Capítulo 23 — La mujer que cosió la muerte #2
—No estaba preparada para matar.
Montero avanzó un paso.
—Señora Cárdenas, elija con cuidado.
Violeta lo miró con una serenidad que empezaba a parecer cansancio de vivir dentro de la mentira.
—Yo no puse veneno en las manos de Lucía.
—No he preguntado por Lucía.
—Pero piensa en ella.
—Pienso en la punta que mató a Ramiro.
—La punta no era de Lucía.
—Era de Mercedes.
—Sí.
—Ramiro la pidió.
—Sí.
—Porque la nota lo empujó a preparar una sorpresa.
—Sí.
—Y usted provocó la nota.
—Sí.
Las respuestas eran cada vez más cortas, como puntadas que cierran una tela. Mora miraba a Violeta con horror creciente, no de acusación sino de comprensión. La defensa absoluta que había sostenido durante la noche empezaba a volverse imposible sin romper algo dentro de ella.
—Usted sabía que Ramiro iba a usar a Elena para humillarme —dijo Mora.
Violeta la miró por fin.
—Sí.
—Y lo permitió.
—Quise que lo vieras antes de que te lo hiciera.
—¿Después de bailar?
Violeta no respondió.
—¿Después de que él me descartara delante de todos, después de que yo encontrara la piedra, después de que entendiera que también Elena había sido convertida en burla? ¿Eso iba a protegerme?
—No iba a llegar tan lejos.
La frase fue baja. Casi un susurro.
Delacroix se acercó un paso.
—¿Por qué no?
Violeta no apartó la mirada de Mora.
—Porque Ramiro no iba a terminar la pieza.
El salón se quedó sin aire.
Montero bajó lentamente la libreta. Sosa, que hasta entonces había permanecido junto al escritorio, levantó la vista. Matilde se llevó una mano a la boca. Mercedes cerró los ojos. Anselmo apoyó una mano sobre el bandoneón, como si el instrumento acabara de recibir el golpe.
Mora no se movió.
—Violeta —dijo.
No fue acusación. Fue algo peor: la pronunciación de un nombre que deja de significar lo mismo.
La vestuarista respiró hondo, una vez. Delacroix vio en su rostro la decisión de no seguir deshilachando la verdad por partes. Quizá la había tomado antes. Quizá la tomó en ese instante al oír su nombre en la boca de Mora.
—Elena no bailó esa noche —dijo Violeta—.
Eso dijo Anselmo, y es verdad. Elena no bailó.
Ensayó una muerte lenta que todos llamaron accidente.
Mora bailó una despedida que todos querían llamar arte.
Lucía iba a entrar por la misma puerta con zapatos nuevos y ojos de hambre.
Ramiro no iba a detenerse. Nadie lo detuvo.
Nunca. Ni Matilde, ni Mercedes, ni Anselmo, ni yo.
Yo lo vi hacerlo una vez, lo vi repetirlo, lo vi prepararse para hacerlo otra vez.
Y esa tarde, cuando Lucía se rió porque él la hizo reír de Elena, entendí que el tiempo no había pasado. Solo había cambiado de muchacha.
Nadie la interrumpió. Montero ya no escribía. Delacroix tampoco. La confesión, si lo era, necesitaba desarrollarse sin golpes.
—¿Preparó la hebilla? —preguntó finalmente.
Violeta asintió.
Mora dio un paso atrás, como si el gesto hubiera sido físico.
—No la preparé entera —dijo Violeta—. No como ustedes creen.
Yo sabía que Ramiro la tomaría si Lucía le daba la nota.
Sabía que pediría algo para sujetarla. Sabía que no resistiría la idea de esconder una parte de Elena en tu zapato y dejarte la piedra después.
Había veneno en la base de la hebilla. Una cantidad mínima, espesa, mezclada con resina para que no se secara del todo.
La puse antes de que él subiera al altillo.
—¿Cómo sabía que subiría? —preguntó Montero.
—Porque le dije a Lucía que escribiera “Elena no usó lo que dejó preparado”. Ramiro conocía la hebilla. Había visto la caja años atrás. La había visto de nuevo en mis manos cuando subí después del ramo. Y yo dejé la caja cerrada, pero no como siempre.
Delacroix recordó el nudo de la cinta, el cabo más corto, la caja abierta y vuelta a cerrar con una ligera torpeza. Violeta no se había limitado a prever. Había dispuesto el acceso.
—Él abrió la caja —dijo.
—Sí.
—Tomó la hebilla.
—Sí.
—La piedra acabó en el camerino de Mora.
—La separó él. Yo no la puse allí.
Mora cerró los ojos. Aquella parte de la crueldad sí pertenecía a Ramiro. Era importante. Dolía, pero importaba.
—¿Y el alfiler de Mercedes? —preguntó Montero.
—Ramiro lo pidió. Yo lo vi. No necesitaba tocarlo.
La base de la hebilla ya llevaba la sustancia.
Al manipularla, al montar el alfiler, al ajustar la pequeña punta, se manchó los dedos.
Por eso se limpió con el pañuelo. El pañuelo tocó el zapato de prueba porque él ensayó el gesto antes.
Quería comprobar cómo se vería, dónde quedaría, cuánto sobresalía.
Era torpe, pero suficiente. No sabía que estaba preparando su muerte. Creía preparar una ofensa.
Delacroix escuchaba. La explicación encajaba con demasiadas piezas: Ramiro agachado detrás de la cortina, el pañuelo, el zapato de prueba, la piedra, la nota, el alfiler.
