Capítulo 21 — Elena no bailó esa noche #2
—Ramiro no habría hecho eso sin asegurarse de que yo lo entendiera.
—La piedra en su espejo —dijo Delacroix— era la explicación posterior.
Mora cerró los ojos.
—Entonces iba a esperar a que terminara el baile, a que anunciara lo de Lucía, a que yo volviera aquí rota, y ahí encontraría la piedra de Elena.
—Eso parece.
—Y entendería que había bailado con algo de Elena en mi zapato.
Violeta se llevó una mano al borde de la silla. No se sentó. Necesitó apoyarse.
—No con algo de Elena —dijo en voz baja—. Con una parte rota de lo que Elena no llegó a usar.
Mora abrió los ojos. La crueldad terminó de completarse en su rostro. No gritó. No lloró. Solo respiró como si el aire acabara de volverse demasiado grande para entrar.
—Ramiro habría hecho eso —dijo.
No había sorpresa en la frase. Había sentencia.
Delacroix sintió que el capítulo oculto de la noche se volvía visible: Ramiro no iba a morir según su propio plan.
Iba a humillar. Iba a usar la hebilla de Elena, el alfiler de Mercedes, el zapato de Mora y la piedra escondida para construir una escena posterior, íntima, destinada a destruir a Mora y a Violeta después de haberlas utilizado en público.
Pero alguien había transformado esa crueldad en muerte.
La pregunta era quién conoció la burla antes de que ocurriera y tuvo acceso al veneno.
—¿Quién pudo sugerirle esa idea? —preguntó Delacroix.
Mercedes respondió sin dudar:
—Alguien que lo conociera bien y lo despreciara lo suficiente para saber que aceptaría.
—Eso no reduce mucho la lista.
—No. Mi hermano tenía talento para democratizar el desprecio.
Matilde, desde el umbral, habló con voz baja:
—La nota del camerino lo hizo.
—La nota fue el anzuelo —dijo Delacroix—. Pero el anzuelo necesita cebo. La frase estaba escrita para Ramiro, no para cualquiera. Quien la escribió sabía que él no resistiría la idea de corregir a Mora con un símbolo de Elena.
—¿Corregir? —dijo Mora.
Delacroix la miró.
—Perdón. Es una palabra suya, no mía.
—No. Es palabra de Ramiro. Él siempre corregía a las mujeres que ya había decidido abandonar.
Violeta cerró los ojos otra vez. La continuidad entre Elena, Mora y Lucía se volvió insoportable por un instante.
Elena no bailó esa noche porque una tabla cedió, porque Ramiro no sostuvo, porque Matilde postergó, porque la casa siguió abierta.
Mora sí bailó, pero lo hizo con un zapato convertido en trampa.
Lucía no estaba allí y, sin embargo, su nombre había sido suficiente para alimentar el motivo.
Tres mujeres unidas por el mismo hombre y por un escenario que llamaba arte a la repetición de una herida.
Montero pidió que llamaran a Anselmo. El viejo entró con el bandoneón bajo un brazo. No lo había soltado ni siquiera para ser interrogado de nuevo. Miró el sombrero de Mercedes, el alfiler restante y la punta recuperada.
—Al fin llegamos a las agujas de las damas elegantes —dijo—. La noche se está refinando.
—Ramiro pidió un alfiler antes de salir —dijo Montero—. ¿Lo sabía?
Anselmo miró a Mercedes. Luego a Delacroix.
—No.
—¿Lo vio con algo en la mano?
—Con el pañuelo, sí. Con su ego, siempre. Con un alfiler, no.
—La nota encontrada en su camerino pudo inducirlo a usar la hebilla de Elena y el alfiler para preparar una humillación contra Mora.
Anselmo no se sorprendió. Eso interesó a Delacroix.
—¿Ya lo había pensado? —preguntó.
—Pensé algo parecido desde que encontraron la piedra en el espejo. Ramiro no escondía cosas para no ser descubierto. Las escondía para que alguien las descubriera cuando más doliera.
—¿A quién se le pudo ocurrir escribirle esa nota?
Anselmo dejó el bandoneón sobre una silla.
—A alguien que sabía hablarle como se habla a un perro vanidoso: haciéndole creer que el hueso fue idea suya.
—¿Vio a alguien entrar al camerino de Ramiro antes de que él leyera la nota?
—Villalba asomó, como siempre. Mercedes entró y salió. Matilde también. Violeta pasó con la chaqueta. Un camarero llevó ginebra. Lisandro rondaba el pasillo con cara de querer ser sorprendido en una tragedia. Mora no. Yo estaba con los músicos.
—¿Y usted?
—Yo también rondé. Pero si hubiera querido matar a Ramiro, ya se lo dije: le habría negado la música. No se la habría servido para que muriera bonito.
—Tal vez alguien le sirvió una muerte bonita para que usted la tocara sin saberlo.
Anselmo bajó la vista.
—Eso sí.
La admisión fue seca. Delacroix notó que el viejo no intentaba salvar su orgullo musical del todo. La música había sido usada. Anselmo también. Esa herida le dolía de una manera que no necesitaba defenderse.
—¿Elena tenía una canción favorita? —preguntó Delacroix de pronto.
La pregunta sorprendió a todos. Anselmo lo miró con una intensidad nueva.
—No La que no perdona, si eso quiere saber.
—Quiero saber cuál.
—Una milonga vieja. Mala para lucirse, buena para estar viva. Elena la bailaba cuando nadie miraba. Decía que era imposible quedar trágica con esa música. Ramiro la detestaba porque no le dejaba parecer importante.
