Capítulo 22 — La muchacha que aún no tenía historia #2
Mientras los agentes salían, Delacroix pidió revisar el depósito desde la perspectiva de Lucía.
Matilde protestó por el humo todavía presente, pero él no necesitaba una inspección larga.
Caminaron hasta el patio y entraron por la puerta lateral.
El depósito olía a ceniza húmeda y a solvente apagado.
Las cajas ennegrecidas seguían amontonadas en un rincón bajo vigilancia.
La escalera de servicio hacia el altillo se levantaba detrás de los baúles.
El cuarto de costura, más allá, había quedado clausurado, pero la puerta seguía abierta lo justo para mostrar el interior manchado de humo.
Delacroix imaginó a Lucía allí por la tarde: joven, con una bolsa de zapatos claros, esperando entre objetos viejos que no entendía, mientras Ramiro le prometía un escenario que pertenecía a heridas ajenas.
—¿Dónde estaba? —preguntó a Violeta.
La vestuarista señaló un sitio cerca de la pared, junto a una caja de botellas vacías.
—Ahí.
—¿Podía ver la escalera de servicio?
—Sí.
—¿La vio subir alguien?
Violeta no respondió.
—¿Lucía vio la caja de Elena?
—Desde aquí no.
—Pero pudo ver a alguien subir al altillo.
—Pudo.
—¿Usted subió después de hablar con ella?
—Sí. Después del ramo.
—¿Lucía seguía aquí?
—No. Ramiro la sacó por el patio antes de que llegara el ramo.
Anselmo, que los había seguido hasta el umbral del depósito, intervino:
—No estoy seguro de eso.
Violeta se volvió.
—¿Qué?
—Creí verla después. No en el depósito. En el patio, detrás de la reja. Tal vez me equivoqué.
—¿Después del ramo? —preguntó Delacroix.
—Sí. Cuando Mora tiró las flores al cubo, salí a tomar aire. Vi una figura joven junto al muro. Clara de vestido. No vi la cara. Pensé que era una camarera.
Mercedes negó con la cabeza.
—Lucía no se habría quedado.
—¿Por qué no? —preguntó Mora desde el pasillo. Había avanzado más de lo permitido, descalza sobre el suelo frío—. Todas nos quedamos más de lo conveniente alguna vez.
La frase hizo callar a Mercedes. Delacroix miró el patio.
Desde allí se veía parte del pasillo, la puerta del depósito, el movimiento hacia el altillo si uno sabía mirar.
Si Lucía se quedó, pudo ver mucho. Pero ¿pudo hacer algo?
¿Entrar al cuarto de costura, manipular un zapato, robar una hebilla de Elena, escribir notas, provocar a Ramiro, encender fuego?
No parecía imposible físicamente, pero sí psicológicamente incompleto.
Lucía era nueva en la casa. Podía conocer a Ramiro, quizá a Mercedes, quizá el contrato.
No podía conocer todos los ritmos íntimos de El Último Farol salvo que alguien se los hubiera explicado.
—Anselmo —dijo Delacroix—, ¿por qué creyó hasta ahora que Lucía solo había venido a ser usada?
—Porque eso hacen las muchachas que trae Ramiro antes de darles nombre en un cartel.
—¿Y por qué ahora sospecha otra cosa?
El viejo miró hacia el depósito quemado.
—Porque el fuego empezó donde ella esperó. Porque los papeles quemados hablaban de que él mismo lo haría si creía que la idea era suya. Porque Lucía, si escuchó a Ramiro, pudo aprender rápido. Las personas jóvenes aprenden rápido cuando lo que se les promete se pudre delante de ellas.
—¿Qué pudo pudrirse? —preguntó Montero.
Anselmo miró a Mercedes.
—Quizá descubrió que no era elegida. Que también era un instrumento. Que la usarían para herir a Mora, para sacar a Mercedes, para vender una renovación. No es lo mismo entrar a una historia como estrella que como cuchillo.
Mercedes no respondió. Mora, en cambio, bajó la vista. Tal vez entendía demasiado bien esa diferencia.
Delacroix se agachó cerca del sitio donde Violeta había señalado que Lucía esperó.
En el suelo, entre la suciedad vieja y el barro del incendio, vio una marca más clara, una huella parcial de zapato pequeño.
No era reciente necesariamente; el agua podía haberla deformado.
Aun así, la inclinación del tacón no correspondía a los zapatos de Mora ni a los de Violeta.
Podía ser de Lucía. Podía ser de cualquier otra mujer.
El caso estaba lleno de posibilidades que imitaban pruebas con demasiado entusiasmo.
—¿Traía sus zapatos puestos o en la bolsa? —preguntó.
—Los traía en la bolsa —dijo Violeta—. Calzaba zapatos de calle.
—¿Claros también?
—No. Oscuros. Baratos, pero limpios.
—¿Pudo dejar alguna prenda, pañuelo, papel?
Violeta miró alrededor.
—No vi nada.
—¿Ramiro le dio algo?
—No.
—¿Ella le dio algo a Ramiro?
Violeta dudó.
—Un papel, quizá.
Montero se volvió de inmediato.
—¿Qué papel?
—No lo sé. Lo vi solo un instante. Ella lo sacó de la bolsa o del guante. Ramiro lo leyó, se rio y se lo guardó.
Delacroix sintió que una nueva línea se conectaba con la nota del camerino.
¿La nota encontrada junto al espejo de Ramiro había venido de Lucía?
