Capítulo 22 — La muchacha que aún no tenía historia
El nombre de Lucía Ferreyra no necesitó ser pronunciado para ocupar el salón.
Bastó con la frase de Anselmo —“por miedo a la siguiente”— para que todos entendieran de quién hablaba.
Hasta ese momento, Lucía había sido una sombra contractual, una inicial en una hoja quemada, una muchacha joven ensayando con Ramiro Acuña en una sala ajena, una promesa de reemplazo destinada a herir a Mora Ledesma después de una función.
Ahora, de pronto, adquiría cuerpo. Había estado allí esa misma tarde.
Había entrado por el patio. Había esperado en el depósito, en la zona donde luego aparecieron fuego, fragmentos de notas, restos metálicos, una aguja rota y demasiadas pruebas dispuestas con una precisión insultante.
La muchacha que todavía no tenía historia, pensó Delacroix, acababa de convertirse en una pieza de la historia de todos.
Mercedes Acuña fue la primera en reaccionar.
—Eso no es cierto.
No lo dijo como quien corrige un error, sino como quien intenta impedir que una puerta se abra. Anselmo Quiroga la miró sin especial interés. El viejo músico había soltado la frase como quien deja caer una moneda vieja sobre una mesa: sin dramatismo, pero sabiendo que todos mirarían el sonido.
—Sí es cierto —dijo.
—Lucía no vino.
—Vino.
—Ramiro no me lo dijo.
Anselmo soltó una risa baja, seca.
—Ramiro no te decía todo, Mercedes. Solo lo suficiente para que creyeras que gobernabas el desastre.
El golpe fue certero. Mercedes se irguió, pero no respondió.
Después de descubrir que Ramiro quizá pensaba prescindir también de ella, la autoridad de hermana y administradora había perdido una parte de su armadura.
Mora, desde el pasillo, observaba la escena con una quietud helada.
Violeta Cárdenas no se movía. Esa inmovilidad, en ella, empezaba a significar demasiadas cosas distintas: resistencia, dolor, cálculo, memoria.
Matilde Alzaga miró hacia el patio como si de pronto comprendiera que su casa tenía más puertas de las que su orgullo admitía.
Montero cerró la libreta y abrió otra página.
—Anselmo, explique eso con menos poesía y más tiempo.
—Lucía llegó por el patio a media tarde. Ramiro la hizo entrar por la puerta de servicio. No quería que Mora la viera antes de la función. Tampoco Mercedes, por lo visto.
Mercedes apretó los labios.
—¿A qué hora?
—Después del ensayo de la mañana. Antes del ramo.
No sabría decirle con reloj; los músicos contamos distinto.
El salón estaba medio vacío, Matilde discutía con un proveedor, Violeta subía y bajaba del altillo, Mora estaba en su camerino o en la calle, no lo sé.
Ramiro la trajo hasta el depósito y le dijo que esperara.
—¿Usted la vio?
—Sí.
—¿Dónde estaba usted?
—En el escenario, probando el fuelle. La puerta del patio estaba abierta. La vi cruzar detrás de las cajas. Tenía una bolsa en la mano.
—¿Una bolsa de qué?
Anselmo miró hacia Mora antes de responder.
—De zapatos.
El silencio volvió a moverse, más lento.
Mora cerró los ojos un instante. No por celos, o no solo por celos, sino por la precisión de la repetición.
Otra mujer joven entrando por una puerta lateral con zapatos en una bolsa, esperando a que Ramiro decidiera cuándo hacerla visible.
Elena había esperado su noche con zapatos blancos.
Mora había esperado la despedida sin saber que era despedida.
Lucía esperaba un futuro envuelto en secreto.
Delacroix se acercó a Anselmo.
—¿Qué clase de zapatos?
—Claros. No blancos como los de Elena. Más bien marfil o crema. Nuevos. Muy nuevos. De esos que todavía creen en los pies.
Sosa, desde el despacho, murmuró:
—Hasta los zapatos empiezan a tener edad en esta casa.
Nadie le respondió. Delacroix sostuvo la mirada del músico.
—¿Vio a alguien hablar con Lucía?
—Ramiro, por supuesto. Violeta la vio. Matilde quizá no. Un camarero le llevó agua. Yo no me acerqué.
—¿Violeta habló con ella?
Anselmo tardó.
—Sí.
Violeta no reaccionó.
—¿Qué le dijo?
—No lo oí todo. Algo sobre no dejar la bolsa en el suelo. Algo sobre la humedad. Algo sobre que los zapatos nuevos mienten hasta que una aprende dónde duelen.
Mora abrió los ojos. Esa frase sí era de Violeta. La había dicho muchas veces, de distintas formas. Mercedes miró a la vestuarista con una atención nueva.
Montero se volvió hacia Violeta.
—¿Por qué no mencionó que Lucía estuvo aquí?
—Porque nadie me preguntó por ella.
El comisario dejó caer la mano con la libreta sobre el escritorio.
—Señora Cárdenas, hay respuestas que empiezan a parecer una forma de suicidio.
—No he tenido tiempo de elegir respuestas bonitas.
—Elija verdaderas.
—La vi. Eso es verdad.
—¿Por qué vino?
Violeta miró hacia el patio, no hacia Mercedes ni Mora.
