Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 20 — La costura invisible #2
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Capítulo 20 — La costura invisible #2

—Mercedes dijo que entró. Lisandro pudo entrar cuando fue al depósito. Ramiro pudo entrar si quería hacerlo. Matilde tiene derecho a todo en esta casa, aunque eso no signifique que lo use bien. Mora no, creo. Villalba quizá asomó. Los camareros. Usted mismo, monsieur, después, pero ya tarde.

—¿Y Anselmo?

—Anselmo no entra en mi cuarto. Dice que huele a derrotas remendadas.

Desde el salón, el músico levantó la cabeza.

—Y a pegamento barato.

—También —dijo Violeta.

La pequeña conversación, casi cotidiana, tuvo una tristeza inesperada. Delacroix la dejó pasar. Luego volvió a la punta.

—Si la pieza se desprendió durante el roce, pudo quedar en el pantalón, caer al suelo o ser retirada.

—No estaba en la pierna —dijo Sosa—. No completa. Solo la partícula metálica.

—Entonces quizá se desprendió pero quedó parcialmente adherida al zapato hasta después.

—O alguien la retiró de la hebilla antes de que examináramos el zapato.

Montero miró a Mora.

—¿Cuándo se quitó el zapato?

—En el camerino, con Sosa presente.

—Antes estuvo en su pie todo el tiempo.

—Sí.

—¿Alguien pudo tocar la hebilla después de la caída y antes de que se lo quitaran?

Mora abrió la boca, pero no respondió de inmediato.

—Yo... no sé. Caminé al camerino con el comisario y un agente. Me senté. Creo que nadie tocó el zapato. Violeta no. Usted no la dejó. Pero yo misma... tal vez lo toqué. Estaba desesperada por quitármelo.

—¿Lo tocó? —preguntó Montero.

—La hebilla, no. La tira quizá. No sé.

Violeta la miró, pero no dijo nada. Delacroix recordó el momento: Mora había querido quitarse los zapatos; él había insistido en que no lo hiciera.

En el trayecto, el público la miraba, Montero la guiaba, un agente abría paso.

Si el dispositivo quedó en el zapato después del roce, aún pudo haber estado allí cuando Mora llegó al camerino.

¿Quién pudo retirarlo entonces? Sosa lo había examinado y solo encontró el orificio y el residuo, no la punta.

La pieza ya no estaba. Eso significaba que se desprendió durante el baile, fue retirada del escenario o del zapato en el caos, o se perdió antes de entrar al camerino.

La caja de la palangana era el punto donde apareció.

Violeta había pasado por allí. Ramiro pudo haberla usado antes. Alguien más pudo aprovecharla después.

—Repetiremos el trayecto de Mora al camerino —dijo Delacroix.

Mora cerró los ojos.

—Por supuesto.

No había ironía suficiente para cubrir el agotamiento.

Aun así, aceptó. Esta vez no subieron al escenario.

Delacroix le pidió que caminara desde el punto de la caída hasta el camerino tal como lo había hecho, con Montero a su lado y el agente delante.

Mora recordó que al principio no caminó bien porque los zapatos le molestaban y porque creía que todos iban a abalanzarse sobre ella.

Montero recordaba haberla sostenido del brazo izquierdo.

El agente había despejado el pasillo. Violeta estaba, según todos, en dirección a la palangana o ya lavándose.

Mercedes intentaba llegar al cuerpo. Matilde estaba con el público.

Lisandro se había quedado junto a la columna.

Villalba había sido apartado. Anselmo sentado.

El trayecto de Mora no pasaba junto a la palangana.

Tampoco junto a la cortina donde apareció el zapato de prueba.

Si la punta llegó a la caja metálica después de la punción, no fue por Mora mientras la llevaban al camerino.

Eso no la absolvía de preparar el mecanismo antes, pero debilitaba la idea de que hubiera retirado la punta después.

Su cuerpo, bajo vigilancia y bajo cien ojos, no había tenido la libertad suficiente.

—Entonces la punta salió del escenario por otra ruta —dijo Delacroix.

Montero miró hacia Violeta.

—La ruta de la palangana.

—La más probable.

—Y allí estaba ella.

—Sí.

Violeta no protestó. Mora sí.

—También pudo haberla puesto alguien antes. La caja ya estaba allí.

Sosa negó con la cabeza.

—El residuo no está seco de días. Es reciente. Y la punta parece haber sido colocada o caída allí cuando todavía estaba húmeda o pegajosa. Se adhirió al borde interior.

—Después de la punción —dijo Montero.

—Probablemente.

Violeta, entonces, habló con voz baja.

—Yo no toqué el zapato después de la caída.

—No hacía falta tocar el zapato —respondió Delacroix—. Bastaba tocar la pieza si se desprendió.

—No la toqué.

—¿Qué tocó al ir a lavarse?

—La palangana, el jabón, la repisa, un paño.

—¿Nada en el suelo?

—No.

—¿Nada en la cortina?

—No.

—¿Nada que hubiera caído de Ramiro?

Violeta lo miró de pronto. Sus ojos cambiaron.

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Delacroix se acercó apenas.

—¿Vio caer algo?

—No.

—No le pregunté eso.

—No.

—Le pregunté si tocó algo que hubiera caído de Ramiro.

—Y le dije que no.

Era la primera vez en varias horas que Violeta respondía con prisa. No mucha. La suficiente. Montero también lo notó.

—Señora Cárdenas —dijo—, cuidado.

Violeta giró hacia él.

—Con el cuidado se construyó esta noche. No me pida más.

