Capítulo 21 — Elena no bailó esa noche #3
—¿O no quería que lo supiéramos?
—No es cierto.
Matilde, desde la puerta, cerró los ojos. Lo sabía o lo temía. Mercedes lo vio.
—Matilde.
La dueña de El Último Farol habló con voz baja.
—Ramiro me lo insinuó. Dijo que en el Esmeralda necesitaba menos familia y más futuro.
Mercedes pareció recibir una bofetada invisible. Durante toda la noche había hablado de Ramiro como carga, negocio, monstruo propio. Pero una cosa era administrar a un monstruo y otra descubrir que el monstruo pensaba descartarla como a las demás.
—No —repitió.
—¿Cuándo se lo dijo? —preguntó Delacroix a Matilde.
—Ayer. Se rio. Dijo que Mercedes se creía indispensable porque llevaba años apagando incendios pequeños, pero que un teatro grande tenía bomberos propios.
La ironía de la palabra “incendios” llegó a todos. Montero miró a Mercedes con una atención renovada. Ella ya no parecía blanca, sino vacía de color.
—Entonces usted también tenía motivo —dijo el comisario.
Mercedes no respondió. La carpeta de contratos temblaba apenas bajo su mano.
Mora la miró con una dureza sin triunfo.
—Bienvenida al lugar de las mujeres reemplazables.
La frase fue cruel, pero no injusta. Mercedes no la contestó.
Por primera vez, su autoridad administrativa se quebró de verdad.
Ya no era solo la hermana que perdía un negocio.
Era otra pieza descartada por Ramiro. Otra mujer a la que él pensaba herir después de haberla usado. Otra memoria útil para el asesino.
Delacroix no se dejó arrastrar por la fuerza dramática del descubrimiento.
Era importante, sí. Pero también demasiado oportuno.
Si el asesino quería que todos tuvieran motivo, acababa de aparecer uno nuevo para Mercedes justo cuando el alfiler la comprometía.
La pregunta no era solo quién tenía razón para matar.
Era quién había sabido que Ramiro pensaba descartar también a Mercedes.
Matilde lo sabía. Ramiro lo sabía. Tal vez Ezcurra.
Tal vez Villalba si escuchó. Mercedes, quizá no.
Si no lo sabía, no era motivo para ella antes del crimen. Si lo sabía y mintió, la cosa cambiaba.
—¿Alguien más oyó esa frase? —preguntó.
Matilde pensó.
—Villalba estaba cerca. Siempre está cerca. No sé si oyó.
Villalba, desde el salón, levantó la cabeza como un perro llamado por su pecado favorito.
—Oí algo —admitió.
Montero giró lentamente.
—Por supuesto.
—No todo. Ramiro dijo “menos familia y más futuro”. Me pareció una frase espléndida y cruel. La anoté.
—¿En la página quemada?
Villalba palideció.
—Quizá.
Delacroix entendió. La página de Villalba no solo contenía el cambio de tempo y la figura del altillo.
Podía contener también el motivo de Mercedes.
El asesino la robó y la quemó no solo para ocultar la mecánica, sino para controlar cuándo aparecían los motivos.
La investigación estaba siendo dosificada como una función: primero Mora, luego Violeta, luego Ramiro, luego Mercedes.
Cada acto revelaba una nueva razón para condenar a alguien y, al mismo tiempo, alejaba el centro.
—Monsieur Villalba —dijo Delacroix—, usted sabía que Ramiro iba a dejar a Mora y quizá a Mercedes.
—Sabía que Ramiro disfrutaba dejando personas.
—¿Y escribió la nota para tentarlo?
El periodista se ofendió con una sinceridad parcial.
—Yo escribo para que los vivos se vuelvan interesantes. No necesito matarlos.
—A veces los vuelve interesantes antes de tiempo.
—Si quisiera matar a Ramiro, no habría quemado mi mejor página.
—A menos que esa página dijera demasiado sobre usted.
