siempre —dijo—. Usando a una mujer sin creer que esa mujer pudiera ser el final de algo.
Mora la miró durante un segundo largo. Luego dio un paso atrás.
—El final no era suyo para decidirlo.
Violeta asintió. No dijo nada. Tal vez no había entendido eso antes. Tal vez lo había entendido y lo había sacrificado igual.
Montero pidió a un agente que la escoltara, pero Delacroix lo detuvo un instante.
—Una pregunta más.
El comisario dudó y luego permitió el gesto. Delacroix se acercó a Violeta.
—La primera nota a Matilde. “Aquí nadie teme a la muerte. Lo que tememos es que llegue bailando.” ¿Por qué anunciarlo?
Violeta miró hacia el escenario.
—Porque durante años todos dijeron que Elena cayó bailando. Yo quería que, cuando Ramiro muriera, nadie pudiera volver a decir que el baile no sabía nada.
—Pero Matilde llamó.
—Sí.
—Y aun así siguió.
—Sí.
—¿Por qué?
Violeta lo miró entonces con una claridad terrible.
—Porque usted llegó tarde, monsieur Delacroix. Como todos.
No había reproche personal en la frase. Había una verdad amarga sobre el caso entero. Delacroix no la rechazó. Había cruzado un océano para impedir un crimen y había terminado ocupando un lugar entre los testigos. La primera impresión había sido exacta.
—Sí —dijo—. Llegué tarde.
Violeta bajó la mirada.
—Entonces escriba bien el final.
—No soy Villalba.
—Por eso se lo pido.
El agente la condujo hacia la salida trasera, no por el salón principal.
Aun así, todos la vieron pasar. Matilde, Mercedes, Mora, Lisandro, Anselmo, Villalba, los camareros, los invitados que habían pasado la noche retenidos dentro de una historia que nunca entenderían completa.
Violeta no miró a nadie salvo una vez: a la pared de fotografías.
Allí estaba Elena, joven, con los zapatos blancos que no usó, al lado de un Ramiro que ya sonreía como si el futuro le perteneciera por derecho de belleza.
Violeta se detuvo apenas.
—Quítenla de ahí —dijo.
Matilde, con voz rota, respondió:
—Sí.
La vestuarista siguió caminando.
Mora no lloró. Se quedó junto al pasillo, descalza, con la bata oscura y los pies sobre la madera fría. Delacroix se acercó a ella, pero no demasiado.
—No fue usted —dijo.
Mora soltó una risa sin alegría.
—Qué frase tan pequeña para una noche tan grande.
—A veces las frases pequeñas son las únicas honestas.
—No me absuelve de haber querido verlo muerto.
—No. Pero la absuelve de haberlo matado.
Mora miró hacia el escenario.
—No sé si eso alcanza.
Delacroix tampoco lo sabía. La inocencia legal rara vez repara las imágenes públicas. Todos la habían visto sostener a Ramiro. Todos la recordarían con el cuerpo muerto en brazos. La verdad podía llegar a tiempo para evitar una condena; no siempre llegaba a tiempo para rescatar una mirada.
Anselmo abrió el bandoneón una vez, apenas, y lo cerró sin tocar. Luego dijo:
—Elena no bailó esa noche.
Mora lo miró.
—No.
—Lucía tampoco.
—No.
—Y tú bailaste la noche de todos menos la tuya.
Mora bajó la cabeza. Delacroix supo que esa frase quizá la acompañaría más que cualquier interrogatorio.
Montero se acercó al detective mientras los agentes terminaban de ordenar las pruebas y de controlar al público.
—¿Cree que Lucía aparecerá?
—Sí.
—¿Viva?
Delacroix miró los zapatos crema abandonados.
—Creo que sí. Violeta podía usarla, pero no quería matarla.
—No sé si eso me tranquiliza.
—No debería.
Desde la calle entró un rumor de madrugada.
Buenos Aires seguía esperando. La ciudad no sabía aún qué historia iba a recibir.
Si dependía de Villalba, sería una tragedia brillante.
Si dependía de Mercedes, un desastre administrable.
Si dependía de Matilde, un capítulo oscuro en la memoria de un bar.
Si dependía de Mora, quizá un silencio. Si dependía de Violeta, una sentencia tardía.
Delacroix sabía que ninguna versión sería suficiente.
Matilde se acercó a la fotografía de Elena. La quitó de la pared con manos temblorosas. Detrás quedó un rectángulo más claro sobre el empapelado, la marca de una memoria que había permanecido demasiado tiempo a la vista sin ser realmente mirada.
—¿Qué hago con ella? —preguntó.
Nadie respondió al principio. Luego Mora, desde el pasillo, dijo:
—Pregúntele a su madre.
Matilde miró hacia la puerta por donde Violeta había salido.
—Ya no sé si tengo derecho.
Delacroix tomó su sombrero. La noche no había terminado del todo, pero el crimen sí. Faltaban declaraciones, informes, sustancias por nombrar, papeles que ordenar, una muchacha que encontrar, una ciudad que corregir antes de que inventara demasiado. Pero la muerte de Ramiro Acuña ya tenía forma.
No era una puñalada oculta en un zapato.
Era una costura larga, hecha durante años, con hilo negro, silencio, humillación y memoria.
Y Violeta Cárdenas, que había pasado la vida remendando lo que otros rompían, había terminado cosiendo una muerte tan precisa que casi logró confundirse con justicia.
Casi.