Delacroix no insistió. No todavía. Regresó al despacho y observó la punta.

Si Violeta había visto caer algo de Ramiro, quizá lo recogió por instinto, por odio, por horror o por una mezcla imposible.

Pero si lo había hecho, ¿por qué no destruirlo?

¿Por qué dejarlo en una caja propia? Tal vez porque no sabía qué era.

Tal vez porque creyó recoger un resto de la burla de Ramiro, no el arma mortal.

Tal vez porque el asesino contaba con eso: que Violeta limpiaría, recogería, guardaría cualquier fragmento vinculado a Elena antes de permitir que terminara en el suelo.

Esa idea lo hizo mirar otra vez la frase quemada: él mismo lo hará si cree que la idea es suya.

Ramiro había sido usado por su vanidad. ¿Violeta podía haber sido usada por su impulso de preservar o limpiar los restos de Elena?

¿Mora por su orgullo? ¿Anselmo por su tempo?

¿Matilde por su necesidad de función? La estructura se repetía.

El asesino usaba a cada uno por aquello que más los definía.

—La costura invisible no está en el zapato —dijo Delacroix.

Montero, que revisaba su libreta, levantó la vista.

—¿Dónde está entonces?

—Entre las personas. Alguien las unió sin que lo notaran.

Ramiro toma la hebilla porque quiere humillar.

Violeta ajusta el zapato porque es su trabajo.

Anselmo alarga porque es su música. Mora baila porque es su orgullo.

Matilde sostiene la función porque es su casa.

Mercedes oculta el contrato porque es su negocio.

Villalba escribe porque es su hambre. Cada uno da una puntada.

El asesino solo necesitó saber dónde pasaría el hilo.

—Eso es muy bonito —dijo Sosa—. Si encuentra al hilo, avise.

Delacroix miró al médico.

—El hilo es la información.

Sosa dejó de sonreír.

—¿Información?

—Quien lo hizo sabía cosas que no estaban todas en un solo lugar.

Sabía lo de la hebilla de Elena. Sabía que Ramiro reaccionaría a una provocación.

Sabía que Mora conocía o sospechaba lo de Lucía.

Sabía que Violeta ajustaría el zapato. Sabía que Anselmo alargaría el tempo.

Sabía que Matilde no cancelaría. Sabía que Mercedes escondería la hoja si amenazaba el control de la noche.

Sabía que Villalba había escrito sobre el adorno.

Sabía demasiado, pero no necesariamente porque lo viviera todo.

Quizá porque todos se lo contaron por separado.

Montero pensó.

—¿Villalba?

—Él reúne información. Pero el mecanismo manual no le pertenece con naturalidad.

—¿Matilde?

—Ella sabe la casa, sabe a todos, sabe la función. Pero no sé si sabía la nota a Ramiro ni si habría arriesgado el incendio.

—Mercedes.

—Sabe contratos, Ramiro, Mora, Lucía. Quizá no Elena con ese detalle técnico.

—Violeta.

—Sabe zapatos, Elena, Ramiro, Mora, tempo. Pero el estilo del mecanismo imita mal su mano.

—Lisandro.

Delacroix no respondió enseguida. Lisandro sabía del deseo de ocupar un lugar, veía los ensayos, conocía a Mora, odiaba a Ramiro, había estado en el depósito, tocó un botón, pudo entrar al cuarto de costura.

Pero le faltaba algo: la paciencia moral, quizá.

O tal vez esa impresión era solo prejuicio del detective hacia los jóvenes desesperados.

—Lisandro sabe mirar pies —dijo Mora desde la puerta.

Todos se volvieron. No habían notado que escuchaba.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Montero.

—Que un bailarín que espera reemplazar a otro no mira solo la cara.

Mira cómo pisa, cómo gira, dónde se equivoca, cómo se ajustan los zapatos.

Lisandro me ha visto bailar cientos de veces.

Ha visto a Violeta arreglarme. Ha visto a Ramiro alargar el cierre.

Ha visto todo lo que ustedes creen que solo sabían los viejos.

—¿Lo acusa? —preguntó Delacroix.

Mora bajó la mirada.

—No. Eso es lo peor. Solo lo vuelvo posible.

Delacroix pidió llamar a Lisandro. El joven llegó con el rostro demacrado, como si cada nueva sospecha le arrancara una versión más ingenua de sí mismo. Al ver los objetos sobre el escritorio —el zapato, la punta, la piedra, la aguja rota—, palideció.

—¿Qué es eso?

—La punta que pudo matar a Ramiro —dijo Montero.

Lisandro miró a Mora. Ella no sostuvo la mirada.

—Yo no...

—No empiece por el final —lo interrumpió Delacroix—. Hablemos de zapatos.

El joven pareció desconcertado.

—¿Zapatos?

—Usted observaba los pies de Ramiro y de Mora durante los ensayos.

—Soy bailarín.

—Quería ocupar el lugar de Ramiro.

—Sí.

—Entonces estudiaba la figura final.

—Sí.

—Sabía que el adorno derecho de Mora subía más con el cierre largo.

—Sí. Todos...

—No diga todos todavía. Usted lo sabía con el cuerpo.

Lisandro tragó saliva.

—Sí.

—¿Ha entrado al cuarto de costura de Violeta?

—Alguna vez.

—¿Hoy?

—Pasé por la puerta.

—No es la pregunta.

—Sí. Entré un momento.

Violeta lo miró con una dureza nueva.

—¿Cuándo?

—Antes de la función. Buscaba... buscaba un botón.

Montero golpeó la libreta.