Villalba abrió la boca. Esta vez no encontró una frase rápida. Eso fue una novedad.
Montero se acercó a él con la libreta.
—Queda usted bajo vigilancia más estrecha.
—Llevo toda la noche bajo vigilancia espiritual.
—Ahora será menos espiritual.
Delacroix volvió hacia el escritorio. El alfiler de Mercedes, la punta, la hebilla quemada, la piedra, el cuaderno de Violeta, la libreta de Villalba, el contrato de Mercedes, el pañuelo de Ramiro.
La mesa parecía ya incapaz de sostener tanta pequeñez significativa.
En todas partes aparecían fragmentos de una misma idea: Ramiro iba a dejar a cada persona con una herida distinta.
El asesino solo tuvo que convertir esa cadena de humillaciones en un cadáver.
—Elena no bailó esa noche —dijo Delacroix, más para sí que para los demás.
Montero lo miró.
—¿Qué significa ahora?
—Que todos han contado mal la historia desde el principio.
Elena no fue destruida por una pieza de tango.
Fue destruida porque Ramiro la llevó a bailar la pieza que a él le servía.
Mora no fue destruida por el contrato. Fue llevada a bailar una despedida que no era suya.
Mercedes no fue destruida por la muerte de Ramiro.
Iba a ser apartada de una carrera que ella había sostenido.
Todos fueron invitados a la función de Ramiro, no a la suya.
—¿Y el asesino?
Delacroix miró hacia el escenario.
—El asesino entendió eso. Y escribió una función donde Ramiro, por una vez, bailara la pieza de otro sin saberlo.
Sosa, desde el fondo, murmuró:
—Una mujer puede bailar con un muerto sin saberlo. Y un hombre puede bailar con su asesino creyendo que dirige la música.
Delacroix lo miró con una leve sorpresa.
—Doctor, empieza usted a sonar peligroso.
—Es el humo. Me vuelve literario.
El comentario alivió la tensión apenas un segundo. Luego una voz baja llegó desde la puerta del salón.
—No fue una función de otro.
Era Anselmo.
El viejo se había puesto de pie. Tenía el bandoneón en las manos, cerrado. Su rostro estaba más pálido que antes, pero sus ojos conservaban una lucidez hiriente.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Montero.
Anselmo miró a Delacroix, no al comisario.
—Que hay alguien aquí que no quiso matar a Ramiro para vengar a Elena, ni para salvar a Mora, ni para impedir un contrato, ni para escribir una crónica. Alguien quiso impedir que Ramiro siguiera haciendo lo mismo. No por amor a las mujeres que dejó atrás. Por miedo a la siguiente.
Lucía Ferreyra.
El nombre no se dijo, pero todos lo oyeron.
Mercedes cerró los ojos. Mora se quedó inmóvil. Violeta miró hacia el suelo. Matilde respiró como si recordara de pronto una puerta abierta en otro sitio. Villalba no escribió. Montero giró hacia Delacroix.
—La muchacha no está aquí.
—No —dijo Delacroix.
—Entonces no pudo hacer todo esto.
—Quizá no.
Anselmo habló de nuevo:
—Lucía estuvo aquí esta tarde.
El silencio fue absoluto.
Mercedes abrió los ojos.
—No.
—Sí —dijo el viejo—. No entró por la sala. Entró por el patio. Ramiro la hizo esperar en el depósito. No la vieron porque nadie mira a las muchachas que todavía no tienen historia.
Delacroix sintió que el caso, por fin, dejaba de mirar solo a los heridos antiguos y volvía la cabeza hacia la herida que aún no había ocurrido.
—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó Montero.
Anselmo sostuvo el bandoneón contra el pecho.
—Porque hasta ahora creí que ella solo había venido a ser usada.
—¿Y ahora?
El viejo miró hacia el depósito ennegrecido.
—Ahora empiezo a preguntarme quién le enseñó tan rápido cómo se usa a los demás.