¿O Lucía le entregó otro papel? Violeta no había mencionado esto antes.
Demasiadas cosas no mencionadas. Pero si realmente había visto a Lucía entregar un papel a Ramiro, la nota que lo tentaba a usar los zapatos podía haberle llegado por esa vía.
—¿Por qué no lo dijo? —preguntó Montero, ya casi sin fuerza para la indignación.
Violeta respondió con la misma sequedad:
—Porque pensé que era una nota de una muchacha a un hombre que se alimentaba de esas cosas. No un plano de muerte.
—¿Vio la letra?
—No.
—¿Lucía parecía asustada?
—Sí.
—¿De Ramiro?
—De perderlo antes de tenerlo.
Mora cerró los ojos. Matilde se apoyó contra la pared. La frase resumía una edad entera de daño.
Delacroix regresó al salón y pidió ver de nuevo la nota del camerino de Ramiro.
La colocó junto a la libreta de Villalba, el cuaderno de Violeta, las muestras de Mercedes, la letra de Mora, los recibos de Matilde y una firma de Lisandro.
La nota tenía una inclinación elegante, pero no plenamente adulta.
Había una seguridad aprendida, no natural.
¿Podía ser de Lucía? No tenían muestra de su letra. Eso volvía imprescindible encontrarla.
Mientras esperaban el regreso de los agentes, Delacroix pidió a Mercedes cualquier documento escrito por Lucía: recibos, contratos preliminares, cartas.
Mercedes negó tenerlos al principio. Luego recordó una tarjeta de presentación que la muchacha había dejado con su dirección y una línea manuscrita al dorso: “Disponible para ensayo privado el jueves. L. F.” La tarjeta estaba en la carpeta, entre otros papeles.
Mercedes la entregó con visible resistencia.
La letra era joven, inclinada, elegante por imitación, con algunos rasgos sorprendentemente parecidos a la nota del camerino.
Montero dejó escapar un sonido breve.
—Lucía.
Delacroix no respondió. Comparó de nuevo.
La semejanza existía. No perfecta. Pero más cercana que las otras muestras.
La nota podía ser de Lucía, o de alguien que imitaba una letra joven, o de alguien que había usado una frase dictada por otro.
La palabra “Mora” en la tarjeta tenía una eme distinta, pero la efe de Ferreyra y la inclinación de algunas letras coincidían.
Era suficiente para llamar a la muchacha, no para condenarla.
—Si Lucía escribió la nota a Ramiro —dijo Montero—, pudo tentarlo.
—Sí.
—Si además estuvo en el depósito, pudo acceder al cuarto de costura.
—Quizá.
—Si sabía que Ramiro la usaba...
—Pudo tener motivo.
—¿Pero sabía lo de Elena?
Delacroix miró a Violeta.
—Ramiro se lo contó a su manera.
—No bastaría para usar la hebilla.
—No, si actuó sola.
Mercedes se tensó.
—¿Está sugiriendo que alguien la ayudó?
—Estoy sugiriendo que Lucía, si participó, pudo ser usada igual que los demás.
Mora habló desde el pasillo:
—Ramiro la habría usado. Otro pudo hacerlo también.
—¿Quién? —preguntó Montero.
Nadie respondió. Delacroix miró el salón.
Violeta, Matilde, Mercedes, Villalba, Lisandro, Anselmo.
Todos podían haber hablado con Lucía. Todos podían haberle dado una versión.
Pero ¿quién habría logrado que una muchacha nueva entregara a Ramiro una nota destinada a empujarlo hacia una burla?
¿Quién habría sabido que Ramiro aceptaría más fácilmente una provocación si venía envuelta en juventud, admiración o falsa complicidad?
—Lucía no conocía a Mora lo suficiente para escribir “si quiere que Mora recuerde su lugar” —dijo Delacroix.
Mercedes lo miró.
—Ramiro pudo decirle esa frase.
—O alguien más.
—¿Quién habla así? —preguntó Montero.
Mora respondió sin mirar a nadie:
—Ramiro.
—No puede haber escrito la nota para sí mismo.
—No. Pero podía haber enseñado a otros a escribir como él.
La frase hizo que todos miraran de nuevo la tarjeta de Lucía.
La letra podía ser suya. El veneno de la frase, no necesariamente.
Delacroix pensó en las muchachas jóvenes que adoptan las palabras del hombre que las elige, no por maldad sino por supervivencia de la ilusión.
Lucía pudo haber escrito una nota dictada, sugerida, insinuada.
Pudo creer que participaba en una burla de iniciación, en una prueba de complicidad, en una pequeña venganza contra Mora que Ramiro presentaría como juego.
Pudo no saber que la punta estaba envenenada.
O pudo saber más de lo que aparentaba. Había que verla.
El primer agente regresó casi una hora después.
El tiempo había pasado de una manera viscosa.
La puerta principal seguía custodiada. Los curiosos de la calle se habían multiplicado.
La noche avanzaba hacia una madrugada sucia.
El agente venía de la pensión: Lucía Ferreyra no estaba allí.
Había salido por la tarde y no había vuelto.
La dueña de la pensión dijo que llevaba una bolsa de zapatos y un chal claro.
El segundo agente regresó poco después desde el Teatro Esmeralda: tampoco estaba allí.
Darío Ezcurra no había podido ser localizado de inmediato, pero un asistente confirmó que Lucía no tenía ensayo esa noche y que Ramiro la había citado “para hablar de su presentación”.