Violeta abrió los ojos. Matilde miró hacia la pared de fotografías. Mora permaneció inmóvil.
—Elena no bailó esa noche —dijo Delacroix.
—No —respondió Anselmo—. Elena ensayó la noche de Ramiro. No la suya.
La frase cayó como una verdad más antigua que el crimen.
Delacroix comprendió por qué el caso se había vestido de tango, de zapatos, de hebillas y de memoria, pero también por qué había algo falso en la elección de La que no perdona como símbolo de Elena.
Esa pieza no pertenecía a Elena. Pertenecía a Ramiro.
Era la música que Ramiro le impuso, la figura que Ramiro alargó, el escenario donde Ramiro la llevó hacia la tabla floja.
Violeta guardaba los zapatos blancos, la hebilla, la astilla; pero ¿habría escogido esa pieza para vengar a su hija si esa pieza era justamente el terreno de dominio de Ramiro?
Tal vez sí, por simetría. O tal vez no. Tal vez quien eligió esa pieza como símbolo de Elena la conocía desde el relato público, no desde la intimidad de la muchacha.
—¿Quién sabía que esa no era la música de Elena? —preguntó.
Anselmo sonrió apenas, triste.
—Pocos. Violeta. Yo. Quizá Mora, porque alguna vez se lo dije. Matilde no sé si escuchaba cuando Elena bailaba sin vender entradas. Ramiro no quería saberlo. Para él, las mujeres no tenían música propia; tenían música que él podía usar.
—Villalba —dijo Montero.
—Villalba sabía la historia útil —respondió Delacroix—. La bailarina caída durante La que no perdona. Los zapatos blancos. La madre vestuarista. La estrella cruel. Todo lo que puede escribirse. Pero quizá no sabía que Elena no pertenecía a esa pieza.
—¿Y eso importa?
—Mucho. La nota a Ramiro dice: “Elena no usó lo que dejó preparado. Tal vez esta noche sirva por fin.” Quien la escribió entiende a Elena como un objeto incompleto de la escena de Ramiro. No como una muchacha con música propia.
Violeta lo miró. Por primera vez en la noche, algo parecido a una comprensión compartida pasó entre ellos.
—Yo no habría escrito eso —dijo.
—No —respondió Delacroix—. Usted habría odiado esa frase.
—Sí.
—Porque no habla de Elena. Habla de lo que Ramiro podía hacer con ella.
Violeta no respondió. No hacía falta.
Montero miró a Delacroix con una mezcla de impaciencia y respeto.
—Entonces la nota no es de Violeta.
—No estoy diciendo eso como prueba caligráfica. Estoy diciendo que la mirada no coincide. La nota usa a Elena del mismo modo que Ramiro. Como pieza de efecto. Quien la escribió despreciaba a Ramiro, pero aprendió de él la forma de usar a los demás.
—Villalba —insistió Montero.
—Quizá. Pero Villalba usa a todos en palabras. El crimen necesitó manos.
—Mercedes.
Delacroix miró a la hermana. Mercedes sostenía el borde de la mesa con las dos manos. Había algo en su rostro que no era miedo, sino una forma de comprensión desagradable.
—Mercedes sabía cómo tentar a Ramiro —dijo el comisario—. Tenía el alfiler. Conocía lo de Mora y Lucía. Sabía de contratos, de tiempos, de anuncios posteriores. Podía escribir una frase fría. Podía mover papeles. Podía quemar documentos. Y administraba a Ramiro mejor que nadie.
Mercedes alzó la cabeza.
—Si yo quisiera que Ramiro muriera, no le habría conseguido un contrato.
—Quizá el contrato ya no bastaba —dijo Montero.
—El contrato era lo único que bastaba.
—Para usted.
—Sí. Para mí. Y eso me hace menos romántica, no asesina.
Delacroix la observó. Mercedes podía haber escrito la nota a Ramiro.
Podía haberle dado el alfiler sin dificultad.
Podía haber conocido el momento del anuncio y el daño a Mora.
Pero ¿usaría la hebilla de Elena, el cuarto de Violeta, el zapato de prueba, el incendio, el tempo de Anselmo?
Quizá si necesitaba cubrirse con una sospecha ajena.
Sin embargo, Ramiro vivo era su fuente de ingresos.
Su muerte la arruinaba en términos inmediatos.
Los asesinos no siempre actúan por beneficio, pero Mercedes parecía demasiado unida al beneficio para despreciarlo sin un motivo más oscuro.
—¿Ramiro iba a firmar sin usted? —preguntó Delacroix.
Mercedes lo miró como si la pregunta hubiera llegado a una habitación cerrada.
—¿Qué?
—El contrato del Esmeralda. ¿Estaba seguro su lugar en él?
—Yo era su representante.
—No pregunté lo que era. Pregunté lo que el contrato decía.
La mujer no respondió.
Montero buscó la carpeta. Revisó las páginas.
Delacroix ya había notado algo, pero no lo había formulado antes.
Mercedes figuraba como representante administrativa en los borradores iniciales, sí, pero en las condiciones anexas había referencias a una “renegociación de administración” y a la posibilidad de que Darío Ezcurra nombrara un nuevo agente para la temporada.
La hoja quemada hablaba de Lucía, pero quizá había otra cláusula menos visible: Ramiro no solo iba a dejar a Mora. Tal vez también iba a dejar a Mercedes.
—Ramiro iba a prescindir de usted también —dijo Delacroix.
Mercedes se puso rígida.
—No.
—¿No lo sabía?
—No.