—Ramiro quería que se probara unos zapatos.
—¿Aquí?
—Aquí.
—¿Por qué no en la sala donde ensayaban?
—Porque Ramiro quería verla en este escenario sin que el escenario la viera a ella todavía.
La frase molestó a Delacroix por su exactitud. Era de Ramiro en el sentido más cruel: probar una sustitución dentro del templo de la reemplazada, pero sin asumir aún el escándalo de mostrarla.
—¿Usted le ajustó los zapatos? —preguntó.
—No.
—Anselmo dice que habló con ella sobre los zapatos.
—Hablar no es ajustar.
—¿Los tocó?
Violeta bajó la mirada hacia sus manos. Esa mínima pausa bastó para tensar la habitación.
—Sí.
—¿Cuándo?
—En el depósito. Uno de los cierres de la bolsa se había enganchado con la tira del zapato. La muchacha estaba nerviosa. La ayudé a sacarlo.
—¿Tocó la hebilla?
—No. La tira.
—¿Ramiro estaba presente?
—Al principio. Luego salió al pasillo.
—¿A dónde?
—No lo sé.
—¿Al cuarto de costura?
—Quizá.
Montero levantó la vista hacia Delacroix. El cuarto de costura, los zapatos de prueba, la caja de agujas, el cuaderno con la nota sobre el cierre largo. Ramiro había tenido más tiempo y más rutas de las que habían imaginado al principio.
—¿Lucía subió al escenario? —preguntó Delacroix.
Violeta apretó apenas la mandíbula.
—Sí.
Mora se quedó muy quieta.
—¿Con Ramiro? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—¿Bailaron?
—No. Él la colocó. Le marcó una salida. Le mostró dónde tendría que esperar cuando llegara el momento de presentarla.
Mercedes habló con una voz baja:
—No iba a presentarla esta noche.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿No?
—No estaba decidido.
Matilde soltó una risa casi sin sonido.
—Ramiro decidía las cosas cuando ya había obligado a todos a comportarse como si estuvieran decididas.
Mercedes no la miró.
Mora bajó la vista hacia sus pies desnudos.
—Entonces me iba a hacer bailar la despedida y luego iba a mostrarla a ella.
—Tal vez no esa misma noche —dijo Mercedes.
—No lo defienda con calendarios.
La frase cerró la discusión. Delacroix miró a Violeta.
—¿Qué hizo Lucía al subir al escenario?
—Nada. Miró.
—¿Como admiradora?
—Como quien cree que un lugar se abre para ella porque lo merece y no porque alguien ha empujado a otra mujer fuera.
No había odio en la voz de Violeta. Eso la hacía más inquietante. Sonaba a diagnóstico, no a resentimiento.
—¿Le recordó a Elena? —preguntó Delacroix.
La pregunta fue directa. Violeta la recibió sin parpadear.
—No.
Mora la miró con sorpresa. Anselmo también.
—No —repitió Violeta—. Elena sabía que el mundo podía cerrarse. Lucía todavía no. Eso es distinto.
—¿Le dio lástima?
—No uso esa palabra con muchachas que aún creen que los hombres como Ramiro son puertas.
—¿Qué palabra usa?
Violeta tardó.
—Peligro.
El comisario anotó. Delacroix no apartó la vista de ella.
Peligro. No lástima. No ternura. No celos.
Violeta había visto en Lucía no la repetición exacta de Elena, sino la fase anterior a la herida.
Una muchacha todavía sin historia. Eso podía haber encendido en ella algo más fuerte que el recuerdo de Elena: la convicción de que la maquinaria seguía funcionando.
—¿Lucía vio los zapatos de Elena? —preguntó.
—No.
—¿Vio la caja?
—No.
—¿Conocía la historia de Elena?
—Ramiro se la contó a su manera.
La respuesta produjo un movimiento leve en Matilde.
—¿Qué manera?
Violeta giró hacia ella.
—Dijo que en esta casa hubo una muchacha que no supo esperar su turno y se rompió antes de tiempo.
Mora cerró los ojos. Matilde apoyó una mano en el respaldo de una silla. Anselmo murmuró una blasfemia vieja. Mercedes no dijo nada. Quizá porque la frase era demasiado Ramiro para defenderla.
—¿Lucía cómo reaccionó? —preguntó Delacroix.
—Se rio. No porque fuera cruel. Porque estaba nerviosa y él había decidido que eso era gracioso.
La precisión volvió a doler. Las personas jóvenes ríen muchas veces para no ser expulsadas del centro de atención que han deseado. Elena quizá había reído alguna vez de una frase parecida. Mora quizá también, muchos años antes. Violeta parecía recordarlo aunque negara la semejanza.
—¿Dónde está Lucía ahora? —preguntó Montero.
Mercedes respondió, esta vez sin seguridad plena:
—Debería estar en su pensión o en el Teatro Esmeralda.
—Dirección.
La hermana de Ramiro dudó solo un segundo antes de darla.
Montero mandó a dos agentes: uno a la pensión, otro al Esmeralda, con orden de traer a Lucía Ferreyra si la encontraban, no como arrestada sino como testigo urgente.
La palabra “urgente” sonó casi absurda después de tantas horas, pero aún conservaba utilidad.