Capítulo 22 — La muchacha que aún no tenía historia #3
Mercedes cerró los ojos.
—Ramiro.
Mora se sentó en una silla junto al pasillo. Violeta seguía de pie. Delacroix observó que, al oír que Lucía no había vuelto a la pensión, algo cambió en la vestuarista. No fue sorpresa. Fue preocupación.
—¿Usted sabe dónde está? —preguntó.
Violeta lo miró.
—No.
—Pero teme algo.
—Temo muchas cosas desde hace veinte años.
—Esta es nueva.
La vestuarista no respondió. Delacroix se acercó apenas.
—¿Qué le dijo a Lucía cuando habló con ella en el depósito?
Violeta sostuvo su mirada durante varios segundos. Luego dijo:
—Que no creyera ninguna promesa dicha cerca de unos zapatos nuevos.
—¿Y ella?
—Me preguntó si yo hablaba de Ramiro.
—¿Qué contestó?
—Que hablaba de todos los hombres que descubren mujeres como si fueran países sin nombre.
Mora bajó la cabeza. Matilde miró al suelo. Mercedes apretó los labios.
—¿Lucía se molestó?
—Sí. Dijo que yo era una vieja resentida.
—¿Y usted?
—Le dije que tuviera suerte y que, si no la tenía, no confundiera su caída con destino.
La frase atravesó el salón. Elena estaba en ella, pero también Mora y la propia Lucía. Violeta no había intentado seducirla ni convertirla en cómplice. Al menos, no con esas palabras. Había intentado advertirle. O presentar esa advertencia ahora como coartada moral.
—Después le dio un papel a Ramiro —dijo Delacroix.
—Sí.
—¿Pudo ser respuesta a esa conversación?
—No lo sé.
—¿Pudo escribirlo allí mismo?
—No. Ya lo traía.
Delacroix miró la tarjeta de Lucía. Si la nota a Ramiro llegó por mano de Lucía y ella ya la traía escrita, alguien la había preparado antes de su conversación con Violeta. Eso reducía el papel de la vestuarista en esa nota, salvo que la hubiera contactado antes, lo cual no estaba demostrado.
Villalba, que llevaba rato demasiado callado, habló desde su mesa:
—Yo la vi en la calle ayer.
Montero giró con una lentitud peligrosa.
—¿A quién?
—A Lucía Ferreyra.
—¿Y pensaba decirlo cuándo?
—Cuando tuviera forma narrativa.
—Pruebe con forma policial.
El periodista levantó las manos, rendido a medias.
—La vi cerca del Esmeralda. Hablaba con un hombre. No Ramiro. No Ezcurra. Un hombre mayor, sombrero claro, barba corta. Ella parecía nerviosa. Él le entregó un sobre.
—¿Lo reconoció?
—No.
—¿Por qué no lo mencionó?
—Porque hasta hace unos minutos Lucía era una reemplazante, no una posible autora de notas homicidas.
—¿Y el sobre? —preguntó Delacroix.
Villalba dudó.
—Era pequeño. Blanco. Parecido al papel de la nota del camerino, quizá. Pero eso lo digo ahora, contaminado por la belleza de lo que ustedes llaman sospecha.
—¿Hombre mayor? —repitió Montero—. ¿Pudo ser Lastra?
—No. Lastra es más ancho y camina como si cobrara alquiler al suelo.
—¿Anselmo?
El viejo soltó una risa.
—Si yo saliera con sombrero claro, la ciudad pediría explicaciones.
—¿Doctor Sosa?
Sosa levantó la vista.
—Si empiezo a aparecer en todas las esquinas, avisen a mi consulta. Me vendría bien esa energía.
Delacroix pensó en Darío Ezcurra, el empresario del Esmeralda.
No lo conocían aún, salvo por descripciones.
Podía encajar: hombre mayor, modales suaves, interesado en Lucía, en Ramiro, en reemplazar a Mora y quizá a Mercedes.
Pero ¿qué ganaba Ezcurra con la muerte de Ramiro?
Perdía su estrella. A menos que quisiera destruir a alguien más.