Violeta había hecho algo más terrible que colocar un arma: había contaminado la materia prima de la burla y dejó que Ramiro, fiel a sí mismo, la completara.
—Pero el veneno debía quedar en la punta —dijo Sosa—, no solo en la base de la hebilla.
Violeta lo miró.
—La resina estaba donde él debía ajustar el alfiler. Al pasarlo, al apretarlo, la punta se cargó. No necesitaba saberlo. Solo necesitaba ser él.
Sosa no respondió. La lógica era horriblemente plausible.
Ramiro había hecho pasar el alfiler por la pieza impregnada.
Había llevado la sustancia a la punta. Había montado el mecanismo con torpeza suficiente para que pareciera obra de alguien menos experto que Violeta y con materiales que apuntaban a su cuarto.
La asesina había usado la incompetencia artesanal de Ramiro como coartada contra él mismo.
—¿Y el último ajuste? —preguntó Delacroix.
Violeta bajó la mirada.
—Lo hice yo.
Mora abrió los ojos.
—¿Lo sabías?
—Sí.
—¿Sabías que al ajustarlo lo dejabas listo?
—Sí.
La palabra cayó entre ambas como una puerta cerrada.
—La nota decía que una mujer podía bailar con un muerto sin saberlo —dijo Mora—. Yo era esa mujer.
Violeta la miró con una tristeza tan seca que parecía no poder convertirse en lágrimas.
—Sí.
—Y también eras tú.
—Sí.
—Pero tú sí lo sabías.
Violeta no respondió. No había defensa posible.
Montero recuperó la voz:
—¿Por qué dejar tantas pruebas contra usted si quería escapar?
—No quería escapar.
La respuesta fue simple. Delacroix la había sospechado y, aun así, oírla cambió la temperatura del caso.
—Quería que Mora no fuera condenada —dijo Violeta—.
Al principio todos la mirarían. Tenía que ocurrir así porque el crimen debía parecer el baile de Ramiro, no el mío.
Pero dejé frases para que quien mirara mejor entendiera que ella podía no saber.
Dejé demasiado, quizá. No contaba con monsieur Delacroix.
Matilde lo llamó sin decirme. Cuando lo vi aquí, entendí que la noche iba a cambiar.
Ya no bastaba con matar a Ramiro y dejar que la verdad saliera despacio.
Él vería más rápido. Tuve que mover algunas cosas.
—El fuego —dijo Delacroix.
Violeta no lo negó.
—Lo preparé antes, por si necesitaba destruir restos. Un trapo con solvente, una estufa mal apagada, papeles que debían quemarse si alguien se acercaba demasiado pronto al cuarto de costura. No esperaba que ardiera tanto. No quería quemar la casa.
Matilde soltó una risa rota.
—Qué consideración.
Violeta la miró por primera vez con una dureza antigua.
—Usted la dejó arder de otra manera durante veinte años.
Matilde no respondió. No porque no pudiera, sino porque quizá no encontró mentira suficiente.
—Los fragmentos de notas —dijo Delacroix—. ¿Eran suyos?
—Sí.
—“Él mismo lo hará si cree que la idea es suya.”
—Sí.
—Eso era la clave.
—Era la verdad sobre Ramiro.
—Y sobre usted.
Violeta inclinó la cabeza.
—Sí.
Montero apretó la mandíbula.
—¿Y Lucía? ¿Dónde está?
Violeta cerró los ojos.
—No lo sé.
—No mienta ahora.
—No miento. La ayudé a irse del depósito.
Le dije que dejara los zapatos arriba si quería no volver a ponérselos.
Le dije que escribiera una carta para que nadie la buscara en nombre de Ramiro.
Después no la vi más. No la maté. No la escondí.
No tenía que morir otra muchacha para que esto terminara.
—Pero la usó —dijo Mora.
La frase no fue fuerte. Fue devastadora precisamente porque salió baja.
Violeta la miró.
—Sí.
—Como Ramiro.
Aquello la hirió más que cualquier acusación policial.
Delacroix lo vio. Violeta había construido su crimen para detener la repetición de Ramiro y, al hacerlo, había usado a Lucía como mensajera, a Mora como vehículo, a Mercedes como proveedora involuntaria, a Anselmo como tempo, a Matilde como escenario, a la ciudad como rumor.
Había cosido la muerte con los mismos hilos que odiaba.
—No como Ramiro —dijo Violeta, pero la frase no tenía fuerza.
—No —dijo Delacroix—. Peor no. Igual tampoco. Pero lo bastante cerca para que duela.
Violeta aceptó la sentencia con un silencio. Quizá era la única que merecía.
Montero se acercó.
—Violeta Cárdenas, queda usted detenida por el asesinato de Ramiro Acuña.
No hubo gritos. No hubo resistencia. La vestuarista extendió las manos antes de que el comisario lo pidiera.
Sus dedos, que habían cosido vestidos, ajustado zapatos, guardado reliquias, limpiado lo que otros tiraban y preparado la muerte de un hombre con la ayuda de su propia crueldad, parecieron de pronto muy pequeños.
Mora dio un paso hacia ella.
—¿Por qué conmigo? —preguntó.
Violeta no levantó la vista.
—Porque él te iba a usar.
—Y usted también.
—Sí.
—¿Pensó en decírmelo?
—Si te lo decía, no bailarías.
—Exactamente.