Capítulo 20 — La costura invisible #3
—Usted dijo que encontró el botón en el depósito.
—Lo encontré después. Primero fui al cuarto de costura para ver si había otro, para que Violeta no pudiera arreglar la chaqueta. Fue estúpido. Ya lo sé.
—¿Tocó los zapatos? —preguntó Delacroix.
—No.
—¿Vio el zapato de prueba?
Lisandro dudó.
—Sí.
—¿Manipulado?
—No lo sé. Había cosas sobre la mesa.
—¿Vio la caja de agujas?
—Sí.
—¿Tomó la aguja larga?
—No.
La negación fue rápida, pero no necesariamente falsa.
Delacroix observó sus manos. Dedos de bailarín, fuertes, sensibles, capaces de sentir un cambio mínimo de apoyo.
¿Capaces de montar una pieza en un zapato?
Tal vez. ¿Capaces de escribir notas que manipularan a Ramiro, quemar pruebas, esconder piedras, usar la hebilla de Elena con ese conocimiento emocional? Menos claro.
—¿Leyó el cuaderno de Violeta? —preguntó Delacroix.
Lisandro abrió los ojos.
—No.
—¿Seguro?
—No. No leo las cosas de Violeta.
—¿Por miedo?
—Por respeto.
Violeta hizo una mueca casi imperceptible. Respeto. La palabra llegaba tarde y mal, pero quizá no era mentira.
—¿Sabía que Ramiro recibió una nota antes de la función? —preguntó Montero.
—No.
—¿Lo vio agachado detrás de la cortina?
—No.
—¿Después de la caída, se acercó al lateral?
—No. Me quedé en la columna.
—Porque tenía miedo.
—Porque me alegré un segundo y después no pude moverme.
La confesión volvió a caer sobre él, igual que antes.
Delacroix lo dejó ir. Lisandro podía haber hecho partes.
No terminaba de verlo haciendo todo. Y, en un crimen tan cosido, “partes” podían no significar culpabilidad total.
El asesino había logrado precisamente que todos participaran de algún modo sin entender el conjunto.
Cuando Lisandro salió, Montero se frotó los ojos.
—Tenemos demasiados culpables parciales.
—Sí.
—Eso no existe ante un juez.
—Pero existe ante la verdad.
—La verdad debería estudiar derecho.
Delacroix volvió al zapato de Mora. Observó la costura mala, el nudo exterior, la imitación imperfecta.
Luego observó la página del cuaderno de Violeta: R.
A. insiste en cierre largo. M. L. corregir altura del adorno.
Esa frase no solo describía el riesgo del vestido.
Era casi un plano del crimen. Si alguien la leyó, tenía el mapa técnico.
Si Violeta la escribió, tenía el conocimiento.
Si alguien la usó, supo exactamente qué robar.
—Violeta —dijo.
La vestuarista levantó la vista.
—¿Quién ha leído su cuaderno?
—Nadie.
—Piense antes de responder.
—Lo llevo conmigo. Lo dejo en mi mesa cuando trabajo. No es un diario. Es un cuaderno de medidas. A nadie le importa.
—A alguien le importó.
Violeta cerró los ojos.
—Mora lo ha visto. Matilde también. Los camareros cuando llevan trajes. Ramiro se burló una vez de mis notas. Mercedes lo tomó para buscar una medida de chaqueta hace meses. Lisandro pudo verlo si entró. Villalba... Villalba lee hasta las manchas de humedad si cree que pueden publicarse.
—¿Ramiro leyó la entrada de esta mañana?
—No lo sé.
—¿Dónde estaba el cuaderno antes de la función?
—En mi cuarto de costura. Sobre la mesa. Luego en el bolsillo de mi delantal. Luego otra vez en la mesa.
—¿Durante cuánto tiempo quedó solo?
Violeta no respondió.
—El tiempo suficiente —dijo al fin.
Delacroix asintió. La costura invisible estaba en ese cuaderno tanto como en el zapato.
La información técnica había estado disponible.
Y quizá por eso el fuego empezó en la zona del depósito, cerca del cuarto de costura: no solo para destruir la hebilla o la aguja, sino para destruir cualquier rastro de quién entró, quién leyó, quién tomó.
Sosa tomó entonces la punta y la colocó junto a la aguja rota recuperada en el fuego. Después de unos segundos de observación, habló:
—La punta no pertenece a esa aguja.
Montero se volvió bruscamente.
—¿Qué?
—No encajan. La aguja rota del depósito es más gruesa. Pudo usarse para perforar cuero, quizá para preparar el orificio. Pero la punta que encontramos en la caja metálica es de otra pieza, más fina, posiblemente montada sobre la hebilla o sobre una aguja distinta.
Violeta abrió los ojos.
—Entonces la aguja de mi caja...
—Puede haber sido usada para preparar —dijo Sosa—, pero no es la punta que hirió.
Delacroix sintió que una presión pequeña se desplazaba.
El asesino había dejado la aguja rota quemada para señalar el cuarto de costura, pero el fragmento mortal no pertenecía a ella.
O bien usó dos herramientas distintas. O bien la aguja quemada era señuelo.
Otra vez la acusación contra Violeta se volvía demasiado abundante para ser simple.
—¿Qué tipo de punta es? —preguntó.
Sosa la miró bajo la lupa.
—Podría venir de una aguja de sombrero. De un alfiler largo de adorno. De una herramienta médica fina. De una aguja modificada. La base está cubierta por residuo y deformada. Necesito limpiar una parte, con cuidado.
—¿Una aguja de sombrero? —repitió Montero.
Matilde, desde la puerta, habló:
—Mercedes usa alfileres de sombrero.
Todos miraron hacia el salón, donde Mercedes Acuña estaba sentada con su sombrero apoyado sobre la mesa.
La hermana de Ramiro levantó la cabeza, sintiendo la mirada antes de entenderla.
Delacroix no sonrió. No había victoria en añadir otro sospechoso. Pero la costura invisible acababa de atravesar una nueva tela.
—Comisario —dijo—, creo que debemos mirar ahora los accesorios de madame Acuña.
Montero respiró hondo.
—Por supuesto. Porque la noche no estaría completa sin un sombrero asesino.
Sosa levantó la punta hacia la luz.
—No se burle, comisario. Los objetos pequeños parecen ridículos hasta que alguien los afila.
Mercedes se levantó antes de que la llamaran. Su rostro estaba más blanco que antes, pero su voz llegó firme desde el salón:
—Si quieren revisar mi sombrero, háganlo. Pero les advierto algo.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿Qué cosa?
Mercedes miró a Mora, luego a Violeta, luego al zapato derecho sobre el escritorio.
—Ramiro me pidió un alfiler antes de salir a escena.
El silencio fue absoluto.
—¿Para qué? —preguntó Montero.
Mercedes apretó la mandíbula.
—Dijo que necesitaba sujetar una pequeña sorpresa.
Delacroix cerró los ojos un instante.
La costura invisible acababa de mostrar otra puntada.