O que el contrato fuera parte de un juego de presión.
Demasiado lejos del bar, demasiado externo para la mecánica íntima.
—Necesitamos a Ezcurra —dijo Montero.
—Sí —respondió Delacroix—. Y a Lucía.
Pero incluso mientras lo decía, Delacroix sentía que Lucía no era el centro.
Era otra persona llevada hasta la escena.
Una muchacha con zapatos nuevos, una nota quizá escrita por su mano, un sobre recibido de un hombre desconocido, una risa nerviosa ante la crueldad de Ramiro, una advertencia de Violeta.
Lucía podía ser clave, pero no necesariamente culpable.
La pregunta volvía a lo mismo: ¿quién supo usarla antes de que ella tuviera historia?
Matilde habló entonces, con voz baja:
—Hay un cuarto sobre el patio.
Todos la miraron.
—¿Qué cuarto? —preguntó Montero.
—Un cuarto de descanso. Antiguamente lo usaban los músicos cuando había funciones largas. Está casi vacío. Se accede por la escalera exterior, detrás del depósito. No pensé...
—Esta noche esa frase debería estar prohibida —dijo Montero.
Matilde aceptó el golpe.
—No se usa casi nunca.
Delacroix ya caminaba hacia el patio. Montero lo siguió con dos agentes.
Matilde fue detrás. Violeta intentó acompañarlos, pero esta vez Delacroix le pidió que se quedara.
Ella lo miró con una inquietud que no pudo ocultar.
Eso bastó para que él supiera que Matilde no había sido la única en recordar el cuarto.
La escalera exterior subía desde el patio por una pared húmeda, estrecha, con baranda de hierro.
El cuarto estaba cerrado con una puerta vieja, no con llave sino con un pestillo oxidado.
Montero lo levantó. La habitación olía a polvo, humedad y perfume barato.
Había una silla, una manta doblada, un lavabo seco y una ventana pequeña que daba a la calle lateral.
Sobre la silla había una bolsa de zapatos.
Clara.
De tela clara.
Delacroix se acercó. Dentro había un par de zapatos de baile color crema, nuevos, con las tiras todavía rígidas. Junto a ellos, un chal claro. Y sobre la manta, doblada con cuidado, una hoja de papel con letra inclinada.
No era una amenaza.
Era una carta breve, escrita a mano, quizá por Lucía:
No quiero verlo más. No quiero bailar esta noche ni ninguna otra si el precio es convertirme en lo que él hizo de las demás. Me voy cuando pueda. Si alguien pregunta, no estuve aquí.
Montero terminó de leer y miró a Delacroix.
—Lucía huyó.
—Quizá.
—¿Antes del crimen?
Delacroix observó la habitación. La bolsa seguía allí.
Los zapatos nuevos también. Si Lucía se había ido, lo hizo sin ellos.
Una muchacha que acaba de rechazar a Ramiro quizá abandona los zapatos por símbolo o por prisa.
Pero había algo más: en el borde de la silla, junto a la bolsa, había una pequeña mancha oscura de la misma sustancia amarga.
Sosa no estaba allí, pero Delacroix ya no necesitaba su sarcasmo para saber que la mancha importaba.
—O alguien quiso que pareciera que huyó —dijo.
Montero cerró los ojos.
—Otra mujer.
—Sí.
Delacroix miró los zapatos nuevos de Lucía. Intactos. Nunca usados en escena. Otra promesa detenida antes de convertirse en costumbre.
Elena no había bailado su noche.
Mora había bailado una despedida que no era suya.
Lucía, tal vez, había logrado no bailar.
O alguien la había sacado de la historia antes de que pudiera contarla.
En la calle lateral, debajo de la ventana, se oyó un murmullo de curiosos. Buenos Aires esperaba noticias. El Último Farol seguía ardiendo por dentro aunque el fuego estuviera apagado.
Delacroix tomó la carta con cuidado y sintió, por primera vez en toda la noche, que el asesino había cometido un error menos por cálculo que por urgencia.
Había usado demasiadas mujeres.
Y una de ellas, quizás, se había negado a ocupar el lugar que le habían escrito.